La creciente amenaza de la geoingeniería

No será sorpresa para quien observe con un poco de detenimiento concluir que las negociaciones internacionales sobre el clima han sido un fracaso rotundo. En los veintisiete años que han transcurrido, las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) se han incrementado en un 65 %. Durante este mismo periodo, la desigualdad económica se exacerbó, las instituciones democráticas perdieron legitimidad, y gobiernos nacionalistas y autocráticos se han abierto paso  a lo largo y ancho del globo. La crisis climática es el síntoma de lo que varios pensadores han denominado como una crisis civilizatoria, es decir, un estado de crisis perpetua, en donde la seguridad y el estado de emergencia se han convertido en la norma y no en la excepción.

Mientras que los países y las empresas se preparan para la conferencia de la ONU sobre Cambio Climático (COP26), el estado de emergencia a raíz de la pandemia se ha declarado en casi todo el planeta, “desmantelando la democracia democráticamente”, como expresó Gustavo Esteva.  Decenas de gobiernos han aprovechado el estado de emergencia para suspender leyes y normas e imponer medidas extraordinarias de control, convirtiendo a la crisis sanitaria en lo que el Secretario General de las Naciones Unidas describió como una crisis de derechos humanos.

A diferencia de la pandemia, la emergencia climática supondría una declaración de emergencia perpetua, reconfigurando el régimen de control y disciplina sobre la vida, para darle un enfoque con una escala y un alcance mucho más amplio. Siguiendo la lógica del régimen al que Michel Foucault denominó biopoder —que se refiere a las tecnologías políticas que permiten que las características biológicas de la población sean visibles y manejables—, la emergencia climática inaugura una nueva forma de control al instituir la posibilidad de ejercer un geopoder, es decir, la administración y el manejo total del planeta a través del uso de tecnologías como la geoingeniería.

Ilustración:

Antropoceno (o la administración del planeta)

En una conferencia en Cuernavaca en el año 2000, el geólogo Paul Crutzen retomó lo que entonces era un término oscuro para denominar la época en la que nos encontramos: el Antropoceno. El Antropoceno es, en pocas palabras, la época en la que la humanidad se ha convertido en un agente geológico. Es decir, la humanidad ha provocado en apenas unos cientos de años alteraciones al clima y al planeta que normalmente tardarían millones de años. La enorme influencia de la humanidad nos obliga a repensar nuestra historia y su separación con la historia natural y a preguntarnos ¿quién es parte de esa humanidad abstracta, responsable de haber desatado el Antropoceno?, ¿quiénes de esa humanidad vivirán los impactos?

Para Crutzen, y para varios de los geólogos que han retomado el concepto del Antropoceno, la humanidad se refiere a toda la especie humana. Así, tanto las causas del Antropoceno como sus impactos son colectivos. Las críticas a esta formulación revelan que sería ingenuo pensar que la responsabilidad se puede distribuir de la misma forma para toda la especie humana. Varios pensadores entienden este problema de manera distinta, y utilizan otros nombres para definir esta época: el Capitaloceno, el Euroceno, el Hombreoceno. Estos son apenas algunos de los incómodos términos para tratar de entender quiénes son responsables y cuáles son los mecanismos que nos condujeron hasta aquí.

Para quienes utilizan el término del Antropoceno para referirse a una época o la conclusión lógica del progreso en la que “inadvertidamente” terminamos, estas distinciones son irrelevantes o, en el mejor de los casos, secundarias. Para ellos la humanidad está experimentando un despertar colectivo al enfrentarse al exceso y al desperdicio que se produjo después de los últimos 500 años de abaratar y descontar vidas y naturaleza al servicio del capital.1 Quienes sostienen estas posturas ahora sugieren que lo que falta es profundizar el control sobre el planeta, al redefinir los instrumentos que crearon este problema para ponerlos al servicio de la humanidad.

Dicho de otra forma, el Antropoceno supone un reto para la modernidad y el modelo de desarrollo, aunque no necesariamente significa su agotamiento. El reto consistirá en encontrar las vías para seguir creciendo económicamente, siempre y cuando encontremos una forma de eliminar el desperdicio que esto supone, específicamente el CO2. Al eliminar, capturar o secuestrar el CO2 será posible continuar sin que nada más tenga que cambiar. La lógica del geopoder es, precisamente, que a través del despliegue masivo de proyectos de geoingeniería se intervenga y modifique el clima, los ecosistemas y la esfera planetaria, eliminando la necesidad de alterar el sistema económico, social o político. Así, será posible afianzar el control tecnocrático de expertos para terraformar el planeta.

¿Geoingeniería?

No es una sorpresa que en el texto en el que Crutzen desarrolla el concepto del Antropoceno, también aparezca lo que él mismo denomina como: el despliegue masivo de la geoingeniería.2 Este concepto, que se ha convertido en un término habitual en la ciencia y en las negociaciones climáticas, revela las estrategias con las que se espera que la tecnología nos permita doblegar al planeta para mantenerlo “habitable”.

La geoingeniería consiste en una serie de tecnologías que buscan intervenir en el clima con el fin de reducir el proceso de calentamiento de la Tierra. Las propuestas varían en escala e impacto, y van desde rociar partículas en la estratosfera para bloquear el sol (SAI por sus siglas en inglés) hasta la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECCS), que consiste en la tala de árboles para generar energía, capturar el carbono que se emite para después enterrarlo y repetir el proceso de forma indefinida.3 Esta última tecnología se ha convertido en una de las predilectas de la ciencia climática. En el Informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (PICC) de 2018, tres de los cuatro escenarios para limitar la temperatura en 1.5 °C incluyen BECCS, mientras que los compromisos de reducción de emisiones de casi todos los países desarrollados dependen de tecnologías como éstas para limitar el incremento de la temperatura en 1.5 o 2 °C.

Entre los diversos problemas que supone la geoingeniería, sobresale la gran incertidumbre sobre sus posibles impactos. Al bloquear el sol con partículas y aerosoles, no sabemos qué puede ocurrir con distintos ecosistemas y especies cuando éstas desciendan a la tierra. Lo mismo ocurre con BECCS. Esta tecnología solamente existe como una propuesta, pues su despliegue no se ha probado de forma segura y mucho menos a la escala necesaria para reducir suficientes emisiones y estabilizar el clima. De acuerdo con Jason Hickel, el despliegue de estos proyectos implicaría la construcción de infraestructura más ambiciosa de la historia, pues sería necesario construir unas 15 000 instalaciones, además de que el área necesaria para plantar el combustible sería equivalente a dos o tres veces el tamaño de la India.4 Aun así, el número de propuestas como éstas en distintas escalas y regiones continúa incrementándose. De acuerdo con el monitor de geoingeniería, existen aproximadamente 1560 proyectos planeados o en operación.

¿Qué implicaciones tendrá esto para las comunidades y personas que ya se ven afectadas y desplazadas por el avance de las fronteras extractivas? ¿Cuáles serán las consecuencias para la alimentación si destinamos tierra para producir biocombustible en un mundo cada vez más poblado y con mayores desigualdades?, ¿qué significará para los países del Sur Global en donde probablemente se desarrollarán la mayoría de estos proyectos? Estas son preguntas que no aparecen en los modelos climáticos ni en los reportes de las organizaciones, empresas y gobiernos que apuestan por estas soluciones. En otras palabras, estas son, precisamente, las preguntas que tenemos que hacernos al enfrentarnos a la amenaza de la geoingeniería.

Del biopoder al geopoder

En este sentido, la lógica del geopoder no sólo es una extensión al control biopolítico, sino que le da otra vuelta a la mítica tuerca que comenzó a girar con el devenir del desarrollo sustentable.  Este concepto puso de cabeza el reconocimiento de los límites que detonó el reporte del Club de Roma en 1972. El crecimiento económico se convirtió en la solución y no el problema. Lo mismo sucede ahora con el reconocimiento de los límites planetarios. En vez de convertirse en un llamado de atención para definir los límites del consumo de minerales y energía, los geo-constructivistas los han interpretado como la oportunidad de incrementar el control planetario.

Estas no son ideas nuevas. En 1957, cuando la Unión Soviética se preparaba para enviar el primer satélite artificial a orbitar el planeta, Hanna Arendt argumentó que las técnicas geofísicas “artificiales” estaban transformando el carácter de la ciencia. El Sputnik se convirtió en el epítome de la “artificialidad”, la cual podría, eventualmente, sustituir por completo las funciones de la naturaleza. Años más tarde, en 1968, al ver las primeras fotografías a color de la Tierra desde la luna, Martin Heidegger declaró que en ese momento se perdía la posibilidad de seguir habitando el planeta: la Tierra se convertía en una abstracción, en un sistema que podía ser manejado o intervenido.

¿Alternativas?

En 1991, antes de que cientos de “líderes” se reunieran en la cumbre de la tierra en Río de Janeiro para decidir el destino del planeta, el escritor Wendell Berry declaró que el pensamiento global era imposible.5 Berry advertía desde entonces que quienes pensaban en términos globales, incluso en términos nacionales, eran peligrosos: pensar en estas escalas implica, irremediablemente, reducir todo a estadísticas y abstracciones. El pensamiento global sólo puede hacer a la Tierra lo que un satélite: reducirla a un espacio manejable. En sus propias palabras: “A menos que uno esté dispuesto a ser destructivo a gran escala, uno no puede hacer nada más que a nivel local”.

Continuar con el despliegue de la geoingeniería, junto con otras soluciones tecnológicas y de mercado, como proponen varios países al asumir compromisos de emisiones netas-cero en el marco de la COP26, implica dar un paso más hacia la institucionalización del geopoder. El despliegue masivo de la geoingeniería implicaría darle la capacidad de decidir a un puñado de expertos, y poner al planeta y a la naturaleza a su servicio. Al constituir a la Tierra como un espacio “manejable”, la captura, secuestro o eliminación del excedente de CO2 asegurará la continuación e institucionalización de un estado de emergencia permanente y del populismo climático que ya rige las negociaciones internacionales, en donde las demandas de acción urgente ante el colapso climático se traducen a soluciones tecnológicas que permiten que todo permanezca igual.

La amenaza de la geoingeniería hace eco a la advertencia de Berry tanto como a la preocupación de Heidegger. Al entender el planeta como algo manejable se pierde por completo la posibilidad de habitarlo. Recuperar el arte de habitar, como dijo Iván Illich,6 implicará evitar las abstracciones que supone la geoingeniería y regresar, recuperar y crear nuevos ámbitos de comunidad.

 

Carlos Tornel
Candidato a doctor en la Universidad de Durham

Agradezco a Ana De Luca y a Claudia Campero por sus aportaciones.


1 Ver: Moore, J. W. “El capitalismo en la Trama de la Vida”, Traficantes de Sueños, Madrid, 2020.

2 Crutzen, P. “The Geology of Mankind”, Nature, 415(23), 2002.

3 Un desagregado de estas iniciativas puede encontrarse en el Monitor de Geoingeniería.

4 Hickel, J.  “Less y More. How degrowth will save the world.” Windmillbooks. Londres, 2020, pp. 129-138.

5 Berry, W. “Our of your car, off your horse, Twenty-seven propositions about global thinking and the sustainability of cities”, The Atlantic, 1991.

6 Illich, I. “El Arte de Habitar. Discurso ante The Royal Institute of British Architects, York, Reino Unido”. En Obras Reunidas, vol. 2. Revisión de de Valentina Borremans y Javier Sicilia. Fondo de Cultura Económica. México, 1984, pp. 464-72.

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Publicado en: Repensar el discurso

Un comentario en “La creciente amenaza de la geoingeniería

  1. Excelente documento de algo que debe ser abordado de manera urgente en foros a nivel nacional e internacional.

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