El nombramiento del señor Al Jaber como presidente de la cumbre climática (COP 28) que tendrá lugar el próximo noviembre en Dubai expone la desvergonzada farsa y la simulación que se esconden detrás de estos eventos. Esta designación es una muestra cínica de lo que siempre supimos, que quienes comandan la economía y la política a escala mundial son los orquestadores de este gran teatro que son las conferencias climáticas. En un año devastado por sequías, inundaciones, temperaturas tan altas y sostenidas que tienen paralizado y sofocado a una parte importante de la población, un absoluto defensor de los intereses petroleros será el presidente de la conferencia más importante de cambio climático y en uno de los países más contaminantes del mundo. Bienvenidos sean todos a la era cínica del capital en donde todo es posible.

La era cínica del capital
El sultán Al Jaber tiene exactamente el perfil que necesita el mundo para seguir su agonía. Es director, consejero y miembro de los consejos de administración de múltiples empresas, las cuales deben de requerir su atención en niveles que parecieran más allá de toda posibilidad humana. Actualmente es director de la compañía petrolera Abu Dabi de los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y ministro de Industria y Tecnología. Debe poseer el don de la ubicuidad y pasar noches insomnes para poder atender las miles de reuniones inherentes a sus cargos, o simplemente para transmitir a sus gerentes y demás subalternos las incontables instrucciones requeridas para que las múltiples empresas y oficinas de gobierno en donde está involucrado funcionen adecuadamente. El conjunto de las empresas en las que participa, aun las que tienen una fisonomía verde, o aquellas que han sido artificialmente enverdecidas a partir de que fue elegido para presidir la COP 28, tienen una gran responsabilidad en la crisis ambiental y en el deterioro de las vidas humanas y no humanas.
Estamos en los tiempos del llamado capitalismo tardío o de la modernidad posmoderna, cuando el capital y sus personeros, sus comandantes en jefe, sus beneficiarios, han entrado en algo que podría llamarse la etapa cínica del capital. Es este el gran momento de la desfachatez del orden social moderno, cuando ya no les importa ocultar, disimular, vender una imagen de justicia, de democracia, o asumir desvergonzadamente la defensa de los valores del mundo moderno. Ahora simplemente defienden de manera abierta y descarada sus intereses, lo cual se ha puesto de manifiesto con la elección de los Emiratos Árabes Unidos como sede de la próxima cumbre climática y la puesta de la presidencia de la COP 28 en manos de Al Jaber, una especie de mil usos del mundo empresarial y burocrático.
No sabemos si estos nombramientos son producto de la desesperación en tiempos de decadencia de un orden social agotado, de la estupidez, o de una altanería tonta de los prohombres del periodo global que se creen autorizados, no sólo para hacer barbaridades y destrozos en el mundo, sino además a hacerlo de manera ostentosa o actuando, como diría Jack London, con esa insolencia que muestran quienes se sienten despreciados.
La decisión de Naciones Unidas de escoger a los Emiratos Árabes Unidos como la sede de la COP 28, y el nombramiento como presidente de la próxima cumbre climática de un personaje completamente comprometido con el negocio de los combustibles fósiles, pone en claro que quienes deciden en el seno de las Naciones Unidas no es la mayoría de los países por la vía democrática, sino el mundo de los negocios, las grandes corporaciones petroleras y no petroleras, unidos en una santa hermandad. Naciones Unidas queda reducida a simple administradora de sus intereses en la escala global en la que opera hoy día el capital.
La COP 28 en manos de Lutero
Al Jaber es el personaje menos apropiado para conducir un evento en donde se trata, precisamente, de llegar a acuerdos para poner fin al uso de los combustibles fósiles, particularmente el petróleo, y cumplir así con las metas climáticas que eviten las altas temperaturas promedio del planeta que amenazan con desatar la catástrofe. Su apuesta no es por eliminar los combustibles fósiles, ni para detener las emisiones, sino recurrir a aquellas soluciones que no amenacen la permanencia del circuito económico y las altas ganancias del capital petrolero. Todas las opciones que tiene en mente este prócer van en contra de la eliminación del petróleo de la matriz energética, que es la posición de mayor consenso en la lucha contra el cambio climático.
Al Jaber parece un hombre inteligente, su mente empresarial parece no tener descanso ni límites; quiere hacer el negocio redondo. Por una parte, seguir extrayendo y vendiendo petróleo, brindándole a las grandes corporaciones petroleras que representa, y a aquellas con las que simpatiza, enormes ganancias económicas. Por otra parte, ante el incesante aumento de las emisiones derivado del incontenible consumo de petróleo, también quiere hacer negocio con las emisiones de carbono, proponiendo y apoyando las soluciones tecnológicas para la captura de carbono con lo cual, el mundo del capital sale también beneficiado con un nuevo y muy rentable espacio de negocios.
Los Emiratos Árabes Unidos se cuentan entre los principales productores de petróleo, y sus planes son continuar siéndolo mientras abunde en su subsuelo. Sus élites económicas y gobernantes, igual que la de las mayorías de los países árabes, viven con grandes lujos, son parte del jet set internacional; en el día portan los trajes típicos árabes, y por las noches se los quitan para vestirse como los potentados del mundo desarrollado a quienes admiran y con quienes se asocian para hacer los grandes negocios. Los actuales planes de expansión de la actividad petrolera de este país van en contrasentido de los objetivos del Acuerdo de París, de las instituciones internacionales como la Agencia Internacional de Energía, del IPCC, de los expertos en el ámbito científico y de las propias Naciones Unidas que, de manera incongruente, escogió a esta nación para ser anfitrión de este importante evento en el que los países deberán dar cuenta de sus logros y comprometerse a metas más ambiciosas para lograr la estabilización del clima planetario antes de que la catástrofe climática anunciada se haga realidad.
Sensibilizar a los hombres del dinero
Esta etapa cínica del capital no es un hecho aislado, no es algo que ocurra al margen de las instituciones y de los líderes políticos que representan los intereses de los grandes consorcios que comandan la economía y el poder a escala global. Diversos países y personajes de la política internacional dieron su beneplácito al nombramiento de Al Jaber, tales son los casos de los enviados de Estados Unidos y de la Unión Europea, señal esta de que sienten de alguna manera representados sus intereses.
Al Jaber quiere hacer creer que un hombre del mundo de los negocios, como es su caso, es el más indicado para resolver, si no los problemas que ocasionan y los que derivan del cambio climático, al menos los conflictos derivados de las diferencias, algunas veces antagónicas, entre los distintos países. Como si ser un empresario otorgara la autoridad moral y la voluntad para encontrar a los responsables de la crisis climática y hacerlos pagar por los daños planetarios y humanos por el aumento ya insostenible de la temperatura promedio del planeta. La idea que vende es que alguien de dentro del mundo de los negocios tiene los contactos, la sensibilidad y la legitimidad para influir, al menos entre los grandes consorcios petroleros, responsables de gran parte de las emisiones de carbono, y convencerlos de que deben ocuparse de proteger al planeta. Extraño que no perciba que sus representados del mundo de los negocios tienen muy claro qué conviene y qué no conviene para la protección y defensa de sus intereses. Por lo que no harán nada en contra de sus privilegios aunque se los recomendara la virgen.
De alguna manera, la etapa cínica del capital ahora en su momento ecológico podría pensarse como el reconocimiento abierto por los hombres del dinero de que no hay nada que hacer para contener la crisis ambiental y climática, que las medidas propuestas por sus representantes en los organismos internacionales y en las negociaciones climáticas carecen de eficacia. A final de cuentas de lo que se trata no es resolver los problemas, sino más bien administrar los conflictos que derivan de los daños a la gente y a la naturaleza que sus actividades provocan. No solamente desaparecen como los culpables de este lío, sino que se jactan de ser los países que resuelven y ayudan a los pobres con los recursos financieros y tecnológicos.
Por ello, dada la imposibilidad de resolver el problema sin tocar las estructuras de poder que destruyen la vida humana y no humana, pareciera que han decidido mostrarse abiertamente cínicos hoy día, dejar la farsa y cooptar todos los espacio y arenas públicas, colocando en las posiciones de toma de decisiones a sus representantes directos y a quienes son los guardianes de sus intereses. Se trata de hacer del cinismo un modus operandi.
No hace falta una gran imaginación para saber desde ahora el desenlace de la cumbre climática de Dubai. Los países ricos, lo mismo que China, India, completamente articuladas al sistema capitalista mundial de Occidente, entre otros, seguirán emitiendo carbono a mansalva, los países del norte global seguirán dándole largas a la creación del fondo verde y al tema de pérdidas y daños. Los defensores de la energía renovable, entre los que se cuenta Al Jaber, se meterán a fondo invirtiendo grandes cantidades de dinero en la medida que se ha convertido ya en un muy rentable campo de negocios, sin abandonar la producción petrolera, que no sólo sirve para mover el transporte y la maquinaria productiva, sino también como materia prima para miles de industrias tan poderosas como dañinas al ambiente como son los plásticos y otras industrias químicas que hallan en el petróleo una materia prima rentable e insustituible.
A final de cuentas, si los expertos tienen razón, el clima planetario alcanzará pronto niveles incendiarios y la vida planetaria correrá grandes peligros. La estabilización del clima mundial en 2 grados Celsius y la meta aspiracional del 1.5 serán una quimera.
Tal vez pronto los grandes magnates de la economía mundial y sus servidores en los gobiernos nacionales y en las instituciones internacionales, así como los hombres de la política, hagan conciencia y decidan llevar el cinismo a alturas insospechadas y anuncien que ya no habrá más cumbres climáticas. Quizá anuncien que estas cumbres no sirven para nada, y que resulta más rentable abandonar ese costoso show, convertido ya en un juego de vanidades, una gran representación teatral en donde abundan la farsa, el drama y el melodrama. Con ello se unirían a un reclamo permanente de los países pobres, sobre lo oneroso de estas cumbres en donde los cambios y los remedios que se proponen son para que todo siga igual.
José Luis Lezama
Centro de Estudios Críticos Ambientales, Tulish Balam