Militarización y cambio climático: una mancuerna peligrosa

No hay actividad más patriarcal, más destructiva ambientalmente y ad hoc con la expansión capitalista que la guerra. Teniendo esto como punto de partida, a continuación se proponen dos claves para entender al militarismo en tiempos de emergencia ambiental y climática.

Primera clave: el militarismo es una ruta directa hacia la destrucción radical, irreversible e irreparable del estado y la composición de los subsistemas del planeta (la litosfera, la hidrosfera, la biosfera y la atmósfera) por causas de orden económico y geopolítico y por comportamientos de carácter imperial.1 De acuerdo con Neta Crawford, en su análisis del caso estadunidense,2 existen siete grandes fuentes de emisión de gases de efecto invernadero (GEI) vinculadas a las actividades bélicas, las cuales son:

1) Emisiones generadas por las instalaciones y operaciones no bélicas;
2) Aquellas relacionadas con la guerra en operaciones de contingencia en el extranjero;
3) Emisiones causadas por la industria militar, por ejemplo, para la producción de armas y municiones;
4) Las emisiones causadas por el ataque directo a infraestructura petrolera, es decir, la quema deliberada de pozos de petróleo y refinerías;
5) Las fuentes de emisión de otros países beligerantes;
6) La energía consumida por la reconstrucción de infraestructura dañada y destruida;
7) Las emisiones de otras fuentes como explosiones o incendios.

Para dimensionar cómo se ve la huella ecológica de la bota militar tenemos que los ejércitos de todo el mundo generan entre 5 y 6 % de todas las emisiones de carbono. El Departamento de Defensa de Estados Unidos es el mayor consumidor institucional de petróleo en el mundo. Entre 25 y 50 % de los conflictos militares desde la crisis de 1973 han estado relacionados con el petróleo; y en 2022 el 66 % de las misiones militares de la Unión Europea estuvieron relacionadas con la extracción de combustibles fósiles. El 35 % de la población mundial concentra 67 % de las emisiones de dióxido de carbono y 82 % del gasto militar.3 Entre 2002 y 2020, han sido asesinados 2161 activistas defensores del medioambiente. Estos datos revelan una dinámica de destrucción y exterminio desigual.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Secrecía y guerra: respuestas militares al cambio climático

Si bien cada vez somos más conscientes de los daños psicosociales asociados a los abusos de las dictaduras militares, así como de las “democracias” militarizadas, aún hay un enorme desconocimiento sobre las repercusiones ambientales y climáticas de las fuerzas armadas en el planeta. La secrecía que envuelve a los aparatos militares hace sumamente difícil calcular cuál es la huella ecológica de la bota militar, lo que tiene varias repercusiones. Para empezar, las fuerzas armadas no están sujetas a la regulación climática ni a la vigilancia ambiental. Algunas organizaciones de la sociedad civil han señalado que los aparatos militares son el elefante rosa en medio de la sala del cual nadie habla.4 Siguiendo con la metáfora, puede decirse que son el portaaviones en el vestíbulo de la diplomacia climática. En las conferencias de las partes (COP) donde se llevan a cabo las negociaciones globales para reducir las emisiones de GEI, el ámbito militar ha estado ausente.

Segunda clave: la guerra como único escenario.A medida que la destrucción ambiental se agudiza y la disponibilidad de fuentes de energía y materia disminuye, la respuesta militar se fortalece. Se promueve un lenguaje y una lectura militarizada del problema; las zonas de provisión de recursos se conceptualizan como futuras áreas de conflicto y las resistencias como objetivos de guerra o potenciales enemigos. Se teje una ecología política de la guerra donde los espacios de mayor vulnerabilidad y disponibilidad de recursos naturales serán quienes más resentirán las afectaciones asociadas al cambio climático y donde las potencias militares reaccionarán con más violencia para obtener tales recursos. El militarismo acelera el cambio climático, y si no se cambia de ruta, el cambio climático justificará más guerras y más militarismo.

En 2021, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), alianza militar intergubernamental, hizo de los preparativos militares para el cambio climático una de sus prioridades clave. El gobierno de Estados Unidos, encabezado por Joe Biden, ha incorporado prospectivas militares sobre el cambio climático en todas las áreas de gobierno. Asimismo, la Unión Europea está orientada hacia la militarización a gran escala, particularmente a raíz de la guerra en Ucrania.

Aunque a primera vista sería positivo que la preocupación por el cambio climático y la degradación ambiental se incorpore en todos los sectores gubernamentales, incluido el militar, hay que ser sumamente cautelosos con la forma en la que diversos temas se confían en el ejército.

Más fronteras, menos justicia climática

Los riesgos de incorporar la lógica militar para atacar los problemas ambientales y climáticos están en que permite justificar el intervencionismo en territorios con amplia disponibilidad de combustibles, minerales, agua, tierra, etcétera; manipula el imaginario social al hecho de que la violencia es el único escenario posible; y encubre la responsabilidad del complejo militar-industrial para el cual la guerra y el desastre son un negocio. Se construye una narrativa belicista con enormes repercusiones prácticas. Tal y como se documenta en el informe Muro Contra el Clima. Cómo los países más ricos del mundo priorizan las fronteras y no la acción climática, actualmente, los mayores emisores de GEI del mundo gastan en promedio 2.3 veces más en armas para defender sus fronteras, que en financiamiento climático. Entre 2013 y 2018, siete países en particular (Estados Unidos, Alemania, Japón, Reino Unido, Canadá, Francia y Australia), responsables de 48 % de las emisiones históricas de GEI del mundo, gastaron colectivamente al menos el doble en control fronterizo y de inmigración (más de 30 000 millones de dólares), que en financiamiento climático (14 400 millones de dólares). La industria de seguridad fronteriza ha ayudado a promover este proceso a través de un fuerte cabildeo político que ha llevado a más contratos para la industria fronteriza y entornos cada vez más hostiles para refugiados y migrantes. Las diez empresas de combustibles fósiles más grandes del mundo son las principales contratistas de los servicios de las empresas que dominan los contratos de seguridad fronteriza.

La sinergia entre las empresas de combustibles fósiles y los principales contratistas de seguridad fronteriza también se ve en el hecho de que los ejecutivos de cada sector se sientan en los directorios de los demás. Asimismo, en un contexto donde las migraciones forzadas se recrudecen, los refugiados climáticos comienzan a percibirse como amenazas y no como víctimas de enormes inequidades que los obligan a dejar a sus familias y lugares de origen.

Cuando se plantea la guerra como único escenario es el fin de las alternativas, no se vislumbra la posibilidad de transformación social, sólo el recrudecimiento del conflicto. En América Latina, por ejemplo, la militarización ha costado demasiadas vidas como para suponer que esa es la vía para enfrentar el cambio climático o cualquier otro problema de índole social. Por ello, vale la pena enunciar algunas preocupaciones a considerar para el corto y mediano plazo. Uno: no se puede esperar que sectores, como el militar o el petrolero, que existen por y se benefician de la quema de combustibles fósiles abandonen un negocio que aún les resulta lucrativo. Dos: hay que regularlos de la manera más estricta posible y transparentar sus acciones y omisiones. Tres: en el largo plazo tendríamos que vislumbrar la desaparición de todo cuerpo represivo de carácter militar, tanto por sus repercusiones sociales como ambientales.

Quemar combustibles, extraer minerales y destinar recursos financieros para alimentar aparatos represivos y asegurar los negocios del 1 % de la población es algo que en un planeta cada vez más caliente e injusto no nos podemos permitir. En ese sentido, es importante colocar este tema como parte central de la discusión internacional, recalcando que los escenarios planteados por las estrategias bélico-empresariales son una entre muchas posibilidades, lo que implica que la factibilidad de reorganizar la vida de manera justa y sostenible dependerá en gran medida de la capacidad colectiva de frenar estas dinámicas y de imaginar, organizar y disputar otros presentes posibles.

 

Maritza Islas Vargas
Centro de Relaciones Internacionales, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM

Este texto es resultado del proyecto de la UNAM “Resonancias de la militarización en la seguridad humana del siglo XXI. Re-pensar la seguridad desde las ciencias sociales” PAPIIT IN308621.


1 Ornelas, R. (coordinador) Estrategias para empeorarlo todo. Corporaciones, dislocación sistémica y destrucción del ambiente, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Económicas, 2020.

2 Crawford, N. C. “Pentagon fuel use, climate change, and the costs of war”, Costs of War, Watson Institute, Brown University, 2019.

3 Coronel, A. “¿Armas contra el cambio climático? (I). Los peligros de militarizar la crisis climática y energética”, El Salto, 28 de abril de 2022.

4 Buxton, N. “The elephant in Paris – the military and greenhouse gas emissions”, Transnational Institute, 2015.