¿Por qué no actuamos frente al cambio climático? Para explicar la inacción de los gobiernos del mundo durante décadas, el teórico Anthony Giddens, en su libro, La política del Cambio Climático, propuso la siguiente paradoja. Mientras los peligros asociados con el cambio climático no sean tangibles, inmediatos o visibles en la vida cotidiana, la mayoría de las personas se mantendrán pasivos y sus acciones serán insuficientes. Por el otro lado, cuando los peligros se hagan visibles y agudos, de modo que nos incite a tomar medidas serias, en ese momento será, por definición, demasiado tarde. Esto quiere decir que sólo el reconocimiento de la verdad fehaciente sobre el fenómeno del cambio climático y sus impactos tendría que ser suficiente para movilizar a la sociedad global.
Podríamos darle la razón a Giddens al observar que, a pesar de que el Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC en inglés) ha advertido durante los últimos treinta años de los riesgos y la magnitud del problema, los gobiernos del mundo no han logrado transformar las promesas en acciones reales. Se logró pactar un Protocolo de Kioto en los años noventa y en años recientes un Acuerdo de París; sin embargo, hay una brecha insondable entre los compromisos y las acciones reales. El mundo no actúa a pesar de la certeza científica, y parecería que solamente el advenimiento de los impactos de gran magnitud podría cambiar el rumbo de la apatía y la inacción.

Belén García Monroy
De esta manera, el año 2019 resultó un momento ideal para probar la hipótesis de Giddens. El año pasado dejó atrás un recuento enorme de impactos de gran magnitud. Desde inundaciones, la sequía de las Cataratas de Victoria en África, la mayor pérdida de agua dulce debido al deshielo en Groenlandia, la declaración de extinción del glaciar Ok en Islandia (con su respectiva placa post mortem), a los incendios que azotaron el Amazonas, el Congo, Indonesia y Australia. En todo el mundo, el cambio climático dejó clara la magnitud de los impactos que se pueden sentir con el aumento de la temperatura promedio de 1.1 grados centígrados.
Siguiendo la paradoja de Giddens, los impactos que ocurrieron en 2019 y en general a lo largo de la década de 2010 (la década más caliente en el registro histórico) deberían ser evidencia suficiente para movilizar a las personas y a los gobiernos. Se desprendería entonces que, si el cambio climático es ahora visible y palpable, ahora sí los gobiernos actuarían. No obstante, algo que Giddens no consideró con su paradoja, fue el advenimiento de la era de la posverdad. La posverdad es un término filosófico que sirve para describir el tiempo en el que vivimos, donde, en pocas palabras, no hay distinción entre la verdad y la opinión: entre lo real y lo falso. La verdad se convierte en una construcción no sólo social, sino política, y los hechos no sólo son negados sino eliminados, incluso frente a lo más palpable de la realidad externa. Es decir, los hechos y las opiniones son intercambiables a voluntad del poder político, y son ofrecidos a la gente como creencias que pueden escoger.
Lo último puede ir desde Trump contradiciendo a la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA por sus siglas en inglés) en cuanto al paso de un huracán por los EE. UU. —con un marcador señaló la trayectoria ficticia de un huracán incluso mientras el huracán pasaba— hasta un proceso sistemático de manufactura de los hechos. Actualmente vemos una manufactura de la verdad con el objetivo de romper el consenso científico, deslegitimar la verdad y ofrecer “hechos alternativos”. Así, la verdad depende por un lado, de la manufactura de alternativas y su divulgación por parte de los grupos en el poder, y por otro lado, del usuario, para quien la verdad depende de la libre elección de creencias, sin importar su concordancia con la realidad externa.
En nuestros tiempos esta manufactura es particularmente utilizada en el ciberespacio. La verdad se construye y se repite sobre la base de su propagación utilizando bots y hashtags hasta que la verdad queda deslegitimada o eliminada. De esta manera, los usuarios de Twitter forman su criterio basado en cuan populares son otras opiniones, no en los hechos. Un ejemplo claro de lo anterior lo podemos observar con los recientes incendios en Australia. Mientras que el mundo miraba con asombro la magnitud del fuego que consumía a Australia, a la vez que la comunidad científica señalaba la relación directa del desastre con el cambio climático, en cambio, en el ciberespacio el cambio climático se veía borrado por una verdad fabricada que argumentaba que era un incendio provocado. Esto se logró viralizando el hashtag #Arsonemergency en lugar de otros hashtags como #climateemeregency o #Australiafire.
Otro ejemplo con el mismo modus operandi se dio en septiembre de 2019, tras el debate en CNN de los candidatos demócratas sobre cambio climático y previo a la COP25. A 24 horas del debate, se dio un número inusualmente alto de menciones relacionadas con cambio climático en Twitter, seguido del tema Donald Trump. Las cuentas atacaban a los candidatos sobre la base de la asociación cambio climático y autoritarismo: "La posición de los Demócratas es prohibir los popotes, quitarnos la carne, quitarnos nuestras armas, quitarnos nuestros coches, abortar a escala masiva para el control de la población, y todo para que podamos morir por el cambio climático en once años!!”, comentó un usuario.1 Todo esto mientras el tema Donald Trump llegaba al segundo lugar como trending topic.
A pesar de que hay un consenso científico mundial superior al 97% sobre el cambio climático, en el ciberespacio esto es sólo una opinión a la que se le puede impugnar con creencias alternativas. YouTube ha sido uno de los principales divulgadores de dichas creencias y manufacturas. De acuerdo a Avaaz (una red de personas cuya misión es organizarse frente a diversos temas incluyendo el cambio climático) a pesar del compromiso de YouTube de combatir la desinformación, su algoritmo de búsqueda en realidad la incentiva. Es por ello que surgió la campaña #detoxthealgorithm para presionar a Youtube a solucionar la propagación de información errónea.
Pese a que el ciberespacio es un campo fértil para la posverdad, no es el único espacio para fabricar hechos o manipularlos discursivamente. En la vida pública podemos ver la clasificación de acciones de acuerdo con perspectivas ideológicas particulares. Así, tenemos el caso de los grupos ambientalistas como Extinction Rebellion, Greenpeace y PETA que, debido a sus continuas acciones de protesta y resistencia no violenta, fueron recientemente clasificados como grupos terroristas en el Reino Unido. Se incluyeron en una misma guía para la policía contraterrorista junto con grupos neonazis y jihadistas. Mientras tanto, regresando al ciberespacio, Trump ataca a Greta Thunberg en Twitter, llamándola una niña enojada que debe tranquilizarse y un largo etc.
Así, en la era de la posverdad, tanto la verdad científica como los movimientos que buscan que la ciencia prevalezca, son deslegitimados y sus mensajes manipulados. Sin embargo, ambos están intrínsecamente relacionados. Sharon Robinson y Pete Smith (2020) publicaron un artículo que analiza el papel de los movimientos sociales de desobediencia civil con respecto a la conciencia y compromiso de la sociedad con respecto al cambio climático. Los investigadores concluyen que, gracias a estos movimientos, conjuntos de palabras como “acción climática” y “emergencia climática”, que anteriormente no eran populares, se transformaron en tendencia mundial. Los investigadores afirman de forma contundente: “La ciencia sin activismo es impotente para lograr un cambio, pero el activismo sin ciencia no puede dirigir el cambio ahí donde es necesario. Tanto la ciencia como el activismo son necesarios para los grandes cambios sociales”.2 De tal manera, es probable que sea solamente a través de la desobediencia civil que la verdad científica prevalezca y que se actúe frente a la emergencia climática. Sus destinos están intrínsecamente unidos.
Es por ello que en el presente se libra una batalla por la verdad que ha sido cooptada por la maquinaria ideológica de la ultraderecha en EE. UU., Australia y otros países. Se busca socavar la verdad científica y sustituirla por ficciones a conveniencia de los intereses políticos. Y mientras tanto, los individuos, sin notar la influencia del poder en la deslegitimación, se sienten en libertad de creer injustificadamente en lo que YouTube le dice. Así, tanto científicos como los movimientos sociales tienen un papel crucial para recuperar la racionalidad y los cimentos de la verdad frente a un relativismo ignorante que corroe al mundo, precisamente en el momento que más necesitamos que la ciencia guíe el rumbo político mundial en tiempos de emergencia climática.
Luis Fernández Carril
Tecnológico de Monterrey, Campus Puebla.
1 Traducción propia. Tomado de Lavelle, Marianne (2019) “‘Trollbots’ Swarm Twitter with Attacks on Climate Science Ahead of UN Summit” en Inside Climate News.
2 Traducción propia.
Excelente nota, muy atinada. Soy activista climática y espero ser científica, estoy completamente de acuerdo con que la ciencia y el activismos deben ir de la mano!!