En los últimos años se ha vuelto cada vez más popular hablar de ecoansiedad, solastalgia y duelo climático, conceptos que hacen referencia a una serie de sentimientos asociados a la crisis ambiental. Por ejemplo, el miedo que experimentamos frente a la destrucción de la naturaleza, esa angustia que nos provoca saber que la crisis cada vez se hace más presente y que ya es parte de nuestra vida cotidiana. Es también el dolor que sentimos por saber todo lo que se ha perdido en términos de naturaleza. Vemos desaparecer árboles, ríos; nuestro entorno cambia dramáticamente, los animales se extinguen, los ríos, lagunas y mares se contaminan, y cada vez nos enfermamos más, física y mentalmnte, por razones asociadas al deterioro ambiental. Estas condiciones nos hacen sentir vulnerables, una sensación de que todo parece escaparse de nuestras manos. La juventud transita por estos estados emocionales con mayor intensidad; su explicación es muy sencilla y no tiene que ver con que seamos la “generación de cristal” sino que estamos heredando un mundo sin significado, valor y sentido, que se vuelve cada vez más peligroso. Somos ya ese futuro desolador anunciado, y quienes vivimos y viviremos en carne y hueso las consecuencias, quienes transitaremos este mundo amenazante, cada vez con mayor capacidad de hacer nuestras vidas miserables.

La frivolidad de hablar sobre “la generación de cristal”
El mundo en el que vivimos está deteriorándose rápidamente debido a los impactos del cambio climático y la degradación ambiental. El futuro está pleno de incertidumbre, con el cada vez mayor potencial destructivo de fenómenos meteorológicos extremos, pérdida de biodiversidad, escasez de agua, contaminación de agua, aire y suelo, y otras perturbaciones ecológicas graves. Esta es una de las razones que explican nuestra creciente y honda sensación de que algo catastrófico está por venir, una gran preocupación e inquietud por una fuerza que parece rodearnos de manera amenazante, pero también un sentimiento de inseguridad, pérdida del interés en las cosas más esenciales de la vida y, al mismo tiempo, una especie de orfandad.
Esta problemática es una que empieza a estudiarse cada vez más, y los resultados nos muestran que, efectivamente, la juventud a nivel mundial está resintiendo emocionalmente la crisis ecológica. En una investigación sobre la ecoansiedad en la juventud, realizada en 10 000 personas entre los 16 y 25 años de diez países distintos, encontró que 75 % de los encuestados dijeron sentirse aterrados por el futuro, además de sentirse “frustrados”, “impotentes” o “ansiosos” por el cambio climático. Por otra parte, dijeron que no sentían que sus gobiernos estuvieran haciendo lo necesario para enfrentar esta crisis. Estos sentimientos de angustia ya no solamente los resiente la juventud sino también las infancias. Un estudio mostró que las infancias tienen fuertes preocupaciones en torno a la crisis ambiental, se sienten asustadas, preocupadas y abrumadas por el tema. Lo que es problemático es que las infancias empiezan a sentirse responsables, una carga que no deberían de experimentar siendo tan pequeños. Greta Thunberg expresó esa injusticia en su famosa frase “se han robado mi niñez”.
Más allá de estos datos, basta con dialogar con personas jóvenes para saber que la ansiedad, ya sea en mayor o menor grado, es un sentimiento generalizado. Hay quienes experimentan una sensación de desesperación, abrumados por la escala del problema y la falta de acción para enfrentarlo. Hay también quienes se aíslan, se distancian, y prefieren desconectarse y no saber nada ante tan sombrío panorama. Esto es congruente con algunos estudios antropológicos que han mostrado que cuando la gente enfrenta graves problemas ante los cuales no tiene una manera efectiva de resolverlos, opta mejor por negarlos o ignorarlos. Están también quienes sienten cada vez más enojo por la frustración que provoca ver a los gobiernos, las instituciones y las empresas haciendo greenwashing y engañando con sus falsas promesas de cambio. Uno de los aspectos más difíciles es el dolor que sentimos cuando vemos hábitats enteros perderse, animales extinguirse y vivir cada día más con contaminación del aire, del agua, del suelo, montañas de plástico por doquier, incluso con evidencia de microplásticos invadiendo nuestra sangre. Además del duelo por el que tenemos que atravesar, estos sentimientos afectan también nuestra salud física, y sus manifestaciones pueden expresarse en dolores de cabeza, falta de apetito, insomnio, fatiga, y otros tipo de afectaciones que atentan contra nuestro bienestar.
La verdadera solución para la ecoansiedad
La problemática ambiental tiene una gran relevancia actual; sus impactos son muy relevantes y merecen mucha atención. Sin embargo, habría que conectar la angustia que vivimos, que se explica en parte por su dimensión ecológica, con otros problemas que nos quitan la esperanza en el futuro, como la violencia y la precariedad económica, la cada vez mayor brecha entre los ricos y los pobres, la desigualdad de género, entre otras. Eso hace que nuestro panorama de vida sea uno muy distinto al de otras generaciones, que nos sea difícil pensar en si vamos a hallar un trabajo al que le encontremos un sentido útil para el mundo, si queremos tener una familia, si algún día podremos comprar una casa o tener un trabajo con seguridad social, pensamos en cómo se verá el mundo en cuarenta años, en qué condiciones viviremos, entre otras preocupaciones.
Se habla mucho sobre distintas soluciones a la ansiedad, incluyendo fármacos, psicología, grupos de reflexión. Aunque algunos de estos pueden ser útiles (y otros francamente contraproducentes), la realidad es que la verdadera solución es hacer los cambios estructurales que se necesitan para transformar este mundo. El problema no puede situarse de nuestro lado: esta ansiedad que vivimos es producto de la inacción, la negligencia, y el egoísmo de quienes ahora nos llaman “generación de cristal”.
¿Qué hacer con la ecoansiedad?
Los factores que provocan esta ansiedad no van a cambiar por sí mismos, de tal manera que dejadas las cosas a su curso los casos de ansiedad no sólo continuarán, sino que aumentarán en la misma manera en que las crisis ambiental y social avanzan y se generalizan. A nadie como a nosotras las jóvenes nos preocupa más el futuro, puesto que tenemos un pie en el hoy y otro en el mañana, somos presente y somos también futuro. El sistema actual nos ofrece un horizonte de precariedad, deshumanizado, en donde no contamos como personas y no hay espacio para nuestra realización. Por ello es importante entender las fuentes, las causas de nuestra ansiedad, navegar por las aguas profundas que explican esta crisis. Necesitamos más que nunca luchar por un mundo más digno para las personas y para otros seres vivos que nos rodean, romper con esos sistemas que nos empobrecen y que nos cancelan todo futuro, toda esperanza de un mundo mejor.
Ana Valentina Flores
Consultora y divulgadora del conocimiento ambiental. Participa en el Centro de Estudios Críticos Ambientales Tulish Balam