“En casa tenemos mucho trabajo por hacer…”, comenta Jared Isaacman. Las imágenes que lo acompañan son impactantes: manos que maniobran por una escalera corta y una ventana que muestra el profundo vacío del espacio. De repente, la oscuridad es interrumpida por una luz tan intensa que al principio ciega nuestra visión. Poco a poco, la cámara recupera su enfoque y nos regala una vista inconfundible: nuestro planeta. Ese pedazo de roca viva se destaca vívidamente contra la inmensidad del espacio. “…pero desde aquí, la Tierra parece un mundo perfecto”, dice Isaacman.
Y sí, desde la distancia, la Tierra, ese planeta azul y brillante, parece perfecto. Un lugar donde la vida ha florecido en formas maravillosas. Un mundo que pareciera que nos pertenece a todas las personas por igual, en donde las condiciones tan propicias para la vida están dispuestos equitativamente, al servicio de todas las formas de existencia. Pero no es así. Jared Isaacman es uno de los hombres más ricos del mundo, miembro no sólo del 1 % más rico, sino del 1 % del 1 % del 1 % (0.000006 %, para ser exacto) más rico, con una fortuna 180 000 veces más grande que la persona promedio. Ciertamente desde esa posición el mundo parece perfecto, desde arriba, a la distancia, protegido por tecnología inaccesible para la gran mayoría, sin ver el detalle que revela el estar con los pies firmes en la tierra.
La realidad que nos ha descubierto el cambio climático es que, aunque compartimos el mismo planeta y respiramos de la misma atmósfera, los impactos de la crisis climática no afectan a todos por igual. Así como Isacmaan se pregunta por el destino de la Tierra, así también los países del norte global enfrentan la crisis climática: desde arriba, a la distancia, protegidos por tecnología inaccesible para la gran mayoría, sin los pies firmes en la tierra, buscando sólo asegurar que los ricos sigan sin sufrir, aun cuando la gran mayoría sufra, aunque el planeta sufra.

Tecnología para las minorías
Esta disparidad en la capacidad de enfrentar el cambio climático se ve más evidente en el uso de tecnologías avanzadas como barreras costeras y sistemas de diques, que favorecen principalmente a los más ricos. En lugares como Reino Unido, California, y Dubai, se han invertido sumas millonarias en infraestructuras para proteger las costas de la elevación del nivel del mar. Por ejemplo, el Proyecto de la Barrera del Támesis en Londres, actualizado y reforzado continuamente, protege propiedades valuadas en miles de millones de libras esterlinas. Similarmente, en California, proyectos de restauración de playas y construcción de muros marinos buscan preservar el alto valor inmobiliario de sus costas.
La realidad para las poblaciones de las islas del Pacífico, como Kiribati y Tuvalu, es drásticamente diferente. Estos pequeños Estados insulares, empobrecidos, enfrentan una amenaza a sus vidas por el aumento del nivel del mar. A pesar de su vulnerabilidad, carecen de los medios económicos para implementar soluciones tecnológicas comparables. Kiribati, por ejemplo, ha explorado opciones desesperadas como comprar tierra en Fiji para eventualmente reubicar a su población.
Además, mientras que en Dubai se construyen islas artificiales y se diseñan megaproyectos para atraer turismo y riqueza, las necesidades básicas de protección climática de las comunidades más vulnerables permanecen largamente desatendidas. Las grandes inversiones en infraestructura verde en los países ricos contrastan con la falta de financiamiento internacional adecuado para la adaptación al cambio climático en el sur global.
Búnkeres, superyates y otros delirios
En el libro Survival of the Richest,1 Douglas Rushkoff muestra que los multimillonarios de la tecnología tienen una mentalidad particular sobre los problemas socioambientales. Para ellos, la solución son las tecnológicas privadas y fortificadas, como la construcción de búnkeres, la colonización del espacio, o incluso el uso de tecnologías avanzadas para prolongar la vida o controlar a las masas. Los búnkeres de lujo, son instalaciones opulentas equipadas con comodidades de un resort, que permiten a sus ocupantes vivir en un lujo ininterrumpido. Dentro tienen sistemas de simulación de luz solar natural, bodegas de vino blindadas, boliche privado, albercas, puertas resistentes a balas.
También están los yates de lujo, los cuales han aumentado en las ventas. El fundador de Amazon, Jeff Bezos, de 58 años, tiene uno con un valor de 500 millones de dólares. Se llama Kuro, e incluso tiene un yate de acompañamiento más pequeño para su superyate principal, diseñado específicamente como un espacio separado para que aterrice y almacene su helicóptero. Otra propuesta es el seasteading, que implica la construcción de comunidades flotantes autosuficientes en aguas internacionales. Estas supuestas ciudades permiten a sus residentes vivir alejados de las regulaciones y jurisdicciones de cualquier Estado sin los “inconvenientes” de estar sujetos a normativas gubernamentales. Así evitan regulaciones, impuestos y cualquier tipo de normativa ambiental o social, evadiendo responsabilidades colectivas.
Estas propuesta de algunos multimillonarios reflejan una estrategia profundamente fría, sesgada y desconectada de la realidad de un planeta que aún es habitable y que urgentemente necesita ser defendido y cuidado. Lo que buscan es huir hacia fortalezas artificiales, bajo tierra o en el océano, en vez de trabajar hacia soluciones sostenibles que protejan y restauren el medioambiente que todos compartimos. Están forjando un modelo de supervivencia absolutamente distópico e insostenible. Es renunciar a nuestro mundo compartido, uno que todavía posee habitabilidad y belleza que vale la pena salvar. Cambiar eso por un futuro solitario con tecnología avanzada y lujo, mientras vemos el mundo estallar.
La hipocresía moral
Los países más ricos, que históricamente han contribuido en mayor medida a las emisiones de gases de efecto invernadero, pueden amortiguar mejor los efectos adversos mediante tecnologías avanzadas e infraestructuras más robustas. Mientras tanto, las comunidades más vulnerables, especialmente en el Sur Global, enfrentan las consecuencias más graves sin los recursos suficientes para adaptarse o recuperarse.
Lo peor es la hipocresía con la que encaran esta desigualdad. Son los países más ricos los que ahora se erigen como los guardianes de una supuesta autoridad moral sobre el clima. Estamos en un momento en donde el norte global dicta las normas, impone metas de reducción de emisiones y se lidera la “transición verde”, a la vez que continúa reproduciendo las mismas lógicas extractivas que nos han llevado a este punto crítico. Los países ricos continúan externalizando los costos ecológicos hacia el sur global: los megaproyectos de energías renovables que devastan tierras indígenas; los mercados de carbono que transforman la atmósfera en una nueva mercancía; las industrias “verdes” que siguen dependiendo de la extracción minera en zonas altamente vulnerables.
Parte de esta hipocresía se manifiesta en la manera en la que estos países critican con dureza a los gobiernos del en desarrollo por supuestamente no ser lo suficientemente democráticos o respetar los derechos humanos; ellos mismos se muestran cada vez más punitivos frente a los movimientos sociales que buscan denunciar la emergencia planetaria. Hemos visto un aumento en la represión hacia las protestas climáticas, especialmente en Europa y América del Norte. Aquellos que se autoproclaman defensores de la libertad y la democracia están dispuestos a sacrificar esos mismos principios cuando sus propios privilegios y modelos de desarrollo se ven cuestionados.
Reflexión desde el punto azul pálido
Si bien a simple vista parece un mundo disponible para que se viva y disfrute de manera universal, en realidad las condiciones más agradables de la Tierra están reservadas para los ultrarricos quienes encuentran en la crisis climática una oportunidad para desarrollar nuevas innovaciones tecnológicas para escapar de sus responsabilidades.
En este contexto, la visión panorámica de Carl Sagan nos obliga a confrontar nuestra compartida humanidad y la finitud de nuestro planeta:
Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él, todos los que amas, todos los que conoces, todos los que alguna vez escuchaste, cada ser humano que ha existido, vivió su vida. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió ahí —en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.
Mirar nuestra Tierra desde lo alto debería hacernos reconocer todo lo que compartimos, todo lo que merece la pena que cuidemos. No podemos sostener la ilusión de que el mundo es un planeta más y que podemos escapar. Es nuestro mundo, el que guarda nuestra historia, millones de años para llegar aquí, para ser quienes somos.
Julio V. Suárez
Profesor de la Facultad de Ciencias de la UABC y Director del Instituto Gould-Stephano, A. C.
1 Rushkoff, D., Survival of the Richest: Escape fantasies of the tech billionaires, W. W. Norton & Company, 2022