En las cortes de Estados Unidos se está discutiendo uno de los casos más paradigmáticos de los últimos tiempos. Desde hace más de dos décadas, la compañía Purdue Pharma comercializó el uso de opioides como oxicodona, hidrocodona y fentanilo al utilizar tácticas de mercadotecnia con la ayuda de empresas consultoras como McKinsey. Purdue Pharma y sus dueños, la familia Sackler, lograron transformar el uso de estas drogas en una epidemia, la cual ha cobrado más de medio millón de vidas desde 1999 a la fecha, año en que estas drogas se introdujeron en el mercado.
Mientras la epidemia se exacerbaba, los Sackler se convirtieron en una de las familias más ricas de Estados Unidos, y por lo tanto, del mundo. El año pasado, gracias a movimientos sociales que han protestado el imperio de los Sackler, la compañía se declaró en bancarrota con el fin de evitar los enormes costos legales de aquellas familias que buscaban una retribución de la empresa. Según los acuerdos alcanzados fuera de los tribunales, los Sackler tendrán que pagar seis mil millones de dólares en daños, a cambio de eliminar la posibilidad de cualquier persecución legal en el futuro. A pesar de la enorme cantidad de dinero que tendrán que pagar, la familia seguirá siendo una de las familias más ricas del planeta.
Además de la empatía que nos producen las familias quienes perdieron a sus seres queridos, ¿por qué debería importarnos? La razón es que la forma en la que los Sackler consiguieron su fortuna es un claro ejemplo de cómo opera el capitalismo contemporáneo. Al mismo tiempo, la forma en la que pudieron escapar de cualquier criminalización es también un síntoma de este capitalismo y su camino hacia la barbarie. Este es un ejemplo de cómo el Estado-Nación, las instituciones e incluso los derechos humanos, es decir, las herramientas a las que apelamos para combatir, por ejemplo, el avance del extractivismo, el colapso climático y otros síntomas de la crisis civilizatoria en la que nos encontramos, son ya inútiles para ofrecer una alternativa emancipatoria al capitalismo.

Contraproductividad paradójica
La epidemia creada por los Sackler recuerda al concepto de la contraproductividad paradójica que desarrolló Iván Illich. Este fenómeno sucede cuando una institución comienza a restar a la sociedad la cosa misma que está diseñada para proveer.1 Al referirse a las instituciones médicas, Illich llamó a esta condición la némesis médica: una forma de aterogénesis social y cultural en la que la medicina crea una dependencia del servicio de salud, a tal grado que eliminan la posibilidad de los individuos y comunidades de sanar de cualquier otra manera.
Illich demostró como otras instituciones producen el mismo problema cuando rebasan cierto umbral: la escolarización evita la posibilidad de aprender a educar, por ejemplo. Cuando se incrementa la intensidad energética se transforma la equidad social, así el incremento de la velocidad de traslado para unos, se hace a costa del incremento del tiempo de traslado del resto. Estas características son clave de una época en la que las profesiones se convierten en agentes deshabilitantes, creando una enorme dependencia en las expertas y los expertos nos hacen cada vez menos capaces de pensar por nosotrxs mismos, de confiar en las realidades que tenemos en frente, o en lo que sabemos a través de otras relaciones, conocimientos y prácticas para sanar, aprender y habitar.2 En cambio, pasamos a depender de profesionales, especialistas e instituciones que, como demuestra el caso de los Sackler, terminan por convertirse en administradores del dolor y la muerte.
Esta es la misma problemática que persiste con los derechos humanos. Cuando hablamos de derechos a la salud, la educación, la vivienda, la alimentación, e incluso al medio ambiente sano, o a la energía, vemos que la obligación de satisfacerlos suele traducirse en servicios que se imponen a costa de otras formas de vida, de conocer y de ser. Es decir, la cuestión no es si debemos luchar por estos derechos, sino sí debemos basarnos en la institucionalización de los mismos para abordar cuestiones de justicia social.
Crisis del capitalismo y el descenso hacia la barbarie
Los derechos humanos son el resultado de victorias de movimientos sociales y civiles que se han logrado luego de un largo proceso histórico. Muchas de esas victorias se dieron en un contexto distinto, o mejor dicho, en una fase del capitalismo distinta. En el capitalismo del siglo XX, las demandas eran por los derechos de quienes trabajan (los hombres) para poder dividir mejor el pastel entre todos. Hoy, el pastel es cada vez más pequeño: el capitalismo choca con los límites externos del crecimiento, mientras que, a su vez, la demanda por mantener e incrementar los patrones de producción y plusvalía implica un sistema económico basado en la acumulación por despojo.
Este camino hacia la barbarie implica el uso de formas cada vez más violentas de extracción, las cuales se hacen evidentes cuando hablamos de los límites internos del capitalismo. Uno de ellos, quizás el más relevante, es que la sustitución progresiva de trabajo humano por trabajo no-humano a través de máquinas y tecnología; es decir, un capitalismo con menos necesidad de personas, las cuales terminan por convertirse en un obstáculo para la acumulación.3 El capitalismo contemporáneo ya no funciona a través de la alienación del trabajo de las personas que lo producen (aunque esto sigue sucediendo en algunos enclaves del planeta), sino que hoy el capitalismo produce valor y se mantiene a flote a través de la producción de una nueva clase compuesta por quienes se transformaron en un excedente, un desperdicio o en una población superflua, es decir, quienes no sirven para nada.4 Para obtener valor, el capitalismo se ha volcado hacia el desastre, la guerra, las emergencias sanitarias y la expansión de las fronteras extractivas a través de formas más violentas y militarizadas.
Estos superfluos, aquellos que ya no tienen ni siquiera el derecho a ser explotados, tienen que recaer en prácticas extralegales o ilegales (como la informalidad o el narcotráfico) al margen de las instituciones que son “legítimas”, mientras que otras personas luchan por recuperar ese derecho a ser explotados. Es necesario considerar las formas en las que crear obligaciones para el Estado al garantizar derechos se puede convertir en un arma de doble filo. Cuando hablamos del derecho a la energía, por ejemplo, corremos el riesgo de que ésta se transforme en una producción de energía sucia que contribuya a exacerbar el colapso climático, o incluso, podría significar una transición energética hacia el uso de energías renovables (solar y eólica) o al uso masivo de autos eléctricos a costa de la destrucción de paisajes en otros lugares y territorios que se convierten en zonas “productivas”, “especiales”, de “desarrollo”, cuando en realidad son zonas de sacrificio, a través de la reconfiguración del territorio o para la construcción de megaproyectos.5
La poeta Audre Lodre nos recuerda que es imposible utilizar las herramientas que construyeron la casa del amo para desmantelarla, puede que nos permitan ganarle temporalmente en su propio juego, pero nunca nos permitirán lograr un verdadero cambio. Por lo tanto, es necesario que transformemos la manera en la que movilizamos luchas por los derechos humanos y reflexionemos sobre qué tan útiles siguen siendo éstos para conducir hacia una verdadera emancipación. Casos como el de Perdu Pharma en Estados Unidos demuestran que las instituciones que creamos para un propósito específico se han vuelto contraproductivas. Este no es solo el caso del sistema de salud, sino del propio Estado y sus instituciones a las que apelamos para su transformación, tampoco es un fenómeno únicamente del vecino del norte, sino una condición casi universal que viene asociada con la crisis de la modernidad eurocéntrica y al capitalismo.
La contraproductividad paradójica y el colapso climático
Desde el 2015, las demandas de activistas a empresas y gobiernos por reconocer su responsabilidad ante el cambio climático se han incrementado de forma importante. Aún cuando éstas puedan ser una estrategia para intentar combatir los efectos negativos del cambio climático y aun cuando buscan salvaguardar los derechos de las generaciones más jóvenes y futuras, estas demandas se ven limitadas por la incapacidad que hoy tienen los Estados para romper con las estructuras capitalistas.
Sólo hace falta voltear a ver a nuestros vecinos del sur, Ecuador y Bolivia cuyos intentos de incluir derechos a la naturaleza y de combatir el manejo neoliberal de las instituciones del Estado resultaron en una profundización del extractivismo.6 Aunque el caso de México no es exactamente el mismo, el gobierno de López Obrador no deja de estar integrado al mismo modelo del capitalismo: uno que busca hacer legible el territorio para facilitar la extracción y la inversión por medio del despojo. La reconfiguración del territorio del sur y el sureste del país a través de los proyectos de infraestructura como el Ten Maya, una de las obras emblemáticas del gobierno actual, es una forma de integración profunda a ese mismo modelo.7
Ante lo anterior, las luchas de varios movimientos indígenas por la defensa del territorio y por la reivindicación de sus derechos, ya no pasan por el Estado, es decir, ya no buscan tomar el poder para reivindicar sus derechos, sino que buscan una autonomía que sólo puede conseguirse al separarse por completo de las obligaciones que se generan a través del Estado. Mientras que algunos de estos movimientos continúan utilizando los derechos como herramientas de defensa (como es el caso de la consulta indígena para reivindicar derechos que podrían conducir a la autonomía, como la autodeterminación), la mayoría de ellos, tanto en México como en otras partes del mundo, ya no ven esta lucha como una forma de integrarse al sistema del Estado, sino como una forma de resistirse a su forma unidimensional de desarrollo. En el caso de la crisis climática, la estrategia no debe ser distinta, pues la lucha por la autonomía termina siendo no sólo lo que más le conviene a las comunidades, sino al planeta mismo.
El caso de Perdu Pharma es sólo una forma de reconocer que las instituciones y el Estado mismo se han vuelto contraproducentes. Los esfuerzos por crear un mundo más justo, digno e inclusivo para la humanidad ya no se pueden alcanzar a través del Estado o a través de la conquista del poder estatal. El trabajo de muchas organizaciones de sociedad civil, instituciones académicas y varios otros grupos organizados (o no), es el de garantizar estos derechos. Pero aún cuando su trabajo sea sumamente valioso (y en ocasiones puede ser lo que se interpone entre el desarrollo de proyectos extractivos, el despojo, la contaminación e incluso la muerte), el capitalismo contemporáneo nos obliga a reformular estas estrategias, a repensar las viejas dicotomías (p. ej. reformistas contra revolucionarios) y a tomar acciones que conduzcan a la autonomía en vez de buscar reivindicar derechos que dependen del Estado.
Carlos Tornel
Investigador y candidato a Doctor en Geografía Humana por la Universidad de Durham. carlos.a.tornel@durham.ac.uk.
Agradezco a Elias González Gomez y Ana de Luca por su revisión y por los comentarios a este texto.
1 Illich, I. Obras Reunidas. Tomo I. La expropiación de la salud, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2006, p. 163-179.
2 Para un análisis más detallado de la obra de Illich ver Cayley, D. Ivan Illich an Intellectual Journey, Pennsylvania State University Press, 2021.
3 Ver Esteva, G. “Protegiendo la autonomía de la democracia”, Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 25, núm. 91, p. 253-265.
4 Para un análisis más detallado ver Jappe, A. La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesurado y autodestrucción. Pepitas de Calabaza, Madrid, 2017.
5 Un verdadero derecho a la energía tendría que codificarse a través de una lógica de soberanía (de los pueblos) energética. Ver “Luces de las resistencias en el Parlamento Abierto sobre la reforma eléctrica” y “¿Seguridad o soberanía energética?”.
6 Mucho se ha escrito al respecto y con mucho mayor detalle, para un análisis detallado ver Riofrancos, T. Resources Radicals. From Petro-Nationalism to Post-extractivism in Ecuador, Duke University Press, Durham and London, 2020.
7 Un análisis detallado sobre esta reconfiguración del territorio puede encontrarse en: Ceceña, A. E., y Veiga, J. G. “Avances de investigación sobre el megaproyecto Tren Maya”, Observatorio Latinoamericano de Geopolítica, 2019.