(In)justicia climática en el Caribe

El cambio climático es uno de los problemas más graves de injusticia que enfrenta la humanidad actualmente. La apropiación desigual de la atmósfera por parte de una élite devoradora de combustibles fósiles ha generado impactos social, ecológica y económicamente destructivos a escala global, afectando especialmente a poblaciones cuya contribución al problema ha sido mínima.1 Al respecto, el Caribe insular es ilustrativo. Aunque sus emisiones de gases de efecto invernadero representan sólo 0.2 % del total mundial, la región ha sido identificada como una de las más sensibles a los impactos del cambio climático.2 El aumento del nivel del mar, las inundaciones y la erosión de las zonas costeras, la pérdida de arrecifes y de infraestructura turística, así como la intensificación de eventos meteorológicos extremos (sequías, huracanes) son algunas de las amenazas que se ciernen sobre el Caribe en medio de debilidades estructurales que diezman las capacidades gubernamentales y de la población para responder. El alto endeudamiento externo, el cual asciende a poco más del 70 % del Producto Interno Bruto regional,3 la concentración de más del 50 % de su población a menos de 2 kilómetros de la línea costera,4 su nula soberanía alimentaria, energética y financiera, y su exacerbada dependencia económica a un modelo de desarrollo basado en la explotación de su naturaleza y de su fuerza laboral, son algunos aspectos que exacerban la vulnerabilidad del Caribe.  A lo anterior se suma el agresivo intervencionismo estadounidense, chino y europeo que históricamente no ha cesado de presionar a los ecosistemas de la región caribeña.

A partir del uso del Caribe como enclave de refinación de petróleo y como ruta predilecta para el traslado del hidrocarburo, las economías industriales avanzadas han mermado el futuro de la región al contribuir a su deterioro ambiental y social, y al seguir alimentando las causas del cambio climático.5

Ilustración: Ros

Tres razones explican la centralidad de esta pequeña región en la geopolítica del petróleo: uno, su posición estratégica como punto de conexión entre los grandes consumidores (Estados Unidos y Europa) e importantes proveedores de hidrocarburos (Venezuela y México); dos: el control imperial que países como Estados Unidos, Francia, Reino Unido, y Holanda tienen sobre las islas; y tres, las normatividades ambientales y laborales laxas que ofrece la región. Para ejemplificar cabe decir que, durante la Segunda Guerra Mundial, dos refinerías en territorio caribeño, la Royal Dutch Shell en Curazao y la Standard Oil of New Jersey en Aruba, refinaron en conjunto más del 80 % del combustible requerido por las fuerzas navales y de aviación de los países aliados.6 Al finalizar la guerra y hasta la década de los noventa del siglo XX, las refinerías de petróleo se convirtieron en el área de mayor inversión en la región caribeña y en la principal fuente de contaminación de su mar y de sus costas.

Para el Caribe, las refinerías han sido un mecanismo de exportación de beneficios y de internalización de costos ambientales y climáticos. Dicho de otro modo, en la región caribeña se ha refinado, sin consumir, el petróleo cuyo procesamiento ha generado la degradación y contaminación de sus ecosistemas marinos, y cuya quema es la principal causa del calentamiento global, y por tanto de la serie de eventos climáticos que cambiarán por completo a sus territorios con serias repercusiones para sus poblaciones y sus economías. El consumo intensivo de petróleo de las economías centrales se encargó de inundar a los ecosistemas marinos con restos de hidrocarburos y a la atmósfera con gases de efecto invernadero. En ese sentido, el cambio climático se integra como un efecto más de la “violencia lenta” que ha dado forma a la historia del Caribe, es decir, de “una violencia de destrucción retardada que se dispersa en el tiempo y el espacio, una violencia de desgaste que generalmente no se ve como violencia en absoluto”,7 pero que es resultado del colonialismo, del intervencionismo, de la imposición de modelos de “desarrollo” y de reformas de ajuste estructural que obligan a cambiar naturaleza por préstamos y divisas.

En este contexto, la exigencia por parte de los pequeños estados insulares del Caribe, de que el aumento de la temperatura media mundial no sobrepase el límite de 1.5 ºC, puede interpretarse como un reclamo de justicia climática y sobre todo como una condición necesaria para su supervivencia. De acuerdo con el Panel Intergubernamental de Cambio climático, aunque mantener el aumento de la temperatura en 1.5 ºC no significa que los riesgos desaparezcan, lo cierto es que serían sustancialmente menores que con temperaturas más altas.8 Si bien esta demanda quedó asentada en el artículo 2 del Acuerdo de París (2015), lo que puede considerarse un logro importante, tal y como señala la Organización de Naciones Unidas, su cumplimento requiere “acciones urgentes y sin precedentes”, las cuales lastimosamente no se están llevando a cabo. Para encauzarnos hacia la meta del 1.5 ºC, las emisiones globales de gases de efecto invernadero deben disminuir 7.6 % cada año durante la próxima década. En contraste, el escenario más probable, con la trayectoria actual de emisiones de dióxido de carbono y con los compromisos adoptados, es que la temperatura aumente de 3 a 5 ºC para fines de siglo.9 Esta actitud dilatoria de la gobernanza climática internacional, alentada por la resistencia de los Estados imperiales y de sus corporaciones a restringir sus operaciones, sentencia al Caribe a condiciones cada vez más adversas. Mientras que su necesidad de financiamiento hace que sea susceptible de aceptar compromisos y agendas que exacerban su dependencia política y económica.

En muchos aspectos, la región caribeña constituye una ventana hacia el futuro, pues permite observar los impactos ya en curso del cambio climático y del imperialismo petrolero, así como la gama de respuestas sociales en gestación. Por ello, ver lo que está sucediendo en el Caribe adquiere sentido, sobre todo en países con contextos sociopolíticos y económicos similares.

El repudio de la deuda externa10 o su canje por adaptación al cambio climático, la lucha social por la soberanía y contra el uso del desastre como negocio en Puerto Rico,11 y la organización de la sociedad civil como base del modelo cubano en el manejo de emergencias, son algunas estrategias que buscan afrontar los embates climáticos enfrentando al mismo tiempo las causas estructurales de la vulnerabilidad.

Las opciones ingenieriles, como es la construcción de diques para retener la crecida del nivel del mar, además de ser altamente costosas resultan insuficientes. En cambio, alternativas como son la restauración y protección de ecosistemas costeros, la prevención de desastres, y el fortalecimiento de los mecanismos de alerta temprana, además de necesarias, han demostrado tener resultados más efectivos sobre todo cuando van acompañadas de la participación social. Ciertamente, lo que ocurra en los pequeños Estados insulares del Caribe es una visión preparatoria para el resto del mundo, por lo que aprender de ella resulta fundamental, especialmente si se considera que más del 90 % de las áreas urbanas en el mundo son costeras.12

La implementación de medidas de adaptación al cambio climático, por su puesto ineludibles, no anula el reclamo de resarcir y frenar las pérdidas y los daños generados por las dinámicas de extracción, producción y consumo de las economías centrales; por el contrario, lo refuerzan y complementan. De nada servirá implementar estrategias de supervivencia para afrontar al cambio climático, si se siguen alimentando sus causas. No bastará con afrontar los embates climáticos si el imperialismo petrolero persiste. Por tanto, la lucha por la justicia climática en el Caribe se entreteje con la lucha por la descolonización, por la independencia económica y la soberanía política, así como con la urgente articulación entre países con exigencias y necesidades compartidas, todos aspectos fundamentales para la construcción de un escenario que no implique el sufrimiento de millones.

 

Maritza Islas Vargas


1 Cano Ramírez, Omar Ernesto, “Capitalismo fósil en el siglo XXI: mecanismos económicos, energéticos, militares y elitistas para desencadenar el colapso planetario”, Estudios Latinoamericanos, Nueva Época, núm. 44, julio-diciembre, 2019, pp. 73-102.

2 Bush, Martin J. Climate Change Adaptation in Small Island Developing States, Reino Unido, John Wiley & Sons Ltd, 2018.

3 Comisión Económica para América Latina y el Caribe, “Pequeños Estados insulares en desarrollo no alcanzarán la Agenda 2030 si no logran el financiamiento y el apoyo internacional para una adaptación efectiva al cambio climático”, 2018.

4 Mycoo, Michelle y Michael G. Donovan, A blue urban agenda. Adapting to climate change in the coastal cities of Caribbean and Pacific Small Island Developing States, Nueva York, Inter-American Development Bank, 2017.

5 Islas Vargas, Maritza, “Azote imperialista”, petróleo y cambio climático en el Caribe, Estudios Latinoamericanos. Nueva Época, núm. 44, julio-diciembre, 2019, pp. 103-126.

6 Bond, David, “Oil in the Caribbean: Refineries, Mangroves, and the Negative Ecologies of Crude Oil”, en Comparative Studies in Society and History, vol. 59, núm. 3, 2017.

7 Nixon, R. Slow Violence and the Environmentalism of the Poor. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2013.

8 IPCC, Calentamiento global de 1,5 °C, Informe especial del IPCC sobre los impactos del calentamiento global de 1,5 ºC con respecto a los niveles preindustriales y las trayectorias correspondientes que deberían seguir las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, en el contexto del reforzamiento de la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático, el desarrollo sostenible y los esfuerzos por erradicar la pobreza, 2018.

9 United Nations, “Key findings”.

10 Comité para la Abolición de las Deudas Ilegítimas.

11 Klein, Naomi, La batalla por el paraíso. Puerto Rico y el capitalismo del desastre. Chicago, Haymarket Books, 2018. 

12 BAI, Xuemei et al., “Six research priorities for cities and climate change”, en Nature, vol. 555, 2018.

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Publicado en: Impactos y deterioro

Un comentario en “(In)justicia climática en el Caribe

  1. Lamentablemente las grandes potencias siempre buscan su propio beneficio, es triste como los pequeños países del caribe y Centroamérica, se han aprovechado de sus tierras afectando su región.

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