La vida que alberga el planeta Tierra comenzó siendo una sopa de moléculas inorgánicas que, con el tiempo, dio origen a la inmensa diversidad de formas de vida que vemos hoy. Uno de estos millones de organismos que existen en ella somos los seres humanos, quienes hemos transformado la mayor parte del planeta debido a nuestra creciente demanda de recursos y espacios para vivir. De hecho, un estudio publicado en la revista Science estimaba desde 2014 que más de la mitad de la población humana habitaría en centros urbanos,1 y en 2018 la Organización de Naciones Unidas calculaba que para 2050 la cifra aumentará a más de dos tercios,2 por lo que la tendencia actual de modificación del planeta es principalmente para la urbanización que incluye toda la infraestructura que necesitamos para vivir: áreas de cultivo para alimentos y ganadería, tierras para instalar fábricas, ciudades y demás infraestructura para abastecer nuestras demás necesidades. Por eso, es raro encontrar en nuestro planeta lugares que no hayan sido transformados por las actividades humanas o que la vegetación y fauna permanezcan intactas. Así, una pregunta que se hacen las y los científicos es ¿todavía existen ecosistemas intactos en el mundo? Y, de ser así, ¿dónde se encuentran?

En 2021, un grupo de quince autores, entre los que están la doctora Ella Vázquez Domínguez y su estudiante de doctorado Carlos Luna-Aranguré del Instituto de Ecología de la UNAM, publicaron el artículo: “Where might we find ecologically intact communities?” (“¿En dónde podemos encontrar comunidades ecológicas intactas?”), en donde responden a esta pregunta.3 El estudio fue realizado a escala mundial, enfocado principalmente en mamíferos, para el cual el equipo de Ella Vázquez Domínguez echó mano de diferentes fuentes de información. Entre ellas la base de datos de la Huella Humana, que les sirvió para identificar en qué áreas el impacto humano es bajo. También, utilizaron las bases de datos de Mamíferos Extirpados4 y la de la Unión Internacional para la Conservación (IUCN) que les aportó información sobre extinción histórica de mamíferos del mundo tomando como base el año 1500, así como un mapa de defaunación en bosques tropicales que predice especies de mamíferos localmente extirpados por presión de caza. Además, aprovechando información científica disponible de 16 especies de mamíferos, elaboraron sus propios mapas de Integridad del Hábitat, de Integridad Faunística (es decir, en los que la información científica no detecta ninguna pérdida de especie animal) y de Integridad Funcional. Con esto, el equipo de Vázquez Domínguez identificó qué sitios hay en nuestro planeta que todavía son íntegros desde la perspectiva ecológica.
Las autoras y los autores explican que, desde el punto de vista de su estudio, la integridad ecológica implica que el hábitat está intacto, es decir, no ha sido transformado por actividades humanas; también que la fauna está intacta, o sea que el ensamble de especies se mantenga completo y que la comunidad de animales en el ecosistema siga siendo funcional ecológicamente. Esto quiere decir que sigan desempeñando los distintos papeles biológicos dentro de cada ecosistema, como por ejemplo la polinización, la dispersión de semillas, etcétera.
Las conclusiones del estudio de Vázquez Domínguez y sus colegas, publicado en la revista Frontiers in Forest and Global Change en abril de 2021, con una secuela en 2022 en la misma revista,5 responden a las preguntas arriba planteadas, la cual en pocas palabras es: sí existen ecosistemas intactos en la superficie terrestre de nuestro planeta, pero sólo un poco menos del 3 %. Las áreas que identificaron como intactas están en la porción este de Siberia y al norte de Canadá, en partes del Amazonas y del Congo (que pronto podría desaparecer ver: “Congo to Auction Land to Oil Companies: ‘Our Priority Is Not to Save the Planet’” en el New York Times) y en el Sahara. Específicamente, ecosistemas boreales, tundra, selvas tropicales y desierto, respectivamente. Desafortunadamente, de estos ecosistemas identificados como “ecológicamente íntegros”, sólo el 11 % de su área está en algún tipo de área natural protegida. Algunas áreas coinciden con territorios manejados por comunidades indígenas, que juegan un papel crucial en su conservación.
Bosques vacíos y una mirada al futuro
Desde mucho antes de este estudio, ya existían ideas sobre el impacto negativo que la humanidad estaba causando en el planeta. Un ejemplo de ello es el estudio de Kent Redford, que en 1992, en ese entonces en la Universidad de Florida, publicó un artículo en la revista BioScience en el que hablaba de lo que él denominó “el bosque vacío” (the empty forest).6 La idea del “bosque vacío” se refiere a que, a pesar de que grandes árboles se mantienen de pie, no hay animales, cuyos papeles biológicos son muy importantes para mantener vivo al ecosistema. Los papeles biológicos que desempeñan los animales en los bosques y selvas son diversos, por ejemplo, de la ya mencionada polinización depende alrededor de una tercera parte de las plantas. También diseminan las semillas y remueven el suelo, facilitando así que muchas plantas más germinen. Además, dejan desechos que aportan nutrientes para el suelo. Redford se refería a que las actividades humanas dentro de las selvas y bosques afectan a los animales del ecosistema ya que los humanos compiten por el mismo recurso, ya sea cazando los mismos animales de los que dependen los grandes depredadores (como el jaguar y el puma en Latinoamérica) o recolectando frutas que alimentan a otros animales, o porque eliminan árboles que sirven como sitios de refugio para aves y monos. Desde entonces, afirmaba que ya existían estos bosques vacíos.
En el mismo año de la publicación del estudio de Redford, la Unión de Científicos Comprometidos emitió una “advertencia a la humanidad”, firmada por mil quinientos científicos de todo el mundo, en la que llamaron a la humanidad “a disminuir la destrucción ambiental”.7 En ese momento, este grupo de científicos alertó “que nos acercamos rápidamente a los límites de lo que la biosfera puede tolerar sin sufrir daños sustanciales o irreversibles”. Ya bien entrado el siglo XXI, en 2017, un grupo de más de 15 000 científicas y científicos de todo el mundo firmamos un segundo llamado a la humanidad señalando diversos pasos que, como especie, debemos dar para detener esta destrucción de los ecosistemas de nuestro planeta.8 Entre ellos se habla de la necesidad de restaurar, a gran escala, las comunidades de plantas nativas, en especial los bosques y selvas. Si bien se ha puesto muy de moda la restauración de hábitats, el estudio del equipo de Vázquez Domínguez hace hincapié en que debe de haber un enfoque hacia la restauración de la integridad de la fauna para recuperar su integridad funcional completa. Estiman que “se podría restaurar la integridad faunística de cerca del 20 % de la superficie terrestre global reintroduciendo de una a cinco especies en sitios con hábitat donde todavía hay poco impacto humano, siempre y cuando se puedan eliminar las amenazas para su supervivencia y dejar que sus poblaciones alcancen un tamaño en el que puedan cumplir su papel funcional en el ecosistema”.
Otros de los pasos urgentes de los que se habla en la segunda advertencia a la humanidad son: la reducción de gases de efecto invernadero; aumentar la conectividad de las áreas naturales, así como conservar y proteger sus servicios ecosistémicos; restaurar procesos y dinámicas ecológicas; desarrollar políticas adecuadas para frenar la caza furtiva, la defaunación y el comercio ilegal de las especies; fomentar el acceso a los servicios voluntarios de planificación familiar; aumentar la educación en jóvenes y en la sociedad en general, sobre la gran importancia de la naturaleza y su apreciación; diseñar tecnologías verdes para adoptar masivamente fuentes de energía renovables para eliminar a los combustibles fósiles; y promover cambios en la dieta favoreciendo alimentos de origen vegetal para reducir la producción de ganado para el consumo de carne, por los cuales se eliminan ecosistemas enteros para alimentarlos y alojarlos.
Por supuesto, para lograr lo anterior, es necesario examinar y cambiar nuestros comportamientos individuales, pero también se requiere que los líderes políticos respondan con medidas holísticas e inmediatas para transitar hacia los caminos de la sostenibilidad. Este camino es largo y complejo, pero si queremos evitar la extinción de nuestra propia especie es fundamental aceptar la realidad sobre los problemas presentes y actuar inmediatamente.
Al final, la vida en la Tierra seguirá después de nosotros. De hecho, la obra The phenomenon of evolutionary radiation de Pascal Neige explica que después de grandes extinciones sigue un periodo de radiaciones evolutivas, es decir, un periodo en el cual muchas especies nuevas evolucionan en poco tiempo.9 En otras palabras, con o sin nosotros la vida en el planeta volverá a florecer. Un claro ejemplo de este escenario es Chernóbil, donde las plantas y animales han recuperado su espacio dentro de la ciudad abandonada tras el desastre nuclear ocasionado por errores humanos. Incluso la ONU ha llamado a este lugar como el “inesperado paraíso para la vida silvestre”.10 El mundo silvestre perdurará, pero, de no cambiar nuestro estilo de vida, nadie puede asegurar lo mismo para nuestra especie.
Para garantizar que “la especie más inteligente del planeta” siga existiendo, se necesitará mucho más que sólo inteligencia. Se requiere de sabiduría y humildad para aprender a valorar y trabajar con la naturaleza en lugar de sólo usarla y sobrexplotarla para nuestros propios fines. Debemos ver esta última advertencia que nos hicieron en 2017 científicas y científicos de todo el mundo como una invitación y recordatorio de que aún no es tarde para cambiar nuestra forma de vivir y concebir al mundo silvestre. El reloj sigue caminando.
Clementina Equihua Zamora
Unidad de Divulgación y Difusión del Instituto de Ecología de la UNAM
María Jimena García Burgos
Bióloga. Estudiante de la maestría en Ciencias Biológicas.
1 Gerland, P., y otros. “World population stabilization is unlikely this century”, Science, 346, 2014, pp. 234-2.
2 ONU. “The World’s Cities in 2018”, Department of Economic and Social Affairs, Population Division, World Urbanization Prospects, 2018, pp. 1-34.
3 Plumptre, A. J., y otros. “Where might we find ecologically intact communities?”, Frontiers in Forests and Global Change, 4, 26.
4 Faurby, S., y Svenning, J. C. “A species-level phylogeny of all extant and late Quaternary extinct mammals using a novel heuristic-hierarchical Bayesian approach”, Molecular Phylogenetics and Evolution, 84. 2015, pp. 14–26.
5 Plumptre, A. J., y otros. “Response: Where might we find ecologically intact communities?”, Frontiers in Forest and Global Change, 5:880353, 2022.
6 Redford, K. H. “The empty forest”, BioScience, 42: 1992, pp. 412-422.
7 Union of Concerned Scientists. World Scientists Warning to Humanity, 1992.
8 Ripple, W. J., y otros. “World scientists’ warning to humanity: a second notice”, BioScience, 67, 2017, pp. 1026-1028.
9 Neige, P. “The phenomenon of evolutionary radiation”, Elselvier. Events of Increased Biodiversity, Pascal Neige (Ed.), 2015, pp 47-64.
10 UNEP. “How Chernobyl has become an unexpected heaven for wildlife”, 2020.