De acuerdo con el quinto informe de evaluación sobre cambio climático del IPCC, la adaptación y la mitigación son las dos estrategias, complementarias entre sí, que representan la mejor forma de hacer frente al cambio climático. El objetivo de la mitigación es reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) o bien, de aminorar su presencia en el ambiente, así como de cualquier otra medida que pueda limitar la intensidad del cambio climático futuro. Por su parte, la adaptación es una respuesta a las repercusiones ya existentes del cambio climático dentro de un territorio concreto. Es decir, es el proceso por el que se adoptan las medidas necesarias para reducir o evadir el daño de las transformaciones ambientales presentes o futuras.1
En este sentido resulta lógico que la mitigación adquiera una mayor preponderancia que la adaptación. En primer lugar, porque dependiendo de la medida en la que logremos mitigar el cambio climático así también la capacidad que tendremos para adaptarnos a la catástrofe ambiental. En segundo lugar, porque la primera viene con un dote de esperanza. Muchas veces la mitigación se concibe como una solución al problema, mientras que a la adaptación se la dota de un halo de pesimismo, como una serie de medidas de resignada resiliencia ante una situación que se nos ha ido de las manos y que por lo tanto bien vale la pena ignorar para enfocar nuestros esfuerzos en la mitigación. Sin embargo, estas perspectivas son equívocas: la mitigación no resuelve el problema porque ya vivimos un calentamiento global cercano a 1° C y, aunque las emisiones de GEI cesen ahora mismo, esa anomalía de un grado centígrado de aumento que ya ha comenzado a causar o influir en eventos climatológicos extremos, como en los más recientes incendios en Australia, no se va a revertir sino hasta después de cientos o incluso miles de años.2

Ilustración: Belén García Monroy
Esto significa que la mitigación no es una medida para solucionar el calentamiento global actual, sino que su función es la de evitar un calentamiento mayor en el futuro cercano. También significa que ya no hay espacio para prescindir de las medidas de adaptación, pues aunque en la mayoría de las grandes ciudades del planeta, en especial las de los países ricos, los efectos del calentamiento global aún parecen lejanos, en otras latitudes la situación ya es crítica. La intensidad del huracán Katrina y otros subsecuentes, la sequía en Siria que fue un factor de influencia sobre el estallido de la guerra,3 y la elevación del nivel del mar que amenaza el sustento y la propia existencia de varias islas del Pacífico Sur, son acontecimientos asociados a un calentamiento global de 1° C que ya ha generado cientos de miles de damnificados, muchos de ellos ahora en busca de refugio como consecuencia de una adaptación insuficiente.
Lo que nos proponen la mayoría de los dirigentes políticos se enfoca en un ecologismo neoliberal que no se encuentra apegado a la realidad de los datos científicos pues la mayoría de las medidas que recomiendan tienen que ver con acciones individuales o con hábitos de consumo que tienen un efecto insignificante a la hora de reducir las emisiones de GEI. Es así porque las sociedades modernas por sí mismas contaminan el aire. Si consideramos que el sector energético contribuye por sí solo con más del 72 % del total de emisiones de GEI, entonces para alcanzar una verdadera mitigación tendríamos que prescindir no solo de todo aquello que funcione con combustibles fósiles, sino también de todo lo que funcione con energía eléctrica (el 64 % de la energía eléctrica en el mundo se produce quemando combustibles fósiles). Más aún: sería necesario prescindir de todo aquello que sea fabricado utilizando energía eléctrica (en un país como México, el sector industrial es el que más consume energía, mientras que el consumo eléctrico residencial suma apenas un 23 %).4 Si añadimos el dato de que la meta de evitar un aumento mayor a 1.5° C para el año 2100 requiere alcanzar cero emisiones netas en una fecha cercana al 2050, no está nada claro que al cambiar nuestros hábitos de consumo volviéndonos todos vegetarianos o comprando un auto eléctrico, vamos a lograr que, en los próximos 20 años, se culmine la transición absoluta a las energías limpias y que desaparezcan de la faz de la tierra las grandes compañías petroleras (no olvidemos que en 2018 la petrolera Saudi Aramco obtuvo más ganancias que Apple y Google juntas).
Así pues, el problema de plantear estas medidas como una forma de remediar el cambio climático es que se sustenta en una disonancia cognitiva, pero no solo por lo que refiere a la inmensidad de los datos y la complejidad del cambio climático, sino también la relacionada con la realidad económica. En primer lugar, las de la mayoría de los habitantes del mundo quienes no pueden comprar o ni siquiera tener acceso a productos presuntamente orgánicos o ecológicos, las de los que viven tan lejos de sus puestos de trabajo que les resulta prácticamente imposible llegar en bicicleta o las de los que no pueden darse el lujo de cambiar su dieta. En segundo lugar, suelen pasarse por alto las agudísimas diferencias en términos económicos y contaminantes existentes entre países, como que los cuatro países más contaminantes contribuyen por sí solos con más de la mitad del total de emisiones del mundo (51 %), mientras que un país como Colombia contribuye con apenas un 0.36 %.5
No obstante, es común ver en las redes sociales cientos de respuestas de usuarios habitantes de los países desarrollados que, enardecidos reclaman, por ejemplo, que Greta Thunberg no haga ni diga nada respecto de un vertedero de basura en África o de un río contaminado en Centroamérica. No se tiene en cuenta pues, como explica Stephan Lessenich, que los habitantes de las naciones ricas viven de la externalización que hacen sobre los países en desarrollo de los costos asociados a su riqueza.6 Es decir, dentro del salvaje esquema de competencia capitalista existente entre países, los que se encuentran en una posición ventajosa pueden imponer sobre los otros las condiciones comerciales que prefieran, y externalizar en ellos los costos ecológicos del desarrollo, facilitando que las empresas que cotizan en sus mercados financieros coloquen fabricas contaminantes en la India, o exportando toneladas de basura a Tailandia. En los países ricos se puede promover desde Instagram un challenge cuyo objetivo sea la limpieza de la playa más cercana para publicar luego la foto de la proeza, pero en realidad lo que se está haciendo con ello es tomar la basura de un espacio natural cercano para exportarla a un espacio natural distante, con el añadido de que luego podrán externalizar además la responsabilidad por la contaminación del mundo sobre estos países.
Probablemente lo peor de la situación actual no sean las condiciones climatológicas, que ya de por sí son catastróficas, sino lo inmoral de las inmensas diferencias económicas existentes entre países (y dentro de estos) y lo inmoral de la inmensa indiferencia existente entre seres humanos divididos por cuestiones de nacionalidad, raza, lengua, identidad y capacidad económica. Por esta razón, la verdadera labor de mitigación por parte de los ciudadanos frente al cambio climático pasa por un activismo político que ponga a funcionar los mecanismos necesarios para detener el uso de combustibles fósiles teniendo en cuentas estas desigualdades. Sobre todo, pasa por un despertar humanista de grandes vuelos que nos permita adaptarnos. Vale la pena recordar que solo si se emprende una adaptación adecuada será posible mitigar la emisión de GEI y para ello es necesario que alrededor del mundo las personas estén dispuestas a cooperar entre sí, sobre todo a ayudar a quienes no cuentan con las condiciones suficientes para adaptarse de manera adecuada.
El futuro cercano requiere una fuerte dosis de humanismo porque lo más seguro es que dentro de pocos años, las oleadas de exiliados climáticos desbordarán las fronteras de los países ricos en busca de asilo y los habitantes de estos países, que para entonces serán menos ricos y vivirán peor, tendrán que enfrentar un dilema: recibir a quienes lo han perdido todo y dividir con ellos lo que tienen, o darles la espalda y encerrarse fronteras adentro con lo que les queda. El problema de decantarse por lo segunda opción sería que, después de romper todos los canales posibles de una cooperación global, los habitantes ricos de estas naciones amuralladas no contarán con ningún medio para prevenir que los que se queden afuera busquen adaptarse al cambio climático como mejor puedan, incluso si eso significa ir en contra de las tan necesarias medidas de mitigación.
Daniel Flores Gaucin
Politólogo. Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid.
1 IPCC, Climate Change 2014: Synthesis Report, Geneva, 2014, p.76.
2 Ibid, pp. 10-26.
3 Colin P. Kelley, et al. “Climate change and the recent Syrian drought”, Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 112, núm. 11, (2015), pp. 3241-3246.
4 Ibrahim Dincer y Azzam Abu-Rayash, Energy Sustainability, Academic Press, 2019, p. 96.
5 Datos de World Resources Institute, “CAIT Climate Data Explorer”, (Los 28 miembros de la Unión Europea [9.66 % del total de emisiones] son tomados en cuenta como una sola entidad política al poseer una misma voluntad en términos de cambio climático).
6 Stephan Lessenich, La sociedad de la externalización, Herder, 2019