A July, porque las palabras no alcanzan
La palabra, sagrada y poderosa, nos permite decir te quiero, sentir cercanía, conectarnos. Pero no sólo la usamos, también nos usa. Las palabras habitan en nosotros, dando forma y a la vez delimitando nuestra relación con el mundo que nos rodea. Están cargadas de significados que nos anteceden, impregnadas de una ideología, de una cosmovisión, una manera de ver el mundo que afecta profundamente la forma en que interactuamos con aquello que nombramos. El lenguaje científico que usamos para describir a la naturaleza no es neutro; nos coloca fuera de ella, como si fuéramos simples observadores mirando desde lejos. Este lenguaje, que es en esencia antropocéntrico y utilitarista, nos da la ilusión de que comprendemos la naturaleza. Creemos que, al nombrarla, ganamos el derecho de controlarla, de someterla. El vocabulario que hemos acumulado —recurso, ecosistema, medioambiente— habla de la naturaleza con frialdad, como si fuera un objeto distante, desprovisto de vida. Los términos que utilizamos no nos dejan ver su agencia, su vitalidad, ni el lazo profundo que nos une a cada ser que habita el mundo. Nos enseñaron a hablar de la naturaleza, pero nunca nos enseñaron a hablar con ella, a escucharla.

Un dispositivo para dominar
En su obra Las Palabras y las Cosas, Michel Foucault1 explica que el lenguaje no sólo describe el mundo, sino que lo moldea profundamente. Las palabras que usamos para nombrar la realidad no son neutrales; están cargadas de significado, de ideología y de formas particulares de ver y organizar nuestro conocimiento sobre el mundo. Nombrar no es una acción inocente. Este acto de nombrar, que parece cotidiano y simple, es en realidad un proceso poderoso que va a marcar una relación intelectual y afectiva con esa realidad. Lo que elegimos para describir la realidad no sólo refleja nuestra percepción, sino que la moldea, la delimita, y muchas veces la reduce. El lenguaje que usamos para hablar de la naturaleza es mucho más que un simple medio de descripción. Las palabras que elegimos dan forma a nuestra comprensión del mundo natural y, lo que es más importante, a la relación que establecemos con él.
Cuando llamamos recurso a la naturaleza, la despojamos de su vida. La convertimos en algo inerte, reducido a su capacidad de ser explotado. Un árbol deja de ser un ser vivo para convertirse en madera; un río deja de fluir para convertirse en una presa. La naturaleza deja de ser un ente viviente con sus propios ritmos y dinámicas para convertirse en un objeto disponible, listo para ser procesado y consumido. El término recurso despoja a la naturaleza de su inherente agencia. Árboles, ríos, montañas, animales, todos se vuelven parte de una lista de inventario en la que su existencia está vinculada a su valor de uso. En lugar de ver la naturaleza como un ente vivo con el que cohabitamos, el lenguaje del recurso nos lleva a verla como un reservorio de materias primas para la actividad humana. Esta concepción está en la base de la crisis ambiental: al reducir la naturaleza a un recurso, la volvemos susceptible a la sobreexplotación, a su agotamiento.
Otro término problemático es el de ecosistema que parece englobar las complejas interacciones entre los seres vivos y su entorno, pero en realidad deja fuera un componente crucial: a las personas. Al hablar de ecosistemas, en vez de socioecosistemas, reforzamos la idea de que los humanos estamos separados de la naturaleza, como si sólo la observáramos desde afuera. Este término perpetúa una visión dualista y antropocéntrica, donde la naturaleza es algo que controlamos o manejamos, pero no algo de lo que formamos parte.
El concepto de servicios ecosistémicos surge con la intención de hacer visibles los beneficios que los ecosistemas nos proveen, como la purificación del aire, la regulación del clima, o la polinización de cultivos. Si bien este término ha tenido el valor de poner sobre la mesa la importancia de los ecosistemas en el bienestar humano, también reduce la naturaleza a un sistema de servicios. Al hablar de servicios ecosistémicos, corremos el riesgo de naturalizar la idea de que la naturaleza existe únicamente para servirnos. El problema de este término es que refuerza una lógica de mercantilización de la naturaleza, donde los árboles se convierten en proveedores de oxígeno, los ríos en unidades de almacenamiento de agua, y los insectos en simples agentes de polinización. En este sentido, el lenguaje utilizado perpetúa la idea de que la naturaleza tiene un valor instrumental, y que su función primordial es beneficiar a los humanos. Ver la naturaleza como un conjunto de servicios nos aleja de una relación de reciprocidad. Si vemos a los árboles sólo como generadores de oxígeno y a los ríos como reservas de agua, estamos olvidando que la naturaleza tiene un valor en sí misma, que no depende de lo que pueda ofrecer a los humanos.
El término medioambiente nos lleva a percibir a la naturaleza como algo que está allá afuera, algo separado de nosotros, cuando en realidad somos parte de ella. Al llamarlo así distanciamos nuestra experiencia vital de lo que nos rodea y lo reducimos a un contexto pasivo. Incluso el propio término naturaleza es engañoso. Cuando lo usamos, parece que hablamos de algo que está fuera de nosotros, como si ese árbol o ese río fueran entidades separadas, ajenas a nuestra existencia. Además, hablamos de la naturaleza en singular lo cual simplifica la diversidad y su complejidad.
La Pachamama es más que un planeta
Lo mismo sucede cuando hablamos del planeta Tierra frente a otros términos más afectivos y éticos con los que nos podríamos referir a esta hermosa esfera azul dadora de vida. Por ejemplo, en las culturas andinas, Pachamama es considerada una deidad, y los humanos deben cuidarla y respetarla a través de actos de reciprocidad, como las ofrendas y rituales. Pachamama provee alimento y sustento a cambio de respeto y protección. Al usar este nombre, evocamos su carácter sagrado y vivo, nos recordamos a nosotros mismos que la Tierra no es un objeto que pueda ser explotado y desechado.
En cambio, hablamos de la Tierra como si fuera simplemente un planeta más, un lugar con condiciones idóneas para que la humanidad florezca, como si hubiéramos tenido la suerte de habitar una buena casa, pero que en realidad podríamos vivir en cualquier otro lugar del universo. Esta visión, alimentada por la fantasía de figuras como Elon Musk y otros patriarcas billonarios, nos lleva a pensar que la Tierra es sólo un punto en el espacio, uno que podríamos abandonar si fuese necesario, para comenzar de nuevo en otro planeta.
La Tierra no es simplemente un planeta habitable, sino que nosotros somos producto de la Tierra, emergimos de sus procesos, de su suelo, de sus ríos y su atmósfera. Cada célula de nuestros cuerpos está tejida de la misma materia que da vida a los árboles, a los océanos y a los animales. Esta Tierra nos parió, y es nuestra única fuente de vida.
Cuando las palabras científicas no bastan
En su libro, Trenzado hierba sagrada, Robin Wall Kimmerer2 argumenta que el lenguaje de la ciencia, a pesar de su precisión y capacidad para describir los detalles minuciosos del mundo natural, no es suficiente para captar la profundidad de la relación entre los seres humanos y la tierra. Explica que, en muchas lenguas indígenas, como la Potawatomi, el lenguaje para describir a la naturaleza está vivo, las plantas, los animales, los ríos y las montañas no son cosas inertes o meros objetos de estudio, son seres con vida, en movimiento, con agencia propia. Son verbos y no sustantivos. En contraste, el lenguaje científico que heredamos de la tradición occidental tiende a ser reduccionista y objetivizante. Aunque es útil para hacer mediciones, clasificaciones y análisis, es un lenguaje que desvincula a los seres vivos de sus relaciones con el entorno. En este proceso de nombrar y clasificar, la planta se reduce a una entidad aislada, estudiada en función de su utilidad o su papel en un ecosistema, pero sin tomar en cuenta su valor intrínseco ni su conexión con los seres humanos y otras formas de vida.
El lenguaje científico tiene límites en su capacidad de evocar cuidado, respeto y reverencia. Es incapaz de nombrar los procesos mágicos de la naturaleza. Aunque puede describir los procesos biológicos de un árbol, no puede transmitir lo que significa caminar entre ellos, escucharlos, y sentir su presencia como parte de una comunidad más grande. Aquí reside la gran limitación del lenguaje científico y particularmente de la taxonomía: nos enseña a describir y medir el mundo natural, pero rara vez nos invita a relacionarnos emocional y éticamente con él.
Más allá de las palabras
Las palabras que tenemos no nos alcanzan para nombrar a la naturaleza, nunca podrán abarcar plenamente lo que ella es. Nunca podremos capturarla en su totalidad. No podemos escapar del lenguaje, pero sí podemos desconfiar de él. Podemos reconocer que cada palabra lleva consigo huellas de significados pasados, de ideologías que moldean nuestra relación con los seres vivos con los que habitamos el mundo. Llamarla recurso, ecosistema o medioambiente no es una acción inocente, arrastra una historia de dominación, una trama ideológica que nos lleva a ver a la naturaleza como un objeto externo, controlable, disponible para nuestra explotación. Al nombrarla de esta manera, olvidamos que nosotros somos también naturaleza.
No se trata sólo de cambiar las palabras, aunque ese es un buen paso. Es necesario desmantelar los sistemas que dieron forma a esas palabras y que nos han separado de la naturaleza. Tal vez así podamos abrir nuevos caminos de sentido, uno que nos lleve a recuperar una conexión con la naturaleza que trascienda el lenguaje.
Quizá el siguiente paso sea escuchar con el cuerpo, con los sentidos abiertos de par en par, dispuestos a dejar que la vida nos atraviese. Conectarnos con la tierra fresca bajo nuestros pies descalzos, el aire que llena nuestros pulmones, oír la música de las piedras cuando se retira el mar. Si nos abrimos a la vida, despertamos nuestros más profundos afectos y sentidos, podemos volver a encontrarnos con la naturaleza, más allá de nuestras palabras.
Ana De Luca
Profesora-investigadora de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Baja California. Editora de este espacio.
1 Foucault, M., Las palabras y las cosas: Una arqueología de las ciencias humanas. Siglo XXI Editores, 1966
2 Kimmerer, R. W., Braiding sweetgrass: Indigenous wisdom, scientific knowledge, and the teachings of plants. Milkweed Editions, 2013
El lenguaje científico no pretende lo que tú le reclamas. Ni es un lenguaje que deba complacer en el mismo sentido que lo hace la literatura o la poesía.
Es un lenguaje que busca alegrar y fascinar el intelecto, no con las palabras, sino con la belleza de los resultados, de los hallazgos; busca la fascinación que producen las implicaciones de un nuevo conocimiento. Trata de destilar conocimiento nuevo y transmitirlo para que embriague las neuronas, tras un esfuerzo conceptual que pocos pueden sentir (por aquello del reduccionismo y parcelación del conocimiento). El ¡Eureka! se transmite con la rusticidad del lenguaje a mano.
Marcos Moshinsky le decía a Octavio Paz, algo así como que su concepción “metafísico-poética” de la materia, del tiempo y del universo, era un tanto inocente y que no alcanzaba a rascar (ni siquiera a insinuar) la profunda belleza de la realidad física del universo. Zapatero a tus zapatos.
PD nunca creí que lo del lenguaje inclusive y la cancelación y woke y demás patrañas, fuera a entrometerse en la ciencia (en todo caso, eso habría que dejárselo a los metiches pedagogos).
El lenguaje científico no pretende ser bonito o generar sensaciones estéticas. y es una patraña lo de «la belleza de las ecuaciones». El artículo dice que el lenguaje científico y técnico en boga reduce el mundo a un juego de minecraft donde todo es recurso, incluso los animales (quizá en versiones posteriores de minecraft las personas también sean recursos).
El problema está en una concepción mecanicista de la naturaleza que heredamos del dualismo de Descartes por un lado, y de Galileo y el rechazo de los qualia por el otro. En consecuencia, la ciencia es razón instrumental, incapaz de fundamentar la ética.