Los sucesos en las últimas dos semanas en Estados Unidos reflejan muy claramente las devastadoras consecuencias de la presidencia de Donald Trump. El asalto al capitolio por una turba de grupos racistas pero al mismo tiempo carnavalescos y desorganizados, muestran la forma en la que el neoliberalismo reaccionario de Trump ha eliminado por completo la política para sustituirla por un modelo en donde las decisiones se dejan en manos de las élites y el mercado, exacerbando aún más las desigualdades que son actualmente, completamente irreconciliables. En una de sus últimas acciones, la administración de Trump autorizó el arrendamiento de 400 000 hectáreas de tierras en el refugio nacional de vida salvaje en Alaska a compañías petroleras. Es por ello que vale la pena reflexionar cómo llegamos aquí, de qué forma la crisis de este neoliberalismo reaccionario está entremezclada con la crisis climática y qué significa esto para la presidencia de Joe Biden.
Dos prominentes pensadoras vienen a la mente al analizar el neoliberalismo: Wendy Brown y Nancy Fraser. Ambas han formulado propuestas exhaustivas para entender el modelo neoliberal actual. De acuerdo con Wendy Brown, el neoliberalismo es una estrategia que busca separar la política de la economía, a la vez que es una estrategia para la producción de valores que organizan los principios de la sociedad.1 Para Fraser, existen dos formas de neoliberalismo: el progresivo y el reaccionario. Siguiendo las ideas de Antonio Gramsci, Fraser argumenta que el neoliberalismo se ha consolidado como una sólida hegemonía desde la década de los ochentas. Lo anterior se resume de la mejor forma por la infame frase de Margaret Thatcher: “No hay alternativa”, así el neoliberalismo pone al centro los valores económicos ahuecando la política de su contenido democrático. Para el modelo neoliberal, la política no es un articulador adecuado de las demandas sociales, solamente el mercado tiene la capacidad de tomar decisiones en beneficio de la sociedad.2

Ilustración: Patricio Betteo
Del neoliberalismo progresivo al neoliberalismo reaccionario
Nancy Fraser argumenta que el neoliberalismo que se ha establecido como el bloque hegemónico desde hace 40 años se caracteriza por su carácter progresivo, es decir, por separar lo económico de lo político, las élites en manos de Wall Street, Hollywood y Silicon Valley, junto con las corrientes liberales de movimientos reaccionarios como el feminismo, el movimiento antirracista, el multiculturalismo y el ambientalismo, lograron vincular la “política” a aspiraciones no económicas de emancipación. Esta alianza cultural y económica logró difundir un reconocimiento superficialmente igualitario, desplazando y evacuando discusiones sobre la distribución de la riqueza. Así, la protección de la naturaleza se convirtió en una plataforma de comercio de emisiones, y el derecho a la vivienda se convirtió en préstamos de alto riesgo a grupos históricamente marginados y explotados por el sistema económico-financiero, por mencionar algunos ejemplos.
La sumisión de los movimientos radicales de los 60 y 70 a la nueva política hegemónica —compatible con un modelo económico formado al estilo de Goldman Sachs— abrió las puertas a incluir a grupos ecologistas y feministas, entre otros, transformado las demandas radicales y emancipadoras en propuestas superficialmente inclusivas. Así, el problema dejo de ser la desigualdad económica para resaltar la falta de diversidad en los puestos de poder. El “empoderamiento” y el reconocimiento de mujeres y “minorías’"se convertiría en una de las formas de justificar la jerarquización de distintas clases sociales a través del mérito. Lo anterior significó que la mayoría se quedaría abajo mientras que algunos “dignos” podrían escalar a la cima. Esta ideología es omnipresente en los Estados Unidos y se ha diseminado gracias a Hollywood (en películas como En busca de la felicidad) y Silicon Valley (a través de mitos como el emprendimiento).
Tal vez el ejemplo más ilustrativo de esta tendencia fue la subversión de la crítica ambiental de los años setentas para convertirse en el discurso del desarrollo sustentable. El movimiento que había anunciado los límites del crecimiento económico, pronto transformó su postura con respecto a este punto, convirtiendo al crecimiento en la solución y no en el problema. En la época neoliberal, los mensajes ambientalistas no podían ser confrontativos —en contra del capitalismo, el sistema militar industrial o las corporaciones— sino que tenían que ser reempaquetados de forma positiva. Así, una buena parte de los ecologistas adoptaron un lenguaje económico en donde “asignar el precio correcto” se convirtió en la solución, mientas que la naturaleza y los ecosistemas se convirtieron en bienes y servicios, los movimientos sociales fueron reemplazados por organizaciones no gubernamentales.3 El movimiento triunfó al transformar las demandas de equidad y emancipación en una meritocracia.
La candidatura y la presidencia de Donald Trump fueron el resultado de un movimiento reaccionario que surgió de la desilusión y la erosión de la hegemonía de este modelo. Las señales de esta problemática pueden rastrearse a dos sucesos específicos. Primero, la crisis del 2008 abrió la puerta a una verdadera reforma al sistema financiero que había despojado a millones de personas de sus hogares y bienes para el enriquecimiento de una élite. En vez de eso, el recientemente electo gobierno de Barack Obama optó por rescatar a los bancos. El segundo momento vino en 2011 con el surgimiento del movimiento Occupy. Occupy puso sobre la mesa las denuncias de millones de personas de un sistema que saqueaba a la gran mayoría para enriquecer al 1 %, así como la imposibilidad de participar en los procesos de toma de decisiones los cuales se redujeron a un manejo tecnocrático de la política y a un involucramiento sin precedentes del gran capital en los espacios políticos.4 Así, Trump logró posicionarse como el candidato ajeno a este sistema, como una alternativa radical de redistribución populista con una agenda basada en el reconocimiento reaccionario.
Después de ser electo, Trump rápidamente abandono las políticas populistas de redistribución económica que buscaban “drenar el pantano” del 1 %, para enfocarse y exacerbar la retórica antinmigrante fortaleciendo a las élites más ricas del país con una política reaccionaria de reconocimiento. Las políticas que emergieron de esta coalición de fuerzas fueron caóticas, desorganizadas e inestables, desde la separación de niños de sus padres en la frontera hasta la eliminación de estándares ambientales y el renovado énfasis en las plantas de carbón, más que establecer un nuevo orden hegemónico, exacerbaron la desarticulación y la separación económica y social de la población.
Biden ante la crisis climática
El regreso de los demócratas es sin duda un avance importante para combatir el neoliberalismo reaccionario de Trump; sin embargo, es preocupante ver que las políticas de Biden apelan a regresar a un neoliberalismo progresivo. Aunque es cierto que Biden ha virado a la izquierda con relación a las políticas de Obama –lo que en mi opinión se debe a las propuestas de candidatos como Bernie Sanders y movimientos sociales que han abierto la puerta a políticas más radicales y más inclusivas– las propuestas de Biden, en términos climáticos, no serán lo suficientemente efectivas para atender la crisis por dos razones.
Primero, las propuestas de Biden que buscan alcanzar una economía cero-carbono al 2050, siguen enmarcadas en una lógica nacional, cuando la crisis climática exige un movimiento global. Lo anterior es principalmente evidente en la transición energética y la creciente demanda de materiales que está provocando un nuevo “boom” de productos primarios. La forma en la que se ha perseguido la transición energética a nivel global ha demostrado que la simple substitución de fuentes de energía fósil por renovables no resulta en un modelo inherentemente más justo o inclusivo. En un estudio realizado por investigadoras e investigadores de la Universidad de McGill y la Universidad Autónoma de Barcelona entre otras identifican que la conflictividad socioambiental asociada con los proyectos de energía renovable es prácticamente igual que la de los combustibles fósiles.
El plan de Biden sugiere que la demanda de nuevos materiales como el litio, el níquel y el cobalto, por ejemplo, tendrán impactos socioambientales importantes en el sur global mientras el norte persigue una transición energética. Lo anterior requiere de una revisión de las cadenas materiales de producción, así como la substitución de tecnócratas y organizaciones de sociedad civil en los procesos de decisión, por la participación de movimientos comunitarios. Asimismo, requerirá que las políticas de descarbonización en Estados Unidos, incluyendo el Green New Deal, vean más allá de la substitución de fuentes de energía y combatan la desigualdad en el acceso y el consumo. En otras palabras, una verdadera política de reducción de emisiones en Estados Unidos debería apuntar hacia el decrecimiento y la reducción en el consumo para drásticamente reducir el impacto de las cadenas de valor de las fuentes renovables de energía en el sur global y comunidades vulnerables.
Segundo, se ha celebrado la reincorporación de los Estados Unidos al Acuerdo de París a raíz de la elección de Biden. En otras ocasiones he abordado las múltiples problemáticas del Acuerdo de París, pero en esta ocasión tal vez valdría la pena reiterar que el Acuerdo de París, así como los Objetivos de Desarrollo Sostenible, significan un restablecimiento de la economía verde, es decir, una visión de la economía que, al continuar con las propuestas del neoliberalismo progresivo, apuesta por perseguir lo que en otras ocasiones se ha referido como las falsas soluciones al cambio climático: intercambios de emisiones, geoingeniería y energía nuclear, entre otras. En resumidas cuentas, el regreso de Estados Unidos al Acuerdo de París servirá de muy poco ya que el acuerdo está totalmente divorciado de las operaciones de los sistemas económicos y políticos actuales, evitando categóricamente una confrontación con las grandes compañías de combustibles fósiles y en su lugar proponiendo un modelo en donde la destrucción del medio ambiente puede convertirse en un activo financiero.5
Esta confrontación –contra las empresas, los combustibles fósiles y los agentes del neoliberalismo progresivo y reaccionario–, es inevitable. Sería ingenuo seguir creyendo que es posible, como diría la poeta Audre Lorde, desmantelar el capitalismo con las herramientas que nos da el capitalismo. En este sentido, el reto para los movimientos sociales en Estados Unidos y en el resto del mundo está en su capacidad de organización y de generar redes de solidaridad para evitar la catástrofe que se avecina. Un caso que me parece loable es el de las comunidades afroamericanas y latinas en Georgia, las cuales, con el objeto de remover a Trump, restablecieron el derecho al voto de miles de personas. La agenda de estos movimientos, así como la de grupos indígenas resistiendo el desarrollo de proyectos extractivos, ofrecerá soluciones más realistas y efectivas al cambio climático y, al mismo tiempo, serán claves para asegurar que las propuestas de justicia climática expongan las falsas soluciones del neoliberalismo, ya sea progresivo o reaccionario.
Carlos Tornel
Candidato a doctor en Geografía Humana por la Universidad de Durham.
1 Brown, W. (2019) In the Ruins of Neoliberalism. the Rise of Antidemocratic politics in the West. Columbia University Press. New York.
2 Fraser, N. (2017) “From Progressive Neoliberalism to Trump – and Beyond”. American Affairs, (1)4: 46–64.
3 Spash, C.L. (2020) The capitalist passive environmental revolution, The Ecological Citizen, 4: 63–71.
4 La devastadora decisión de Citizens United por la suprema corte en EUA permite el gasto ilimitado de corporaciones en campañas políticas en “Trump is the natural consequence of our anti-democracy decade”.
5 Spash, C.L. (2016) This Changes Nothing: The Paris Agreement to Ignore Reality, Globalizations, 13(6): 928-933.
Lo bueno que ya tienen nuevo presidente Estados Unidos y podrán aliarse con los demás países para enfrentar el cambio climático.