La etnobiología: la tercera (y mejor) vía para cimentar el futuro

¿Quién de niño no pensó que el futuro iba a ser brillante, con colonias submarinas, viajes interplanetarios, tecnologías no contaminantes, justicia social y un planeta funcional? En lugar de eso, ese futuro que hoy vivimos, se nos presenta infestado de problemas ambientales, lleno de injusticias y marginalización producto del crecimiento desigual y un nuevo auge de las industrias extractivas. Además, enfrentamos un inminente colapso de la biodiversidad que amenaza con colapsar las funciones de regulación de la vida en el planeta. Estamos, pues, en una época de crisis que muchos en las ciencias sociales, de la vida y las de la tierra, identifican como el Antropoceno.

El término Antropoceno ha generado aproximadamente 1000 artículos académicos en la última década; sugiere que desde 1952 vivimos en una época en la que las actividades humanas se han convertido en una fuerza geológica significativa que afecta la biosfera y otros sistemas terrestres. Sin embargo, la Subcomisión de Estratigrafía Cuaternaria (SQS), responsable de aceptar modificaciones en el periodo más reciente de la Tierra, ha rechazado su inclusión como una nueva era geológica. Argumentan que, aunque hay evidencia suficiente para fijar su inicio de manera precisa, se centra únicamente en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial y pasa de largo los otros 300 000 años de acción antrópica sobre el planeta.

Aun cuando la adopción del término ha sido rechazada, los efectos ambientales negativos de nuestras industrias y las relaciones de mercado a las que obedecen, ambas aceleradas a partir de la posguerra, dejan en claro que el Antropoceno es un evento real capaz de alterar el clima, los ciclos biogeoquímicos y amenaza con el colapso de la biodiversidad. No puedo dejar de subrayar que cada una de estas transgresiones representa, por sí sola, una alteración a las capacidades del planeta para dar cobijo al grueso de la vida como la conocemos.

El Antropoceno no debe tomarse a la ligera ni de manera apolítica, ya que hacerlo implicaría someternos a un proyecto totalizante surgido desde narrativas eurocéntricas. Los resultados del Antropoceno, como la contaminación por quema de hidrocarburos y la proliferación de plásticos, entre otros, no afectan equitativamente a todas las personas debido a diferencias de clase social, idiosincrasia y modo de vida. Por ello, Jason Moore ha propuesto el término Capitaloceno, que describe una época en la que un sistema económico busca territorios, recursos, comercio y poder.

Este panorama es una de las causas principales para que el pensamiento, tanto el colectivo como el individual, abandone el análisis de la distopía (las utopías ya hace mucho habían sido olvidadas o se había aceptado que su desenlace llevaba inevitablemente a la distopía), para comenzar a corear, felices, a favor del fin de la humanidad. En un texto al respecto, Adam Kirsch, nos presenta dos corrientes principales que dominan el futuro transhumano: la primera es el antihumanismo del Antropoceno y la segunda, el transhumanismo.

El antihumanismo del Antropoceno está inspirado en la desaprobación por la destrucción de la naturaleza a manos del ser humano y ve que, como resultado de esta destrucción, nuestro propio final es inevitable. No tiene un plan de acción, ni un ideario, sino un simple pero poderoso motor filosófico: nuestra extinción es inevitable y debe ser bienvenida.

El transhumanismo, en contraste, exalta los avances científicos y tecnológicos, así como la superioridad del ingenio humano sobre cualquier desafío, incluso por encima de la continuidad del Homo sapiens en aras del progreso. Mediante la ingeniería genética, la nanotecnología o la inteligencia artificial, propone modificar nuestros cuerpos y mentes para superar la mortalidad o liberarnos del confinamiento corporal. Un ejemplo es la serie Upload, donde los fallecidos pueden vivir eternamente en una simulación digital. Esta opción, sin embargo, sólo está al alcance de quienes puedan pagarla. Otra vertiente del transhumanismo considera que la trascendencia humana se lograría mediante una inteligencia artificial superior a la nuestra.

A pesar de las posturas anti y transhumanas que sugieren que la Tierra y nosotros hemos agotado nuestras oportunidades, existe una tercera vía para enfrentar el Antropoceno y trascender como seres humanos: la etnobiología. Originada en la antropología cognitiva, la etnobiología se centra en estudiar la relación entre las sociedades humanas, presentes y pasadas, y el medio biológico que las rodea. Aunque en sus inicios se enfocaba en comprender cómo las personas de sociedades rurales y preindustriales conceptualizaban y relacionaban a los seres vivos, en la actualidad integra concepciones y conocimientos locales en los esfuerzos de conservación. Además, aboga por el reconocimiento de grupos indígenas como legítimos dueños de los recursos biológicos y sus derivados, analiza cómo se establecen nuevas redes de poder a través del conocimiento tradicional y promueve el pensamiento crítico mediante la fusión entre etnobiología y ecología política.

Ilustración: Estelí Meza

¿Es la etnobiología una tercera vía para cimentar el futuro?

Inicialmente podría parecer que los grupos indígenas son las principales víctimas del cambio climático en la era del Capitaloceno, y que por ello debemos usar la etnobiología como antídoto. Sin embargo, esta percepción, aunque fundamentada en cierta medida, tiende a rozar el racismo al perpetuar un estereotipo que niega la capacidad de adaptación de estos grupos a nuevos tiempos y contextos. La realidad es diferente, ya que las mayores amenazas que enfrentan estas comunidades provienen de la marginalización política que prolonga los procesos coloniales del siglo XVII, vinculando sus destinos con los de las industrias extractivas a través de la integración forzada.

La verdadera razón por la que la etnobiología es la tercera vía y la herramienta primordial para cimentar el futuro radica en que es una ciencia de lo humano y en su examen de nuestra relación con los seres vivos da cuenta de todo lo que eso significa; de lo que es ser humano.

En un principio podemos ver cómo las relaciones etnobiológicas no se limitan a obtener alimentos, prendas y herramientas, sino que también son extremadamente importantes para la construcción teórica en los campos de la salud humana, la conservación de la biodiversidad, la medicina evolutiva y la cognición humana. También es fundamental para comprender los usos de plantas y animales para satisfacer tradiciones culinarias y aspectos económicos, como material de construcción, símbolos religiosos, productos ornamentales, materiales lúdicos, sexuales y medicinales.

El conocimiento etnobiológico nos permite trascender el uso material de los seres vivos para abarcar el anhelo humano de significado, satisfacción estética, intelectual, cognitiva e incluso espiritual. Esto puede interpretarse como una manifestación de biofilia: una relación afectiva con la naturaleza, arraigada a nivel genético, que nos permite comprenderla y desarrollar apego por nuestro entorno. Esta biofilia se manifiesta en la felicidad que experimentan los niños al interactuar con animales, tanto domésticos como salvajes, y podría explicar nuestra coevolución con los perros a partir de la empatía por los lobos, lo que posteriormente trajo consigo ventajas evolutivas. Además, se sugiere que la falta de contacto con la naturaleza puede conducir a la depresión y enfermedades, dada nuestra historia evolutiva.

Con lo anterior en mente, es plausible apoyar la idea de que el conocimiento etnobiológico genera biofilia. Esta conexión entre las ideas humanas y los recursos bióticos crea un vínculo inextricable entre cultura y biodiversidad. Los lugares culturalmente más diversos suelen ser los más ricos en especies biológicas. Esta relación biocultural, evidencia que las comunidades originarias, a pesar de la intervención en sus ecosistemas desde hace al menos quinientos años, son capaces de adaptar los seres vivos a su entorno, promoviendo una economía circular que permite que grandes cantidades de energía regresen al sistema, haciéndolo resistente y sustentable a lo largo del tiempo.

Las terrazas de arroz de Bali, administradas durante casi mil años en una multiescala desde la comunidad hasta la cuenca, representan un modelo ecológico donde las decisiones humanas y los procesos del ecosistema pueden optimizarse para maximizar las cosechas totales. De manera similar, las chinampas de Xochimilco, una tecnología única que permite cosechar cultivos varias veces al año sin necesidad de irrigación, han sido productivas durante más de quinientos años. Estos ejemplos de ecosistemas transformados y ricos en biodiversidad y cultura pueden servir como modelos para gestionar áreas productivas capaces de devolver al sistema una buena parte de la energía utilizada en la producción de alimentos. Esto mitiga la ruptura en el metabolismo social, en comparación con lo que sucede con la generación de alimento en las sociedades industriales. Además, acciones simples como la práctica alimentaria tradicional de los seris de Sonora, que adaptan la dieta a las estaciones del año, nos recuerdan la importancia de ajustar nuestras prácticas alimenticias de manera más sostenible.

Frente al Antropoceno, la etnobiología nos recuerda que, a lo largo de la historia, los humanos no hemos sido opresores de la naturaleza, sino sus guardianes y magnificadores. Los diseños coevolutivos que distintas comunidades han logrado con el paisaje a partir de eficiencias energéticas altísimas representan nuestra esperanza. Es hora de que países como México, con más de sesenta grupos originarios y una historia de manejo de biomas de 12 000 años, desarrollen capacidades para formar profesionales en etnobiología. La etnobiología es una de las pocas formas de avanzar hacia el futuro, ya que nos ayuda a comprender nuestro papel en la naturaleza. A diferencia de la afirmación de Leslie White de que la cultura más avanzada es la que más energía genera, la etnobiología nos muestra de manera clara y práctica que la cultura más adaptada es aquella que mejor utiliza la energía disponible en el sistema.

 

Nemer E. Narchi
Centro de Estudios en Geografía Humana, El Colegio de Michoacán

 

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Publicado en: Repensar el discurso