Desmantelar las cumbres climáticas

La cumbre climática de Egipto resultó un episodio más de una interminable historia de fracasos y decepciones. Momento propicio para la catarsis frívola y el juego de vanidades, punto de encuentro de los buenos y los malos en su intento por salvar al mundo, lo cual epitoma la historia de las cumbres climáticas: una estrategia de política que busca estabilizar la precariedad del mundo actual y hacer sustentable el orden de cosas que destruye vidas humanas y devasta a la naturaleza.

En Egipto se dieron cita lo mismo los depredadores de la naturaleza y sus preciados recursos, que los redentores, los sabios y expertos con sus soluciones en pro de la racionalidad y la eficiencia. También estuvieron presentes los símbolos de la farándula mediática como Al Gore, que en este caso pudo aprovechar el espacio dejado por el otrora príncipe Carlos de Inglaterra, hoy impedido por su estatus de rey de uno de los imperios del capital para actuar con el insufrible melodrama al que nos tenía acostumbrado en las pasadas cumbres, donde a cada momento aparecía desgarrándose las vestiduras por la felicidad y la salvación del planeta. Todo un show aburrido, símbolo de una profunda decadencia, una dramatización y una sobreactuación de personajes, más bien deseosos del prestigio y la distinción social que les significa la causa ambiental para no sólo ser, sino sobre todo aparecer, como parte del selecto grupo de los privilegiados convocados por alguien o autoconvocados a la gran fiesta anual en pro de la más noble causa: evitar con su presencia el colapso del mundo y sus alrededores.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

La coyuntura y la estructura de la crisis

No es la coyuntura económica y política actual lo que explica este fracaso y esta decepción. Es la naturaleza de un sistema que mercantiliza y destruye la vida, demoliendo, al mismo tiempo y de manera paradójica, aquello que lo hace ser, lo que le da sustento. Y es también la superficialidad e intrascendencia de las soluciones que el sistema propone para remediar la crisis lo que explica el fracaso; soluciones que consisten en poner en práctica los mismos mecanismos y factores que la provocaron: más modernidad, más industrialización, más tecnología, más explotación de humanos y no humanos.

La coyuntura actual no hace sino agudizar lo que es estructural de la nociva relación del capital con la naturaleza. Considerando ambos elementos, el estructural y el coyuntural, es natural que nada podía haber salido bien en esta cumbre, con un clima político, económico y social tan enrarecido como ese en el que tuvo lugar. El escenario pospandemia, la guerra de Rusia-Ucrania, la necesidad de la reactivación económica y la escasez de combustibles y alimentos, además de la cercanía del invierno en el hemisferio norte, son algunos factores que sin duda contribuyeron a hacer de esta cumbre una reafirmación del fracaso de todas las anteriores, epítome de la farsa y la simulación.

La cumbre del cinismo

En Egipto el poderío no sólo de los productores de petróleo, sino también de los grandes consorcios que controlan toda la economía mundial y de sus administradores, los gobernantes de sus respectivos países, movilizaron los recursos de poder en sus manos. Lograron hacer de esta cumbre un buen momento para celebrar su capacidad para orientar los destinos y el rumbo del mundo, y este es el del imperio del capital, la mercancía y el mercado, que tiene a la mayor parte de la población mundial empobrecida y a la naturaleza exhausta y devastada.

Las autoridades egipcias fueron muy cuidadosas para no contrariar ni ofender a las naciones ricas de cuyos gobiernos son aliados y a sus contrapartes del mundo árabe, todos ellos grandes productores, exportadores o consumidores de petróleo. De alguna manera fue una cumbre climática del cinismo, en donde se pudo lograr, casi imperceptiblemente, que la economía de los combustibles fósiles siga gozando de buena salud y prosperidad, al mismo tiempo que continúe llenando al planeta de carbono. Los acuerdos logrados en la COP 27 no pudieron serle más favorables. Lo más sorprendente es que se logró que los representantes de los países pobres no dejaran de mostrar un cierto agradecimiento condescendiente por la promesa de la creación del ansiado y vago fondo de compensación. La cumbre se jugó en un campo petrolero, con jueces petroleros y con patrocinadores petroleros o propetroleros.

Todo parece ocurrir en un momento de gloria del capital, en el que las élites del mundo, representadas por sus gobiernos en la cumbre de Egipto, parecieran vivir una repentina bonanza. Esta cumbre sucede en un momento en el que los grandes consorcios petroleros, y todos aquellos que controlan los mercados mundiales en los distintos rubros productivos, han obtenido grandes ganancias. La guerra de Rusia-Ucrania no sólo les ha permitido a las potencias militares medir fuerzas, ejercitar estrategias y tácticas militares, poner a prueba la eficacia de nuevos y sofisticados armamentos que la era electrónica, la robótica y la inteligencia artificial hacen posible, sino también hacer grandes negocios con la ayuda “desinteresada” a Ucrania brindada por Estados Unidos y sus aliados pero que va amarrada a la compra de los armamentos que ellos fabrican. Un cinismo expresado tanto en la elección del país huésped, cuyo gobierno represivo debería haber sido un impedimento para ser elegido como sede, como en la alta presencia de representantes de la industria petrolera y uno de los consorcios insignias de la era actual del capital, la Coca Cola, monopolizadora del agua cuando la escasez daña a millones de personas, responsable de los problemas de obesidad y desnutrición que afecta a millones, y una de las ganadoras en un mundo en crisis, empobrecido por las prácticas económicas de estos pilares de la modernidad ilustrada con sus expresiones de frivolidad y miseria.

Una cumbre de retrocesos

Egipto resultó un retroceso respecto a Glasgow, lo cual es mucho decir, porque Glasgow de hecho no logró nada sino discursos y promesas. La meta del 1.5 se sacó de la declaración final, se abandonó la idea de la eliminación gradual de los combustibles fósiles e, igual que en Glasgow, reduciéndose a una tibia propuesta para ir, poco a poco, eliminando el carbón como fuente energética. La propuesta de alcanzar el pico de las emisiones en el 2025 fue también abandonada. A cambio, se dio como premio de consolación la promesa de crear un fondo para pérdidas y daños, antigua demanda de los países pobres, quienes son los más vulnerables y, sin haberlo provocado, sufren las mayores consecuencias de los daños del cambio climático. No existe motivo de celebración: nadie sabe quién aportará ni cuánto aportará a este fondo.

Todo mundo pareció feliz, el gobierno de Egipto lo presumió como el gran logro de la cumbre, los gobiernos de los países pobres parecieron contentos y agradecidos, los países ricos satisfechos, y algunos de sus representantes tuvieron todavía la audacia de mostrarse críticos de los acuerdos por haberse descuidado la meta aspiracional del 1.5.

Las COPs, el sínodo de los beneficiarios de la crisis climática

Desde sus inicios las cumbres climáticas, nacidas de la Convención Marco de 1992, no han tenido como propósito real enfrentar a los responsables del cambio climático. Más bien, han funcionado como los grandes concilios de los ganadores del actual orden mundial para dirimir diferencias, llegar a acuerdos, administrar los conflictos, todo lo que deriva de la gran devastación que resulta de la relación capitalista con la naturaleza y de su incontinente extracción de recursos. Sólo la ingenuidad, el interés, o la autocomplacencia hace pensar que los problemas ambientales y, en particular, la crisis climática se resolverá en estos grandes sínodos en los que los administradores del capital y del proceso de mercantilización del mundo se ponen de acuerdo para hacer sustentable y procurar el bienestar no de la naturaleza ni de los pobres del mundo, sino del sistema de dominación que devasta a humanos y no humanos. Ningún acuerdo (Kioto, Copenhague, Glasgow, París) ha logrado alguno de los objetivos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y desactivar la bomba climática. Después de Kioto y después de París, a pesar de la desaceleración económica momentánea de la pandemia, en lugar de disminuir, las emisiones aumentaron. Treinta años de cumbres no han hecho nada para salvar al planeta de la catástrofe anunciada por los especialistas del mundo de la ciencia y por los predicadores del apocalipsis.

Las cumbres climáticas, un desgastado sistema de legitimación de la devastación

Las cumbres climáticas, en los hechos, han sido el principal instrumento de legitimación del actual orden económico mundial y de su desenfrenado consumo de naturaleza y de fuerza de trabajo. Todo ha consistido en discursos, promesas, movilización de símbolos, un traído y llevado fin del mundo, para atemorizar, paralizar, y detener los anhelos de un cambio verdadero. Las promesas de las cumbres cada vez son más vagas, más frívolas y más condescendientes con los responsables de la crisis climática. Y cada vez parecieran responder más a un público dispuesto a recibir cualquier sedante, cualquier discurso que lo haga olvidar, ignorar, hacer como si nada pasara, cuando la vida de muchos se hunde en la pobreza y la desesperanza. Por ello, un primer paso, necesario, sería desaparecer a las cumbres, acabar con la farsa y la simulación que hace que el sistema que devasta a los humanos y a los no humanos se haga sustentable, perpetuando la miseria que tanto daño causa a los seres de vida y esperanza del mundo.

 

José Luis Lezama
Centro de Estudios Críticos Ambientales, Tulish Balam