El sistema-mundo capitalista y la crisis ambiental

 Antes que este “año terrible” comenzara, ya estábamos sumidos en el desastre. El cambio climático ya era una realidad ineludible, las islas de basura navegaban por nuestros océanos, habíamos roto récord por el mayor número de incendios a nivel global y nos manteníamos dentro de la tendencia a la extinción masiva de especies. Lo particular de este año, es que reventó en nuestro rostro las consecuencias de la forma en que reproducimos nuestra sociabilidad a nivel global. No es un tiempo excepcional: es un resultado predecible.

Desde los años 70, a partir del informe que el MIT realizo para el Club de Roma, existía una conciencia semi generalizada de que estábamos marchando hacia el desastre.1 ¿Qué tipo de sociedad lleva a este desenlace? Nosotros nos reproducimos dentro de un sistema globalizado que se jerarquiza a partir de su división del trabajo. Además, se encuentra políticamente dividido en diversas expresiones de estatalidad, lo que permite que la circulación del capital pueda fluir mejor entre las contradicciones y desigualdades. Vivimos en lo que el finado Immanuel Wallerstein, describía como un sistema-mundo capitalista.2 Ello significa que la crisis ambiental es el resultado de la estructura del capitalismo y, contrario a las expectativas de muchos analistas, no se solucionará mediante el libre mercado.

Ilustración: Víctor Solís

Desde sus inicios en el siglo XVI, este sistema-mundo ha tenido al comercio como la argamasa que lo mantiene unido. En la circulación de materias primas se encuentran las primeras formas de desestabilización del medio, al generarse intercambio de agua, energía, minerales, biomasa y nutrientes, así como el trabajo humano que esto conlleva.3 Sin embargo esta circulación es siempre desigual. Gracias a la mediación tecnológica, actores corporativos (principalmente empresas transnacionales), mantienen una estructura en donde la capacidad de concentrar valor se da en espacios contenidos, lo que significa que el intercambio nunca es “libre” verdaderamente. La manera de lograrlo es a partir de la propiedad privada y el cercado de bienes comunes naturales. Como bien señala David Harvey, es el Estado el que garantiza dicha forma de propiedad, lo que permite que la naturaleza sea dividida y distribuida de manera legal, más no equitativa.4

Por lo tanto, el desarrollo de un Estado en el capitalismo en realidad significa el subdesarrollo del otro, que jugará el papel de dominado o dependiente. Así, la producción de espacio en el sistema-mundo desarrolla asimetrías para sobrevivir. La construcción de poli centros y poli periferias forma relaciones que ponen a las últimas en particular vulnerabilidad en la medida en que sus economías están interconectadas de manera desigual.5 Por otro lado, las estructuras centrales cuentan con una mayor capacidad para la acumulación y la reinversión, por lo que pueden extender espacialmente los límites de su influencia. Por ello, este sistema se encuentra en perpetua expansión y profundización.

El sistema-mundo capitalista se construye a partir del hilvanado contradictorio que existe entre el capital y la naturaleza. Ello se expresa en dos momentos. En el primero, la naturaleza es concebida como una gran reserva de valores de uso potenciales por el capital. Esta condición es la base de lo que actualmente conocemos como imperialismo ecológico. Como afirman Brett Clark y John Bellamy Foster, si bien la apropiación de recursos de lugares distantes ha estado presente a lo largo de la historia, el continuo crecimiento del capitalismo depende del incremento exponencial de la explotación y del intercambio ecológico desigual. Así, se canalizan recursos, dígase tierras, materias primas, y/o trabajo, dentro del proceso de acumulación de capital.6

En nuestro sistema dejamos de lado la interrelación metabólica con la naturaleza para satisfacer nuestras necesidades reales, que son aquellas que nuestros cuerpos requieren para mantenerse, como la comida, el vestido o el refugio. En ese tipo de relación, sin caer en romanticismos innecesarios, se permitía una relación cercana a los ciclos de la propia naturaleza, lo que la ponía en el centro de nuestra sociabilidad. Por el contrario, en el capitalismo pasamos a la interconexión de actividades autónomas que se instrumentan primordialmente para territorializar y expandir la relación de capital -no para cubrir nuestras necesidades, sino para producir nuevas- y por tanto, profundizan materialmente las dinámicas del sistema-mundo. Ello significa, de acuerdo con Neil Smith, que la naturaleza es concebida como una estrategia de acumulación que va a requerir del desarrollo desigual para ser exitosa.7

En un segundo momento, la naturaleza no está en externalidad al capitalismo. No sólo es instrumentada para “ser tomada” y “transformada”, sino que es remodelada y reconfigurada constantemente por sus acciones. Es parte integral del sistema de producción, y por tanto se encuentra absorbida por él. El ordenamiento de las actividades económicas transforma las redes bióticas de manera irreversible. La vida misma puede transmutarse en propiedad privada, como presumen corporaciones como Monsanto. Esta forma de “producción de la naturaleza” no puede ser plenamente controlada, por lo que está plagada de consecuencias desastrosas.8

Dentro del sistema, el capital siempre procura cooptar nuestra capacidad de transformación del medio. Así, siguiendo a Harvey, todos los proyectos ecológicos y ambientales son proyectos socioeconómicos.9 En la medida en que estos aumentan su impacto, mayor es el interés corporativo y estatal reflejado en ellos, y mayor su papel en el sistema-mundo. Por eso, es posible afirmar que “El capital es un sistema ecológico en constante funcionamiento y evolución dentro del cual tanto la naturaleza como el capital se producen y reproducen continuamente”.10 En realidad, no es un ecosistema ni “virtuoso” ni equilibrado, sino que es bastante destructivo y es perfectamente viable para el capital seguir circulando y generando acumulación en plena catástrofe. Prueba de ello es la manera en la que, a pesar de la profunda crisis económica que ha traído la pandemia del coronavirus, hay corporaciones cuya capacidad de acumulación han experimentado un aumento desmedido, siendo Amazon el ejemplo obligado. 

Los desastres ambientales crean oportunidades de destrucción creativa para que el capital circule. Mientras existamos bajo la presión de la expansión incesable de las lógicas del sistema-mundo capitalista, la degradación cancerosa de la naturaleza no hará más que extenderse.11

Pensando en nuestra casa común

Las oportunidades efectivas para la resiliencia ante el daño causado no pueden encontrarse dentro de las opciones del mercado. Es necesario restablecer relaciones vivas que observen nuestra correlación ecosistémica, no en términos de la propiedad, sino en términos de lo común. Siguiendo a Georges Caffentzis y a Silvia Federici:

Lo común son los vínculos que construimos para seguir siendo, para hacer que la vida siga siendo vida; vínculos que no pueden ser acotados ni a institución ni a cosas (agua, tierra, natura). En este sentido, los llamados «bienes comunes» no son objetos, entes separados de las personas, sino esos lazos (comunes, comunitarios) que hacen posible que, por así decir, agua y tierra sigan siendo en beneficio del común/comunitario. Los «bienes comunes» son lo que hacemos para que sigan siendo bienes de uso del común.12

No se trata de imaginar una salida a la degradación de nuestro mundo a través de los marcos que dan forma al mundo del capital. Se trata más bien de dejar de pensar nuestras interacciones en términos de cambio y propiedad, para que volvamos a concebir nuestra vida social bajo fundamentos distintos, como lo común/comunitario, que históricamente han permitido construir formas de “hacer sociedad” de manera exitosa, con mayor equilibro en nuestra interrelación metabólica con la naturaleza. En los cimientos de “lo social”, se halla el encuentro de la actividad humana, del hacer concreto orientado al disfrute cualitativo y directo de la riqueza social.13 Este sustento claramente puede ser contrario a la circulación del capital, pero nos permite tanto reconstituirnos como comunidad, como refundar nuestra sociabilidad. Significa pensar nuestra casa común.

 

Federico José Saracho López


1 Meadows Donella, et al. 1975. Los límites del crecimiento. México: FCE.

2 Wallerstein, Immanuel. 2000. The Essential Wallerstein. Nueva York: The New Press.

3 Harvey, David. 2014. Diecisiete contradicciones del capital y el fin del neoliberalismo. Madrid: Traficantes de sueños.

4 Idem.

5 Saracho, Federico J. 2020. “Espacialidad y pandemia: la crisis del coronavirus vista desde la geopolítica negativa”. Geopolítica(s). Revista De Estudios Sobre Espacio Y Poder, 11 (Especial), 69-79.

6 Clark, Brett; Bellamy Foster, John. (2012). “Imperialismo ecológico y la fractura metabólica global. Intercambio desigual y el comercio de guano/nitratos”. Theomai, núm. 26, julio-diciembre.

7 Smith, Neil. 2020. Desarrollo desigual. Naturaleza, capital y la producción del espacio. Madrid: Traficantes de sueños .

8 Harvey, op. cit.

9 Idem.

10 Idem. pp. 242.

11 Ídem.

12 Caffentzis, Georges; Federici, Silvia. 2019. Comunes contra y más allá del capitalismo, en VV. AA., Producir lo común. Entramados comunitarios y luchas por la vida. Madrid: Traficantes de Sueños, pp. 59.

13 Navarro, Mina Lorena. 2015. Luchas por lo común. antagonismo social contra el despojo capitalista de los bienes naturales en México. México: Bajo Tierra Ediciones.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Impactos y deterioro

Un comentario en “El sistema-mundo capitalista y la crisis ambiental

Comentarios cerrados