El miedo en manos de la política, como instrumento de gobierno, ha mostrado ser un arma peligrosa, ambigua y poderosa, condenable éticamente o defendida por los pragmáticos del poder, por su utilidad para los fines de gobierno, para la administración de las cosas y los asuntos de la república y, en especial, cuando se buscan objetivos concretos para la reproducción de un orden, de una manera de organizar la vida en sociedad, como pudieran ser comprometer a los diversos agentes afectados por una fuente de daño, alguna amenaza a la convivencia social o para resolver cualquier problema significativo para la vida comunitaria. Hay un problema ético, que es cuestionado por algunos pensadores, en el llamado al miedo y al terror para intentar solucionar un problema, sobre todo cuando de lo que se trata de enmendar no es el problema en sí, sino resolver los conflictos, las amenazas, que ponen en riesgo la estabilidad y reproducción del orden social y sus estructuras de dominación.

Miedo cívico
Hay implicado en todo esto, como ya se mencionó, un problema práctico utilitario, que tiene que ver con las necesidades y el oficio de gobernar, mediante el cual se recurre no al miedo que nace de las emociones y que es parte de la condición humana. Gobernar desde lo emocional, con lo emocional, recurriendo a lo emocional, es algo que ha sido no sólo condenado desde el punto de vista ético por filósofos y humanistas, sino que ha sido también descalificado como una forma no efectiva de gobernar, particularmente porque recurrir a las emociones es considerado como algo no propio de lo humano, en donde se supone predomina la razón, la lógica, lo racional, de tal manera que las decisiones, sobre todo de política, deben ser decisiones racionales, planeadas con base en actos productos de la razón. El miedo útil al oficio de gobernar sería algo que podríamos llamar miedo racionalmente administrado, un miedo puesto al servicio de las razones del gobierno, miedo de Estado. Se hablaría en este caso de un miedo desde el punto de vista de la razón, donde de lo que se trata sería de racionalizar el miedo, hacerlo entrar en razón, para lograr el compromiso pensado, reflexionado por el ciudadano, para resolver problemas objetivos, concretos, ubicados territorialmente en los lugares donde la gente habita y que resulta perceptible a la mirada ciudadana. En este caso, movilizar el miedo pretende invitar a la reflexión, a la deliberación, al uso de la razón para perseguir con eficacia fines comunes; al menos esa es la justificación en el marco del arte de gobernar. El concepto de miedo cívico propuesto por Aristóteles tiene que ver con este miedo que pretende invitar a la gente al debate, a la deliberación para, sobre esa base, enfrentar de manera colectiva aquello que amenaza a la vida comunitaria. Aristóteles señala que sólo se puede apelar al miedo cívico cuando existe alguna esperanza de que el mal sea conjurado, de que el objeto del miedo, lo que amenaza a la gente, pueda ser superado, pueda ser remediado; por ello distingue entre el miedo que nace del ámbito de la necesidad, el cual es inevitable y en donde no hay posibilidad de intervención humana, y el miedo que nace de los eventos contingentes, ante los cuales es posible una efectiva intervención humana para conjurarlos. En este marco Aristóteles propone construir el miedo de una manera que esboce un futuro de esperanza.
Aristóteles propone de manera explícita la utilización del miedo, su movilización política, para los fines de la preservación y la integridad de la república. Es un miedo positivo, un miedo que invita al debate, que invita a la deliberación y a la acción colectiva bajo un principio de racionalidad que contrarrestaría el miedo emocional, instintivo que, como mencionamos, parecería dañino a la vida comunitaria. El fin último de la movilización del miedo cívico de Aristóteles es la preservación del orden, la preservación de la república, un orden y una república de privilegios.
El apocalipsis climático
La movilización del miedo para los fines de la buena administración y del buen gobierno data desde tiempos inmemoriales. Pero hay una versión moderna específica, concreta e histórica de este miedo, convocado para los mismos propósitos del gobierno y la administración de los problemas de la vida social y de los conflictos que de allí derivan. Esto puede observarse con claridad en el manejo gubernamental, y por diversos actores claves del orden moderno, de la crisis ambiental, ya sea que lo observemos en el movimiento ambiental, en las políticas que se ponen en práctica en los ámbitos nacionales e internacionales para enfrentarla y, de manera especial, en las políticas para encarar la crisis climática, así como en la misma práctica científica, sobre cuyos resultados, supuestamente, se toman las decisiones de política para enfrentarlo. En todos estos campos se ha recurrido al miedo y a la dramatización de los problemas ambientales como medios, instrumentos para convencer de la magnitud y gravedad de los problemas y conseguir así, conduciendo las voluntades ciudadanas por las rutas adecuadas, a la consecución de los fines políticos perseguidos. El miedo más movilizado en los últimos tiempos es el antiguo miedo al fin del mundo, como un efecto de la crisis climática, la llegada de un nuevo año mil, la llegada del juicio final. Hay en todos los llamados a la causa climática un escenario de fondo apocalíptico, donde se convoca a la gente a una movilización mesiánica para comprometerla en una cruzada climática.
Las cumbres climáticas, las llamadas Conferencias de las Partes, las COPs, se han convertido en el mejor escenario para la movilización del miedo al apocalipsis ambiental, así como para su escenificación teatral. Allí, el drama y el melodrama alternan sus capacidades histriónicas para producir miedo y, en ocasiones, terror, en un intento por generar conciencia y buscar compromisos de los ciudadanos, de los gobiernos, de las corporaciones económicas, entre otros, para sumarse a la defensa de la causa ambiental. Las COPs, además, sirven como una especie de sedante para calmar a las conciencias intranquilas por tanta inacción, por la no voluntad, o la incapacidad de los actores allí reunidos para tocar fondo, para cuestionar y proponer los cambios necesarios en las estructuras de poder, en lo valores que son las causas verdaderas de la crisis ambiental y climática.
Las razones del miedo
El miedo es un sentimiento humano, profundamente humano, es parte de nuestro ser, constitutivo de nuestro ser y estar en el mundo; sin miedo somos poco, nada. El miedo es fuente de protección y seguridad ante los múltiples riesgos implícitos en la experiencia de vivir. Por ello, aunque parezca extraño, nos hace ser y es también parte de nuestra seguridad ontológica. Nace de nuestra imposibilidad de saberlo todo, de entenderlo todo, de nuestra relación con los distintos seres que pueblan el mundo y con quienes nos relacionamos desde los diversos aspectos de nuestro ser con agencia y desde nuestro ser vulnerables, de cara a las fuerzas que gobiernan el mundo y de la imposibilidad para modificarlas a nuestra voluntad, sobre todo, de nuestra relación con todo aquello que es del dominio de la necesidad, distinto al ámbito de la libertad y del albedrío, de lo que nos es impuesto, de lo que se coloca frente a nosotros como una fuerza contra la que no podemos, y particularmente, ese miedo que nace ante el evento más inevitable, el más irremediable: la muerte.
En el periodo moderno actual, el miedo, como es el caso del miedo y la angustia por el cambio climático, se traduce, por una parte, en una preocupación, en temores que se consideran razonables, que se suponen conduce a acciones racionales, deliberadas y deliberativas, distinta a la Angst del periodo moderno, por provenir de hechos certificados por el mundo de los expertos, de aquellos autorizados para hablar en nombre de la verdad, los hombres de ciencia. Por otra parte, se encuentra la movilización del miedo que provoca desolación, inmovilidad, inacción política. No obstante, no todo miedo deviene desolación, ni tampoco necesariamente conduce a la inacción. El miedo deviene, se transforma, se hace cuerpo, miedo corporizado que, en algún momento, deviene conciencia, cuerpos conscientes, que logran establecer las conexiones básicas entre el daño que experimentan y las condiciones del deterioro ambiental en el que viven, permite transitar del miedo en su expresión amplia, abstracta y genérica a uno más aterrizado, tangible, que se manifiesta en deterioro de nuestra calidad de vida, de nuestra salud, de nuestro bienestar e invita a la protesta, a la rebelión, a la insurrección de los cuerpos previamente domesticados y sometidos. Nacen así ante la magnitud de la crisis y ante el nacimiento de una conciencia crítica y reveladora que avizora las posibilidades del cambio, cuerpos recuperados que experimentan el poder de su agencia, un miedo que también es parte de la condición y de la potencia corporal humana.
Reflexión final
El recurso del miedo como instrumento de poder, como estrategia de gobierno y como un elemento de gobernabilidad no es nuevo, no apareció el día de hoy, no está asociado sólo al cambio climático, viene desde los orígenes mismos de la vida en sociedad; generar miedo, difundir el miedo, mostrarle a la gente la diversidad de riesgos, de posibilidades de ser dañados, afectados, enfermados o de morir, hace necesaria la presencia del chamán, del brujo, del gobernante protector que salva a su tribu, a su comunidad, a su pueblo o a su electorado de la posibilidad del daño o de la muerte, para lo cual puede, parecería legítimo, recurrir a cualquier forma de control, de vigilancia, de ejercicio del poder, aun a los extremos de este uso del poder. Mientras tanto, la gente es invitada a la inacción y a dejar todo en las manos del gobernante, del representante del poder. Ese es en el fondo, el peligro de la apelación al miedo, de la movilización del miedo, el miedo apocalíptico, como instrumento, como medio para conseguir fines en apariencia buenos, que buscan supuestamente el bien común. Apelar de esta manera al miedo es, además de un problema de naturaleza ética, también uno de carácter político y de ejercicio del poder.
El miedo cívico de Aristóteles sigue siendo hoy día una justificación que está en el centro de las argumentaciones para legitimar su uso en el combate al cambio climático. Parece razonable, es razonable en el sentido de que proviene de un ejercicio, una práctica apoyada en la mayor fuente de certeza del periodo moderno, la razón y la ciencia. No obstante, es razonable también pensar que, lo mismo que en los tiempos de Aristóteles, el miedo así movilizado tiene como objetivo central mantener, reproducir la república, su orden jerárquico, sus privilegios. Hoy día equivaldría a reproducir las mismas estructuras, el mismo orden social que en su relación con los mundos de vida los destruye, los empobrece, los degrada, reduciéndolos a simple medios, medio ambiente para el mantenimiento del orden social regido por el mercado, y la mercantilización de todas las formas de vida que está en el fondo de la devastación de la naturaleza.
José Luis Lezama
Cofundador del Centro de Estudios Críticos Ambientales Tulish Balam