La relación entre Elon Musk y Donald Trump parece, a simple vista, estar marcada por una contradicción fundamental en torno al cambio climático. Por un lado, Elon Musk ha sido catalogado como un líder en la transición energética con sus vehículos eléctricos Tesla y los paneles solares a través de su empresa Tesla Energy (antes SolarCity). Además, ha promovido políticas como los impuestos al carbono y, en 2021, ofreció 100 millones de dólares a través de XPrize para proyectos que eliminaran dióxido de carbono de la atmósfera. Por otro lado, Trump es un conocido negacionista climático, comprometido con desmantelar políticas ambientales, impulsar nuevas perforaciones de petróleo y gas, y retirar nuevamente a Estados Unidos del Acuerdo de París. Sin embargo, estas aparentes diferencias se diluyen bajo una mirada más atenta. Lo que a primera vista parece un matrimonio incómodo, en realidad es una alianza deliberada cimentada en valores comunes: la maximización de ganancias por encima de cualquier consideración ética y ambiental y una fe absoluta en la empresa privada como solución universal. Ambos comparten una filosofía profundamente individualista, en donde unos pocos hombres “visionarios” y solitarios son los únicos capaces de resolver los problemas del mundo, perpetuando dinámicas necropolíticas que priorizan el beneficio económico sobre la vida. Estamos, en otras palabras, ante un matrimonio entre dos figuras que representan no sólo la cara del capitalismo contemporáneo, sino también su esencia más siniestra.

Unidos en la desregulación
Musk ha sido celebrado como el wunderkind de la crisis climática, y alabado por tecnócratas que piensan que la crisis climática puede resolverse con tecnología que no pondrá en riesgo el tan preciado american way of life. Aunque proyectan una imagen de sostenibilidad e innovación, sus empresas dañan ecosistemas, contaminan agua y aire, y afectan a las comunidades donde se instalan. Elon Musk trasladó las operaciones de SpaceX de California a Texas porque tiene un marco regulatorio más laxo. SpaceX lleva años violando regulaciones sobre aguas residuales, continúa haciéndolo y recibe notificaciones constantes de la EPA por estos incumplimientos. Una instalación gestionada por xAI está contaminando el aire y utilizando enormes cantidades de energía en el sur de Memphis. No se necesita dar más ejemplos cuando basta con señalar que está mandando turistas al espacio en misiones que generan una enorme cantidad de contaminación. Además, Musk hace más de 200 viajes al año en sus jets privados y es uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero en el mundo.
Para “limar” estas asperezas, durante la campaña de Donald Trump sostuvo una conversación pública sobre el cambio climático con Elon Musk, desde su plataforma X (antes Twitter), que el activista y científico Bill McKibben no dudó en calificar como “la conversación más estúpida del cambio climático”. En ella, Musk minimizó la urgencia de la crisis al afirmar que “no hay prisa” para frenar el calentamiento global, sugiriendo que cincuenta o cien años para lograr un modelo sostenible era un tiempo adecuado. En una TED Talk, Elon Musk dejó claro su concepto de sostenibilidad: no se trata de cuidar al medioambiente, sino de hacer sostenible la producción de tecnología. Este enfoque instrumental de la naturaleza explica por qué no debería sorprendernos verlo ahora aliado con políticos de derecha y negacionistas climáticos.
Claramente, la crisis climática no los divide. En cambio, sí están unidos en un rechazo visceral al Estado. Durante su primera presidencia, Trump desmanteló más de cien regulaciones ambientales, incluidas políticas clave de la era Obama. No sorprende que recientemente Trump designara a Elon Musk y a Vivek Ramaswamy como líderes del recién creado Departamento de Eficiencia Gubernamental. Su objetivo declarado es desmantelar la burocracia, eliminar regulaciones, recortar gastos “innecesarios” y reestructurar agencias clave, en donde seguramente se empezará por la Agencia de Protección Ambiental (EPA). Ser parte de este Departamento le otorga a Musk una posición estratégica desde la cual podría ejercer su influencia para beneficiar sus propios intereses financieros y tecnológicos. Entre los recientes nombramientos, Donald Trump anunció la designación de Lee Zeldin, conocido por su escepticismo hacia el cambio climático, como director de la Agencia de Protección Ambiental. Su objetivo será asegurar que las empresas estadunidenses puedan operar sin restricciones regulatorias. A esto se suma la elección de Chris Wright, anteriormente director ejecutivo de una empresa dedicada a la fracturación hidráulica y tecnologías para la extracción de petróleo y gas, como secretario de Energía. Estas designaciones, junto con otras similares, aseguran un camino despejado para los intereses corporativos, priorizando la desregulación sobre cualquier esfuerzo por abordar la crisis ambiental.
“Héroes” solitarios con un ego frágil
Musk y Trump no s’olo comparten una vida rodeada de lujos, sino que también caminaron los mismos pasillos de la Wharton School, santuario de las élites económicas de Estados Unidos. Desde ese lugar de privilegio, ambos promueven un modelo económico que descansa en un desdén por las desigualdades sociales y los límites ecológicos. El vínculo entre Elon Musk y Donald Trump va más allá de una alianza de conveniencia, comparten una visión del poder basada en el individualismo extremo. Se presentan como “héroes” solitarios en una cruzada contra la “sociedad liberal-progresista”. Musk ha promovido una imagen de que es capaz de resolver la crisis climática sin necesidad de colaboraciones y, de manera similar, Trump se ha alineado con una política de “América primero”, negando la cooperación global. Como señala Paul Krugman, entender a Musk y Trump es comprender que el motor de sus acciones es la fragilidad de sus egos: una búsqueda insaciable de validación y protagonismo. De ahí que sea natural entre ambos que se borran los límites entre la política, los negocios y el espectáculo. Además, comparten una masculinidad tóxica y competitiva que glorifica la autosuficiencia y la independencia a cualquier costo. Musk exige de sus empleados lo mismo que ahora propone para el gobierno: jornadas extenuantes de ochenta a cien horas semanales y resultados medibles en éxitos inmediatos. Desde su narcisismo, ambos viven atrapados en la fantasía del self-made man, ignorando que son productos directos de sus privilegios.
Esta filosofía individualista, explotadora, que privilegia el éxito personal por encima del bien común, choca directamente con las necesidades de justicia climática, que requieren colaboración entre gobiernos, empresas y comunidades. Además, su liderazgo refuerza una masculinidad que desprecia el cuidado y la vulnerabilidad, valores esenciales para la sostenibilidad. En lugar de desarrollar políticas públicas que protejan a las comunidades más afectadas por el cambio climático, perpetúan un sistema en el que la explotación de recursos se convierte en un símbolo de poder, y la empatía y el cuidado son descartados como signos de debilidad.
Tiempos de lo siniestro
Lo siniestro,1 según Freud, es aquello que siendo familiar, íntimo incluso, de repente se torna extraño y perturbador. En este caso, es como si el monstruo que siempre habitó nuestra casa, ese capitalismo desbordado, esa masculinidad tóxica, esa lógica de explotación, finalmente se revelara en toda su plenitud. Lo que aterra no es su aparición, sino la certeza de que siempre estuvo ahí, oculto a plena vista, moldeando nuestras vidas y normalizando su propia monstruosidad.
Musk y Trump no son anomalías: simbolizan el capitalismo contemporáneo en su aspecto más oscuro. Representan, cada uno a su manera, la peligrosa idea de que los problemas globales pueden resolverse mediante la voluntad de unos pocos. En su mundo, todo vale, siempre que sirva para fortalecer su protagonismo y perpetuar el modelo económico que lo sustenta. Su alianza es siniestra no porque sea sorprendente, sino porque desnuda el rostro más brutal de un sistema que espectaculariza la devastación y la explotación2. En su rechazo a lo colectivo, no hay lugar para la vulnerabilidad, el cuidado o la justicia. Este es un matrimonio siniestro, que habita en una orquesta poliamorosa necropolítica, que se nutre de la vida y de la muerte para producir más muerte y capital.
Ana De Luca
Profesora-investigadora de la Facultad de Ciencias de la UABC. Editora de este espacio.
1 Freud, S., “Lo ominoso”, Obras completas (Vol. 17, pp. 219-252). Traducido por James Strachey. Amorrortu, 1919
2 Valencia, S., Capitalismo gore, Editorial Melusina, 2010