Petróleo, medioambiente y nacionalismo

En México existe una gran narrativa nacionalista en torno al petróleo, en la que el tema ambiental ha estado presente de manera ambivalente. Primero, como parte del discurso patriótico legitimador de Pemex; después, como elemento de crítica que erosionó la imagen pública de dicha empresa y se transformó en bandera de protesta contra el uso de combustibles fósiles.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Patria y medioambiente según Pemex

La naturaleza y los recursos energéticos también suelen ser representados de formas simbólicas que conectan con las identidades nacionales.1 En México el petróleo fue dimensionado como “la entraña de la nación”, lo que está en sus profundidades más íntimas y que nos genera apego por tratarse de algo “muy nuestro”.2 En las conmemoraciones del 18 de marzo (“día de la expropiación petrolera”) y en publicaciones de Pemex, este recurso era referido como “nuestra máxima riqueza guardada en la entraña de nuestro suelo”,3 la sangre y vientre pródigo de la patria.

Aunque nacionalismo y cuidado ambiental parecen contrarios —porque el primero defiende territorios acotados por fronteras bien definidas, mientras lo segundo abarca movimientos trasnacionales—,4 Pemex conjugó ambos y entre 1940 y 1950 se autonombró defensora de los recursos forestales de la patria. Esto sucedió durante la transición energética doméstica que consistió en popularizar el consumo de petróleo y gas para sustituir el uso de carbón y leña en la cocción de alimentos. En dicha labor, la empresa fue comisionada para introducir al mercado estufas de petróleo, tarea que promocionó como una campaña patriótica para salvar los bosques de la nación, ya que detendría la demanda de carbón. Además de ello, invitó a reforestar regiones como una forma de “hacer patria”.5

En el mismo periodo, Pemex comenzó a emplear una retórica de triunfo patriótico que se ufanó de “conquistar” los territorios “indómitos” del sureste de la nación. Decía que sus obreros e ingenieros representaban “ejércitos” que sometían por igual selvas, pantanales o mar abierto para levantar complejos industriales y ciudades donde antes sólo había naturaleza agreste. Esto generó una evidente contradicción: por un lado la petrolera llamaba a defender los bosques, y por el otro concebía a la naturaleza como espacio “inferior” que debía ser transformado en industria y ciudad. Estas narrativas no proponían una postura coherente frente al medioambiente, pues ese no era su objetivo central, sino el entusiasmo por el petróleo —recurso en el que convergían idearios de patriotismo, política, modernidad y proyecciones de futuros promisorios—.

 “Los veneros diablo”

Cuando en 1921, el poeta Ramón López Velarde escribió en su Suave patria “El niño Dios te escrituró un establo y los veneros del petróleo el diablo”, estaba aludiendo a los conflictos que México enfrentaba con otros países debido a la propiedad sobre aquel hidrocarburo. Aunque supuestamente la expropiación de 1938 transformó esas tragedias en regocijo nacional, en realidad la historia del monopolio estatal sobre la industria petrolera está atravesada por numerosos episodios amargos, entre ellos, afectaciones socioambientales.

Al iniciar la década de 1970, en el Distrito Federal, la contaminación atmosférica se reveló como un problema mayúsculo que vio en las industrias y automóviles los principales culpables. Cuando dichas críticas señalaron también a Pemex, la directiva de la empresa utilizó las conmemoraciones del 18 de marzo para hacer mención del tema y deslindar a la petrolera de cualquier responsabilidad por daño ambiental (¡incluso dijeron que las panaderías del Distrito Federal contaminaban más que las refinerías!). Fue hasta 1975 que la directiva de Pemex admitió ser una empresa contaminante, pero aclaró que ya se estaba trabajando en el problema.6

No obstante, el binomio petróleo/contaminación siguió creciendo. Entre 1976 y 1983, campesinos y ganaderos fundaron el “Pacto ribereño en contra de la explotación petrolera en Tabasco” para reclamar indemnizaciones por contaminación petrolera en sus tierras. Acorde a la base de datos Environmental Justice Atlas, en 1983 sumaban 19 000 demandas de este tipo. En respuesta, Pemex siguió refiriéndose al tema medioambiental desde la tribuna conmemorativa de los 18 de marzo, pero lo hizo como una estrategia que eludía la discusión pública y optaba por el discurso patriótico para prometer que se tomarían cartas en el asunto y asegurar que seguiría siendo una empresa “al servicio de la patria”, nunca en perjuicio de ésta.

En junio de 1979, en medio del sueño de bonanza petrolera que vivía el país durante el sexenio de López Portillo, exploraciones de Pemex en el Golfo de México ocasionaron un derrame petrolero en el pozo Ixtoc I de Campeche. Durante 295 días la mancha de crudo mató fauna marina, afectó a comunidades pesqueras y se extendió hasta las costas de Texas. El accidente fue contenido gracias a la ayuda solicitada a empresas privadas y al gobierno estadunidense. Jorge Díaz Serrano, entonces director de Pemex, intentó minimizar el problema al señalar que el dinero gastado en controlar el derrame era nada en comparación con las ganancias que traería el yacimiento. Además —agregó el directivo—, el propio yacimiento fue el que provocó el derrame por tratarse de un pozo enorme y potente.7 En el fondo de sus declaraciones estaban dos ideas centrales del nacionalismo petrolero: el petróleo concebido como la palanca de desarrollo de la nación; y la imagen de una patria de cuya entraña brota una riqueza infinita de petróleo (de hecho, Díaz Serrano calificó el accidente como una “señal alentadora” de que tendríamos petróleo para rato).

Al margen de lo hilarante de las declaraciones, el caso Ixtoc evidenció la incapacidad de Pemex para manejar derrames, además de mostrar que el plan gubernamental de desarrollo económico basado en un crecimiento acelerado de la industria petrolera era indiferente a los daños ambientales que podrían provocarse.8

Cinco años después (el 19 de noviembre de 1984), en una planta de almacenamiento de gas, propiedad de Pemex, ubicada en San Juan Ixhuatepec (“San Juanico”), Tlalnepantla, se registraron siete grandes explosiones que provocaron alrededor de 500 muertos, 5000 heridos y centenares de casas destruidas. La tragedia se sumó a lo ocurrido en Ixtoc y ambos sucesos significaron un punto de quiebre en la imagen pública de Pemex, que pasó de ser la alguna vez considerada “empresa más patriótica del país”, a convertirse en la industria más dañina al medioambiente y peligrosa para la sociedad. Damnificados de San Juanico reflejaron este cambio de percepción cuando llevaron a las calles mensajes que señalaban: “Fuera Pemex”, “Pemex asesina”.

Actualmente, en regiones como Poza Rica, Veracruz, la sociedad encara la cotidiana contaminación petrolera con actitudes de negación, sentimientos encontrados e iniciativas científicas que hacen más llevadero el habitar en un ambiente dañado y en latente riesgo por la industria del petróleo.9

Conclusión

Nuestro modelo energético, a pesar de estar sustentado en la premisa del petróleo como “patrimonio de México y para los mexicanos”, también ha generado daños al ambiente y a sectores poblaciones (los excluidos del “bien común”).10 Sin embargo, estas afectaciones muchas veces quedan opacadas por recursos retóricos, simbólicos y políticos que pregonan la labor patriótica de nuestra industria petrolera. El contexto neoliberal tampoco ha ayudado, pues desde la década de 1980 éste ha derivado en una progresiva disminución de desarrollo en Pemex, lo que ha mermado aún más su capacidad para ocuparse de políticas socioambientales.

En vez de narrativas nacionalistas sobre el petróleo y su industria, necesitamos proyectos de desarrollo donde la soberanía energética contemple un factor democrático traducido en políticas de cuidado ambiental y protección de los derechos de los grupos más vulnerables.11 Ya no es “por el bien de la nación”, sino en favor de un mejor futuro para el planeta y quienes lo habitamos.

 

Omar Fabián González Salinas
Doctorando en Historia en El Colegio de México. Actualmente es becario en la Universidad de Calgary, donde finaliza su tesis sobre petróleo, identidad y política en México.


1 Maccrone, D. “This land is our land: understanding energy nationalism”, Research Handbook on Energy and Societ, Edward Edgar Publishing, Edimburgo, 2021, pp. 31-44.

2 Tenorio Trillo, M. “Petróleo y nacionalismo”, Letras Libres, septiembre de 2008.

3 AHPemex, fp, comunicación social, archivo fotográfico, caja 18-A, folio 9.

4 Possoco, L., y Watson, I. “Nationalism and environmentalism: the Case of Vauban”, Nations and Nationalism, 28, 2022, pp. 1193-1211.

5 Vitz, M. “To save the forests. Power, narrative, and environment in Mexico City’s cooking fuel fransition”, Mexican Studies / Estudios Mexicanos, 31:1, 2015, pp. 125-155.

6 AHPemex, fp, comunicación social, serie archivo fotográfico, caja 18-A, folios 34-35, 37.

7 El Informador, 19 de marzo de 1980, p. 6.

8 Meyer, L., y Morales, I. Petróleo y nación (1900-1987). La política petrolera en México, México, FCE, 1990, p. 195.

9 Salas Landa, M. “Crude residues: The workings of failing oil infrastructure in Poza Rica, Veracruz, México”, Environment and Planning, 48:4, 2016, pp. 718-735.

10 Kiddle, A. “When will we see the pendulum effect? Critical reflections on energy and history in the Americas”, Energy in the Americas. Critical Reflections on Energy in History, Calgary, University of Calgary Press, 2021, pp. 7, 12.

11 O’connor, D., y Bohórquez Montoya, P. “The neoliberal transformation of Colombia’s energy sector and some implications for democratizations in the post-Conflict period”, Energy in the Americas…,pp. 323-346.

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Publicado en: Repensar el discurso