Es como si tuviéramos que pagar por ser pobres, aunque estemos tratando de no serlo.
Persona afectada por el huracán Ida
Esta vez el huracán Ida encontró una Nueva Orleans distinta a la de 2005, una ciudad aparentemente preparada para enfrentar posibles catástrofes; 14 000 millones de dólares movilizados por el imperio para salvar la afrenta de ver a una de sus ciudades insignias puesta de rodillas, humillada, como ocurrió hace dieciséis años por el huracán Katrina. A pesar de que Luisiana fue el estado que más invirtió en sistemas de protección contra huracanes en los últimos años, construyendo cientos de kilómetros de diques a lo largo y ancho de los cuerpos de agua, sus esfuerzos resultaron vanos ante la aparente terquedad de la naturaleza por expresarse plena y sin pudores. Es bien sabido que algunas regiones del sur de Estados Unidos son ruta ancestral del despliegue de los huracanes, de su fuerza incontenible. Ni los diques, ni cualquier infraestructura desplegada puede proteger a sociedades cuyas poblaciones son sistemáticamente vulneradas. La tragedia que significó Ida es producto de algo mucho más poderoso y aplastante que un huracán.

Ilustración: Kathia Recio
¿Aprender la lección?
Si se trataba de reconstruir Nueva Orleans aprendiendo de las lecciones que dejó Katrina, la ciudad y sus administradores no aprendieron lección alguna respecto a la población más afectada, los pobres, particularmente la población negra y las mujeres. No había, de hecho, ninguna enseñanza dentro de la lógica de los intereses que guiaron la reconstrucción, porque el principal propósito era favorecer a los poderosos del sector inmobiliario y a las clases privilegiadas y no a los desposeídos. El huracán fue de hecho la gran oportunidad de los grandes propietarios de vivienda para deshacerse de inquilinos indeseables. Ningún gobierno, ningún poder se volcó en favor de los grupos marginados para hacer justicia, para pensar y planear para quienes sufren opresión sistemática en ese país, y mucho menos para proteger a los ecosistemas que fabrican vida y que nos dan existencia.
Por ello la ciudad no fue fortificada buscando ningún principio de justicia e igualdad, sino siguiendo las convencionales y prevalecientes reglas del poder. El propósito era salvaguardar lo que era valioso para que la fábrica del capital floreciera de nuevo, replicar la ciudad a la imagen y semejanza de la ciudad desigual que destruyó Katrina. Esa fue la lógica que estuvo detrás de quienes la reconstruyeron haciendo caso omiso de las necesidades y deseos de los grupos marginados. Una ciudad producto de un sistema jerárquico, desigual, injusto e insensible al dolor y la miseria; un sistema que vive de la exclusión, que coloca a las personas social y políticamente en situación de vulnerabilidad; un sistema convertido en una exitosa fábrica de pobreza, enfermedad y muerte. Una población especialmente excluida, particularmente los de raza negra, latinos, pobres, los perdedores de siempre, que en 2005 fueron presa de la devastación, y en este 2021 emergieron de nuevo como las víctimas naturales de cualquier catástrofe.
Poniendo a prueba la ciudad
Ida se encontró con esta ciudad erguida para proteger las vidas valiosas al orden social, y estas parecieron salvarse, recibiendo escasos daños, sobre todo daños fatales. Las zonas pobres del sur de Nueva Orleans, donde el sistema consideró que resultaba demasiado costoso salvar a quienes han perdido hasta la esperanza, fueron dejadas indefensas, sin diques protectores, sin alternativas de evacuación, sin sistemas de seguridad social, sin hospitales, con escasos alimentos para enfrentar la tragedia. Allí el huracán encontró las condiciones propicias para magnificar la destrucción. Toda la inversión desplegada no pudo evitar que el servicio de energía eléctrica y la provisión de agua colapsara en toda la ciudad y en el estado.
Resulta difícil evitar los riesgos resultantes de estos desastres en la medida que se producen por una combinación funesta de lo social y lo natural. Fenómenos como los huracanes son híbridos que derivan tanto de la agencia de la naturaleza como de la humana. Y son también híbridos porque, por una parte, contienen las huellas del azar y la incertidumbre y, por otra, son producto de decisiones económicas donde se busca maximizar la rentabilidad y la ganancia.
Las decisiones de política para prevenir el riesgo de desastre resultan infructuosas cuando el cálculo de probabilidad en que se basan elimina los eventos improbables y pone el mayor peso en la alternativa más barata. En Fukushima se construyeron paredes para contener olas de la altura promedio en los últimos cien años; las que destruyeron la planta nuclear hicieron caso omiso de esos promedios, y mostraron con vehemencia la fragilidad de unos muros construidos con la lógica de abaratar el gasto y no de proteger la vida. Este es un patrón que se repite constantemente y que influye de manera decisiva en los desenlaces fatales.
¿Son más destructivos los huracanes?
Los representantes de la ciencia climática, sobre todo quienes se expresan en los informes del IPCC, parecieran hablar con una certeza absoluta. No obstante, existen aún controversias sobre diversos aspectos del clima planetario. Por ejemplo, la dificultad para demostrar qué eventos climatológicos concretos son resultados del cambio climático. Está también el caso de la llamada “Paradoja Ártica”, que consiste en la presencia de un Ártico relativamente caliente, acompañado de fuertes fríos en diversas zonas continentales al sur; es éste un fenómeno sobre cuya explicación los expertos no se muestran unánimes.
Hace algún tiempo, Nature publicó un artículo del Instituto Scripps de Oceanografía en el que se pretende resolver otra paradoja: la pausa temporal observada en el alza de la temperatura planetaria, o enfriamiento relativo, sobre todo a partir del fuerte año del Niño de 1998. Los autores mostraron, mediante una modelación sofisticada, una idea que no es nueva: estudiar las oscilaciones del Océano Pacífico Tropical en periodos de tiempo amplios y situar en ese marco los cambios observados en los ciclos cortos.
En el caso de los huracanes, al observar el debate existente sobre su mayor fuerza, su mayor frecuencia y su capacidad destructiva se puede apreciar que el problema es más complejo de lo que parece, notándose que la combinatoria de factores que intervienen en su capacidad destructiva muestra conductas sorprendentes y no depende únicamente de la fuerza inicial que en sí mismos contienen. Las posiciones, en algunos aspectos encontradas, de los profesores Kerry Emanuel del Tecnológico de Massachusetts y de Roger Pielke Jr de la Universidad de Colorado son un ejemplo de esto.
En la capacidad destructiva de los huracanes intervienen desde luego su fuerza, los efectos meteorológicos que desencadena y otros complejos componentes naturales que intervienen y que no están completamente entendidos. No obstante, no menos importante y, en ocasiones, adquiriendo carácter decisivo, está la capacidad destructiva asociada a un orden social que somete y vulnera a la gente, haciéndola presa de cualquier evento natural o social, construyéndose así las condiciones propicias para desatar el daño y la tragedia.
La naturaleza no divide a la gente, no la separa en jerarquías, no la ordena de acuerdo a las reglas del poder. La naturaleza no hace desiguales a las personas, ni las expone desigualmente ante la catástrofe. Lo que daña a la gente son las decisiones humanas, sobre todo aquellas dirigidas por el poder y el lucro, que privatizan los bienes y socializan los males, que coloca a los más pobres y a los más desposeídos y excluidos en condiciones de vulnerabilidad, que los deja sin opciones de vida, en lo cotidiano, ante el daño, la enfermedad y la muerte.
Tercer mundo dentro del primer mundo
Estados Unidos personifica una clara imagen de la catástrofe climática que vive el mundo hoy día, sus ambivalencias, las dificultades para entenderla y enfrentarla. Por una parte, sus diversas y, a veces, opuestas expresiones. La costa oeste está enfrentando el infierno de la sequía y los incendios. La costa este, por su parte, atraviesa por lluvias intensas e inundaciones derivadas del paso de huracanes, como es el caso del Ida. Es esta una nación de contrastes, que alberga una clase rica, la más rica del mundo, que es cada vez más altanera, egoísta e insensible a la devastación de humanos y no humanos que su gula y su poderío económico y político provoca.
Ésta, que es la principal potencia económica, política y militar del orbe, epítome del mundo desarrollado del norte global, también alberga en su interior un mundo no desarrollado, pobre y discriminado: mujeres, migrantes indocumentados, población negra y otras comunidades, una especie de tercer mundo dentro del primer mundo. Una población que, en el marco de la abundancia que Estados Unidos representa, así como de las grandes adquisiciones de la civilización y del orden moderno que dice encarnar y salvaguardar, padece pobreza, desigualdad y violencias por motivos de género y raza.
Por toda la ruta seguida por Ida, lo mismo que los anteriores huracanes y demás fenómenos naturales, la marca de la pobreza y la exclusión se erige como el testimonio claro de que son las relaciones de desigualdad y de injusticia las responsables de la tragedia que día a día, año con año, parece caer como maldición sobre la gente pobre, sobre los países pobres. Estos países y personas empobrecidas lo son por un sistema que no parece tener gran imaginación para pensar y poner en práctica formas dignas e igualitarias de vida, para procurar las condiciones de bienestar adecuadas para esa población que genera la riqueza de la que gozan, de manera egoísta, los privilegiados. Bajo este sistema, entre más riqueza generen los oprimidos, más grande se hace el poder de los opresores.
En los barrios pobres de Nueva Orleans, en las viviendas precarias construidas en zonas de alto riesgo, en las lóbregas y míseras habitaciones del subsuelo de Queens, donde habita la población de menos ingresos, en las zonas donde viven los migrantes indocumentados, sin acceso a ninguna seguridad social, se hace evidente el peso de la condición de pobreza, de exclusión, de marginación como los factores explicativos de estas catástrofes.
Ser pobre en Estados Unidos adquiere una dimensión especial: ver la abundancia y sentir la frustración de no tener acceso a los bienes que una mercadotecnia agresiva e inhumana promueve. Esta población de tercer mundo dentro del primer mundo, que contribuye a su funcionamiento y a la prosperidad de sus ricos, son los estructural y recurrentemente vulnerables, son las víctimas naturales de toda forma de desastre. Para ellos, cada tragedia se monta sobre la anterior, reforzándose, cada vez más, sus condiciones de parias, una población pobre y desigual desde antes de cada evento de desastre: huracán tras huracán, sequía tras sequía, terremoto tras terremoto, desastre tras desastre. Así se construye, reproduce y perpetúa día a día su pobreza y vulnerabilidad. Los desastres y las catástrofes no sólo se hacen más dañinos por la desigualdad y la pobreza, sino que se amanece más pobre y desigual después de cada tempestad.
José Luis Lezama
Cofundador del Centro de Estudios Críticos Ambientales Tulish Balam