Sostener la vida: aportes de los ecofeminismos

El rebasamiento de los límites del planeta es producto de la crisis socioecológica y se ha analizado desde distintos planteamientos teóricos y epistemológicos. En algunos estudios se enfatizan los aspectos ecológicos y en otros toman más fuerza los aspectos sociales. El ecofeminismo ha cobrado fuerza a lo largo de los años porque cuenta con ambos componentes y  brinda caminos alternativos para replantear futuros posibles a la actual crisis civilizatoria. El campo analítico en el que se ubica se constituye por diversas posturas teóricas, así como por distintas prácticas políticas que se originan en la segunda ola del feminismo. En este artículo, se presentan algunos posicionamientos ecofeministas para intentar establecer un diálogo que considere las relaciones complejas que existen entre las determinantes ambientales y sociales frente a la crisis civilizatoria.

Ilustración: Belén García Monroy

Del optimismo mágico a la inacción: ¿cómo actuamos frente al cambio?

La información en relación a la crisis ambiental y social no es novedosa. En 1972, el Informe Meadows fue una advertencia fundamentada sobre las consecuencias del crecimiento permanente y desmedido de la humanidad y la inviabilidad de su forma de consumo. Titulado como Los límites del crecimiento, este informe ha sido retomado por muchos autores, que coinciden particularmente en un aspecto: hemos llegado más allá de los límites biofísicos de la Tierra. Ante esta situación materialmente insostenible, ha surgido una amplia gama de alternativas.

Algunas de ellas son ciegamente optimistas, y casi siempre descansan en la idea de una única solución tecnológica inapelable, que funcionará para que a nadie le falte agua, ni comida, ni sustento. En palabras de la bióloga Donna Haraway, este tipo de escenarios recurren a que la tecnología “vendrá al rescate de sus traviesas pero astutas criaturas”, casi en el sentido en el que un Dios rescata a sus desobedientes creaciones de sí mismos. Un ejemplo que roza en lo ingenuo en su planteamiento, pero cruel e insensible en su ejecución, es el caso de Elon Musk, el segundo hombre más rico del mundo, cuya alternativa es colonizar Marte para que aquellos que puedan pagarlo tengan un plan de escape. Otras inclinaciones retratan el problema como una derrota de antemano, como un caso perdido. La idea de que es demasiado tarde para cualquier acción, y que no tiene sentido intentar nada, también es peligrosa, pues sólo redunda en continuar el consumo desmedido.

Los ecofeminismos como aporte a la discusión ambiental

Existen posturas que han surgido de la comunicación entre el ecologismo y el feminismo; este es el caso de los ecofeminismos. Estos son un conjunto de corrientes de pensamiento y movimientos sociales que tienen inclinaciones diversas, pero un objetivo en común: explorar las posibles alianzas entre las dos ramas de pensamiento para ganar mayor capacidad analítica y desde ahí proponer soluciones. Decimos ecofeminismos porque de esta manera se reconoce la pluralidad de las necesidades y demandas de cada grupo que se autoafirma en este campo de estudio.

Para algunas autoras, como la filósofa Karen Warren, es posible considerar cuatro características principales en los ecofeminismos. En primer lugar, que son feministas, porque buscan distinguir y terminar los prejuicios dependientes de la masculinidad hegemónica blanca, heterosexual, propietaria y con capital económico. En segundo lugar, que son ecologistas, porque acentúan la urgencia de salvaguardar los ecosistemas y sus interacciones, reconociendo a los seres humanos como una parte más de la dimensión ambiental y no como el centro. En tercer lugar, que son multiculturales: incluyen en su análisis las interacciones complejas entre todos los sistemas sociales de opresión y dominación, y reconocen que el sexo, la raza y la clase atraviesan necesariamente la discusión ambiental; es decir, que las consecuencias del cambio climático no se experimentan de la misma manera siendo una mujer indígena de bajos recursos que siendo un varón norteamericano de clase media. Y, por último, que son plurales, porque rechazan de manera tácita las aproximaciones universalistas y esencialistas que abogan o proponen una “solución única”para todos los problemas socioecológicos complejos.

Las posturas ecofeministas son, entonces, aproximaciones situadas en el análisis de las particularidades desarrolladas en las vidas de las mujeres y de otros cuerpos feminizados, como aquellas corporalidades que se asocian a lo femenino o la feminidad: mujeres, lesbianas, travestis, trans, no binaries, pero también varones que han aprendido a despojarse de su virilidad aprendida; en especial de aquellos que se encuentran sujetos a entramados sociales específicos en relación al ambiente y a las consecuencias concretas de la crisis civilizatoria que les atraviesan. En este sentido, existen diversos aportes que se autodenominan ecofeministas. A continuación presento los que considero más pertinentes.

Ecofeminismo esencialista

Esta primera corriente del ecofeminismo se llama así porque afirma que hombres y mujeres son “esencias opuestas”, y que, por lo tanto, al estar supuestamente más cercanas a la naturaleza, las mujeres tienen competencias innatas de maternaje y cuidado que las predisponen al cuidado del ambiente. En oposición, los varones, serían “naturalmente” competitivos y con ciertas inclinaciones a la destrucción del entorno a través de la guerra y la conquista. La idea de las esencias opuestas parte de un antiguo principio de la diferencia, que proporciona una visión binaria de la sexualidad; es decir, sólo pueden existir dos sexos y entre ambos existe una relación jerárquica vertical, donde los varones son “naturalmente” superiores a las mujeres. Para el ecofeminismo esencialista, las mujeres estarían “biológicamente” predispuestas al pacifismo y al cuidado de los demás y del medio ambiente.

Las primeras ecofeministas también denunciaron los efectos de la tecnociencia en la salud de las mujeres (como el uso de pesticidas), y fueron grandes opositoras al militarismo, a la degradación ambiental e incluso a la nuclearización —como Mary Daly y Petra Kelly—. Así mismo, fueron las primeras en postular la noción del “mal desarrollo”, como lo llamó Vandana Shiva, refiriéndose a una concepción fragmentada y contraria a la vida, y su vinculación con la pobreza de las mujeres y las poblaciones indígenas.

Ecofeminismos constructivistas

Desde la teoría aristotélica las relaciones de poder se basan en interpretaciones de “la naturaleza”, en órdenes jerárquicos inamovibles dados por un orden “divino”. En el último escalafón de esta forma de organización se encontraba el esclavo, pero con la figura del contrato laboral comenzó la desaparición de la esclavitud (aunque nunca de manera definitiva), y emergió el trabajo asalariado. Esto significó que quienes no eran propietarios de tierras podían vender su fuerza de trabajo a aquellas personas que sí las tuvieran. De acuerdo con las filósofas argentinas Diana Maffía y Danila Suárez, el trabajo del hogar mantuvo su carácter “natural”; es decir, el trabajo reproductivo —gestar, parir, cuidar y educar a las infancias, y asegurar cuidados para el jefe de familia con empleo— no se considera, hasta la fecha, un trabajo que tenga valor dentro del mercado y, por lo tanto, no es merecedor de un salario. Esto llevó a lo que hoy conocemos como la división sexual del trabajo.

La economista Bina Argawal criticó al ecofeminismo esencialista, dando lugar a los ecofeminismos constructivistas. Estos, en resumen, postulan que la conciencia ecológica de la mayoría de las mujeres no está determinada por características afines a su sexo, sino por la interacción que la división sexual del trabajo facilita con el medio ambiente. El ecofeminismo queer y el ecofeminismo antiespecista podrían englobarse en esta división. El primero, representado por la ecofeminista Greta Gaard, propone reconceptualizar a los humanos como participantes iguales en la cultura y en la naturaleza, además de que busca construir la liberación común de las personas queers (LGBTTTI) y de la naturaleza mediante una base de alianzas estratégicas. El antiespecista parte de una postura que simpatiza profundamente con los animales y denuncia su explotación, haciendo ver que su opresión es similar a la opresión de las mujeres. Propone que hay una semejanza entre la cosificación y el abuso de las mujeres como objeto de consumo erótico y el abuso de los animales al servicio de los humanos en ámbitos tan diversos como la alimentación, el ocio y la ciencia. Algunas de sus principales exponentes son las españolas Angélica Velasco y Alba Vallés Marugán, así como la mexicana Aimé Tapia.

Ecofeminismos decoloniales

Esta rama surge de la conversación que se ha sostenido entre los aportes de los ecofeminismos constructivistas y el pensamiento decolonial. El decolonialismo es un término que se usa para nombrar a un movimiento que surgió en América Latina (pero que no se limita a ese territorio) y que reconoce la necesidad de cuestionar las historias de poder que emergen desde Europa. Los ecofeminismos decoloniales se han enfocado principalmente en temas relacionados con el componente de la justicia social en la ecología. Han instaurado también en el debate internacional la concepción cuerpo-territorio, al encontrar similitudes entre la explotación de los cuerpos feminizados y los extractivismos. Así mismo, se preocupan por las condiciones de vida de las principales víctimas de la destrucción de la naturaleza en pos de un progreso asociado a la acumulación de riqueza.

Rescata también los aportes que han hecho las mujeres indígenas a las luchas contra los extractivismos y la defensa del territorio, imprescindibles para pensar mundos alternativos, como los del Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir en Argentina, la Coordinación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas de Paraguay y las Mujeres que Luchan del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en México.

Ecofeminismo crítico

En los últimos años, las ecofeministas españolas Alicia Puleo y Yayo Herrero se han dedicado a reivindicar el ecofeminismo crítico. Esto ha provocado que las distintas posturas ecofeministas dialoguen entre sí. Particularmente, buscan utilizar al feminismo como una epistemología que permite entender y afrontar los problemas provenientes de la devastación ecológica. Aprovechan también la urgencia de pensar perspectivas ambientales que no sean androcéntricas, antropocéntricas, ni especistas; esto implica volver a pensar de nuevo qué entendemos por progreso, vida, desarrollo, y justicia. En resumen, los ecofeminismos críticos resaltan las afinidades entre los distintos ecofeminismos, como la vinculación de la naturaleza con la opresión de las mujeres y cuerpos feminizados; la necesidad de un esquema de emancipación conjunto para poner fin a la dominación de la naturaleza y los grupos oprimidos; fortalecer la crítica al antropocentrismo y pensar nuevos horizontes de acción para frenar las consecuencias de la crisis socioecológica.

Vidas dignas de ser vividas

El ecofeminismo es una invitación a reflexionar los roles de los sexos en torno al cuidado y a desarticular la dominación de las mujeres, los grupos subalternos y la naturaleza. El ecofeminismo, en sí, es una lucha colectiva para tener un planeta habitable para todos los seres vivos. En resumen, los aportes que hacen los ecofeminismos nos permiten visibilizar el rol de las mujeres en el sostenimiento de la vida, sus luchas en la la defensa de la tierra y, además, la posibilidad de reconocernos como seres interdependientes, lo que nos hace tener mayor consciencia de nuestra responsabilidad ante la crisis socioecológica.

 

Marcela Vanegas

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Publicado en: Repensar el discurso