Glasgow, desmantelar el engaño

….No me pidas firmas,
fotos, créditos para un abominable
desarrollo de la doblez: pídeme
que estemos como hermanos
abriéndonos el corazón hasta la muerte.

No halagues mi vanidad, busca mi fuerza,
que es la tuya. No quieras, con tu delicadeza,
que me traicione. No simules
que vas a creer en mi simulación.
No hagamos otros mundos de mentiras…
—Cintio Vitier

El domingo previo a la cumbre climática, los cielos de Glasgow parecían anticipar un desenlace sombrío: un día nublado que presagiaba la desilusión y la desesperanza de una cumbre más del engaño. La gran Albión amaneció invadida por una suerte de tornado invernal que bloqueó los trenes y retrasó el arribo de sus delegados a la Cumbre Climática, de los salvadores del mundo, obstruyendo su cita con la historia y el futuro al que algunos, no sin cierta ingenua credulidad, suponen salvar.

Glasgow es desde el lunes primero de noviembre el gran teatro del mundo, el escenario para una representación más: la puesta en escena de lo que el orden mundial capitalista quiere, de lo que puede sin amenazar su imperio de miseria y barbarie. Allí los líderes mundiales sobre quienes parece descansar el futuro del mundo pondrán a prueba sus destrezas, no para salvar al planeta y a su gente, sino para salvarse a sí mismo y al sistema de privilegios del que se benefician y donde florecen.

Vivir o morir parece ser la consigna oficial, el mito del fin del mundo que se moviliza para producir miedo e inacción, para generar una falsa hermandad entre ricos y pobres, entre constructores y devastadores de mundos, entre víctimas y victimarios de este caos global, de este mundo infectado de sustancias tóxicas, de intereses, de voracidad, de gula y de mentiras. Vivir en un mundo digno y justo es el verdadero deseo de los que sostienen este mundo, de los que generan riqueza recibiendo a cambio exclusión, pobreza, sometimiento y abandono. En este marco, las palabras del inefable príncipe Carlos en Roma ante el G20 no solo suenan vacías, sino que se muestran cómplices de quienes son los principales responsables de las miserias del mundo:

Seguramente es hora de dejar de lado nuestras diferencias y aprovechar esta oportunidad única de lanzar una recuperación ecológica sustancial poniendo a la economía mundial en una trayectoria segura y sostenible y, por lo tanto, salvar nuestro planeta.

Ilustración: Víctor Solís

Hervidero de gente y de vanidades

Toda Glasgow se mostraba lista para la víspera de la cumbre, para que la gran puesta en escena tuviera lugar de manera eficiente e impecable. El terreno había sido allanado minuciosamente, los informes de los expertos sobre el fin del mundo llegaron a tiempo, los hombres autorizados para hablar dijeron su palabra. El Scottish Events Campus, donde tiene lugar la COP 26, brilla a orillas del río Clyde, con su sobresaliente figura estilizada de armadillo, de una de sus tres edificaciones.

La ONU, que por doce días ejercerá soberanía sobre el territorio donde ocurre el evento, desplegó sus fuerzas de seguridad, aparentando así su control sobre la cumbre y sobre el territorio donde tiene lugar. Atrás, tras bambalinas, las verdaderas fuerzas del orden y el poder del capital global harán la verdadera tarea de intentar prevenir cualquier amenaza, para así llegar a los acuerdos que el sistema requiere. En Glasgow todo se muestra bajo control, como si la intención fuera robar margen de acción al azar. Los directores de escena lo controlan todo, incluyendo la protesta, la Zona Azul acondicionada para que los delegados salven al mundo no podía estar sola, los organizadores la instalaron enfrente, cruzando el río Clyde, la imprescindible Zona Verde donde se instaló la protesta, la disidencia disciplinada que el sistema requiere para parecer creíble, los que deben alzar la voz en contra para que el establishment persista, para darle un toque de autenticidad a esta comedia, a este juego de vanidades.

Glasgow, es hoy un hervidero de gente, de discursos, de ambiciones, de ganas de estar, de sobresalir, juego de vanidades, de quienes pudieron pagarse un viaje ostentoso y contaminante. Una habitación que en tiempos de normalidad cuesta 40 o 50 libras, llegó a cotizarse en 1400 libras, inconcebible para un mundo urgido de humildad y modestia, pagable solo por aquellos deseosos de tomarse la foto. Los cerca de 25 mil delegados oficialmente atendiendo la cumbre quieren mostrarse como si cargaran el mundo en sus hombros, tal vez regresen a escribir en sus memorias ese sentimiento que alienta su vanidad: sentir que durante las dos semanas de la cumbre de Glasgow el destino del mundo estuvo en sus manos. No hay que olvidar que viajaron a la ciudad escocesa quienes pudieron tener acceso a una vacuna, dejando no solamente a delegados fuera sino a activistas de los lugares más pobres y vulnerables fuera de este evento, que en su mayoría pertenecen al sur global.

La inauguración del evento, o el mea culpa de los poderosos

La ceremonia de inauguración de la COP26 en Glasgow, el lunes 1 de noviembre, rayó en los bordes del melodrama, dejando ver también la manera en que los líderes del mundo empiezan a ensayar nuevas respuestas ante el descrédito de los casi treinta años de repetir un discurso cansado, vacío, a todas luces falso y mentiroso. La palabras del secretario general de la ONU Antonio Guterres y las del primer ministro Británico Boris Johnson dejan ver con claridad su percepción del descrédito de sus palabras, la forma como perciben el despertar de una conciencia colectiva que está llegando al hartazgo del gran engaño mediante el cual el sistema dominante ha forzado el lenguaje, ha coloreado metáforas, enverdecido el engaño, prometido paraísos de felicidad y concordia, con el único propósito de administrar la miseria, para mantener, expandir, perpetuar las estructuras de poder que empobrecen y degradan a humanos y no humanos.

Conscientes tal vez de su propio descrédito, ahora parecen querer asumir como suyo el reclamo popular por la incongruencia entre sus discursos y la inacción para atacar las causas verdaderas de la crisis climática. Ambos líderes se montaron en el sentir popular, el sentimiento colectivo de la gran farsa que viene presentándose año con año. Ambos recriminaron al mundo “desarrollado” por la abundancia de sus promesas y la escasez de sus acciones concretas, recurrieron al viejo mito del fin del mundo, de la desaparición de la vida planetaria, si no se transita de la retórica y la simulación programada para salvar el actual orden mundial, para que la economía, no la vida, se haga sustentable y el planeta siga su marcha rutinaria lo cual, en palabras llanas quiere decir, hacer sostenible la barbarie.

Guterres quiso marcar desde el inicio el tono recriminatorio hacia el mundo “desarrollado”, generar culpa en los ricos, hacerles confesar sus pecados, para que una vez lograda la absolución, como lo dice Umberto Eco, poder seguir pecando a gusto. Insistió que los “desarrollados” no han hecho la tarea, que estamos cavando nuestra propia tumba, que hay que terminar con la adicción al carbono, que hay que salvaguardar al planeta y salvar a la humanidad, como si la gente estuviera en verdad preparando su propia sepultura y no fuera realmente matada en vida por el sistema de explotación que la era verde del capital quiere eternizar y como si, en la droga del carbono, no existieran los que la producen y comercian y los que son embaucados.

Boris Johnson no pudo ser más patético: recriminó a sus pares “desarrollados” por sus promesas incumplidas y exigió acción, no solo discursos y palabras vanas. La apoteosis llegó en dos momentos. Primero, el símil que hizo entre James Bond y los líderes reunidos en la cumbre, el dilema enfrentado sobre qué decisión tomar cuando la catástrofe y el fin del mundo ronda por todas partes. Segundo, cuando en un mea culpa sobreactuado recordó que, en Glasgow hace 250 años, James Watt inventó la máquina de vapor alimentada de carbón, que llevó a la humanidad al borde del abismo en que hoy se encuentra, urgiendo a sus pares a comprometerse en la salvación del mundo. Joe Biden mostró cierta prudencia en su discurso inaugural, aun así retomó el tono dramático de sus antecesores en el uso de la palabra, señalando que estamos en un momento de inflexión y considerando al cambio climático una amenaza existencial para la vida humana; si fallamos, nadie escapará de la inminente catástrofe, fue lo que dio a entender.

¿Y la pobreza y la desigualdad?

Glasgow no es sino la última representación de un melodrama, un intento más del mundo del capital por responder a los retos que representa administrar, gobernar la crisis, hacer sostenible la devastación de los mundos humanos y no humanos que irremediablemente provoca. La COP26 nació muerta, no tiene esperanza, todos los síntomas anuncian su fracaso.

Mientras todo mundo habla del clima y del fin del mundo, la miseria avanza, la desigualdad se fortalece, la voracidad de los consorcios que devastan a humanos y no humanos se hace normal e invisible. Cada vez, de manera más cínica, los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres, y nadie habla de atacar y enfrentar las causas, los factores de tanta desigualdad y miseria; mejor cerremos los ojos y pensemos que el mundo se acaba, pensemos mejor en los grandes pecados que tenemos que expiar, en el castigo de dios por anhelar un mundo justo. En la santa cruzada que se ha convertido la lucha climática: ¿a quién le importa la miseria y la suerte de los pobres y los excluidos?

Nada cambiará

En casi treinta años de política climática internacional y veintiséis años de cumbres, hemos terminado por perder nuestra inocencia, nada cambió de Kioto a París, y nada cambió tampoco de París a Glasgow. Las emisiones siguieron al alza, los gobiernos y líderes se hicieron más cínicos, los acuerdos más laxos. Nada cambiará en cualquier futuro imaginable bajo las estrictas reglas y juegos de poder que enmarcan y regulan las negociaciones climáticas.

Glasgow es de muchas maneras, a todas luces, el fin de la inocencia, la constatación de los límites, del gran juego de los líderes mundiales, de los representantes del poder, de sus intentos por salvar al sistema, de lo patético de sus representaciones públicas, de sus palabras, de sus discursos.

Los cambios no nacerán de las COPs, vendrá de la gente, de ese despertar del sueño ideológico que parece emerger, aun cuando sea de manera incipiente, en las conciencias ciudadanas, esa creciente sensación colectiva de un gran vacío, un gran engaño mediante el cual se juega con los sentimientos de la gente, con los deseos de quienes aspiran a un cambio real, de quienes sueñan con un futuro más alegre, más justo. Solo el desmantelamiento de la farsa que hoy le toca representar a Glasgow pudiera alentar la esperanza de un cambio verdadero, de una rebelión, una liberación de conciencias ante tanta mentira y promesas fallidas.

 

José Luis Lezama
Centro de Estudios Críticos Tulish Balam


Un comentario en “Glasgow, desmantelar el engaño

  1. Muy cierto lo que escribes en el articulo, hay tantas cosas que estan ocurriendo en el mundo pero siento que ahora se quieren concentrar en el mundo en el que vivimos porque si se acaba ¿Que privilegio van a tener? Todo se convertirá en polvo, el poder se va oxidar.
    Lamentablemente vivimos en un mundo con desigualdad social que solo las grandes elite conocen la verdad.

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