El legado del movimiento Occupy! ante la COP 26

Hace seis años en Francia, durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático 2015, el mundo se unió a celebrar la firma del Acuerdo de París. Después de 21 conferencias de las partes (COP) y un fracaso abismal en Copenhague 2009, el Acuerdo de París trajo consigo por primera vez el compromiso explícito de limitar el incremento de la temperatura global a 2 °C y realizar esfuerzos para que no sobrepase de 1.5  °C para finales del presente siglo. Sin embargo, no hubo un compromiso tangible, y las negociaciones internacionales se redujeron a un juego en el que los países se pasaron la responsabilidad el uno al otro. Aun así, la adopción de este compromiso dio la impresión de que por primera vez los países habían llegado a un ambicioso acuerdo.

Pero desde 2015 la información que tenemos sobre el cambio climático ha cambiado drásticamente. No me refiero a la ciencia del cambio climático —sabemos desde el primer informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) en 1990 que el aumento de las temperaturas en el mundo se debe a la quema de combustibles fósiles— sino a las revelaciones del Reporte Especial de 1.5 °C (SR1.5) en 2018 y la primera parte del Sexto Reporte General (AR6) publicado en agosto de este año. Ambos revelan que el calentamiento ha avanzado más rápido de lo esperado y que la ventana de oportunidad para tomar acciones y limitar así el incremento de la temperatura es menor a lo que creíamos (doce y cuatro años respectivamente).

En los años que siguieron al Acuerdo de París, varios eventos hidrometeorológicos a nivel mundial dejaron claro el avance del calentamiento global y permitieron documentar las formas en las que la crisis climática afecta a las poblaciones pobres y vulnerables, quienes no son responsables del incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Además de esta evidencia, la información que surge en torno a la responsabilidad del cambio climático tiende a reafirmar la discusión sobre las clases socioeconómicas y la naturaleza interseccional del problema: sabemos que apenas 100 compañías son responsable del 71 % de las emisiones, que dichas emisiones se incrementaron en un 65 % desde 1992, que curiosamente fue el año en que los países discutieron por primera vez sobre el cambio climático, lo que equivale a un tercio del total de las emisiones emitidas históricamente. En este sentido, también sabemos que la crisis climática tiene un patrón muy similar al de la desigualdad, en donde el 1 % de la población global es responsable de casi la mitad de las emisiones de GEI, una configuración similar a la distribución de la riqueza a nivel global.

La evidencia deja claro que los instrumentos acordados en el Acuerdo de París no tienen como fin reducir emisiones, sino salvaguardar la integridad del capitalismo y evitar que el cambio climático interrumpa sus estrategias de acumulación. La frustración ante la inacción ha impulsado el movimiento de Greta Thunberg, el cual moviliza a millones de personas alrededor del mundo, la mayoría jóvenes. Movimientos como la Extinction Rebellion (XR) encuentran oídos y manos aptas en buena parte de los países del Norte e incluso en algunos del Sur global al reconocer que la lucha climática es, en esencia, una lucha anticapitalista. Eslogans como “¡Cambiemos el sistema y no el clima!” o “¡La lucha climática es la lucha contra la desigualdad!” revelan que la crisis climática no requiere de una tecnología milagrosa o de la firma de algún acuerdo o compromiso, sino de movimientos que vinculen las acciones para reducir las emisiones con el orden social institucionalizado, es decir, con el sistema económico, político y social que las puso ahí: el capitalismo.

La pandemia de covid y los subsecuentes encierros en buena parte del planeta jugaron un papel importante al desmovilizar, fraccionar y obstaculizar mucho del impulso con el que surgieron estos movimientos. La pérdida de la inercia se convirtió en la oportunidad de gobiernos y empresas para diseñar y adaptar sus estrategias discursivas. Así, las críticas y demandas de acción más ambiciosas han sido absorbidas a través de términos como “transición energética justa”, “emisiones netas cero” y hasta “justicia climática”, y comienzan a ser movilizados para una serie de acciones que no necesariamente conllevan el cambio en la escala, la temporalidad y la ambición necesarias para enfrentar la crisis, sino que se articulan con sus agendas e intereses económicos, populistas o accionistas, respectivamente.

Ilustración: Belén García Monroy

Capitalismo verde

El discurso de estas empresas y gobiernos se articula en el “capitalismo verde” una visión del desarrollo económico que pretende —a través de las energías renovables, los mercados de carbono, la conservación privatizada, el capital natural, el consumismo verde, la bioenergía con captura y el almacenamiento de carbono (BECCS por sus siglas en inglés) y otras propuestas de geoingeniería— mantener el statu quo sin alterar las formas capitalistas de dominación de clase, explotación y acumulación. Este proceso equivale a lo que el filósofo marxista italiano Antonio Gramsci llamaba una “revolución pasiva” o la “absorción de la antítesis”; es decir, un proceso de cambio político gradual pero poco significativo, a través del cual es posible cooptar y neutralizar los desafíos contrahegemónicos del capitalismo (como los argumentos sobre los límites del crecimiento económico), permitiendo al capital y a las élites mantener la hegemonía en medio de la crisis.

El discurso del “capitalismo verde” ha sido tan efectivo en cooptar las demandas de estos movimientos y en persuadir al público que varias organizaciones de la sociedad civil han comenzado a adoptar el mismo lenguaje. Mientras tanto, los movimientos antisistémicos actúan a veces de forma contradictoria: en ocasiones abogan por la acción climática por encima de otras acciones de justicia e incluso por reafirmar las estructuras ya existentes como el Acuerdo de París para transmitir sus demandas y frustraciones. Empresas mineras y de generación de energía utilizan términos contradictorios como “minería sustentable” o “carbón limpio”, clasifican falsamente al gas como “energía limpia” y hablan de “enverdecer” y “procurar la justicia” en sus cadenas de valor, diferenciando el extractivismo “verde” como parte de una estrategia sostenible frente al “extractivismo contaminante”. Este discurso es corrosivo y por desgracia convincente, ya que suele presentar la crisis climática como un problema de contabilidad (es decir, asociada al exceso de CO2 en la atmósfera). Así, la necesidad de eliminar el CO2 se retrata como un problema sin pasado y las empresas que forman parte del sistema que son las responsables de la acumulación de esas moléculas suelen utilizar la misma narrativa populista que varios líderes demagogos utilizan para referirse a la inmigración: un enemigo externo que amenaza con desestabilizar el statu quo y que debe ser eliminado, excluido, encerrado o transportado a otra parte. Sólo así podremos tener orden, paz, estabilidad climática, justicia, etc.

La COP 26

La COP 26, que se llevará a cabo en Glasgow, Escocia, ha sido descrita como “la última gran oportunidad” para tomar acciones y establecer límites al incremento de la temperatura. Esta es también la primera sesión de estas negociaciones que se llevarán a cabo en lo que se conoce como “la década de la acción” y se enmarcan en la agenda 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). De nuevo, como sucede año con año, se espera que las negociaciones logren incrementar los compromisos de casi todos los países, los cuales, en su estado actual, nos conducirán a un incremento de 2.9 °C para finales del presente siglo. También se espera que se logren propuestas relevantes para asegurar el despliegue de tecnología y financiamiento de los países ricos a los pobres, así como establecer reglas claras de implementación y transparencia para los instrumentos de mercado.

El problema con estas propuestas es que buscan operar con los instrumentos disponibles en vez de cuestionar las estructuras que producen la crisis. Como se ha demostrado en repetidas ocasiones, no se puede enverdecer el crecimiento económico, pero tanto el Acuerdo de París como los ODS pretenden mantener el crecimiento económico y reducir las emisiones de GEI, lo cual es imposible. Esta idea de un crecimiento verde no sólo es espejismo, se trata de una fantasía peligrosa que puede atarnos al desarrollo de tecnologías con altos riesgos así y dar la impresión de que el ingenio humano es lo único que se necesita para resolver esta y otras crisis. Lo mismo se puede decir de la propuesta del propio Acuerdo de París al expandir la cobertura de mercados de carbono a nivel internacional y la del Green New Deal (GND) que busca el despliegue masivo de energías renovables.

Los mercados de carbono no están diseñados para reducir las emisiones, su función es prolongar la vida de la economía de los combustibles fósiles e indirectamente, mantener un sistema explotador basado en el extractivismo y la degradación de la naturaleza. No es sorpresa que los mercados de carbono hayan coexistido durante más de veinte años con el aumento catastrófico de las emisiones. En lo que respecta a la transición energética, las propuestas como el GND requieren de la expansión de "zonas de sacrificio" en las periferias, desde donde se extrae níquel, litio y cobalto dejando atrás contaminación en el agua, el suelo y el aire. Esto crea un enorme obstáculo para forjar alianzas políticas con las poblaciones situadas en esas denominadas zonas de sacrificio, las cuales terminan por ser las víctimas de las estrategias de descarbonización a nivel nacional o global en lo que podemos llamar un nuevo “colonialismo climático” o “extractivismo verde”.

La COP 26 y el legado del movimiento Occupy

En septiembre de 2007, en el transcurso de unas semanas, Wall Street evaporó miles de millones de dólares, provocando que millones de familias perdieran sus hogares, empleos y ahorros. Cuatro años más tarde, ante el rescate de los bancos, un puñado de personas se organizó para ocupar Zuccotti Park, en el distrito financiero de Nueva York. Su demanda: ninguna. Para ellos era inútil demandar cambios de un sistema al servicio de una élite. El movimiento Occupy estuvo acompañado del eslogan “Somos el 99 %”, el cual pronto se extendió a 82 países. Inspirados en las protestas que surgieron en Europa tras la imposición de la austeridad y los levantamientos en el Norte de África después de décadas de autoritarismo, los gritos transformaron radicalmente nuestro lenguaje democrático: “¡No nos iremos hasta que se vayan!”, “¡Que se vayan todos!” y “¡Mis sueños no caben en sus urnas!”. Todos estos movimientos, aunque distintos en sus composiciones y articulaciones, tenían un común denominador: denunciar la farsa de los parlamentos y articular espacios para reunirse, discutir y decidir.

El legado de Occupy y de los movimientos democráticos de 2011 está en su capacidad de articular alternativas, de restablecer el lenguaje de la democracia que se había perdido después de décadas de neoliberalismo, en donde se nos convenció de que “no había alternativa”. Esto es similar a la forma en la que los Zapatistas dijeron “¡Ya Basta!” en 1994 para articular un nuevo lenguaje junto con una nueva forma de gobierno, los movimientos de 2011 dejan en su legado la posibilidad de organizarse, ver más allá del localismo y el globalismo, resistir la ola mortal de las fuerzas globales y al mismo tiempo abrir brazos, mentes y corazones para crear amplias coaliciones.1

Los movimientos climáticos incorporan las lecciones de Occupy y de los movimientos democráticos de 2011. Es junto con su legado y en solidaridad con los movimientos indígenas que resisten el avance del extractivismo y de los megaproyectos que amenazan sus territorios y la estabilidad climática. A diez años de Occupy, la COP 26 debe ser recibida con un “¡Ya Basta!”. Basta a las negociaciones sin acciones, de promesas sin contenido, de falsas y ambiguas soluciones y de la captura corporativa del lenguaje transformador. Nuestra única demanda debe ser la de que los movimientos repiten incesantemente en las calles: ¡cambiemos el sistema y no el clima!

 

Carlos Tornel
Es candidato a doctor en geografía humana, en la Universidad de Durham, Reino Unido.


1 Esteva, G. (2018) “Time To Enclose The Enclosers With Marx and Illich” The International Journal of Illich Studies 4(1): 70-96.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Repensar el discurso

2 comentarios en “El legado del movimiento Occupy! ante la COP 26

  1. Afortunadamente para el clima, el petróleo, el gas y el carbón ya llegaron o están a punto de llegar a su pico de producción. Los yacimientos baratos se están agotando, lo que creará escasez en la oferta.

  2. Excelente texto Carlos.
    Invita a la reflexión que tanto hace falta para generar conciencia y cambios. La crítica siempre nos debe llevar a reflexionar para razonar y actuar. No te desesperes pues el cambio es lento pero gradual, así que te invito a continuar impulsando cambios a través de criticas reflexivas y si puedes, con más ejemplos que de luz a los jóvenes. Saludos cordiales.

Comentarios cerrados