Desde 1988, el IPCC ha acumulado evidencia de que el cambio climático es inequívoco. El impacto del ser humano en la naturaleza ha sido tal que el secretario general de la ONU advirtió que la era del calentamiento global había terminado, comenzando la era de la “ebullición global”. Si los ritmos actuales de emisiones se mantienen, en gran parte por el aumento diferenciado de los patrones de consumo entre ricos y pobres y la persistencia de prácticas contaminantes, los impactos del cambio climático se agudizarán, traduciéndose en sequías, heladas, pérdida de glaciares y deshielo de los casquetes polares, calentamiento y acidificación oceánica, aumento del nivel del mar y ciertamente en eventos hidrometeorológicos más intensos y recurrentes.
Según el Sexto Informe del IPCC (6AR), la humanidad aún tiene una ventana de oportunidad para tener en el futuro un planeta habitable, revirtiendo las graves amenazas que representa el cambio climático para el bienestar y la salud humana y del planeta. Esas amenazas, sin embargo, continúan agravándose. El huracán Otis que azotó el 25 de octubre de 2023 las costas de Acapulco y otros cinco municipios en Guerrero, iluestra que esto está efectivamente sucediendo, por lo que este lamentable desastre es sin duda una “lección tardía” que, más allá de sumarse a otras más que la anteceden, pareciera develar el arribo de los impactos propios de una nueva fase de la crisis climática.

Otis y la ciencia del clima
Otis, alimentado por la presencia de aguas oceánicas más cálidas de lo normal (de alrededor de 31 °C cuando usualmente se ubican en torno a los 28 °C), en asociación con la interacción entre la atmósfera y los océanos —incluyendo la presencia de una corriente de aire en chorro que ayudó a ventilarlo y aumentar su fuerza—, logró pasar de una tormenta tropical con vientos sostenidos de 64 km/hora, a un huracán de categoría 5 con vientos sostenidos de 270 km/hora en menos de 12 horas. Esta intensificación no se había observado previamente en el Pacífico mexicano.
Las condiciones favorables para la formación de este tipo de fenómenos responden en gran medida a la agudización de El Niño-Oscilación del Sur – ENOS (nos encontramos en condiciones de fortalecimiento de la fase de El Niño lo que se traduce en un aumento de la actividad ciclónica en el Pacífico y su disminución en el Atlántico). También se debe al incremento en la temperatura de los océanos, con récords desde marzo de 2023, lo que ha ampliado las zonas o “piscinas” de agua cálida. Asimismo, se ha indicado que la presencia de agua dulce en la superficie del océano, producto de las lluvias, pudo cambiar la salinidad y la temperatura superficial provocando que Otis se alimentará de agua caliente a mayor profundidad, aumentando así el volumen de agua extraído y por tanto su fuerza.
Lo dicho advierte que el objeto de estudio, tanto de la meteorología como de la ciencia del clima, está rápidamente cambiando, lo que deriva en la dificultad de predecir este tipo de fenómenos con los modelos actuales. De hecho, en la mañana del 24 de octubre, el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos había estimado un huracán de categoría 1 con grandes posibilidades de que se mantuviera durante días en el mar, ello en correspondencia con el comportamiento “típico” de otros huracanes en la región.
Evidentemente eso no sucedió, lo cual es particularmente llamativo si se considera que en el 6AR se advierte que hay un bajo nivel de confianza en cuanto a cómo El Niño evolucionará en un futuro con un mayor calentamiento planetario. Esto no significa que no cambiará, sino que no sabemos exactamente cómo. Otis comienza a dar una idea al respecto, corroborando algunos estudios que anunciaban la tendencia de formación rápida de huracanes y que señalan un aumento de 10 a 20 veces más que a finales del siglo XX.
La formación rápida de huracanes, cada vez más intensos y difíciles de predecir, plantea una preocupante limitación para el diseño y emplazamiento de sistemas de alerta resilientes y efectivos, no sólo hidrometeorológicos sino de otra índole como los de alerta sísmica. Otis dañó al menos 27 puntos donde se encontraban sensores del Sistema de Alerta Sísmica Mexicano. Además, las capacidades limitadas, sobre todo en los países del Sur Global, serán un factor cada vez más relevante para la predicción adecuada pues, entre otras cuestiones, se requieren de vuelos de cazadores de huracanes y el uso de radares meteorológicos especializados.
La lección que emana, más allá de la mejora de los modelos predictivos, es que urge reducir las emisiones de GEI dramáticamente, ello a partir de un replanteamiento a fondo de la forma en la que nos relacionamos con la naturaleza. Y, mientras ello sucede, la implementación de medidas de adaptación efectivas se torna una exigencia del presente.
Los componentes de una alerta temprana son el conocimiento del riesgo, el servicio técnico de vigilancia y aviso, la comunicación y difusión de avisos, y la capacidad de respuesta comunitaria. Para el caso dramático de Otis, deberemos saber cómo funcionaron cada uno de esos componentes. El aprendizaje será clave para reducir la vulnerabilidad y aumentar la resiliencia del país, su población y ecosistemas.
La “naturaleza” humana del desastre
A la luz de los desastres hidrometeorológicos, es común que se ponga mayor atención a sus características físicas desplazando o poniendo en un segundo plano los elementos que hacen de un fenómeno hidrometeorológico un desastre. En ese contexto, la definición de usos del suelo, las prácticas constructivas, las condiciones socioeconómicas, y en sí, la política existente tanto para la prevención, gestión y atención posdesastre como para la adaptación climática, incluyendo instrumentos de financiamiento y aseguramiento, son todas cuestiones centrales.
Otis figura como el primer huracán categoría 5 que ha impactado tierra en una zona altamente poblada del Pacífico mexicano, colocándolo entre los casos donde más gente ha experimentado el ojo de un huracán de tal intensidad. El avance del espacio urbanizado, particularmente asociado al negocio inmobiliario de playa, ciertamente se ha traducido en un mayor espacio expuesto, entendiendo por espacio tanto su dimensión material o construida, como socioeconómica y ambiental. Otis potencialmente dañó 7172 hectáreas, según datos de Copernicus cuya reconstrucción podría ascender a más de 15 000 millones de dólares según Bloomberg.
Entre las zonas que recibieron la mayor fuerza del huracán están la zona Diamante, un desarrollo urbano que transformó radicalmente el territorio con importantes consecuencias en la fisonomía, el paisaje y el equilibrio ecológico. En poco tiempo se rellenaron las tierras bajas y los humedales, y se desviaron ríos y arroyos con el objeto de hacer viable el avance del espacio construido, incluso en zonas que debieron conservarse por su función adaptativa.
Además de los impactos a las zonas que sostienen la economía del turismo —incluyendo el 80 % de la infraestructura hotelera, lo que seguramente se traducirá en la pérdida de empleo de muchos trabajadores del ramo—, otras zonas residenciales fueron también afectadas por Otis. En este contexto, sin duda las zonas más vulnerables son aquellas donde vive la población con mayor rezago socioeconómico y donde las características de las viviendas tienden a hacerlas menos durables. Debe recordarse que, según datos de Coneval, en 2020 el 52 % y el 16.7 % de la población del municipio de Acapulco estaba en situación de pobreza y pobreza extrema, respectivamente. Desde luego, más allá del espacio urbanizado de Acapulco, otras zonas periurbanas y rurales fueron devastadas.
Si bien este desastre no se combinó con otras situaciones de emergencia como lo fue la pandemia, es más que probable que de continuar degradando al planeta Tierra, se experimenten crisis simultáneas que podrían generar efectos en cascada. Esta es una situación altamente indeseable que debería acelerar nuestras acciones de mitigación y adaptación al cambio climático. Además, nos obliga a replantear la planificación y el ordenamiento del territorio, así como la forma en la que construimos y renovamos nuestro entorno.
La lección tardía que representa Otis es la de una alerta temprana anunciada ya por décadas. Esta lección debe convertirse en una acción decidida, incluyente y justa, cada vez más integral, robusta y transversal de las agendas de acción climática, prevención y gestión del riesgo de desastres, de construcción de resiliencia y sostenibilidad a múltiples escalas espaciales y temporales. Esta situación, sin duda, nos obliga a reconsiderar la noción predominante de desarrollo y, como resultado, evaluar los cambios estructurales que son necesarios para trascender la “era de la ebullición”.
Hacia una reconstrucción incluyente, justa y resiliente
Además de la gestión durante la emergencia ocasionada por el desastre, la atención posdesastre es necesaria y ciertamente central para, entre otras cuestiones, garantizar una reconstrucción deseable del territorio que permita reducir de manera efectiva la vulnerabilidad futura. La reconstrucción deseable no puede repetir los mismos errores que han generado espacios urbanos desiguales, en los que la informalidad y la pobreza son características notorias, particularmente en los destinos de playa donde suele haber fuertes contrastes entre las zonas turísticas y el resto del espacio construido.
Tal reconstrucción puede ser una oportunidad para mejorar la planeación territorial incluyente y poner en práctica una serie de medidas que una y otra vez se han planteado desde diversos espacios e informes internacionales. Por ejemplo, la mejora de los sistemas de alerta temprana y de los esquemas de prevención y gestión del riesgo de desastres, el impulso a diseños y prácticas constructivas sostenibles y resilientes, el avance de esquemas de circularidad, la consolidación de corredores de infraestructura verde-azul, el avance de las energías renovables y la movilidad sostenible, entre otras que tienen que ver con la creación de alianzas y mecanismos de financiamiento novedosos y el fortalecimiento de esquemas para la cogeneración incluyente de soluciones.
Otis refrenda que la reparación de los daños y pérdidas asociados al cambio climático es un imperativo moral, lo cual sólo será significativo si la reconstrucción, en este caso de Acapulco y municipios aledaños afectados, es incluyente y justa por lo que ésta deberá llevarse a cabo en pleno cumplimiento de los derechos humanos, priorizando a las personas más vulnerables y considerando de manera transversal aspectos de género, edad e identidad cultural.
El papel de México en las próximas negociaciones del clima no puede ser pasivo sino particularmente activo, empujando acciones y compromisos para el fortalecimiento de la adaptación y mitigación del cambio climático, reconociendo las responsabilidades y capacidades diferenciadas, e impulsando la justicia climática. Esa postura habría de igualmente permear el proceso de actualización de la Estrategia Nacional de Cambio Climático Visión 10-20-40.
Gian Carlo Delgado, Simone Lucatello, Cecilia Conde, Roberto Sánchez, Antonina Ivanova, Lourdes Romo
Integrantes del Comité Ejecutivo de la Red Mexicana de Científicos(as) por el Clima
El gobierno que desprecia la Ciencia y que relativiza el Conocimiento. El gobierno de los «detentes», de los «saberes ancestrales», de la homeopatía, del sahumerio y del ritual de los cuatro vientos con concheros y caracoles(ja ja). El gobierno que esta por destruir la capacidad científica, poca, que había en nuestro país. El gobierno del 99% de lealtad y 1% de capacidad. El gobierno de la vacuna «Patria» que aun no se aplica pero que repartió ivermectina.
El gobierno que de facto empezó con lo de Ayotzinapa, Guerrero y que de facto terminó en lo de Acapulco, Guerrero.
Ese gobierno… sabe que el karma se la esta regresando.