Hace algunas semanas se publicó el nuevo reporte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Estos reportes son sumamente esperados pues proveen la información más completa y actualizada sobre el cambio climático. El mensaje central de esta última publicación es poco reconfortante —tampoco se podría decir que es una sorpresa—: no importa cuánto logremos reducir las emisiones, estamos atrapados en un ciclo de treinta años de condiciones climáticas en deterioro. El futuro será caluroso, es una certeza absoluta. ¿Qué tanto? Eso todavía depende de nosotros y, en mayor medida, de la agenda política de nuestros países.

Ilustración: Víctor Solís
El reto de no rebasar los 2 ºC
La voluntad política se ve cristalizada en las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDCs, por sus siglas en inglés), es decir, los compromisos que los países asumieron de manera individual en 2015 para reducir sus emisiones y así adaptarse al cambio climático. Un reporte anterior del IPCC fue la base para que los países llegarán a un consenso en la COP21 —el evento más importante a nivel global para las negociaciones climáticas— de limitar el calentamiento global a 2 ºC y de ser posible a 1.5 ºC.
Ahora bien, de cumplirse los compromisos que los países hicieron en 2015 alcanzaríamos un calentamiento de 3 ºC para 2100. Esto tendría consecuencias catastróficas para nuestro planeta pues ocasionaría un efecto de bola de nieve que aceleraría el incremento de las temperaturas. En efecto, a mayor temperatura se reduce la capacidad de los pozos de carbono, como los bosques, los suelos u océanos, de absorber dióxido de carbono (CO2) y ciertos fenómenos como el derretimiento de los glaciares o del permafrost se acentuarían. Hoy estamos en un punto de inflexión pues las NDCs deben ser revisadas: el 58 % de los 191 países ya han presentado compromisos renovados. Esta es una regla a la que se llegó en la cumbre climática de París (COP21) como un incentivo para incrementar la ambición de las NDCs y asegurarse que estén alineadas con el objetivo de calentamiento por debajo de los 2 ºC.
Es un buen momento para hablar de que México se encuentra entre los veinte países más contaminantes de los 195 considerados por las Naciones Unidas. Por esta razón, lo que México haga o deje de hacer es relevante para el mundo entero. En 2020, México presentó sus NDCs actualizadas y, al hacerlo, violó el principio de progresividad estipulado en el Acuerdo de París (COP21). Este consiste en revisar e incrementar la ambición de las NDCs cada cinco años. México cumplió con la revisión, sin embargo, se negó a presentar metas más ambiciosas: no hizo más que reafirmar los compromisos pasados de reducir en un 22 % los gases de efecto invernadero y en un 51 % el carbono negro. Bajo este panorama, las NDCs de México se mantienen a un nivel que nos conduce a un incremento de la temperatura global de más de 3 ºC. Escenario catastrófico por donde se vea.
Una realidad poco alentadora
Las NDCs propuestas por México son poco ambiciosas, pero la falta de compromiso en este ámbito y las incongruencias en materia política nos sugieren un futuro poco esperanzador. Vale la pena centrarse en el sector energético, pues contribuye con el 71 % de las emisiones en el país.
Mientras que las NDCs mencionan que “nuestro país tiene grandes oportunidades para emprender cambios que permitan diversificar la matriz energética y liderar transformaciones productivas centradas en el bienestar de la población”, lo cierto es que el presidente Andrés Manuel López Obrador ha prometido una inversión de 15 000 millones de dólares para rescatar a Petróleos Mexicanos (Pemex) y otros 8000 millones para la construcción de la refinería de petróleo en Dos Bocas, Tabasco. Además, México tiene una de las matrices energéticas más dependientes de combustibles fósiles a nivel global, que contribuyen con tres cuartos de la electricidad; sólo el 10 % proviene de energía eólica y solar.
En conclusión, México no está en el camino hacia alcanzar la neutralidad en carbono para 2050. Este es un requisito plasmado en los reportes del IPCC para limitar el calentamiento a 2 ºC, para lo que se necesitaría eliminar totalmente los combustibles fósiles en los próximos treinta años. La diversificación de la matriz energética en México se volvió todavía más incierta en 2020 con la decisión del Poder Legislativo de limitar fuertemente el otorgamiento de permisos para conectar energías renovables a la red de electricidad.
La simulación ambiental
El sector forestal es crucial por la resiliencia que brinda frente al cambio climático, pero también por ser un importante sumidero de carbono. Los bosques mexicanos absorben el 23 % de las emisiones que emite México. Por ello, la deforestación merma la capacidad de absorber dióxido de carbono (CO2) e incrementa las emisiones a la atmósfera. En las NDCs actualizadas de 2020, se menciona el objetivo de alcanzar para 2030 una tasa cero de deforestación neta. Sin embargo, dos de los proyectos emblemáticos del gobierno de AMLO, Sembrando Vida y el Tren Maya, son focos rojos porque su implementación implica la destrucción de la selva.
Es paradójico, sobre todo el primer proyecto, pues su objetivo principal es reforestar el sur y el sureste del país con árboles maderables y frutales. Sin embargo, esto implica, por absurdo que parezca, derribar la selva húmeda para reforestar con árboles económicamente más rentables pero ajenos al lugar. Y es que, para que se reciba dinero del programa, el terreno debe estar completamente deforestado. Un estudio publicado en 2019 por The World Resources Institute (WRI) estima que, hasta 2019, el programa favoreció la deforestación de 73 000 hectáreas (ha). Esto equivale a una cifra de deforestación anual de 210 ha, muy por encima de la línea de base anual de 130 ha. De acuerdo con ambientalistas, este proyecto sería el principal responsable de la mayor deforestación que hemos visto en los últimos 20 años en nuestro país.
El otro megaproyecto del actual gobierno, el Tren Maya, pasará por una de las regiones más ricas en biodiversidad del país, el sureste mexicano, en la Península de Yucatán. El tren recorrerá selvas y manglares, dunas costeras y cenotes para los que todavía no se cuenta con derecho de construcción por un tramo de más de 1000 kilómetros, es decir, el 68 % del proyecto. Se espera una deforestación directa de 2500 ha de selvas húmedas y secas, esto sin contar la deforestación indirecta, que puede ser mucho mayor, producto de los complejos que se construirán por donde transite el tren. A esto se le suman los efectos adversos más significativos de fragmentación de ecosistemas y, por lo tanto, disminución de especies nativas, sobre todo tomando en cuenta que el tren pasará por áreas naturales protegidas.
No dejemos atrás la calidad del aire
Por sorprendente que parezca, hay algo rescatable en las NDCs de nuestro país al ser uno de los poquísimos países a nivel global que integran la calidad del aire en sus estrategias climáticas. Y es que si comparamos el compromiso que se hace de reducción de dióxido de carbono (CO2), también hay uno de reducción de carbono negro. Al tener un potencial de calentamiento 460 veces más potente que su equivalente de CO2, esta partícula contribuye tanto al cambio climático como a la contaminación atmosférica, que es particularmente dañina para la salud pública. Para dimensionar, la contaminación atmosférica es el noveno factor de muerte prematura en México, lo que quiere decir que cada año mueren 48 000 personas a causa de la mala calidad del aire.
No es un mérito menor juntar dos agendas que históricamente —e incomprensiblemente— se han tratado por separado, y que no sólo comparten fuentes de emisión sino que representan una oportunidad para seleccionar las estrategias climáticas que tengan los mayores beneficios en calidad del aire y en salud pública. Desgraciadamente, y una vez más, la realidad nos dice otra cosa. Cuando desde el sector energético se tomó la decisión de cerrarle la puerta a los proyectos renovables, se dio prioridad a la electricidad generada por la Comisión Federal de Electricidad (CFE), que utiliza principalmente combustóleo. Ese combustóleo viene del excedente de petróleo mexicano que ya no encuentra compradores internacionales por contribuir fuertemente a los efectos del cambio climático y por sus catastróficos efectos en la contaminación del aire, y por lo tanto, en la salud pública. De igual manera, las políticas energéticas conservadoras de AMLO apuestan por la reactivación de plantas de carbón, que también tienen implicaciones sumamente negativas para la salud pública.
Los megaproyectos del actual gobierno que tratan de simular ser ambientales contribuyen a la degradación de nuestros ecosistemas y a la aceleración del cambio climático, pero no sólo eso, también han contribuido a la disminución de los presupuestos destinados a programas ambientales. Una tendencia que no es propia sólo de este gobierno, pero que ha alcanzado su punto más precario con este sexenio y que evidencia el total desinterés por el medio ambiente: el presupuesto destinado a cambio climático representa, para 2021, tan solo el 1.1 % del total para el país.
Además, entre 2015 y 2019, la reducción acumulada del presupuesto asignado a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) fue de 61 %, para la Comisión Nacional Forestal la caída fue de casi el 70 %, y en el caso de la Comisión Nacional del Agua se redujo el presupuesto en un 60 %.
A principios de noviembre se llevará a cabo la COP26 en Glasgow, donde se revisarán las NDCs actualizadas de cada país. Queda por ver si la presión internacional pesará lo suficiente para que el gobierno mexicano reconsidere su trayectoria hacia un escenario catastrófico.
Andrea Bizberg
Asesora técnica de C40 para la región de Latinoamérica, en temas de calidad del aire y cambio climático. También trabaja con el PNUD y The Economist Intelligence Unit para incrementar las NDCs de distintos países.
Lamentablemente, México si sigue hundiendo por el mal manejo de los gobiernos. Siguen invirtiendo en energias que contaminan el medio ambiente. No se preocupan por el cambio climatico, ni por la seguridad del ecosistema, solo son negocios.