Eigengrau es la palabra en alemán para referirse al “manto gris” que trae la noche. En las ciudades buscamos a toda costa huir del Eigengrau para sentir mayor seguridad, para extender al máximo las horas de trabajo o simplemente para continuar la diversión. Así, hemos creado diversas fuentes de iluminación artificial cada vez más intensas y cuyo uso se ha incrementado de manera exponencial durante las últimas décadas.
Ahora tenemos un exceso de luz y noches tan luminosas como nunca se había visto, en áreas cada vez más extensas alrededor de todo el mundo. Incluso, en algunas ciudades la oportunidad de ver estrellas en el cielo se ha reducido hasta en 90 %. A este fenómeno se le conoce como contaminación lumínica. Si bien este cambio puede parecer positivo para la mayoría de los seres humanos, en realidad la sobreexposición lumínica provoca trastornos en la salud humana y tiene consecuencias drásticas y negativas para otras especies.
Un grupo de organismos particularmente sensible a los efectos del exceso de las luces artificiales son las luciérnagas, cuyo brillo se ha ido apagando lenta y silenciosamente en todo el mundo. La desaparición de especies tan evidentes como estos insectos bioluminiscentes es una clara muestra de la crisis ambiental actual que no debemos ignorar, ya que estos cambios en los ecosistemas también afectan directa e indirectamente la calidad de vida de los seres humanos.

Fotografía: Terry Priest bajo licencia de Creative Commons
Destellos que se extinguen
Las luciérnagas evolucionaron durante millones de años utilizando la bioluminiscencia, es decir, la producción y emisión de luz visible, en cada una de sus etapas de vida: huevos, pupas y larvas la usan como señal de advertencia contra sus depredadores; las larvas la requieren para encontrar a sus presas y alimentarse, mientras que los adultos usan mensajes bioluminiscentes (a veces acompañados de señales químicas) durante el cortejo y la reproducción. De modo que un incremento en la intensidad y el espectro de luz en sus hábitats inhibe sus señales lumínicas y, como consecuencia, las obliga a cambiar su conducta y sus movimientos. Al final, todo esto afecta su capacidad reproductiva y sus poblaciones son cada vez menos numerosas.
En noviembre de 2021, las investigadoras Candace Fallon, Anna Walker, Sara Lewis, Cisteil Pérez y otros especialistas de luciérnagas publicaron una evaluación del riesgo de extinción que enfrentan 132 especies de luciérnagas de Norteamérica, entre las que se encuentran 23 especies que podemos encontrar en México. En su artículo, señalan que 18 especies se encuentran ya en vías de extinción o están muy cerca de ese límite, de acuerdo con los criterios de la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, por sus siglas en inglés). Las autoras señalan que, además de la pérdida de su hábitat y de los fenómenos derivados del cambio climático (como el aumento del nivel del mar y las sequías), la contaminación lumínica es uno de los factores de presión más importantes que enfrentan las poblaciones de por lo menos 75 % de las especies de luciérnagas que habitan en esa región del mundo; además, este factor afecta directamente a 17 de las 18 especies que están en vías de extinción.
Fallon y colaboradoras también detectaron que las luces comerciales, residenciales, vehiculares y aquellas generadas con gas natural están interrumpiendo las actividades más importantes de las luciérnagas nocturnas: el cortejo y la reproducción, que dependen de la transmisión de información a través de mensajes lumínicos entre individuos. Además, estas luces artificiales inhiben la dispersión de las larvas y, con ello, restringen el área en la que éstas se pueden distribuir. Esas son las razones de que muchas poblaciones estén disminuyendo considerablemente, que distintas especies estén retirándose de sus hábitats originales o que estén desapareciendo del planeta. Así, nos encontramos muy cerca de perder esas diminutas luces que habían iluminado las noches del planeta por millones de años e inspirado nuestra imaginación desde tiempos inmemoriales.
No sólo las luciérnagas
Los insectos bioluminiscentes no son los únicos que están padeciendo las consecuencias de la contaminación lumínica. Diversos estudios han encontrado que el aumento de la iluminación artificial afecta negativamente a otros insectos nocturnos en sus hábitats, hábitos, sus ciclos de actividad diaria y estacional, sus movimientos de migración e inclusive en sus interacciones ecológicas. Por ejemplo, se ha documentado que el exceso de luz artificial genera un incremento en la cantidad de material vegetal que consumen los insectos que atacan plantas de interés para los seres humanos, ya sea porque la actividad diaria aumenta o porque el número de generaciones se incrementa debido a la constante exposición a la luz artificial durante periodos más prolongados. También se ha encontrado una disminución en la tasa de polinización que realizan algunos insectos nocturnos tan importantes como las polillas, como resultado de que la intensidad y características espectrales de la luz artificial interfieren con el espectro de luz que los polinizadores perciben desde las flores, porque los ahuyenta hacia zonas más oscuras o porque los atrae, modificando sus patrones de actividad e incrementando sus niveles de depredación. En el caso de las plantas, puede provocar una reducción de la liberación de esencias que atraen a los polinizadores hacia las flores.
¿Por qué importa la pérdida de las luciérnagas?
En 1962, Rachel Carson publicó su libro Primavera silenciosa y evidenció la pérdida gradual de especies alrededor de todo el mundo, principalmente debido al uso de pesticidas. En febrero pasado, a casi sesenta años de la publicación de Carson, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, insistió en la existencia de una triple emergencia ambiental mundial en la que se enlazan la contaminación, el cambio climático y la pérdida de la biodiversidad. En el caso de las luciérnagas y otros insectos nocturnos, su desaparición no sólo nos deja sin sus despliegues nocturnos, sino que pone de manifiesto la degradación ambiental a la que los seres humanos también estamos expuestos. Por ejemplo, al perder a las voraces larvas de las luciérnagas disminuye el control natural que éstas ejercen en poblaciones de organismos como caracoles, babosas y otros que atacan plantas. Sin el cortejo nocturno de las luciérnagas adultas, las comunidades humanas que ahora dependen del entomoturismo se verán afectadas, y con la desaparición de polinizadores nocturnos, muchas plantas nativas y de cultivo dejarán de producir frutos. Estos son apenas algunos ejemplos de las contribuciones que la naturaleza provee a los seres humanos y que estamos perdiendo cada vez que una especie se extingue.
La crisis ambiental actual es resultado de múltiples factores —todos ellos definidos por las actividades humanas— y afecta directa e indirectamente la viabilidad de nuestra existencia. Por eso es imperante tomar más seriamente la desaparición de especies como una señal de que es necesario modificar nuestras actividades de modo que permitan una mejor coexistencia con otros organismos. En el caso de la contaminación lumínica, una solución para reducir significativamente sus impactos negativos en la biodiversidad y en nuestra salud es reducir el número de fuentes lumínicas y transitar hacia aquellas que emiten longitudes de onda que interfieren menos con la conducta de las especies.
Cisteil Pérez y Luis Felipe Mendoza Cuenca
Adscritos al Laboratorio de Ecología de la Conducta, Facultad de Biología, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, México
Este texto es una colaboración entre nexos y la Sociedad Científica Mexicana de Ecología.