
La crisis ambiental actual es consecuencia de la desconexión entre la humanidad y la naturaleza, de la negación de nuestra pertenencia a la trama planetaria. Esta separación ha desencadenado múltiples crisis, debilitando nuestra relación con la naturaleza y nublando la conciencia de nuestra interdependencia con el mundo vivo. Lo que vemos hoy es la destrucción continua de nuestro entorno, que se ha vuelto parte de nuestra cotidianidad. Estas dinámicas, promovidas por el neoliberalismo, perpetúan un modelo de producción insostenible y aceleran el deterioro del planeta. Hemos llegado al punto de normalizar esta situación, impulsada por la lógica del consumo y el individualismo en los que vivimos. Ante esta crisis, más que nunca, necesitamos recuperar la conciencia de nuestra interdependencia con la naturaleza y reconocernos como existencias entrelazadas con múltiples formas de vida. No habitamos el mundo en solitario, sino en simbiosis con otros seres, y asumir esta realidad es clave para transformar nuestra manera de estar en el planeta.
La fractura humanidad-naturaleza
La separación entre humanidad y naturaleza permitió avances en distintos campos del conocimiento, ya que analizar ambos por separado profundizó la comprensión del mundo material y el mundo de las ideas. Sin embargo, este enfoque reduccionista, aunque útil en ciertos casos, es insuficiente para explicar la complejidad del mundo actual. Es urgente superar esta división y reconocer la interdependencia entre seres humanos y naturaleza. Formamos parte de la simbiosis que sustenta la vida en nuestro planeta, nuestro hogar, también llamado oikos.
La Tierra ha sufrido un daño severo por las malas decisiones de la humanidad. Las consecuencias son visibles a diario: contaminación del aire, suelos y agua. Hay cada vez más afectaciones a la salud humana por el uso desmedido de fertilizantes, y el surgimiento de enfermedades derivadas de esas prácticas. Escuchamos continuamente denuncias sobre la explotación excesiva de los recursos naturales. Es claro que hemos olvidado la coexistencia con nuestro entorno, saqueándolo y aprovechándonos de sus recursos de manera criminal y egoísta. Hemos olvidado que somos seres ecodependientes y hemos perdido nuestra empatía con la Tierra. Hemos drenado sus ríos, invadido y contaminado sus mares, envenenado su aire y exterminado sus especies; en palabras de Nietzsche: “En otros tiempos el delito contra Dios era el más grande; Dios ha muerto, y con él también sus delincuentes. ¡Ahora lo más horrible es atentar contra la tierra y tener a las entrañas de lo inescrutable en mayor aprecio que al sentido de la Tierra!”.[1]
¿Por qué insistimos en saquear lo que ya nos pertenece? Como señala Castillo,[2] un individuo roba lo que desea poseer. Paradójicamente, el planeta ya es nuestro porque formamos parte de él; no se puede robar lo que ya se tiene. Sin embargo, el consumismo ha distorsionado la noción de pertenencia, reduciéndola a la posesión total y mercantilizada de lo que nos rodea.
La destrucción del entorno y sus consecuencias
La crisis ecológica no es sólo una amenaza futura, sino una realidad que ya está transformando la vida en el planeta. El deshielo de los casquetes polares, acelerado por la crisis climática, no sólo eleva el nivel del mar, sino que también podría liberar microorganismos atrapados durante siglos, con efectos impredecibles para la salud humana. Este riesgo nos recuerda que la alteración de los ecosistemas puede traer graves consecuencias, como ya ocurrió con la pandemia de covid-19.
El SARS-CoV-2, causante de la pandemia, fue resultado de nuestra relación depredadora con el planeta. Sin embargo, seguimos sin asumir que la destrucción ambiental y la invasión de hábitats naturales nos exponen a nuevas enfermedades. Nuestra obsesión por controlar la naturaleza, sumada a la pérdida de nuestra conexión con ella, nos ha llevado a esta crisis.
Es fundamental reconocer que la salud de las personas, los animales y los ecosistemas está profundamente interconectada. Cuando estas relaciones se alteran o se explotan, aumentan los riesgos de aparición y propagación de nuevas enfermedades en humanos, animales y plantas. Estas últimas también enfrentan amenazas como plagas y especies invasoras, impulsadas por la fragmentación de ecosistemas, el cambio de uso de suelo y el uso indiscriminado de contaminantes, entre otros factores que desequilibran el entorno natural.
Una salud
Ante este panorama, el enfoque de “Una Salud”, vigente desde hace más de un siglo, resalta la interdependencia entre la sanidad animal, la salud humana y la de las plantas en relación con sus ecosistemas. Se trata de un esfuerzo colaborativo que requiere la participación de gobiernos y sociedad para comprender, anticipar, abordar y prevenir los riesgos que amenazan la salud global.
Un nuevo paradigma biológico, basado en la teoría simbiótica entre macroorganismos y microorganismos, plantea el concepto de “microbiota” y considera a las especies como “holobiontes”; es decir, organismos (animales o plantas) junto con sus microbios simbiontes, funcionando como una unidad ecológica. Este enfoque ha transformado la visión filosófica de lo que es un ser humano, un animal o una planta, especialmente tras descubrirse que, en promedio, el 50 % de las células de nuestro cuerpo corresponde a microorganismos, muchos de ellos aún sin nombre científico.[3]
A medida que la comunidad científica adopta el concepto de “ser holobiontes”, se vuelve necesario replantear la definición misma de “especie”. Tradicionalmente, se ha definido una especie como un conjunto de individuos capaces de reproducirse entre sí en la naturaleza, sin depender exclusivamente de su apariencia. Sin embargo, esta visión no considera la interdependencia entre un organismo y los microorganismos simbiontes que lo habitan. Dado que la evolución no ocurre sólo a nivel del individuo, sino dentro del holobionte como una unidad ecológica, surge un nuevo campo de investigación que cuestiona los límites de lo que entendemos como una especie y sugiere una redefinición basada en la relación con su microbiota.
En este contexto, la estrategia de “Una Salud”, que propone una visión integral de la salud y reconoce la interdependencia entre la salud humana, animal, ambiental y de otras formas de vida, se vuelve imprescindible. Su implementación exige un esfuerzo interdisciplinario que involucre a investigadores, profesionales y a instituciones locales, nacionales e internacionales, responsables de regular y establecer leyes y políticas para el uso, monitoreo y gestión de fármacos y residuos antimicrobianos.
La microbiota puede servir como indicador de la salud en animales silvestres, así como de la perturbación en ecosistemas y de la dispersión de resistencia antimicrobiana. Incluso podría emplearse para la detección temprana de patógenos resistentes y para identificar posibles fuentes de generación de resistencias. Dado que la microbiota es clave en el mantenimiento de la salud y el crecimiento de los animales, su modulación mediante dietas, probióticos y otras estrategias puede ser una alternativa viable al uso de antibióticos, e incluso una opción terapéutica en algunos casos.
Interdependencia y el nuevo paradigma de la vida
Comprender estos vínculos nos recuerda que la salud del planeta y la nuestra son inseparables. Nuestra interferencia constante ha alterado estos procesos naturales, debilitando la capacidad de la Tierra para regenerarse. Es un momento crucial para repensarnos como especie. Somos una unidad simbiótica, formada tanto por células humanas como por microorganismos que regulan funciones esenciales: desde la digestión hasta la reproducción. Nuestra evolución no ocurre de manera aislada, sino a través de estas asociaciones simbióticas, influenciadas por la alimentación, la geografía, la edad y el entorno. Si nos viéramos desde fuera, seríamos una caja de Petri, cultivando miles de microorganismos que nos constituyen.
Estamos frente a un cambio de paradigma tan trascendental como la teoría de la evolución de Darwin en 1859 o el descubrimiento de la estructura del ADN en 1953. Hoy, la microbiota nos revela mundos invisibles que redefinen el concepto de especie y nos muestran que la cooperación y la interdependencia, más que la competencia, han sido clave en la evolución. Comprenderlo nos obliga a cambiar nuestra visión sobre quiénes somos y cómo nos relacionamos con la vida que nos rodea.
No podemos seguir viendo la naturaleza como un recurso inagotable ni ignorar las señales de alerta que nos rodean. De ahí la necesidad de reconectarnos y reconciliarnos con la Tierra, lo que implica reconocer que no estamos solos, que somos parte de este planeta al que hemos dañado tanto. La Madre Tierra nos brinda todo lo que necesitamos. Volver a ella no es sólo una necesidad, sino un regreso a nuestra propia naturaleza olvidada.
Osiris Gaona
Laboratorio de Ecología Bacteriana, Instituto de Ecología Unidad Mérida, Universidad Nacional Autónoma de México, Yucatán, México
[1] Nietzsche F., Friedrich Nietzsche: Obra selecta, Mirlo, 2017
[2] Castillo, J. C., “Los hijos de la sociedad de consumo española”, Reis, (17), 1982, pp. 39-51
[3] Rosenberg, E., & Zilber-Rosenberg, I., “The hologenome concept of evolution after 10 years”, Microbiome, 6(1), 2018, pp. 1–14.