La comunidad académica es considerada una Torre de Marfil, una metáfora que describe a los investigadores en la actualidad que, alejados de todos, generan conocimiento que no impacta a su sociedad; producen más para sí mismos que para los demás. No sorprende, que, en lo alto de la torre, habite Casandra, la sacerdotisa de la mitología griega condenada a que sus profecías no sean escuchadas. Desde las alturas clama y describe los peligros y riesgos a los que nos enfrentamos. Por ejemplo, advirtió sobre la pandemia actual. De igual forma, nos lleva alertando sobre el cambio climático desde hace mucho tiempo sin ser escuchada. Casandra la mártir, es también la Casandra de la toga blanca, que clama desde lo alto su mensaje elitista e incomprensible. Es por ello que en este momento coyuntural en donde necesitamos urgentemente que el conocimiento guíe la acción, debemos preguntarnos: ¿la academia está al servicio de la sociedad o al servicio de si misma?

Ilustración: Estelí Meza
La condena de Casandra
El cambio climático es el caso icónico de la ciencia siendo ignorada o abiertamente desprestigiada y negada. Se ha publicado una extensa literatura sobre los riesgos e impactos del cambio climático bajo la premisa (y esperanza) de que, con más información y certeza científica, se actuará con mayor urgencia. Esto ha probado ser falso vez tras vez. Tenemos como ejemplo el reporte científico que le elaboraron al presidente de Estados Unidos en 1967 en donde se le advertía del gran riesgo del cambio climático. Texto que, por cierto, terminaron por guardar en un cajón. De manera más reciente, la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático decidió no adoptar el informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), después de haber solicitado expresamente la elaboración del reporte tras la firma del Acuerdo de París. Dicho informe contundentemente mencionaba que se requería acción rápida, de gran alcance y sin precedentes en la historia de la humanidad para lograr el objetivo de estabilizar la temperatura promedio en 1.5 grados centígrados; sin embargo, se rechazó su adopción. Con la publicación del sexto reporte del IPCC viene un nuevo intento y con ello la esperanza de lograr mayor acción y ambición frente al cambio climático, aunque probablemente se tope con la misma resistencia, escepticismo o franca negación de los hechos demostrados.
El mensaje de la comunidad científica mundial que advierte de las consecuencias catastróficas del cambio climático es claro, y lo ha sido por treinta años. No obstante, las emisiones siguen como tren sin freno, las promesas continúan vacías y la acción ha sido insuficiente. Mientras tanto, la sociedad desconoce el riesgo o no siente responsabilidad alguna frente al fenómeno. Al igual que con esta recepción en oídos sordos de las advertencias científicas sobre el cambio climático, ahora nos encontramos con otra crisis, una pandemia, advertida en la literatura científica, ignorada y menospreciada.
Ahora el mundo se va enterando de publicaciones científicas que, como esta de 2007 advierten sobre el alto potencial de riesgo del virus SARS-CoV, causante de la enfermedad Covid-19. Asimismo, otro artículo del 2015, advertía sobre el potencial de transmisión del coronavirus de murciélagos a humanos y cuestionaba la capacidad institucional mundial para enfrentar la situación. Mientras que el artículo de 2007 fue descargado 246 veces en el mes de su publicación, solamente en marzo de 2020 pasó a 301 132 descargas, de acuerdo a la métrica del artículo. Ha sido citado 148 veces en otros artículos científicos desde su publicación. El artículo de 2015 lleva hasta la fecha 173 citas en otros artículos científicos y ha sido descargado más de un millón de veces desde su publicación. De acuerdo a Altmetric, dicho artículo está rankeado como el número 1 entre 282 919 artículos de la misma fecha en todos las revistas académicas en cuanto a acceso y lecturas. Esto muestra que tanto la investigación publicada en 2007 como la de 2015 eran bien conocidas por la comunidad científica.
Aquí se muestra la gran brecha entre el conocimiento y la acción política. En 2014, una moratoria impuesta por el gobierno de Estados Unidos frenó la investigación experimental viral sobre el SARS, MERS (relacionados al Covid-19) e influenza. En 2014, tras la moratoria, el Dr. Ralph Baric, coautor del mencionado estudio de 2015 advertía: “Cualquier virus que tenga potencial pandémico, y eso es cualquier virus respiratorio que surja de los animales, es una gran preocupación de salud pública (…) [El virus] se esparciría por el mundo rápidamente, lo que daría lugar a una alta morbilidad y mortalidad, a la perturbación de la economía y, en algunos casos, al colapso de los gobiernos”.
Asimismo, se hizo público que el ahora presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, recortó un programa de alerta temprana de pandemias en septiembre de 2019. Con esto se despidió a decenas de científicos y analistas dedicados a identificar el potencial pandémico en el mundo. En octubre de 2019 se hizo un simulacro de pandemia llamado “Evento 201”, y el conocimiento adquirido del simulacro no fue aplicado. Por tal razón Chomsky acusa de traición a los sistemas políticos que no prestaron atención a la información de la que estaban al tanto. Ahora vemos las consecuencias de esta acción en Estados Unidos.
Veamos ahora lo ocurrido en el campo de las ciencias sociales y la filosofía, ahora que estos días de pandemia han sido un terreno nuevo, sumamente fértil para los intelectuales y filósofos; particularmente de interés para los teóricos del poder. En fechas recientes vemos a Giorgio Agamben, Slavoj Žižek, Byung-Chul Han, Jean-Luc Nancy, Judith Butler, Noam Chomsky, Roberto Espósito, Naomi Klein, Alain Badiou entre muchos otros, evocar al profeta Foucault e identificar los mecanismos del poder soberano y disciplinario en respuesta a la pandemia, así como la explotación capitalista de la contingencia.
Lo explicado por estos autores no es inadvertido. Los teóricos del poder han descrito por décadas, e incluso podríamos decir que, por siglos, las dinámicas de la biopolítica. La obra Leviatán de Hobbes tiene 369 años desde su publicación; el concepto de biopolítica fue desarrollado por Michel Foucault desde 1976; Agamben desde 1995 advierte sobre el ejercicio del poder y la capacidad del estado de exponer a los ciudadanos a la muerte y la suspensión de reglas en el estado de excepción. Achille Mbembe incluso ha dado cuenta de la necropolítica, una nueva forma de violencia del capitalismo contemporáneo que brutaliza los cuerpos. Y así un largo etcétera de mentes brillantes que describen y advierten sobre el preocupante aumento del poder hegemónico en un estado de excepción con poder de decisión sobre la vida y la muerte, que como señala Žižek en un texto reciente, “parece el sueño húmedo de cualquier régimen autoritario”.
Casandra la incomprensible narcisista
Mientras que estamos frente a las profecías ignoradas de Casandra, también hemos de reconocer que sus vaticinios se exclaman desde lo alto de una Torre de Marfil, a través de revistas académicas como Nature, en un lenguaje inaccesible y elitista. Los que rodean la Torre no sólo no la escuchan, sino que no le entienden. Aquellos académicos que lamentan que la humanidad hace caso nulo de lo que advierten, deben reconocer que la alerta se hace en un lenguaje desde las alturas de una Torre que sólo algunos comprenden y/o tienen acceso. Como se da muy a menudo en círculos intelectuales, parece que la labor de los adustos doctores es la descripción fenoménica a través de una terminología elocuente pero incomprensible para el vulgo. ¿A quién le escribe el académico? Fuera de los ideales románticos de ser los ojos de un rebaño desconcertado, como diría Chomsky (the bewildered herd), en realidad, la Torre de Marfil no se mancha las túnicas blancas; se encuentra dislocada de la sociedad a la que supuestamente sirve. Su público no es la sociedad, sino sus colegas y pares con intención de presumir, no de servir.
Como vimos anteriormente, los reportes del IPCC y los artículos académicos sobre los coronavirus son citados y bien conocidos entre los pares científicos, lo mismo con la obra de Foucault, y Agamben en los círculos filosóficos y políticos. Sin embargo, el conocimiento no impacta, no trasciende, y las catástrofes y la biopolítica nos toman igual de desprevenidos como si este conocimiento no existiera.
¿De qué sirven las advertencias desde la Torre de Marfil? ¿Los científicos, teóricos e intelectuales pueden hacer algo fuera de publicar? ¿De qué sirven los textos si no pueden evitar el advenimiento de catástrofes y el despliegue del biopoder como fuerza bruta? Es tiempo de que las túnicas blancas dejen de enarbolar su conocimiento como ornato. Tenemos una obligación y una responsabilidad con la sociedad, por el privilegio que implica pertenecer a esos espacios. Nuestras propuestas no deben ser devaneo intelectual dirigido a los pares. De ahí la labor tan relevante del periodismo científico y la divulgación accesible de la crítica social. Es momento de que la academia resuene y divulgue sus saberes para construir una sociedad informada que demande soluciones precisas a los gobiernos.
Luis Fernández Carril
Tecnológico de Monterrey, Campus Puebla.
Creo que el problema que describes existe y es muy real. Hay muy poca comunicación entre la sociedad y la ciencia, y efectivamente los investigadores escribimos para nuestros colegas y no para la sociedad. En el caso específico de México creo que hay varias explicaciones posibles, y aquí quiero mencionar un par que posiblemente sean muy particulares de nuestro país.
Primero, la gran desconfianza de los círculos del poder (gubernamental y económico) a las universidades, posiblemente por el hecho de aue durante mucho tiempo las universidades fueron el último (o uno de los últimos) sitios de la crítica al sistema de gobierno y económico. Los universitarios, y probablemente esto sea cierto solo en las universidades públicas, ven a los poderes político y económico como corruptos y opresores. Esto ciertamente dificulta el diálogo que debe existir entre el sector académico y el gobierno y sector privado de la economía.
Por otro lado, el poder ha obligado a la academia a publicar solo en revistas especializadas (y la gran mayoría en inglés), efectivamente con un lenguaje muy técnico que solo los especiaslistas en el tema pueden entender, lo que de nuevo dificulta el diálogo entre los sectores. Digo «obliga» porque desde hace décadas los sistemas de evaluación del trabajo académico consideran de manera casi exclusiva solamente las publicaciones en revistas internacionales. El ejemplo mas claro es desde luego el SIstema Nacional de Investigadores, que solo de manera excepcional considera las revistas mexicanas incluidas en un catálogo elaborado por el CONACyT.
El problema es complejo, y lo es mas aún en un país como el nuestro, pero desde luego el diálogo abierto y sin prejuicios debe permiter abrir espacios para el indispensabe diálogo y comunicación de Casandra hacia y desde la sociedad.
Saludos,
Dr Gerardo Gold-Bouchot
Muy buena reflexión. Es cierto que, en general, los científicos tienden a «hablarse» entre ellos, y muy poco con el resto de la sociedad. Pero no creo que parte del probema sea el lenguaje poco accesible de las revistas técnicas. Así como los abogados, los médicos y los músicos, por ejemplo, se comunican entre ellos con lenguaje característico de sus profesiones, los científicos utilizan términos técnicos para comunicarse eficientemente entre ellos. El problema, más bien, es que hay muy poco esfuerzo por parte de los científicos para hacer accesible su trabajo a los no científicos. Hay contadas excepciones, y hay científicos que tienen un don natural para comunicar conceptos complejos a la población. Creo que en general se requiere un trabajo conjunto entre científicos y comunicadores profesionales para que la ciencia permee más profundamente entre la gente.
A cuantas mas personas quieras explicarle los detalles de algún conocimiento científico, cuanto menos podrás ser claro, conciso y preciso.
Y viceversa.
Quien quiera azul celeste que le cueste.