Tiempos de reflexión y compromisos
Estos días de celebración y festejo por nuestra gran casa, La Tierra, deben ser para recordar la dicha de vivir y la posibilidad de ser; de paso, una oportunidad para reflexionar algunas de las consecuencias de nuestro vivir en el mundo, la devastación que sufre el planeta y muchos de quienes lo habitan. Son también estos tiempos de resistencia a la hostilidad de este orden patriarcal donde reinan el mercado, el capital y la búsqueda del lucro y el beneficio privado. Son días para ejercer ese derecho fundacional de la condición humana, irrenunciable: el derecho a soñar un mundo mejor. Momentos para agradecer a La Tierra la magia de la vida, una magia que es imperativo ético hacer llegar a los que hoy sufren y padecen las miserias del mundo.
Hoy más que nunca emerge un doble compromiso con el planeta y quienes lo habitamos, humanos y no humanos, seres sometidos, cancelados y condenados al olvido, árboles, ríos, mares, diminutos y grandes seres de vida, nichos compartidos de seres de vida y de anhelos. Primero, un compromiso ético; segundo, un compromiso político. Ético porque tiene que ver con la necesidad y urgencia de enarbolar y poner en práctica nuevos valores que echen abajo los de esa modernidad vacua y retórica que destruyen la vida; modernidad que, en su fase actual de crisis ambiental, como razón ambiental, ecológica y sustentable, quiere hacer sostenible una relación barbárica que daña a humanos y a no humanos. Hoy como nunca requerimos de un compromiso ético que ponga en escena nuevos valores; aquellos que tienen que ver con el cuidado, la solidaridad, la justicia humana y transhumana; valores que dignifiquen a los pobres del mundo, a los que padecen sometimiento y cancelación, y que mejoren las condiciones de la vida que fabrica vida, a la naturaleza en su interminable despliegue creativo e inédito.
Es éste también un compromiso político, porque el cambio de las estructuras de desigualdad que someten a mujeres, hombres y diversos seres humanos, así como a la naturaleza devastada por su conversión en simple medio para los fines del capital, el mercado y la mercancía, demanda el uso de los recursos de poder disponibles o la construcción de los que son necesarios para disolver y sustituir las devastadoras estructuras de dominación.

Fotografía: Project Apollo Archive de dominio público, edición de Earthsound.
Los años sesenta, un nuevo amanecer
El 22 de abril de 1970, fecha de la instauración y celebración del día de La Tierra, constituye un momento clave para pensar la crisis ambiental que mantiene en agonía la vida planetaria. Fue ese un año de reflexión y de asimilación, de toma de conciencia y de búsqueda de alternativas para todo aquello que los años sesenta dinamitaron. Representa una especie de reconocimiento oficial global, público y ciudadano de la crisis planetaria que hoy día enfrentamos.
Los años sesenta fueron años de cambios profundos, de crisis de valores, de protesta, de agrietamiento de las estructuras del mundo industrial capitalista moderno. La efervescencia de esa época apenas la empezamos a percibir hoy, en las penumbras de este presente que nos permite ver, sin el deslumbramiento y la vorágine de aquellos días, el alcance de las transformaciones estructurales, mentales, cognitivas y emocionales de una época en la que no sólo se pusieron en duda los supuestos logros y progresos de la modernidad tecnológica y de sus férreos sistemas de control y vigilancia, sino que también abrió las posibilidades para la construcción de un orden social mejor, más humano, más igualitario; el sentimiento de que un mundo más justo no sólo era posible sino, sobre todo, necesario. Todo un orden completo pareció venirse abajo; todo un mundo de ilusiones, de fantasías, de abundancia material se derrumbó o, al menos, se fisuró con esa pequeña gran revolución que tuvo lugar en las mentes, y en las estructuras del orden de la triunfante modernidad industrial; sobre todo ese mundo feliz de la posguerra y del sueño americano de los años sesenta fue demolido por sus sueños y utopías.
Romper con los espejos, observarnos por dentro desde fuera
Una lucha en dos frentes parecía escenificarse en esa década. Una en el frente planetario, las transformaciones aquí, en el planeta Tierra. Otra en el frente exterior, el del espacio y sus enseñanzas para la comprensión y transformación del mundo; ese espacio exterior explorado, visitado, experimentado por primera vez por la especie humana y que empieza a provocar efectos de conciencia, efectos emotivos, a construir nuevas simbologías, nuevos imaginarios desde el momento en que empiezan a llegar las primeras fotografías del espacio exterior. El resultado fue la posibilidad de dejar de mirarnos en el espejo de la autorreferencia y la autocomplacencia, trascender la estrechez de la reflexión crítica de nuestro ser en el mundo. Este evento, implicó la posibilidad de vernos de manera completa, como unidad, como totalidad, esfera mundial girando en su eje y en la ruta solar, y en la inextricable ruta de la totalidad infinita del universo, respecto a la cual el planeta Tierra emergía en su completa pequeñez, en su soledad, en una suerte de desolación: observarnos por dentro desde fuera.
Mirarnos desde el espacio exterior fue una experiencia demoledora, nostálgica, angustiante, esperanzadora, un efecto colateral de la decisión de lanzarnos a la aventura de explorar y conquistar nuevos mundos. Los viajeros narrándonos la inexplicable, inenarrable experiencia estética visual de ver la Tierra como una hermosa esfera azul, viva, en movimiento, empequeñeciéndose a medida que se alejaban de ella y experimentando, algunos de ellos, una alegría y un miedo profundamente humano, la inmensa sensación de desprendimiento, la pérdida de la seguridad ontológica, en la medida que se efectuaba y se asimilaba la separación de ese gran útero, La Tierra, que nos abriga, alimenta y protege.
Estas imágenes construyeron nuestra mirada actual, nuestra sensibilidad actual, nuestros sentimientos actuales respecto al mundo que habitamos, mostrándonos no sólo la fragilidad del planeta, la metáfora de la Tierra como una nave frágil y solitaria navegando en la tremenda oscuridad y soledad del espacio exterior, sino también hablándonos de nuestra propia fragilidad, construyéndonos como seres vulnerables, seres habilitados para sentir dolor, miedo, angustia por una vida, un destino que aparecía no sólo en toda su fragilidad sino, sobre todo, en toda su incertidumbre.
Ninguna experiencia de navegación en el interior del planeta podría habernos mostrado el significado de la vida en la Tierra con la veracidad y vehemencia que hizo posible la mirada de la Tierra desde el exterior. El desprendimiento, la salida del planeta por los primeros miembros de la especie humana hizo posible esa mirada desde fuera, a la distancia, y su consecuente retorno permitió observarnos en todo el dramatismo, experimentar con toda claridad el drama de nuestra existencia humana, un drama de contrastes, de grandeza y de tantas miserias. Los astronautas no sólo tuvieron la imagen visual del planeta, su pequeñez en la inmensidad del grande e infinito universo. Tuvieron también una comprensión instantánea de la pobreza y de la estupidez humana, seres, nosotros, como los duelistas de Goya, destruyéndonos unos a otros, mientras el suelo, el planeta que nos sostiene, se hunde y nos lleva al abismo.
Acá en la Tierra, cambios no menores estaban ocurriendo. Mientras los viajeros mordisqueaban apenas pequeños fragmentos del infinito, en el frente interno, los habitantes de ese mundo material y desigualmente abundante de la posguerra empezaban a albergar dudas, sobre todo cuando la bonanza devino escasez y las señales de su desvanecimiento se hacían cada vez más claras. La crisis de sociedad, de civilización y del sistema de la vida empezaban a enviar señales claras de una inminente debacle, el tránsito del sueño dorado de la abundancia a la pesadilla de una sociedad moderna industrial, no sólo incapaz de cumplir sus promesas de felicidad para la especie humana, sino incluso de sostener las condiciones mínimas para su propia sobrevivencia.
El estallido de un mundo, nace una esperanza
Los años sesenta se construyen ambientalmente con esas imágenes, por una parte, de belleza extrema que la fotografía del Amanecer de la Tierra desde la Luna enviada por el Apolo 8 epitoma y, por otra parte, con la exhibición de todo ese mundo reprimido, humano y no humano, emergiendo por las fisuras abiertas por la crisis, permitiendo a los seres de vida sometidos e invisibilizados expresar su voz, decir su palabra. Surgen así motivadas por la crisis, la ciencia ambiental, el movimiento ambiental, la conciencia ambiental. Y todo ello se combina con otras crisis, la del sistema patriarcal que estalla en los ámbitos sagrados de la intimidad, mostrando en toda su crueldad las relaciones de poder, de dominación y sometimiento en el ámbito familiar, anteriormente entendido como espacio de solidaridad y armonía. Estallan también los valores de una sexualidad reprimida, estereotipada, comercializada, y moralinizada. Surge el movimiento feminista, el de las diversas y múltiples identidades sexuales, comunitarias, étnicas, de género que reclaman su derecho a ser, y surge el movimiento estudiantil cuyo emblema mundial fue el de París 1968, replicado en muchos rincones del mundo moderno y en el cual, parafraseando a Marx, los jóvenes parecían dispuestos a tomar el cielo por asalto.
Un silencio de muerte
En el ámbito intelectual, pocas como Rachel Carson abren la mirada al mundo para estudiar, vivir y entender la magnitud de la crisis. Justo al inicio de los años sesenta, en su obra, Primavera Silenciosa, narra su percepción y explicación de una crisis que se hace presente en todos los ámbitos y en todas las formas de vida. Un día, según cuenta, en su visita a su casa de campo en Nueva Inglaterra percibe, en plena estación florida, cuando la primavera estalla en su fiesta de flores y colores, un silencio devastador; nota la ausencia del canto de los pájaros y la música de los insectos. Sus estudios la llevan a concluir que ese silencio provenía del mundo de muerte instaurado por la tecnología agrícola productivista basada en pesticidas, plaguicidas, una inmensa y poderosa industria química que, por una parte, parecía aumentar la riqueza producida por la tierra, y por otra, producía muerte y desolación. Una década de remoción de estructuras, de sacudimiento de conciencias, de parlamentos de seres antes silenciados pudiendo expresar su voz, proponiéndole un hasta aquí a un sistema, el capitalista patriarcal. Una nueva sensibilidad, una nueva mirada, nuevos sentimientos emergen y hacen posibles imaginar y proponer nuevos mundos de vida.
Los verdaderos factores de fondo, las verdaderas causas explicativas de ese proceso que llevó a establecer y celebrar el 22 abril de 1970 como el Día de la Tierra, poniéndola en un lugar prominente en la conciencia colectiva, así como a procurar su cuidado y protección; fueron esos mundos tambaleados, desestructurados, sometidos a crítica y revisión. Así también las protestas, los movimientos sociales, los imaginarios, las miradas críticas de las mujeres y los hombres de los años sesenta supieron descifrar las señales de una crisis inminente, ante lo cual plantearon alternativas, propusieron salidas, sueños, utopías, el deseo y la voluntad de que un mundo mejor, más justo, más humano era posible.
José Luis Lezama
Centro de Estudios Críticos Ambientales Tulish Balam.
Sin contar que a los políticos les importa mas las fotos que los hechos, proponen cosas tontas y se olvidan que nos estamos comiendo al planeta.
Muy importante reflexión de Lezama, justo fue el arranque de los movimientos ambientalistas, mirar por primera vez a nuestro planeta tierra, como bien lo dice el autor, fue como mirarnos a nosotros mismos desde dentro. Es la condición humana la que se ha puesto en juego, en una línea muy frágil, pues como sabemos las condiciones que permiten la vida humana en el planeta, así como la de todos los seres vivos , son frágiles:, pues solo si cambiara el porcentaje de oxigeno presente en la atmosfera a causa del industrialismo capitalista estaría en juego toda la vida sobre el planeta. Nuestra salud depende de la salud del planeta,