En las sociedades siempre han existido las adicciones: al alcohol, los cigarros, las drogas —naturales y sintéticas— que pueden dar satisfacciones rápidas y momentáneas, pero que con el tiempo terminan en crisis, enfermedades y desgracias. Este comportamiento lo hemos llevado a todos los planos de nuestra vida. Así, en el ámbito agrícola desde hace unas ocho décadas hemos intoxicado el agua, el suelo y a los seres vivos con pesticidas y fertilizantes.
¿Cómo llegamos a hacernos adictos a estos productos? ¿Por qué, a pesar de todas las señales, advertencias y pruebas de sus efectos dañinos, no podemos desintoxicarnos de ellos?
El uso de estos compuestos químicos comenzó después de la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de comercializar todos los productos elaborados para ese enfrentamiento. De ese modo, se impuso a la agricultura un tono bélico que pasó de discursos que alentaban a nutrir el suelo a proclamas para luchar contra el enemigo, convirtiendo a los insectos, hongos o hierbas en los nuevos flagelos, a quienes debíamos destruir. Estos discursos llegaron a México envueltos en la llamada Revolución verde, a partir de la década de los cuarenta y financiada por la Fundación Rockefeller. Modernizar la agricultura, decían, ayudaría a superar la pobreza, la falta de alimentos, y evitaría la necesidad de distribuir tierras entre campesinos.
La parte crucial de esta historia inicia aquí, cuando el Estado mexicano abrazó esta filosofía, organizando todas las instituciones alrededor de este nuevo paradigma. Logró que todas las dependencias trabajaran de manera coordinada para lograr la transformación total de nuestra agricultura. Una agricultura que era especialmente campesina, basada en la milpa (sistema tradicional de maíz intercalado con otros cultivos, de carácter cíclico), con sistemas tan complejos como las terrazas, metepantles, chinampas y sistemas agroforestales adaptados a todas las condiciones geográficas del país.
A partir de la década de 1940, se crearon instituciones como la Oficina de Estudios Especiales (OEE), el Instituto de Investigaciones Agrícolas (IIA), la Comisión Nacional de Irrigación (luego Secretaría de Recursos Hidráulicos; luego Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos), se establecieron campos demostrativos y la Secretaría de Educación emitía boletines, realizaba cursos y programas de radio. Las instituciones académicas más importantes (Escuela Superior de Agricultura “Antonio Narro”, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, la Escuela Nacional de agricultura), junto con el reciente Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT), se volcaron a probar y demostrar las virtudes de los fertilizantes. Y es que la Revolución verde tenía como premisa que los suelos son inertes y es necesario incorporarles nutrientes externos para incrementar los rendimientos. Así, las ciencias del suelo generaron conocimientos útiles para hacer más eficientes las altas dosis de fertilizantes químicos en los cultivos. Es más, para estos científicos, el impulso de la fertilización química era también la oportunidad para transitar de la milpa al monocultivo.1
A partir de este momento la agricultura se convirtió en una actividad extractiva: con la cosecha se extraían los nutrientes que eran devueltos de manera artificial, como productos secundarios de la petroquímica. Una primera lección de esta parte de la historia es la alta coordinación que hubo dentro del Estado mexicano con múltiples y distintas dependencias trabajando para un fin común. El resultado fue exitoso. Nos hemos vuelto adictos al uso de fertilizantes.
Como con toda droga, los resultados inmediatos fueron asombrosos, la productividad aumentó, aunque el hambre nunca cesó. Poco a poco se comenzaron a sentir los efectos nocivos: la expulsión de miles, millones de campesinos del mercado y de sus tierras, la contaminación de suelos y aguas, la pérdida de biodiversidad y agrobiodiversidad, el incalculable daño a la salud humana. Todos y cada uno de estos efectos han sido recopilados, demostrados, sistematizados en México y en muchos países del Sur Global, donde este experimento se llevó a cabo.

¿Por qué es perjudicial el uso de fertilizantes en los suelos?
Los suelos son ecosistemas donde residen complejas comunidades de bacterias, hongos, actinomicetos, protozoos, virus, así como pequeños animales como nematodos, colémbolos, lombrices, entre muchos más. Aunque las estimaciones de la riqueza total varían, sólo en el ámbito de las bacterias existe un consenso general de que hay entre miles y decenas de miles de especies presentes en cada gramo de suelo agrícola.2 Increíblemente, en un puñado de suelo, un agricultor puede estar albergando más diversidad de vida que, por ejemplo, las plantas y animales presentes en una selva tropical.3
Si sólo nos concentramos en el papel de las bacterias, veremos que su importancia es vital para el mantenimiento de la vida, ya que éstas son esenciales para la descomposición de la materia orgánica y liberación de nutrientes esenciales, como el nitrógeno, fósforo y potasio en formas que las plantas pueden absorber. Además, participan en la formación de humus, una sustancia orgánica compleja que mejora la estructura del suelo y su capacidad de retener agua y nutrientes. Bacterias como Rhizobium (en simbiosis con leguminosas) y Azotobacter (de vida libre) convierten el nitrógeno atmosférico (N₂) en amoníaco (NH₃), que las plantas pueden utilizar. Bacterias promotoras del crecimiento vegetal, como ciertas especies de Pseudomonas y Bacillus, producen fitohormonas, solubilizan fósforo y controlan patógenos, beneficiando directamente a las plantas.
También tenemos el caso de algunas bacterias antagonistas, como las del género Bacillus y Streptomyces, que producen antibióticos y compiten con patógenos, reduciendo la incidencia de enfermedades en las plantas. Asimismo, las bacterias del suelo pueden biodegradar contaminantes como pesticidas, hidrocarburos y metales pesados, contribuyendo a la biorremediación y mejorando la calidad ambiental
En resumen, las bacterias son esenciales para mantener la salud del suelo, promover el crecimiento de las plantas y asegurar el funcionamiento de los ciclos biogeoquímicos, lo que en última instancia sustenta la vida en la Tierra. Sin embargo, la fortaleza de las bacterias tiene su talón de Aquiles: son sensibles a los cambios de pH (alcalinidad/acidez) del suelo, y la descomposición de los fertilizantes acidifica el suelo.
Los fertilizantes nitrogenados provienen de un proceso industrial complejo, que requiere el uso de gas natural (principalmente metano) y donde la energía se obtiene principalmente de la combustión de gas natural, carbón o petróleo. Una vez hidrolizado en el suelo se libera CO2 y óxido nitroso (N2O), ambos gases de efecto invernadero, así como hidrógeno.4 Este último es el causante de la acidificación del suelo.
La acidificación de los suelos merma la abundancia y diversidad de las bacterias y con ello limita la posibilidad de todas las funciones arriba mencionadas.
El uso y abuso de los fertilizantes nitrogenados en nuestros suelos ya está cobrando factura. Un ejemplo de ello son los resultados de la encuesta agropecuaria donde 48.61 % de los productores expresaron que la pérdida de fertilidad de suelos constituía el primer obstáculo para el desarrollo de sus actividades.5 Las expresiones en el campo de “el suelo está desgastado, empobrecido”, “los fertilizantes queman”, “el suelo está enviciado” son recurrentes en todas las regiones del país.
Ante esta situación cabe preguntarnos: ¿por qué el gobierno sigue impulsando el uso de fertilizantes? Se encuentra distribuyéndolos de manera gratuita en todo el país, independientemente de las condiciones de los suelos o de los cultivos, de la presencia o ausencia de riego. Indudablemente las adicciones son difíciles de resolver, siempre habrá exigencias de agricultores, que a falta de alternativas, buscan seguir con el statu quo.
Pero en el contexto de cambio climático, donde ya la agricultura mexicana contribuye con alrededor del 12 % de los gases de efecto invernadero, el uso de fertilizantes nitrogenados aporta 50.4 % de todas las emisiones del sector, cabría preguntarnos si es sensato seguir dependiendo de combustibles fósiles para comer.
Además, en un contexto de sequías (donde los fertilizantes no se hidrolizan), el nitrógeno puede permanecer en formas menos accesibles para las plantas, reduciendo la eficiencia del fertilizante, con más posibilidad de contribuir a la eutrofización (degradación) de cuerpos de agua (limitando su disponibilidad para el consumo), a la acumulación de sales sobre el suelo y también puede afectar la disponibilidad y absorción de otros nutrientes esenciales. Es decir, en un contexto de sequías, el uso de fertilizantes degrada los suelos.
Evidentemente necesitamos seguir produciendo alimentos, de buena calidad y nutritivos, por ello necesitamos desintoxicarnos de fertilizantes y pesticidas. Un primer paso es la sustitución de insumos (químicos por orgánicos) aunque es necesario transformar la manera en la que entendemos la agricultura, pasando de una actividad extractiva para producir commodities a una actividad cíclica, que entiende y aprovecha los procesos naturales para mantener la salud y la productividad del ecosistema agrícola.
Para seguir este segundo camino, esperaríamos que el próximo gobierno estableciera un programa para enriquecer los suelos que no esté basado en fertilizantes químicos. En su lugar, en el marco de la tan mencionada transición agroecológica, se debería proponer un abanico de posibilidades con compuestos orgánicos para reeducar y desintoxicar nuestra producción agrícola. Y así como la revolución verde fue tan eficiente gracias a la coordinación de las dependencias de gobierno, de igual forma se tendrían que alinear todas las dependencias para lograr una real transición agroecológica.
Helena Cotler Avalos
Investigadora titular en el Centro de Investigación de Ciencias de Información Geoespacial (Centrogeo)
Este texto es una colaboración entre nexos y la Sociedad Científica Mexicana de Ecología.
1 Gutiérrez L.N. 2020, “Revolución verde en los suelos agrícolas de México. Ciencia, políticas públicas y agricultura del maíz, 1943-1961”, Mundo Agrario, 21(47), 2020
2 Schloss, P. D., y Handelsman, J., “Toward a census of bacteria in soil”, PLoS Computational Biology, 2(e92), 2006
3 Dirzo, R., y Raven, P. H., “Global state of biodiversity and loss”, Annual Review of Environment and Resources, 28, 2003, pp. 137-167.
4 La hidrolización de los fertilizantes nitrogenados es un proceso crucial para que el nitrógeno contenido en estos fertilizantes se vuelva accesible para las plantas.
5 Instituto Nacional de Estadística y Geografía, “Encuesta nacional agropecuaria”, 2012