Al norte de Sacramento, en California, Estados Unidos, los abetos forman una especie de corredor verde alrededor del pavimento zigzagueante. Antiguamente aquella fue zona de explotación minera, cuando se ganó el apodo de Golden State. Ya no hay aquél oro, aunque persiste esa luz en los atardeceres que tiñe de ocre imaginarios outdoor. En uno de esos valles cinco amigos de toda la vida pasando su cincuentena de edad compraron cuatro hectáreas de tierra para convivir juntos. A un lado del camino de ingreso al rancho, una casa móvil es la cocina y el comedor común. Allí junto a la chimenea, la biblioteca y la sala de meditación, comparten desayunos y el final de cada jornada. Alrededor de esa casa, cada uno tiene su traila, donde duermen y atesoranlibros, documentos personales, memorias de todo tipo hechos objetos.
Este modo de habitar fue compartido con cuatro jóvenes extranjeras que pasaban outside la pandemia, a quienes abrieron la puerta en aquellos días excepcionales.
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En los albores de la Revolución Francesa e industrial los socialistas utópicos imaginaron comunas. Diseños de convivencia frente al desgajamiento de la comuna en torno a la tierra. Fueron tildados de utópicos por otros pensadores comunistas al infravalorar el papel de la renta en la creación de la riqueza de unos grupos humanos sobre otros. Aquel anhelo de la comuna continúa en nuestros días. El coliving es un modo de habitar compartiendo casa entre quiénes no se identifican como familia nuclear. Pero hay modos y modos. El costo de la renta en las ciudades ha llevado a la convivencia con roomies para costear una recámara en casa compartida. Y al igual que quienes viven solos o bajo el modelo de familia nuclear, la ocupación de la casa no contempla el cuidado del espacio material, social y cultural donde se inserta como unidad doméstica, sea el condominio, el edificio, el barrio. Otra es la modalidad de coliving que plantea la cogestión de la casa y el hacerse cargo de los residuos domiciliarios, el mantenimiento y uso de espacios comunes indoor y outdoor, procurarse agua potable, el tratamiento de las aguas negras y hasta el autocultivo. Este coliving implica un compromiso entre convivientes dentro y fuera de la casa. Son estrategias para sobrevivir al mercado inmobiliario, aunque en el primer caso persiste un modo de habitar individualista, y en el segundo tipo se construye comunidad. Los siguientes proyectos lo muestran: Sostre Civic, Cooperativa Tangente, Ciutat D’Elles, Refugees Welcome, Red de Ecoaldeas, y MufiOrg.

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La pandemia mostró la asfixia de vivir en casas construidas como habitáculos, donde no es posible el descanso y el refugio. La salud mental fue afectada cuando se aislaron parejas, hijos y animales de compañía de los espacios sociales como la playa, clubes, bares, cafés, cines, bibliotecas, tianguis, parques y talleres. Algunos terminaron relaciones sexoafectivas, y hubo quiénes retornaron a afectividades con plantas, animales, aves silvestres, insectos, árboles, nubes, aguas, montañas y el silencio.
La revolución industrial fue una tremenda revolución del tiempo y espacio de vida, bajo el ritmo del cronómetro. En nuestros días, lo que se conoce como la “gran renuncia” pospandemia, el abandono del trabajo de oficina, servicios y fábricas, es una resistencia a convertir el espacio doméstico en espacio productivo que implica más y más tiempo de la vida entregado al mercado. Esta renuncia llevó a que sedentarios consumidores se convirtieran en nómades con la esperanza de construir otro habitar. Es una revuelta a la vida sedentarizada, quieta, previsible, ubicua, que conlleva deshacerse de cosas e ideas innecesarias. Algunos compraron veleros, otros motorhomes, otros equiparon bicicletas y autos, otros recorrieron hosteles y campamentos, otros compraron juntos un terreno para convivir en grupo. No es casual que la película ganadora del Oscar en el año 2021 fuera NOMADLAND dirigida por Chloé Zhao, a partir del libro de Jessica Bruder. El filme está protagonizado por aquellos nómades que resultan de la precariedad laboral neoliberal. El contar o no contar con cobertura biomédica y otros cuidados ante la enfermedad o el padecimiento, vacaciones, licencias y aguinaldos afectan los modos de habitar.

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En El origen de la familia, la propiedad privada, y el Estado, Federico Engels se refirió al predominio de la convivencia centrada en la familia nuclear y su relación con la propiedad privada dentro del modo de vida capitalista. El mandato sanitario “Quédate En Casa” de la pandemia basó el aislamiento indoor en casas imaginadas adecuadas desde un modelo de convivencia nuclear. Interrumpió y hasta sancionó aquella convivencia puertas afuera dando por resultado el consiguiente desamparo a los que no habitaban bajo ese modelo de convivencia en tanto extranjeros, cuirs, solteros, desempleados, arrendatarios, viajeros. Las puertas se cerraron a los que no se consideraban incluidos en la familia nuclear o miembros de comunidades en zonas rurales, evitándolos. Esos Otros con quiénes, empero, mantenían vínculos exogámicos en tanto amigxs, compañerxs de trabajo o estudios, de lucha política, vecines, parientes, vendedores ambulantes y demás prójimos extraños que conforman también relaciones vitales. Esa gente, como dice el poeta Hamlet Lima Quintana, tan necesarias que “uno se va de novio con la vida/ desterrando una muerte solitaria”.
En los sesenta se crearon proyectos de convivencia enfocados en la cocrianza de los niñes. Esa forma de convivencia ya era y sigue siendo una estrategia necesaria para sostener el cuidado de quiénes no pueden pagar por el cuidado de niñes, ancianes, animales domésticos. Asimismo, las decisiones de construir comedores, clubes, centros comunitarios barriales, así como desplegar mesas de trueques, centros de acopio, acceso comunitario a vertientes de agua dulce o intercambiar trabajos bajo el principio de la reciprocidad para construir una casa, labrar la tierra o cosechar, son modos de habitar. Como tales, subvierten el individualismo del “sálvese quien pueda” y cimentan la respuesta comunitaria de muchos de nosotros ante sismos, huracanes, incendios forestales, inundaciones, terrorismo de estado, guerras, inflación económica, deshaucios, cambio climático.

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Cuando los jesuitas y otras congregaciones confesionales establecieron reducciones de indios a lo largo de los principales ríos de Paraguay, Bolivia y noreste de Argentina, establecieron también un modo de habitar distinto al que tenían las comunidades que allí vivían. Separaron a todos de una casa comunitaria y transformaron el uso de los ambientes de vida. Fue sin duda una dominación corpóreo-espacial.
Claudia Andújar fotografió la casa comunitaria yanomami sin saber que sería una memoria de un modo de habitar previo a la transformación que originaron los frentes extractivos en la Amazonía brasileña desde los años ochenta hasta la actualidad. Entonces, convivían con los monos arañas, los coatíes, los yaguaretés, los loros, los árboles, las enredaderas, los arroyos, los ríos, las piedras, la tatachima. La sedentarización trajo desorientación y tragedia. Así sucedió con los ayoreo del Gran Chaco Paraguayo, que tenían modos de vida distintos al del colonizador.
El antropocentrismo, como modo de ver las cosas y forma de habitar, privilegia al humano por encima de todo lo no humano, al que trata como recurso. O como simple entorno. Como si la especie humana no estuviera dentro. Antropoceno llaman algunos al ciclo que empezó con la revolución industrial y que ha generado más daños a la(s) naturaleza(s) que otras eras geológicas. Esta codicia depradatoria, extractivista y colonizadora está en el corazón del Capitaloceno. La segregación es consustancial a esta idea de espacio que clasifica cuerpos, relaciones y lugares. Cuando Henri Lefebvre advirtió que el urbanismo desplazaba a una parte de la sociedad a las periferias y en el centro colocaba el disfrute de los espacios poniendo precio a ese disfrute, señaló la injusticia de la gentrificación. Y no sólo en las ciudades. También está sucediendo con la privatización de playas, cerros, parques, arboledas, cursos de agua, lagos, cenotes. La relocalización es de grupos humanos y también de especies. Generan injusticia ambiental y una profunda desarmonía.
Atravesando el cambio climático, hay un interés creciente de arquitectos y otros diseñadores de hábitats, en adoptar materiales que dejen menos huella de carbono, la recolección de agua potable y reutilización de aguas negras, el preservar o crear espacios verdes, el adoptar leds y paneles solares, etcétera. Aunque las decisiones constructivas no están separadas de qué modos de habitar privilegiemos como sociedad y adoptemos como sujetos o grupo. Es una cuestión política, hasta de salud pública diría, atravesada por cuestiones de género, raza y clase social. Lo sabían los hippies de los años sesenta y setentas, los okupas, las comunidades terapéuticas y los proyectos de habitar alternativos que procuran un compromiso ético con quiénes se convive, sean humanos o no humanos.
Eva Bidegain
Etnógrafa, cronista y antropóloga médica. Desde el año 2008 es miembro de una red social que hospeda gratis a nómadas. Ha realizado etnografía sobre los usos de los espacios domésticos y sociales en relación a enfermedades respiratorias. Le interesan las (otras) formas de habitar.