Normalidad o transformación. La voz de las juventudes

La tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos
—Proverbio nativoamericano

 

El papel de las juventudes en la transformación

Aprovechando el interés generado por la crisis, las juventudes deberíamos ser capaces de encauzar un movimiento colectivo que construya una agenda con acciones y beneficios a largo plazo. No hay que olvidar que la colectividad será difícil de lograr si no contamos con información confiable, veraz y pública de las personas que han sido ignoradas en los procesos de toma de decisiones, como quienes habitan en las zonas rurales, mujeres, indígenas, migrantes y agricultoras/es, niñas y niños. Debemos construir un nuevo entendimiento del qué hacer y cómo vivir en sociedad, donde los grupos vulnerados sistemáticamente estén representados e incluidos, para que influyan directamente en la creación e implementación de marcos legislativos y políticas públicas que garanticen un desarrollo sustentable.

Las juventudes somos pieza clave para decidir desde hoy el futuro que queremos tener. Podemos construir un mundo más justo, equitativo, incluyente, próspero, seguro, con bienestar social, con una economía solidaria, con respeto a los derechos humanos y capaz de crear una nueva agenda de vida basada en la sustentabilidad ambiental. Y es que, o estamos todos, o lo perderemos todo. Es decir, un mundo donde entendamos que la base es un medio ambiente sano. Creemos que es una aspiración, pero sobre todo una responsabilidad que no podemos seguir postergando.

Ilustración: Víctor Solís

Las grietas del futuro

La realidad que hoy estamos enfrentando las juventudes es el resultado de la mala relación que las sociedades han tenido con el medio ambiente. La verdadera enfermedad es el modelo extractivo e insostenible que devasta la naturaleza, normaliza las desigualdades estructurales y ofrece fines sin asegurar que sus medios sean éticos. Se busca el desarrollo de los países y las sociedades de forma infinita en un planeta que es finito, siendo un engaño, con el cual se externalizan las problemáticas a otros. Sin embargo, se han excedido los límites planetarios. Se destruye a la naturaleza 1.75 veces más rápido de lo que los ecosistemas pueden regenerarse, creando problemas como la migración, escasez, pobreza, marginación y violencia.

La crisis del covid-19 nos impulsa a avanzar en la búsqueda de soluciones a los grandes problemas del país desde diversos frentes, un interés nunca antes visto por entender al medio ambiente y su relación con nuestra vida. Entre esas muchas caras, la que vimos más de cerca es a la sociedad enfocada en el yo. Contamos con la mayor cantidad de información en la historia de la humanidad y no queremos ver que el mayor problema no es técnico, es la indiferencia que está relacionada con la aparente incapacidad para satisfacer nuestras necesidades y comodidades sin crecer a costa de otros seres.

El deseo de cambio de nuestra generación está navegando en un mar de incertidumbre. Nos encontramos frente a un panorama de marcos legales confusos, una sociedad mal informada, falta de transparencia, poco presupuesto y de escasos mecanismos claros de participación ciudadana, incluso en los espacios e instituciones destinadas a resolver problemas. En este viaje, las ganas de cambio se convierten en miedo y, con el cansancio, se navega en la indiferencia.

Los desafíos de los jóvenes en la construcción de un futuro sustentable

En un país donde con cada cambio de gobierno se acumula el debilitamiento institucional, el papel de la sociedad civil organizada desde nuestra pluralidad es fundamental. Se necesita quitar las barreras que limitan la participación de 30.7 millones de personas jóvenes en México. A pesar de que se solicita un alto grado de capacitación y estudios para obtener los empleos relacionados con el desarrollo sustentable, su remuneración no es acorde a los requisitos. En el activismo —entendido como las acciones impulsadas desde la sociedad civil— existen también barreras principalmente económicas.

Los clubes juveniles más influyentes suelen perpetuar los mismos intereses de siempre, donde solo acceden quienes pueden costear vuelos internacionales, juntas en horario laboral, cuotas o membresías y otra serie de procesos, excluyendo a personas que quieren generar un cambio y construir otra realidad, pero que no cumplen con los estándares.

Se nos enseñó que la educación es la panacea y que las nuevas generaciones somos responsables de solucionar los problemas del país. Sin embargo, no se contempla que las oportunidades dependen de si la escuela está en la capital o en el interior de la República, si es privada o pública, si son consideradas como “de primera” o “de segunda”, o si es periurbana o rural.

Los municipios rurales son siempre los más afectados, siendo las mujeres y las niñas rurales e indígenas las más afectadas por los impactos diferenciados de la crisis socio ambiental. A pesar de que se tiene más información, ésta no siempre está disponible para todas las personas, por lo que la mayoría de los municipios trabajan con opacidad. Las asimetrías de información se traducen en asimetrías de poder ante la falta de gobernanza e instituciones. El activismo en zonas rurales se ha caracterizado por la violencia de la que muchos han sido víctimas en total impunidad. A las y los defensores del territorio se les desaparece o asesina en la sombra.

La deuda transgeneracional

La crisis socio ambiental que estamos viviendo nos hace cuestionarnos qué hacer para tener un futuro digno. Reluce un mundo profundamente desigual que no garantiza la calidad de vida para todas las personas y que nos enfrenta con retos cada vez más difíciles. La pérdida de biodiversidad, que en sí misma es una tragedia, así como el cambio climático, limitan las opciones de nuestro desarrollo. Ante esta situación nuestra generación se cuestiona de qué manera podemos seguir viviendo sin impactar aún más al planeta y los sistemas naturales, incluso nos cuestionamos si es deseable traer hijos al mundo.

Debemos de repensar la forma en que las nuevas generaciones nos relacionamos con otras personas y con la naturaleza; no puede haber justicia social sin desarrollo sustentable. Si nos preocupan las crisis humanitarias nos tiene que preocupar la crisis climática y la pérdida de la biodiversidad. Si no se resguardan ecosistemas, se erosionan las oportunidades y la posibilidad de bienestar. Además, se fomenta un ciclo de miseria y pobreza, se debilitan las capacidades locales tan importantes ante la crisis que estamos viviendo y se incrementa la dependencia externa.

Las áreas naturales protegidas (ANP) han demostrado ser la mejor estrategia para la conservación de la biodiversidad y con ella, los servicios que nos proveen. A pesar de esto, se ve al cuidado de la naturaleza como un obstáculo para el desarrollo y no como su origen. El covid-19 tiene un origen ambiental y esto nos ha demostrado que, sin importar en donde vivas, el derecho a un medio ambiente sano debe ser la base de todo.

La mala planeación presupuestal genera que las instituciones sociales y ambientales no tengan recursos para resolver los problemas que les competen y se limiten a luchar por su supervivencia. Tenemos que destinar, hoy más que nunca, los recursos necesarios para que podamos conservar las ANP. Tenemos el derecho a un medio ambiente sano por lo que se debe de responder a las necesidades colectivas y tomar acciones que conserven la biodiversidad.

Una nueva normalidad no es suficiente

Dentro de esta adversidad, ahora vivimos una pausa, un proceso de reflexión profunda donde cuestionamos nuestras posibilidades y entendimos lo afortunados que somos. Este despertar y tomar conciencia está creando oportunidades para que, quienes podemos actuar y estamos interesados en el bienestar de la sociedad, las utilicemos para darle voz a quienes no la tienen.

Muchas personas hablan de la nueva normalidad, pero no es suficiente. Queremos una verdadera transformación social, económica y política. Debemos formar redes con principios sólidos de no exclusión, con liderazgos que busquen un mejor futuro y no protagonismos o beneficios personales. Es posible explorar otras formas más incluyentes de hacer activismo. Durante esta crisis hemos experimentado que es posible expresarse sin poner tantas barreras y con esto se han gestado distintas formas de garantizar la diversidad de voces.

 

Red de jóvenes ambientalistas
Somos un grupo de estudiantes y profesionistas jóvenes que desde colectivos y ONGs participamos en el evento del Colegio Nacional "De la normalidad a la transformación: la voz de la juventud" en el marco de la semana del medio ambiente. Desde nuestro trabajo buscamos crear espacios de colaboración, aprendizaje y acción colectivas e incluyentes para atender las problemáticas socioambientales a las que las juventudes nos enfrentamos.

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Publicado en: Propuestas y resistencia

Un comentario en “Normalidad o transformación. La voz de las juventudes

  1. ¡¡FELICIDADES JOVENES!! hace falta muchas voces, ganas y acciones para transformar la situación actual. ESPERANZA es lo que sentí al leer su escrito y ver que hay generación de relevo para continuar la lucha por una agenda que incluya a todos y todas. Hay que volver a construir organización, segura estoy que llevan muchas experiencias anteriores que hará esquivar algunas fallas ya muy probadas, no teman al riesgo, con criterio amplio y honestidad siempre se puede corregir el rumbo. LES ABRAZO, SINCERAMENTE

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