El verano pasado me encontré atrapada en un calor asfixiante de 43 grados Celsius que convertía cada movimiento en un suplicio. Frente a mi ventilador veía pasar las horas, sin hambre ni energía. Quise encontrar un poco de alivio comprando un aire acondicionado, una tecnología que prometía confort en esos días infernales. Aun con la culpa del gasto que significó y el conocimiento de que estos artefactos son parte del problema climático, pensé que al menos por un momento podría darme un descanso ante tanto agobio. Pero en un giro irónico, mi aire acondicionado cedió ante la intensidad del calor, colapsando y dejándome enfrentar una verdad ineludible: ni nuestros cuerpos ni nuestras creaciones están a salvo de los límites impuestos por la crisis climática. Este choque con la realidad me llevó a preguntarme: ¿hasta qué punto nuestra dependencia de la tecnología para solucionar la crisis climática es realista o, por el contrario, una ilusión peligrosa?
La razón por la que me cuestioné sobre ellos es porque casi siempre la respuesta a nuestros males está en la tecnología, como si fuera el salvavidas moderno, la respuesta a todos nuestros problemas climáticos o de otra índole. Para enfrentar el cambio climático tenemos propuestas desde aire acondicionados como una forma de adaptación, avances en ingeniería genética que prometen cultivos resistentes a las sequías, hasta la geoingeniería. En otras palabras, la fe en la tecnología es la panacea, la solución más recurrida en nuestro imaginario colectivo, pero, ¿es realmente la solución que esperamos?

Tecnología para adaptarnos y mitigar el cambio climático
Un primer aspecto a considerar es que opciones como el aire acondicionado como una propuesta para adaptarse a las altas temperaturas, en realidad pueden agravar el problema que se busca solucionar. También las propuestas que buscan mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero. Los parques eólicos, por ejemplo, pueden afectar negativamente a la vida silvestre y presentan desafíos en el reciclaje de sus componentes al final de su vida útil. Además están documentados casos en donde las empresas de energía eólica se aprovechan de la pobreza y refuerzan la desigualdad de género en lugares como México. En el caso de los paneles solares, su producción implica el uso de químicos tóxicos y generan residuos difíciles de gestionar. Los biocombustibles, como el etanol, pueden contribuir a la deforestación y competir con la producción de alimentos, afectando la seguridad alimentaria. Por otro lado, los vehículos eléctricos requieren minerales como litio y cobalto, cuya extracción plantea serias preocupaciones ambientales y de derechos humanos. Además, la renovación de infraestructuras para energías renovables genera cantidades significativas de desechos electrónicos, lo cual representa un reto adicional en términos de reciclaje y gestión ambiental. Estos ejemplos destacan que las soluciones tecnológicas no siempre son tan efectivas o inocuas como podríamos pensar, lo que nos lleva a cuestionar las dinámicas más amplias que impulsan estas soluciones.
Además de estos desafíos más conocidos, existen propuestas tecnológicas más controvertidas, como la geoingeniería, que también merecen un análisis crítico como la ingeniería solar y la fertilización de océanos. Estas técnicas no abordan la causa raíz del cambio climático y son riesgosas. En la búsqueda de soluciones tecnológicas, Luca Ferrari nos dice que se ignora que todo en nuestro mundo está interconectado. Cuando intervenimos en una parte del medio ambiente o la naturaleza con tecnologías como los organismos genéticamente modificados o la energía nuclear, no podemos prever completamente cómo estas intervenciones afectan otras partes del sistema. En nuestras interacciones con el medio ambiente: cada acción tiene un costo, ya sea ambiental o social.
La modificación de patrones de lluvia y la acidificación de los océanos son sólo algunos de los posibles efectos secundarios que podrían tener graves consecuencias para la seguridad alimentaria, especialmente en países de bajos ingresos. En su artículo “Mi continente no es su laboratorio climático gigante”, Chukwumerije Okereke critica que estas propuestas apenas en desarrollo, y riesgosas, quieran probarse en África. Además de la geoingeniería, se proponen otros métodos como cubrir desiertos con plástico o desplegar espejos en el espacio, cuando estos pueden alterar los patrones climáticos locales y regionales, intensificando la sequía o las inundaciones, o alterando los ciclos de los monzones. Este tipo de proyectos no solamente son problemáticos en el ámbito ambiental, sino que son mecanismos que refuerzan las históricas relaciones asimétricas y de opresión entre los países ricos sobre los más pobres.
De la “petronostalgia” a los ¨decarb bros”
Las dinámicas de poder no sólo se manifiestan en las relaciones internacionales, sino que también se reflejan en las desigualdades de género reforzadas por un enfoque científico y tecnológico. Este fenómeno se arraiga profundamente en aspectos de identidad, nacionalismo y género. Un ejemplo claro es la visión nostálgica que Donald Trump evocó de un Estados Unidos “ideal” del pasado. Esta “petronostalgia” remite a una época de mediados del siglo XX en Estados Unidos, caracterizada por un dominio energético basado en los combustibles fósiles. Durante este periodo, predominaba la figura del hombre blanco como indiscutible jefe del hogar en una sociedad sustentada por energía asequible. Este modelo de vida está estrechamente vinculado a una forma de masculinidad que respalda el capitalismo industrial, enfocada en el uso del automóvil, la vida en los suburbios y la conformación de familias heteronormativas y patriarcales.
En contraposición, surgen los “decarb bros”, que se definen a sí mismos como “sólo un grupo de cuates que se preocupan por descarbonizar la economía global de la forma más rápida, barata y confiable posible”, quienes emergen como una manifestación contemporánea de esta masculinidad, intentando adaptarse a los retos del cambio climático. Ellos son un ejemplo de la creciente fascinación por la tecnología climática, que celebra la compra de productos "libres de culpa" como los automóviles Tesla. Este enfoque no sólo no ve a la crisis climática como un problema, sino como una área de oportunidad que va a incentivar la tecnología y que puede promover aún más el crecimiento económico. Así, el cambio climático lejos de verse como la crisis ecológica y social profunda que realmente es, lo presentan como una “mina de oro” y un campo de oportunidades para start-ups de tecnología climática. Todo esto lo hacen mientras van al gimnasio, toman licuados de proteína para agrandar sus músculos, toman cerveza artesanal y se certifican ambientalmente para su trabajo.
Los “decarb bros” perpetúan una versión de masculinidad vinculada a la explotación del medio ambiente y la perpetuación de desigualdades sociales y raciales. Promueven un "ambientalismo" que no aborda la complejidad de la crisis climática y mantiene intactos los modelos de consumo insostenibles y las normas patriarcales. Esta forma de abordar la crisis climática, centrada en una masculinidad redefinida pero no transformada, subraya la necesidad de un enfoque más inclusivo y crítico que no sólo cambie la fuente de energía, sino que también cuestione y reforme las dinámicas de poder que han contribuido a la crisis ambiental actual.
La tecnología, un opioide más
La tecnología, lejos de ser nuestra salvación, puede ser una promesa vacía que nos distrae de abordar las raíces profundas de la crisis climática. La tecnología se presenta como un analgésico, una promesa de alivio que funciona como un agente de negacionismo. Al confiar ciegamente en soluciones tecnológicas, nos distraemos de la urgencia de un cambio radical en nuestras prácticas y políticas. Esta anestesia colectiva nos permite continuar con nuestras vidas cotidianas, alejando nuestra atención de la necesidad urgente de una transformación radical en nuestras estructuras económicas, políticas, sociales y culturales. Nos encontramos sedados, atrapados en una fantasía de control y dominio sobre la naturaleza, mientras que la realidad del cambio climático y sus consecuencias devastadoras se desvanecen en el trasfondo de nuestra conciencia colectiva.
Un problema fundamental con la tecnología no es tanto con lo que hace sino con lo que deja de hacer. Si nos concentramos en las tecnologías que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero, dejamos de ver el origen de esta crisis. La crisis climática no es sólo un problema de emisiones y temperaturas, sino también de relaciones rotas: con la tierra, entre culturas, géneros y comunidades. Apostarle a la tecnología puede ser un efectivo distractor de la reconstrucción necesaria de estas relaciones.
Creer que la tecnología nos salvará del cambio climático es una forma de negacionismo, una negación de la necesidad de cambios fundamentales en nuestra forma de vivir, relacionarnos y hacer política. Necesitamos mirar más allá de la innovación tecnológica y hacia una transformación radical de nuestras sociedades y de nuestra relación con el planeta. Debemos reconstruir nuestras comunidades, redefinir el progreso y reimaginar nuestro futuro, no como una serie de soluciones tecnológicas, sino como un renacimiento de la conexión humana y ecológica. Sólo así podremos esperar enfrentar y superar esta crisis.