Días de soledad en que apenas existo.
Relámpagos de gloria para exaltar la nada.
Rodeado de todo lo que no necesito
—Carlos Pellicer
La epidemia de soledad y de salud mental que agobia al mundo actual ha activado la alarma social, advirtiendo de un problema, un ruido de fondo en nuestra modernidad que empieza incomodar conciencias, a preocupar gobiernos y a quienes administran las destinos del mundo y sus confines, aunque por lo pronto no sea sino por las pérdidas económicas que puede significar cuando el sistema de explotación actual enfrenta lo que Silvia Federici considera los límites naturales que nuestros cuerpos imponen a la lógica y al despliegue del capital. Los nuestros, dice, son cuerpos de dolor, de júbilo, receptáculos también de poderes y de sutiles y abiertas resistencias.

La soledad, una epidemia que erosiona la vida
La epidemia de soledad se muestra devastadora, ubicua, omnipresente, tanto en nuestros espacios más íntimos desde donde lloramos en silencio, como en aquellos donde nos rodean multitudes, emergiendo como condición de vida de un sistema social que convierte, a humanos y no humanos, en seres vaciados de sentido. Un sistema que mata lo mismo el alma que el instinto, el deseo, el placer, el pensar y el sentir, el principio de la vida, y nos coloca en una muerte lenta, en una agonía interminable que se hace forma de vida, en una devastadora crisis existencial, social, ambiental, climática.
Esto que parece nuevo es sólo la forma actual, exacerbada, la manifestación extrema de una condición de vida que nace y que le es inherente a la sociedad moderna capitalista desde sus inicios: la supresión de las características y cualidades humanas más íntimas, para ser sustituidas por otras, deshumanizadas, que allanan el camino al capital feudal moderno, poniendo a las personas al servicio absoluto y exclusivo de la producción y consumo de mercancías, la mayor parte innecesarias y superfluas. La epidemia de soledad que hoy aflige a millones de personas en el mundo ha adquirido tal magnitud y resonancia pública que países como Reino Unido y Japón han creado ya ministerios de la soledad para diseñar políticas de Estado que enfrenten este problema.
Lo que hoy día se muestra en sus rasgos más dramáticos es un vaciamiento de los contenidos más característicos de la condición humana, como son el deseo, el amor, la sexualidad, la amistad, las emociones, los instintos y nuestra voluntad de vivir como seres de libertad y propósito. La Teoría Crítica lo expuso ampliamente; algunos autores actuales describen ese proceso bestial mediante el cual hombres y mujeres son vaciados de todo lo que les es significativo en la vida, para ser convertidos en simple fuerza de trabajo, cuyo único propósito es la creación de la riqueza material de la que se apropia y sobre la que se sustenta el poder de quienes comandan el sistema económico y político mundial.
Las redes sociales, y el mundo del Internet, se han convertido hoy día en el más poderoso instrumento de alienación, en los dispositivos más sofisticados y efectivos para llevar a cabo este vaciamiento de sentido y contenido de vida en las personas que el sistema capitalista moderno requiere para su reproducción, convirtiendo a los humanos en zombis, autómatas, siervos de un sistema al que no reconocen como la causa de la desolación en la que viven. Una proliferación cuantitativa de contactos, como ocurre en las redes sociales, que se dan en el plano de lo vano y superficial, carentes de una verdadera comunicación íntima y significativa, genera un profundo sentimiento de soledad.
El capitalismo todo lo convierte en oro
El sistema capitalista tiene una gran capacidad para reproducirse y para hacer rentables los males y patologías que provoca. Ese mundo de soledad que genera, particularmente entre los jóvenes, Twitter, Facebook, Google, ChatGPt, Instagram y todas las relaciones y comunicación que la microelectrónica hace posible, se ha convertido en la principal fuente de negocio y riqueza actualmente. Ha creado a los hombres económicamente más poderosos del mundo y de toda la historia humana.
En Estados Unidos, sede de los cuarteles generales del sistema mundial, y en California, ombligo del sistema capitalista de la era electrónica, la magnitud de la epidemia de soledad ha propiciado un muy rentable campo de negocios, abriéndose espacios, clubs terapéuticos que, mediante un pago de membresía y una cuota mensual, ofrecen soluciones banales para enfrentar la soledad que agobia a millones de personas. Así opera el capital, hace negocios de la vida y de la muerte. Vende tantos los alimentos que producen la obesidad, como aquellos con los que falsamente la curan.
Las y los jóvenes, las principales víctimas de la soledad
No son las y los de mayor edad las principales víctimas, sino particularmente los jóvenes, hombres y mujeres de edades que fluctúan entre los 16 y 29 años y de 30 a 49. La mayor parte de ellos experimentando la euforia trivial del contacto múltiple, de los likes y de la necesidad de aceptación social, viviendo en lo efímero y epidérmico del mundo de las redes sociales.
Una distinción importante es la que se establece entre aislamiento y soledad. El primero se refiere a una ausencia objetiva de contacto social. La segunda es la sensación subjetiva de sentirse solos, aun cuando ambas están estrechamente vinculadas. En Estados Unidos y Reino Unido, donde existen estudios al respecto, el sentimiento de soledad es mayor entre los jóvenes, aun cuando, cuantitativamente, tienen más contacto social que la población adulta.
Datos para Reino Unido señalan que los jóvenes de entre 16 y 29 años experimentan el doble del sentimiento de soledad con relación a los mayores de setenta años: 9.7 % los primeros, contra 3.7 los segundos. Muy cercana a esta situación es la del grupo de edad entre 30 y 49 años con un 8.2 % en situación de soledad.
Según un estudio realizado en Inglaterra, citado por George Monbiot, el 26 % de las jóvenes entre 16 y 24 años padecen ansiedad, depresión, fobias o trastornos obsesivos compulsivos. Una de cada cuatro de estas jóvenes se autolesiona como producto de estos estados mentales y emocionales.
Los datos muestran que la soledad es responsable de daños equivalentes a fumar quince cigarros diarios o seis copas de alcohol al día. Vivek Murthy, cirujano general de Estados Unidos, ha advertido que actualmente la soledad es tan riesgosa para la salud como la obesidad y el abuso de drogas, y señala que la ausencia de conexión social daña la salud individual y social. Uno de cada cuatro estadunidenses padece de periodos prolongados de soledad. La soledad es responsable de diversos problemas como son la ansiedad, la depresión, las enfermedades cardíacas y la muerte prematura. Estados Unidos, dicen algunos, se está convirtiendo en una nación de soledad. Un estudio publicado en Nature muestra que la soledad aumenta en un 26 % la probabilidad de una muerte prematura.
La población más pobre, lo mismo que los que padecen algún estigma social por cuestiones de sexo, clase, raza, género, situación migratoria o cualquier tipo de exclusión social, resulta particularmente afectada por esta epidemia.
La ciudad moderna el reino del desencuentro
La ciudad, que por sus grandes concentraciones de personas pareciera propiciar el contacto y el encuentro, genera más bien lo opuesto. La ciudad moderna es el reino de lo impersonal, de lo anónimo, del desencuentro. Es el predominio de las relaciones contractuales, formales, impersonales, en donde la persona desaparece, y las relaciones que prevalecen son las utilitarias, del mercado, donde el intercambio no sólo es entre cosas, sino también entre personas abstractas, que prescinden de los vínculos personales, cara a cara; todo está mediado por el dinero.
Pero no es la ciudad como tal la causante de estas condiciones de vida. Éstas en realidad son producto del modus operandi de la modernidad capitalista, una sociedad de aparente intercambio entre iguales, que simula un orden democrático pero que en realidad oculta un sistema de intercambio entre agentes desiguales, regidos por las leyes de la economía. Simmel lo muestra con claridad en su libro La filosofía del dinero1, en donde describe las relaciones humanas de la ciudad capitalista como el reino de lo vano, de lo impersonal, de relaciones frías, las mismas que impone el mundo de la mercancía y de los intercambios monetarios.
La naturaleza es nuestro alimento material y espiritual
Somos naturaleza situada, cuerpos en unidad con los cuerpos sociales y naturales. Somos también criaturas de un territorio y de una historia social, y de una de intercambio y cocreación entre los mundos naturales y humanos. La naturaleza es parte de nuestro ser y es en interacción con ella que nos hemos constituidos en nuestra humanidad: su ausencia o escasez, su daño y devastación, no sólo afecta nuestros cuerpos, también nuestros corazones.
La soledad que han padecido las personas desde los inicios del sistema social moderno capitalista tiene que ver también con esta pérdida de nuestra unidad constitutiva con la naturaleza, este desprendimiento forzado con lo natural que los poetas, tanto románticos como modernos, sintieron y expresaron desde los inicios de la modernidad, y que está claramente expresado en la obra de Baudelaire y Rimbaud. El sentimiento de desprendimiento, de ruptura, de agonía y zozobra de nuestro ser, de nuestra identidad robada por la mercancía lo describe también Simmel a propósito del habitante de la metrópoli como un ser anónimo, indiferente, frío, solitario, padeciendo soledad y abandono, de lo cual da cuenta con la idea de la actitud Blasé de quienes viven en la gran ciudad. Los poetas malditos, especialmente Baudelaire, vivieron el inicio de la modernidad como una especie de muerte del alma. Las flores del mal y El Spleen de París son un angustiante testimonio de la soledad y abandono que la era del capital inaugura.
Por ello, algunos estudios recientes han encontrado que la epidemia de soledad, que afecta a tantos en el mundo de hoy, puede ser contrarrestada con un mayor contacto con la naturaleza. Un estudio reciente en el Reino Unido concluye que cuando la gente puede ver un cielo azul, tener contacto con los árboles, escuchar el canto de los pájaros, disminuye su sentido de soledad en un 28 %. El estudio sostiene que el sentido de inclusión social reduce en 21 % el sentimiento de soledad, pero si a esto se añade el contacto con la naturaleza la mejoría aumenta un 18 %.
Silvia Federici argumenta que esta pérdida de sentido de nuestra vida en el actual mundo de la mercancía, además de resultar de la forma en la que los hombres y mujeres son reducidos a simple fuerza de trabajo, es producto también de nuestra separación forzada con la naturaleza. Señala que nosotros (y específicamente nuestro cuerpo, que le impone límites naturales precisos a la explotación y al poder), somos productos de un gran proceso evolutivo de millones de años, en conjunción con la naturaleza. Cuando habla del cuerpo como un límite natural, se refiere a esa estructura de necesidades y deseos que ha sido históricamente la base de nuestra reproducción social y que se traducen en nuestra “necesidad de sol, del cielo azul, del verde de los árboles, de olor a bosque y a océano, la necesidad de tocar, oler, dormir y hacer el amor”.2
La actual epidemia de soledad y de salud mental vendría a ser en parte producto de esa pérdida del confort y la alegría que deriva de nuestra separación y ausencia de contacto con la naturaleza.
1 Simmel, G., The philosophy of money, Routledge, 2004
2 Federici, Silvia, Ir más allá de la piel. Repensar, rehacer, y reivindicar el cuerpo en el capitalismo contemporáneo, Buenos Aires, Tinta Limón, 2023
Quizá un dique social que contrarreste la epidemia de soledad que se vive, particularmente, en la Ciudad de México sea restaurar el contacto comunitario y barrial a partir de las propias iniciativas de los habitantes y vecinos de esos territorios y espacios sociales. El desafio es mayor, sin embargo, hay que intentarlo.