
En Futuro Ancestral, el líder y filósofo indígena brasileño Ailton Krenak relata la historia de la comunidad Maxakali, un grupo indígena de los ríos orientales de Brasil. Describe cómo, a pesar de haber sido despojados y expulsados por la fuerza de su territorio, los Maxakali conservan una notable capacidad para recordar y narrar la presencia de los seres vivos —animales y plantas— que alguna vez compartieron su territorio, pero que ya no están allí. Krenak enfatiza que este acto de memoria es más que nostalgia; es una forma de sostener la experiencia del lugar. Aun cuando la modernidad se expande, imponiendo una noción abstracta y homogeneizada del espacio —un vacío que debe llenarse con desarrollo— el pueblo Maxakali resiste esta eliminación preservando su conexión con la naturaleza a través de la narración y la memoria.[1] Su capacidad de habitar, incluso ante el despojo y el desplazamiento, es un poderoso testimonio de cómo las comunidades, a veces contra todo pronóstico, conservan su dignidad, su sentido de pertenencia y su pasado y futuro como realidades vivas y continuas. Confieso que a menudo me encuentro a mi mismo pensando sobre este pueblo, sorprendido por su capacidad de resiliencia en tiempos en donde el despojo parece omnipresente.[2]
La empresa del desarrollo, ahora con 76 años de existencia, ha sido notablemente eficaz no en resolver la pobreza, sino en producir y perpetuarla. Como argumenta Majid Rahnema en El Diccionario del Desarrollo, el término tenía múltiples significados antes del 20 de enero de 1949.[3] La pobreza podría ser una elección voluntaria, una forma de exclusión de la comunidad, una humillación pública o una falta de protección. Fue sólo con la expansión de las economías industriales y mercantiles que la pobreza pasó a redefinirse como el opuesto complementario de “rico” o como una medida de la riqueza —una condición de carencia material que requiere una intervención. La solución propuesta, por supuesto, fue el desarrollo— entendido como el despliegue sistemático de la producción industrial, una economía basada en el salario y el avance positivista de la tecnología y el conocimiento científico, todo ello concentrado en manos de profesionales y expertos. Esta lógica no sólo encerró los medios de producción o subsistencia, como podrían haber predicho los pensadores marxistas; fue más allá, creando un sistema de dependencias que hizo que las personas estuvieran perpetuamente “necesitadas” de desarrollo en sí mismo —una fuerza enajenante que transformó formas de vida enteras en algo incompleto, siempre carente y requiriendo “ayuda” o intervención externa.
Durante cinco días en febrero, tuve el privilegio de unirme a defensoras y defensores de la tierra, movimientos de base, pueblos indígenas y comunidades de veinte países del Sur Global en Port Edward, a lo largo de la Costa Salvaje de Sudáfrica, para discutir sobre democracia radical, autonomía y autodeterminación. Este encuentro fue más que un intercambio de ideas; fue una convergencia de luchas, experiencias vividas y visiones colectivas de autonomía.[4] A pesar de la diversidad de orígenes, lenguas y contextos de las y los participantes, emergió una sorprendente coincidencia: un rechazo claro y rotundo a la empresa del desarrollo. En los últimos cuarenta años, lo que comenzó como una erosión paulatina de la subsistencia se ha convertido en una guerra total en su contra. Lejos de ser un medio de mejoría, el desarrollo ha demostrado ser un proyecto económico y político de alienación, despojo y dependencia impuesta —interrumpiendo formas de vida, desmantelando la autonomía comunitaria y profundizando las desigualdades sistémicas. Este encuentro reafirmó que la resistencia no es sólo el rechazo a este modelo impuesto, sino la recuperación del poder para definir y crear nuestros propios futuros.
¿Cuál es la crisis que enfrentamos?
Las comunidades y los movimientos de base que luchan por mantener su autonomía y practicar la democracia radical o directa enfrentan desafíos sin precedentes en una era de desigualdad extrema, moldeada por siglos de explotación y despojo. Las crisis interconectadas del colapso climático, la desigualdad económica y el auge del autoritarismo están intensificando nuevas formas de opresión y violencia —particularmente contra las comunidades empobrecidas y marginadas, producidas por décadas de políticas de desarrollo. El Estado se ha convertido en un actor clave en la imposición de tecnologías disciplinarias, contrainsurgentes y de ingeniería social necesarias para sostener la extracción capitalista. Al mismo tiempo, la extrema derecha ha instrumentalizado las crisis del capitalismo para empujar a la democracia liberal hacia regímenes inmunológicos, donde la xenofobia, el racismo y el odio sirven como herramientas para afianzar formas de neoliberalismo extremo dirigidas por élites y corporaciones. Mientras tanto, los gobiernos de izquierda y progresistas, en gran medida, se han resignado a administrar la crisis, actuando como gestores de los fracasos sistémicos del capitalismo en lugar de cuestionar su lógica. En países como México, la rápida expansión de la militarización y de tecnologías estatales de ingeniería social refuerza lo que Leanne Betasamosake Simpson[5] llama el sistema de extracción-asimilación, un modelo en el que las personas, sus saberes, la naturaleza y el mundo más-que-humano son tratados como recursos convertibles en mercancías extraibles. A medida que estas dinámicas avanzan, la resistencia desde abajo sigue siendo crucial, no sólo para oponerse a estas estructuras, sino para recuperar la dignidad, la autonomía y sostener formas alternativas de existencia y relación más allá de los confines del capitalismo y el control estatal.
En el corazón de estas luchas hay una demanda que va más allá de los derechos o el reconocimiento del Estado —un marco que, en última instancia, reproduce formas condescendientes de hospitalidad, tolerando la otredad mientras refuerza sistemas de alienación a través de mecanismos participativos y democráticos. En su lugar, estos movimientos están luchando por una autonomía radical. Parafraseando los ricos debates y discusiones sostenidos durante el encuentro, el sentimiento predominante fue claro: “No podemos pedir ni esperar a que el Estado actúe. Si lo hiciéramos, estaríamos muertos mucho antes de que llegue ese desarrollo. En cambio, debemos construir, recuperar o mantener sistemas de autogobierno para sostener nuestras territorialidades”. El concepto del territorio fue central en esta discusión. Las y los participantes enfatizaron que la tierra y el lugar no sólo son esenciales para la construcción de sistemas autónomos de autodeterminación y democracia radical, sino que encarnan profundas relaciones históricas, epistémicas y ontológicas —vinculando a las personas con la naturaleza y con formas de ser que preceden y resisten la modernidad capitalista. El encuentro reafirmó lo que muchas y muchos han sostenido durante largo tiempo: la carrera hacia el desarrollo es una hacia un despojo más profundo. En otras palabras, no se trata sólamente de la extracción de recursos, sino la producción de un sistema cada vez más violento que impone, como advirtió Ivan Illich, una guerra contra la subsistencia[6]—donde, en la lógica del capitalismo, la economía se vuelve sinónimo de escasez. La crisis que enfrentamos hoy no es meramente económica o política; es existencial. Más que una reestructuración económica o política, es una reordenación sistémica de la sociedad que desmantela formas comunales de existencia y las reemplaza con estructuras de dependencia.
Como argumenta Ailton Krenak, los Estados modernos se han vuelto altamente eficientes en la producción de pobreza. Al enajenar a las personas de sus tierras —ya sea mediante el desplazamiento directo o la lenta erosión de sus territorios— desconectan a las comunidades de la subsistencia, obligándolas a vivir en las periferias urbanas, donde ya no queda ninguna posibilidad de un sustento autónomo. En su lugar, quedan atrapadas en sistemas de modernidad que las mantienen en un estado de precariedad perpetua. A esto se referían las autoras y los autores del Diccionario del Desarrollo cuando hablaban de una modernización de la pobreza. Incluso instituciones como el Banco Mundial han reconocido esta tendencia, particularmente visible en países como México, donde casi dos tercios de las personas clasificadas como pobres bajo las definiciones modernas viven en o cerca de ciudades. El Estado, en su forma contemporánea, no funciona como un protector, sino como un facilitador del despojo, ofreciendo “soluciones” que, en última instancia, benefician a las corporaciones y las élites a costa de las comunidades. Como enfatizaron muchas personas en el encuentro, el desarrollo no es más que la modernización de la pobreza —un proceso que aliena a las personas de su capacidad de autogobernarse y de satisfacer sus necesidades de manera autónoma. En México la paradójica creación de pobreza modernizadora es sin duda el inevitable desenlace de las políticas del gobierno anterior y del actual. El despliegue acelerado de proyectos de infraestructura militarizados y la lógica del recién publicado Plan México que sostiene y pretende incrementar el uso y generación de energía en vez de proponer una escenario centrado en la redistribución, el decrecimiento y la suficiencia de ésta, implica mantener un modelo basado en el despojo, la degradación y la violencia lenta, sostenidos en la crisis socioecológica que enfrentamos. Pensadores como Gustavo Esteva, Jean Robert e Ivan Illich han argumentado durante mucho tiempo que el desarrollo —incluido el sostenible— fabrica escasez, transformando comunidades que alguna vez fueron autosuficientes en espacios de privación bajo el disfraz del progreso. Dentro de esta lógica, la pobreza no es una condición inherente, sino una construcción; las personas no son pobres, sino que son empobrecidas. Son desposeídas, forzadas a la dependencia y sometidas a un sistema económico en el que la individualización reemplaza a la existencia comunal como condición social predeterminada.[7]
¿Cómo están respondiendo las comunidades?
La respuesta a la crisis del capitalismo y la democracia liberal no ha sido uniforme, pero cada vez es más evidente una tendencia: las comunidades de base están rechazando las formas de democracia liberal y representativa dirigidas por el Estado y el capitalismo extractivista que las sostiene. Como argumenta claramente Ashish Kothari, “lo que estamos viendo no es una distorsión de la llamada democracia, sino su resultado inevitable”. Gustavo Esteva también advertía que los movimientos autónomos no sólo están rechazando esta forma de democracia, sino que se están defendiendo de ella, pues impone divisiones y competencia, refuerza jerarquías y profundiza aún más las ilusiones del desarrollo. Muchos movimientos están resistiendo las llamadas “transiciones verdes”, que disfrazan nuevas formas de extracción bajo el discurso de la sostenibilidad, la mitigación del cambio climático o incluso la adaptación. Otros están desafiando directamente los marcos legales que reducen los derechos colectivos a categorías individuales controlables y cooptables.
Pero la respuesta más poderosa ha sido la creación de espacios autónomos donde las personas recuperan su capacidad de autogobernarse. Esta respuesta, nuevamente, no es homogénea, sino que implica una pluralidad radical de acciones, luchas y movimientos que buscan recuperar su dignidad: desde quienes rechazan los sistemas formales de educación, salud, transporte y vivienda —que literalmente producen personas necesitadas— hasta quienes reivindican su derecho a comer, sanar y habitar, rompiendo con el monopolio radical construido por las instituciones modernas. En su lugar, están construyendo alternativas radicales arraigadas en el fortalecimiento, la edificación o la creación de un sentido de lugar, resistiendo y re-existiendo en la posibilidad de entrelazamientos comunitarios que redefinen el valor desde una concepción común del buen vivir o lo que significa una buena vida.
Como demostró la confluencia en Sudáfrica, estas luchas no están aisladas —son nodos interconectados en un movimiento global hacia la democracia radical. Desde comunidades indígenas defendiendo sus tierras contra proyectos extractivistas hasta colectivos urbanos que recuperan la gobernanza del Estado, lo que emerge es una visión de autonomía que no busca pedir permisos o concesiones, sino que toma acción. El encuentro subrayó no sólo la relevancia de estas luchas para redes más amplias de resistencia y democracia radical, sino también la necesidad urgente de repensar cómo la academia, las ONG y otros espacios de la sociedad civil se relacionan con estos movimientos. Con frecuencia, estos grupos se posicionan como aliados de la agenda del desarrollo, contribuyendo —aunque sea de manera involuntaria— al sistema de extracción-asimilación, al tratar el conocimiento como algo que debe ser extraído, documentado y reutilizado en otros contextos. Las luchas representadas en este encuentro desafían esa lógica, afirmando que el conocimiento no es dominio exclusivo de las universidades. Las comunidades tienen sus propias teorías, ideologías y ciencias políticas, construidas y vividas a través de la resistencia cotidiana y las tradiciones democráticas radicales. La pregunta ya no es si la democracia radical es posible en medio de esta crisis civilizatoria, sino cómo cultivarla y sostenerla en un mundo empeñado en borrarla.
Carlos Tornel
Escritor, investigador, activista y traductor independiente que vive en la Ciudad de México. Tiene un doctorado en Geografía Humana por la Universidad de Durham y es miembro del Tejido Global de Alternativas, el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur y el Colectivo Undisciplined Environments
Un aversión previa de este artículo apareció por primera vez en inglés en Undisciplined Environments
[1] Retomo esta idea del trabajo del pensador y arquitecto franco-mexicano Jean Robert. Véase: Ferraris, D. et al. (Coord.) (2024). Pensar Caminando. Diálogos con Jean Robert. México: Bajo Tierra.
[2] Krenak, A. (2024). Ancestral Future. Cambridge: Polity Press.
[3] Refiriéndose al discurso de Harry Truman que inauguró el uso del concepto del subdesarrollo. Rahnema, M. (2010). “Poverty” en Sachs, W. (Ed.). The Development Dictionary. A Guide to Knowledge and Power.
[4] Organizado por el Tejido Global de Alternativas, la Acade Organizado por el Tejido Global de Alternativas, la Academía de Modernidad Democrática, Amadiba Crisis Committee y la organización africana WoMin, mía de Modernidad Democrática, Amadiba Crisis Committee y la organización africana WoMin,
[5] Simpson, LB. (2017). As We Have Always Done: Indigenous Freedom through Radical Resistance. Minneapolis: Minnesota University Press.
[6] Ver Esteva, G. (2022). Gustavo Esteva: A Critique of Development and other essays. New York: Routledge.
[7] Ver Sachs, W. (2010). The Development Dictionary. A Guide to Knowledge and Power. London: Zed Books.