Durante poco más de tres años hemos experimentado condiciones climáticas extremas. Desde diciembre de 2020 comenzó a gestarse el fenómeno “La Niña”, que trajo consigo escasez de agua. La sequía empeoró en el invierno de 2021, cuando se registraron pérdidas masivas de ganado y cultivos de riego. A esto le siguió un creciente déficit hídrico cuyo pico afectó a más del 30 % de los municipios nacionales entre enero y mayo de 2022. Lejos de mejorar, en el verano de 2022 no llovió, y atestiguamos lo que esto implicó para las grandes urbes del Norte; en particular para Monterrey, donde la falta de agua fue causa de malestar social y llegó al borde de desencadenar una revuelta. Afortunadamente, hacia finales de año, Tlaloc trajo un ligero respiro para el Noroeste mexicano y las cosas no escalaron a mayores complicaciones. Sin embargo, para el resto de la República —particularmente el centro— el agua simplemente no llegó. Para finales de 2022 por fin se anunciaba que “La Niña” llegaría a su fin, y varios teníamos la esperanza de que terminaría la sequía. Contrario a estas expectativas, “La Niña” dio pie a su hermano gemelo, “El Niño”, que impide que en México llueva durante el verano. El año 2023 estuvo marcado por la ausencia de las acostumbradas lluvias de verano, y una onda de calor con récords históricos durante junio que superaron los 30°C en más del 90 % del territorio nacional. Con ese escenario de sequía y calor extremo —muy a la Pedro Páramo—, comenzamos este año al borde de una crisis hídrica grave. Ante este panorama, es crucial preguntarnos: ¿qué podemos esperar para este 2024?

Antes de plantear el panorama esperado, recapitulemos un poco más en dónde estamos en este momento. Debido a estas sequías, la gran mayoría de los embalses de nuestro país se encuentran en un nivel subóptimo (para suavizar la realidad). De acuerdo con los últimos datos de Conagua, el 92 % de los embalses se encuentra a la mitad o menos de su capacidad y el agua almacenada a nivel nacional es el 51 % de la capacidad total —un poco más que la mitad potencial. Esta agua nos debe de alcanzar para sostener los siguientes tres meses (marzo, abril y mayo), o el punto álgido del estiaje a nivel nacional. En particular, el sistema Cutzamala, del que depende la mayor parte del Valle de México, se encuentra al 39.8 % de su capacidad y disminuye cada semana. En las redes sociales circulan algunos memes curiosos sobre el Cutzamala y Tlaloc, algo que dejo para que el lector explore. Otro caso crítico es Michoacán, donde los grandes lagos de Cuitzeo y Pátzcuaro —el segundo y tercero más grandes de México— se encuentran por debajo del 30 % de su capacidad; es decir, prácticamente secos. Si algo está claro es que necesitamos con urgencia una buena estación de lluvias.
Ahora bien, abordemos la pregunta en cuestión. El motor principal de estas sequías ha sido la presencia de “La Niña” y “El Niño” de manera consecutiva. Por fortuna, de acuerdo con lo pronosticado por la NASA, se espera que durante este 2024 nos encontremos en una fase neutral. Esto quiere decir que, por primera vez en los últimos cuatro años, nos espera —con alta probabilidad— un verano “normal”. Aunque todavía es prematuro determinar cuándo comenzará la temporada de lluvias, al menos parece haber una luz al final del túnel de esta prolongada sequía.
Lamentablemente las previsiones para finales de año no son alentadoras. Aunque nos espera un verano “neutral”, con la llegada del otoño está pronosticada nuevamente “La Niña”. El último cálculo del centro para la predicción del clima de la NASA, nos indica que hay un 55 % de probabilidades que se presente este fenómeno durante agosto y septiembre, y la probabilidad aumenta a un 75 % hacia finales de año. Como ha pasado en años anteriores, esto muy probablemente signifique que nuestro país tendrá un bajo registro de precipitaciones hacia finales de año.
Aunque es prematuro en el año para tener certezas de lo que pasará, más vale irnos preparando y prevenir. En el mejor de los escenarios tendremos una estación de lluvias copiosa y un otoño e inviernos ligeramente secos; en el peor escenario nos enfrentamos a una prolongación de la sequía que ya estamos viviendo. Es muy probable que con el cambio climático veamos cada vez más años extremos a nivel nacional. Estamos en un momento crítico para decidir como nación cómo usaremos nuestro recurso hídrico de manera justa y sustentable. Debemos dejar de pensar en el agua como un recurso ilimitado y comenzar a gestionarlo con estrategia y previsión para mitigar los efectos más severos de las sequías actuales y futuras sobre nuestra población.
Guillermo N. Murray Tortarolo
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad