Las propuestas ambientales y climáticas han hecho suyas el indolente discurso de la resiliencia y de la adaptación, joyas atesoradas del desarrollo sostenible. Sí, se han adherido a la frivolidad y a la tiranía de los libros de autoayuda, a la pseudo psicología positivista sometida al capital que nos pide aguantarlo todo, soportarlo todo sin ningún pudor. Son parte de un discurso que privilegia la flexibilidad a todo costo, que nos juzga por quejarnos, nos reprende por estar en dolor, que nos pide “ponernos la playera”, la playera de ellos, los ganadores, lo cual supone despojarnos de la nuestra. El discurso de la resiliencia y la adaptación en el contexto de la crisis ambiental nos pide dar por hecho el fracaso de la lucha por frenar estos fenómenos. Es un discurso de la resignación, y tiene la audacia de además exigirnos aguantar los embates con una sonrisa en la cara. Por supuesto que no queremos ser resilientes ni adaptarnos, porque no vamos a someternos a un mundo de miseria, porque no van a despojarnos de nuestra agencia, de nuestros deseos, de nuestra humanidad.

Un mundo enfermo de positividad
Antes de empezar con las propuestas de adaptación y resiliencia frente al cambio climático habría que contextualizar el mandato a la positividad, al rendimiento ad nauseam que caracteriza este siglo XXI. Según Byung Chul Han,1 estamos en una sociedad en la que el “Sí se puede” a toda hora y a cualquier costo es el mandato cotidiano. Según Han, estamos enfermos de positividad, que no es más que ponerle buena cara a la productividad exacerbada, al tener rendimiento, a la explotación continua, aunque literalmente se nos vaya la vida en ello. Este mandato a la positividad es violento, no podemos enojarnos con un ente externo que nos prohíbe y nos castiga, ahora pasamos al auto castigo. En eso reside su eficacia, su eficiencia, sus tentáculos invisibles. En esta época de rendimiento, en donde somos hamsters atrapados en la rueda, nuestros cuerpos y nuestras vidas están para servir a otros intereses muy ajenos a los nuestros, y lejos de poner freno en seco a esta rueda del desquicio, nos preguntamos cómo podemos rendir aún más.
La psicología positivista tiene un auge con el neoliberalismo pues sirve como el brazo armado ideológico, una postura ante la vida perversa y opresiva que sostiene al capitalismo y todo sus efectos y que legitima la negligencia por parte del Estado y a las empresas en un momento de extrema desigualdad e injusticia. Esta filosofía ha sido particularmente útil en el sector empresarial estadunidense para enmascarar sus prácticas despiadadas. Barbara Ehrenreich en su libro Sonríe o Muere, hace una crítica sagaz y sin concesiones a este tipo de filosofía que ha reinado en los espacios empresariales de los últimos años, advirtiendo sus peligros. Según el mandato de la positividad, si alguien está deprimido, desganado, es su culpa por no tener una actitud lo suficientemente positiva. Este tipo de pensamiento ha sido particularmente útil en tiempos de crisis, como el caso de la crisis de los despidos masivos de 2008. La estrategia consiste en situar el problema del despido en el empleado, no en la empresa, no en el gobierno, no en el modelo económico, etc. y explicarle al trabajador que el despido no es un problema, sino una “oportunidad”. Además de la manipulación que esto significa, esto abrió el mercado a las empresas de coaching y al culto del pensamiento positivo a ultranza, un mercado multimillonario del negocio de la motivación que hoy en día vende talleres, cursos, libros, y quizá en un futuro sonrisas postizas. Lo que Ehrenreich nos dice es que, cuanto más se pueda lograr que las personas adopten el pensamiento positivo, hay una mayor probabilidad de que acepten su suerte sin quejarse.
En el libro Ehrenreich narra el caso de una empresa de Utah en donde un empleado, Christopherson, en un intento por realizar un ejercicio “motivacional” para que los empleados mejoraran sus ventas, pidió a un voluntario, Hudgens, que se prestara a una especie de experimento productivista. Para tal propósito, le pidió a otros empleados que sujetaran a Hudgens de las piernas y los brazos, mientras le arrojaban un galón de agua a la nariz y a la boca para que no pudiera respirar. Al final de la brutal demostración, Christopherson le pidió al equipo que se esforzaran tanto para mejorar la productividad de la empresa como lo había hecho Hudgens para respirar y sobrevivir. Este ejemplo es una expresión nítida de la lógica detrás de la filosofía positivista y su vínculo con el pensamiento neoliberal y patriarcal, y esta consiste en que las personas valen en tanto que son productivos eficientes, capaces de rendir, y por supuesto, estar en disponibilidad constante para recibir cotidianamente y de forma agradecida la dentellada del capital.
El caso de la resiliencia y la adaptación en el discurso del desarrollo sostenible
El concepto de la resiliencia es un término proveniente de la física que se refiere a la capacidad de los materiales a volver a su forma original, cuando han sido forzados a cambiar o deformarse, es decir, que los objetos regresen al estado original en el que se encontraban después de un shock. En el contexto climático, se habla de resiliencia como la capacidad para hacer frente a un evento peligroso o una perturbación de modo que las funcionalidades del sistema se mantengan.2 El propósito es que regresemos a ser idénticos, o “mejores” después de un evento trágico. Tremenda pretensión el querer que regresemos a ser los mismos. ¿Cómo regresar a ser iguales después de un huracán, una pandemia o una inundación? Vaya, yo ya no soy la misma de saber lo que le pasó a Hudgens, y no estuve ahí, no lo conocí, y algo me sacudió de esa historia tan profundamente que no puedo a regresar a ser la misma. ¿Cómo pedirle a gente que está ante constantes eventos que trastocan los aspectos más básicos de su vida que hagan como si nada hubiera ocurrido? Quienes proponen esto pareciera que no saben de las sensibilidades del alma.
Lo mismo sucede para el caso de la adaptación. El Panel Intergubernamental de Cambio Climático, define a la adaptación en los sistemas humanos, como el proceso de ajuste al clima real o esperado y sus efectos para moderar el daño o aprovechar las oportunidades beneficiosas. Estos dos conceptos son altamente problemáticos, son dispositivos de poder que buscan mantener el orden social en el que vivimos porque no cuestionan los factores que generan el cambio climático, se centran en sus efectos, consagrando su inevitabilidad. Cuando nos piden que nos adaptemos al cambio climático en realidad quieren que nos adaptemos mucho más que al fenómeno y sus impactos, que nos reconciliemos con el propio sistema que lo generó, que celebremos y estemos agradecidos con ese mismo sistema que nos condena a una muerte lenta y prolongada. Es también una invitación a vivir feliz con lo dado, buscar la felicidad acomodándonos, adaptándonos a lo que es inevitable, incambiable. Es aprender a estar conformes con un mundo hostil, aceptarlo, reconocerlo como nuestro destino. Quienes proponen este orden nos ven como seres pasivos, simples cosas manipulables, carentes de voluntad y deseos. Nos vulneran y nos pretenden cancelar en lo más íntimo de nuestra autonomía. Lo que se busca es sumergirnos en una parálisis, una quietud, apagar el fuego de nuestras luchas y resistencias, apagar nuestra necesidad de ser y desplegarnos en el mundo.
No van a apagar este fuego
La filosofía positivista, no pretende más que sumarse a este mundo, “seguir las leyes de la naturaleza”, obedecerlas, y olvidar cualquier intento de cambio, de transformación. Hoy ante la decadencia que nos ofrece el mundo desarrollado, el agotamiento del ilusorio y fallido american way of life, y la consolidación de un mundo plutocrático, surge la filosofía positivista como herramienta para sostener el orden jerárquico vigente, aparece como el último recurso para hacer sostenible la precariedad de la vida.
Es en ese contexto es que surge también la resiliencia y la adaptación dentro de las propuestas frente a la crisis ambiental. La adaptación y la resiliencia, lo mismo que el desarrollo sostenible expresan la voluntad y la necesidad de sobrevivencia del orden moderno y de sus miserias pero éstas son la antítesis del cambio y de la búsqueda por aspirar a un mundo nuevo. Mediante ese discurso el capital quiere mostrar un lado amable y bondadoso, surge y se disemina precisamente desde el llamado mundo desarrollado. Es un discurso que basa su poder en su capacidad para unir a los buenos y a los malos, allí convergen tanto el mundo de los negocios y de las elites, como también el de las buenas conciencias y de una gran parte de los representantes del movimiento ambiental. Con ese poder de cooptación, el capital parece poderlo todo, todos unidos con la aparente causa común de salvar al planeta, exaltando nuestro espíritu positivo, para al final de cuentas ayudar al sistema a sobrevivir.
Estas propuestas tratan de crear las condiciones para que nos resignemos, para que creamos que no hay alternativas, que aceptemos con mucha naturalidad la miseria. Nos adaptamos al cambio climático, y en esa resignación también aceptamos la pobreza, la desigualdad y la injusticia. No es posible sostener semejante soberbia, ni el capital ni ningún otro sistema lo puede todo. Hay muchas y muy poderosas propuestas de vida, voces rebeldes que resisten colectivamente, que construyen sueños y que exigen la apertura de nuevas rutas, de nuevos y esperanzadores futuros en los que la aspiración no sea solamente la vida resiliente y adaptativa, sino una que potencie nuestra condición humana. No podrán con esta rabia que agita nuestras médulas, con este fuego que empieza quemándonos por dentro y que terminará incendiándolo todo. Que no quede ninguna duda, no aceptaremos tal sumisión.
Ana De Luca
Profesora investigadora de la Facultad de Ciencias, UABC. Editora del blog Crisis Ambiental de Nexos.
1 Byung-Chul, H. La sociedad del cansancio, Editorial Herder, Barcelona, 2017, 118 pp.
2 Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC), “Working Group II contribution to the sixth assessment report of the IPCC: Impacts, Adaptation and Vulnerability”, 2022.
Gracias por tu reflexión. Me gusto mucho y la comparto. En términos generales, el derecho ambiental comparte y legítima esa visión que expones: mantener el orden social, la cosificación y mercantilización de la naturaleza y de los seres humanos. De hecho, es una de las razones de fondo por las cuales es tan difícil y complicado el acceso a la justicia ambiental. Desde mi óptica, se deben de reconceptualizar diversas instituciones, particularmente: la educación y la propiedad. Saludos