
Las emisiones de gases de efecto invernadero de nuestro país siguen al alza. En una nota del año pasado señalábamos cómo los cambios en la política energética nacional, que ha vuelto a apostar por el uso de hidrocarburos en lugar de energías renovables, provocó un repunte en las emisiones, luego de más de una década de disminución. Con esto, no sólo vamos en contra de las tendencias de mitigación y reducción de emisiones de la mayoría de las grandes economías globales, sino que nos ponemos en riesgo de incumplir los compromisos internacionales, firmados y avalados por nuestros organismos gubernamentales.
Recientemente se publicaron las cifras de emisiones nacionales correspondientes al año 2023 (el último año disponible). Estas cifras incluyen una corrección significativa de los datos de años anteriores, mostrando un incremento en emisiones más “moderado” que en el reporte previo. Sin embargo, también revelan que seguimos en el camino incorrecto. En este contexto, es esencial reevaluar nuestra posición respecto a los compromisos de mitigación frente al cambio climático y nuestras contribuciones nacionales.
Revisión de las cifras oficiales
Uno de los efectos de nuestra publicación del año pasado fue que propició una revisión de los reportes oficiales sobre las emisiones de gases de efecto invernadero. Existía un error en el tamaño del incremento en las emisiones entre 2021 y 2022. No se trataba de un salto vertiginoso del 9 % anual, sino “únicamente” del 4 %. Por suerte esta corrección ya se incluye en la publicación de los datos globales del Proyecto Global de Carbono (o Global Carbon Project[1]por sus cifras en inglés), quienes además han publicado las cifras de emisiones por país para el año 2023. Para México muestran que seguimos al alza: entre 2022 y 2023 se registró un nuevo incremento del 3 % en las emisiones de dióxido de carbono a nivel nacional. Aunque el incremento pueda parecer moderado, si se le acumula lo del año anterior, las emisiones nacionales han aumentado en 8 % entre 2021 y 2023. En otras palabras, el incremento vertiginoso del que hablábamos en la nota pasada no se dio en un año… sino en dos. Con esto, hemos vuelto a los niveles de emisiones que teníamos en el año 2011[2] y más de una década de esfuerzos de mitigación y compromisos de reducción de emisiones, se borraron en un par de años.
La carbonización de la economía
Dicho lo anterior, uno podría argumentar que el aumento en las emisiones de CO2 es en favor de la economía. Por supuesto que en estos últimos años hemos visto un aumento en el PIB, que, de acuerdo con el Banco Mundial, ha sido de alrededor del 5 % en estos dos años. El aumento de ambas, economía y emisiones, parecería estar íntimamente ligado. Pero todo cambia cuando se analizan las tendencias entre 2015 y 2019. Durante estos cinco años, la economía mexicana creció un 7 %, mientras que las emisiones disminuyeron en un -2 %. Nos encontrábamos en camino para descarbonizar nuestra economía, disminuyendo las emisiones nacionales, sin necesidad de afectar al crecimiento del país. Estos cinco años mostraron que esto es posible.
Uno se puede preguntar qué ha cambiado desde entonces. Principalmente, un giro drástico en la tendencia de uso de carbón, gas y petróleo. Mientras que el uso de gas y petróleo aumentó en un 6 % y 8 % respectivamente, el caso más alarmante es el del carbón mineral. Su uso, principalmente destinado a la generación eléctrica, se disparó un 33 % en sólo dos años, reemplazando la apuesta de gobiernos anteriores por las energías limpias. El carbón es además el más contaminante de todos los combustibles fósiles[3] y está siendo rápidamente eliminado por la mayoría de las economías del mundo.
Compromisos internacionales de mitigación
Para cerrar, queremos recordar que todos los países adscritos al Acuerdo de París, entre ellos México, se comprometen a presentar cada cinco años un plan de acción climática. Estas reciben el nombre de Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDCs por sus siglas en inglés) y representan un acuerdo y un plan a seguir para cada nación. Las mismas se formulan de manera individual por cada país, léase, nadie puede imponer a otras naciones compromisos de mitigación que podrían resultarles detrimentales. Adicionalmente se pidió que se formularan con miras a 2030.
México ha publicado dos documentos de esta índole: un primer compromiso en 2015 y su actualización en 2022. Ambos se encuentran disponibles en línea. En la primera versión, México se comprometió a reducir sus emisiones en un 22 % para 2030,[4] lo que implicaría una reducción constante de alrededor de 2 % por año. Durante los cinco años siguientes se avanzó en la dirección correcta, cumpliendo con estas metas. Sin embargo, la actualización prevista para 2020 se retrasó debido a la pandemia y no se publicó hasta 2022. En 2022 se publicó la segunda NDC nacional, esta vez con mayor ambición. Los compromisos de reducción nacionales ya no serían del 22 %, sino del 35 %; se tendría que doblar el esfuerzo. En papel suena increíble, pero como hemos mostrado, en los últimos dos años hemos dado vuelta a lo conseguido en los anteriores diez. Nos encontramos de vuelta en la línea base de emisiones y con sólo tres años para cumplir nuestro —ambicioso— compromiso. Con un país y un gobierno que sigue apostando por un modelo energético basado en combustibles fósiles, surge una pregunta ineludible: ¿cómo vamos a cumplir con nuestros compromisos internacionales de mitigación del cambio climático?
Guillermo Murray-Tortarolo
Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad. UNAM, campus Morelia
Francisco Estrada Porrúa
Coordinador del Programa de Investigación en Cambio Climático, UNAM
Este texto es una colaboración de nexos con el Programa de Investigación en Cambio Climático de la UNAM (PINCC)
[1] El Global Carbon Project, o Proyecto Global de Carbono, es un esfuerzo científico internacional para estimar las emisiones y sumideros de carbono de cada país del mundo. Es una de las fuentes de información principales para la toma de decisiones políticas internacionales mundiales.
[2] En 2011 se emitieron 483 millones de toneladas de CO2, mismas que disminuyeron hasta 468 en 2019 y repuntaron hasta 482 en 2023.
[3] Es el que emite más unidades de CO2 por unidad de energía generada
[4] Esto implicaría llegar a 375 millones de toneladas de CO2 para 2030 o una reducción de 105 millones de toneladas totales.
Bastará con dejar entrar a Exxon Mobil a México y nuestro petróleo será etiquetado como «verde» igual que ocurre con el petróleo de Guyana, que por cierto las plataformas de extracción se construyeron en pleno mar cerca de la desembocadura del Amazonas.
¿qué organismos miden el cumplimiento de los objetivos climáticos, con qué instrumentos científicos o métricas económicas? ¿son confiables sus datos?
Noruega está financiando la sustitución de su parque vehicular de gasolina por eléctrico gracias a sus ventas del petróleo en el mar del norte y ha abierto zonas antes prohibidas a la explotación petrolera. Hay que mencionar que las motocicletas y autos compactos de tres cilindros emiten menos CO2 durante su fabricación y vida útil que un Tesla.
También hay que anotar que más del 60% del gas consumido en electricidad lo importamos desde EEUU, pero los yacimientos del fracking en texas parecen estarse agotando, así que la transición debe realizarse ya, pero recordando que no todo es eléctrico y debe cuidarse que las renovables eléctricas no metan inestabilidad a la red eléctrica mexicana como ocurre en España y otros países europeos.
En España en 2024 hubo dos eventos de posibles apagones debido a que no se pudo compensar la energía que dejaban de entregar las renovables con otras fuentes al anochecer, por lo que recurrieron a cortarle el servicio a empresas con las que tienen el acuerdo de cobrarles menos a cambio de poder cortarles el servicio en caso de emergencia.
Con la cancelación de los permisos para extraer petróleo en Vnezuela, Repsol dejará de enviar a España 67 millones de barriles de gas diarios (con valor de 504 millones de euros) y tres millones de toneladas de petróleo.
Me parece curioso que aquellos que negaban el efecto de las sanciones económicas y financieras en Cuba, Venezuela o Siria ahora se indignan con los aranceles, que básicamente es lo mismo.