Las invasiones biológicas son un proceso que se da en los ecosistemas cuando una especie exótica se establece y sus poblaciones empiezan a crecer hasta generar efectos negativos sobre las especies y las comunidades nativas. Los mecanismos a través de los cuales las especies exóticas afectan a las nativas son variados, pueden ir desde competencia por recursos como el alimento o el espacio hasta la depredación. Por ejemplo, la estrella de mar japonesa (Asterias amurensis) es invasora en Tasmania, Australia, donde es un depredador voraz de cangrejos, erizos de mar, huevas de peces, almejas y otros organismos marinos. Además, cuando se establece en un sitio compite por el espacio con otras estrellas marinas. Algunos de los efectos negativos que traen consigo las especies invasoras llegan a ser tan graves que provocan la extinción de poblaciones nativas. Esto fue lo que pasó en la isla de Guam, en el archipiélago de las islas Marianas, en donde la serpiente arbórea café (Boiga irregularis) fue introducida accidentalmente —posiblemente llegó ahí como polizón en un barco— y ocasionó la extinción de poblaciones nativas de aves y lagartijas.
Las invasiones biológicas se dan en tres etapas principales:
1. Transporte e introducción. En esta etapa las especies pueden llegar a sitios donde no habían estado antes como polizones —como la serpiente arbórea café—, o de manera deliberada porque nos sirven para algún propósito —como las mascotas exóticas o las plantas de ornato—. Para sobrepasar esta etapa algunas especies tienen que viajar a través de océanos o cordilleras, generalmente los humanos les ayudamos.
2. Establecimiento. En esta etapa las especies están presentes en el sitio nuevo, pero todavía tienen que sobrevivir y llegar a reproducirse. La mayoría de las especies que logran llegar a hábitats nuevos no se establecen, porque las condiciones ambientales son muy distintas a las de sus sitios de origen. Sin embargo, las que sí logran establecerse tienen rangos de tolerancia a condiciones cambiantes muy altas, o porque fortuitamente llegaron a un sitio con las condiciones particulares que necesitan para mantener poblaciones viables.
3. Expansión. En esta última etapa es donde se hacen más evidentes los efectos negativos de las especies que se están convirtiendo ya en invasoras. Auí es donde sus poblaciones pueden crecer tanto como para ser las únicas establecidas en el ecosistema, como puede pasar con el lirio acuático invasor originario del Amazonas (Eichhornia crassipes) que puede llegar a cubrir la superficie de un lago por completo, impidiendo que otras plantas sobrevivan e incluso afectando a los organismos que viven debajo del agua porque les bloquea el sol.
Aunque el transporte de las especies no nativas a lugares donde no habían estado antes se da frecuentemente de manera accidental, muchas veces somos los humanos quienes las movemos de un lugar a otro. Esto significa que les otorgamos un valor a las especies, que puede ser económico o sentimental. Cuando movemos una especie para mejorar la producción agrícola el valor económico es muy claro. Un ejemplo de esto sería el uso de especies no nativas como agentes de control biológico. Una especie que fue introducida fuera de su rango de distribución nativo en Asia con este propósito es la catarina arlequín (Harmonia axyridis), que se introdujo en campos de cultivo para depredar insectos considerados plaga, pero al no ser un depredador especialista se estableció en estas zonas depredando otros insectos pequeños y ocasionando el declive de poblaciones de catarinas nativas.
El valor sentimental de las especies exóticas es más común en mascotas, como el mapache (Procyon lotor) que fue llevado a Europa como mascota y ahora es un problema de salud pública por las enfermedades que transmite a los humanos. Aquí el problema de las invasiones biológicas se vuelve más complejo, porque generalmente las especies invasoras a las que agregamos un valor sentimental son carismáticas y por lo tanto su manejo se vuelve controversial. Se cree que entre más “parecida” o cercana evolutivamente es una especie a los humanos, más empatía sentimos por ella. Entonces, nos genera más angustia ver sufrir a un chimpancé que a un pez. El epítome de este conflicto es con el gato doméstico (Felis silvestris catus), que es una mascota muy querida por los humanos, pero un depredador voraz cuando se le deja libre o está en condición feral. El gato doméstico es una especie invasora cuando se encuentra en estas condiciones y ha ocasionado el declive poblacional y tal vez la extinción de poblaciones locales. Se cree que en la Isla de Stephen, Nueva Zelanda, la llegada de humanos y gatos desencadenó la extinción de una de las tres únicas especies de aves canoras en el mundo que no volaban, la acantisita de matorral (Xenicus lyalli). Esta ave podía permitirse no volar porque en la isla no había depredadores que la cazaran, pero en 1894 llegaron personas a la isla para atender un faro y llevaron gatos como mascotas. Los gatos fueron dejados en libertad en la isla y encontraron las acantistas de matorral como una presa fácil. El guardafaro David Lyall reporta que los gatos le llevaban cadáveres del ave como trofeo hasta que acabaron por completo con esta especie.

Las invasiones biológicas son una de las principales amenazas a la biodiversidad, sin cuyos servicios ecosistémicos nuestra vida sobre la Tierra no sería posible. Para conservarla, es necesario evitar, mitigar y, de ser posible, erradicar las invasiones biológicas. No se trata de satanizar una especie invasora en particular; todas las especies son nativas en algún sitio, pero cuando son invasoras en otro generan desastres ecológicos. Los hipopótamos (Hippopotamus amphibius) son otro ejemplo clave para entender este conflicto. En su rango de distribución nativo en África subsahariana son una especie vulnerable a la extinción, pero en el río Magdalena en Colombia son una especie invasora. Los hipopótamos fueron llevados a Colombia por el capricho de Pablo Escobar. Cuando tuvo que huir, su zoológico particular quedó a la deriva y los hipopótamos escaparon y se establecieron en el río Magdalena. Actualmente sus poblaciones están creciendo debido a que no tienen depredadores naturales y las condiciones climáticas les son favorables. Conforme sus poblaciones crecen, los hipopótamos están desplazando y afectando negativamente a especies nativas que ya están en peligro de extinción en la zona.
Cuando el manejo de especies invasoras involucra la erradicación, siempre será un tema controversial que no se puede tomar a la ligera. Antes de llevar a cabo ninguna acción es necesario evaluar caso por caso y tomar decisiones con base en las especificidades de cada sitio. En México tenemos un ejemplo exitoso de manejo que involucra la erradicación de ratas invasoras (Rattus rattus) en algunas islas del golfo de California y el Pacífico mexicano, como San Pedro Mártir, Isabel y Guadalupe. Las actividades de manejo de ratas y conservación de la biodiversidad de islas en esta región las coordina el Grupo de Ecología y Conservación de Islas. Después de estudios científicos particulares, el Grupo ha conseguido reducir las poblaciones de ratas al mínimo, e incluso erradicarlas por completo en algunas islas, lo que ha resultado en mayor éxito reproductivo de aves marinas y aumento en las poblaciones de reptiles. Sin embargo, estas actividades son costosas y el riesgo de nuevas introducciones de especies no nativas sigue latente.
Considerando el conflicto y el costo que conlleva el manejo de especies invasoras, podemos concluir que la mejor estrategia para manejarlas es prevenirlas. Aunque muchas de las acciones para prevenir el transporte e introducción de especies no nativas no dependen de nosotros, en muchas otras sí tenemos injerencia. Nosotros como sociedad podemos ser más conscientes a la hora de elegir nuestras mascotas y plantas de ornato, evitando aquellas que son exóticas. También, para los que tenemos gatos, la mejor forma de conciliar es no permitirles salir de casa para que no puedan cazar fauna nativa. Sobre todo, hay que tener en cuenta que el manejo de las especies invasoras no es una campaña en contra de ninguna especie en particular, sino una campaña de conservación de la biodiversidad.
Morelia Camacho Cervantes
Instituto de Ciencias del Mar y Limnología UNAM
Este texto es una colaboración entre nexos y la Sociedad Científica Mexicana de Ecología