19 de septiembre de 1985, 7:17 a. m.: María preparaba el desayuno en su departamento en la primera planta de un edificio en Tlatelolco, Ciudad de México, cuando la única alarma de un sismo fue la sacudida inesperada que le hizo reaccionar para salir corriendo del edificio. Minutos después vio colapsar todo el edificio sobre su departamento, y con él todas sus posesiones y valores.
19 de septiembre de 2017, 11:00 a. m.: Patricia, hija de María, baja las escaleras del edificio central de su universidad en el simulacro que de manera anual se realiza como parte del protocolo de acción sísmica, producto de la memoria institucional que dejó el sismo donde María, su madre, había perdido todo. De regreso en su clase, dos horas y catorce minutos después, a 32 años del sobresalto que sufrió su madre, sin una alarma previa, un impulso de terror la hizo abrazar el único pilar de su salón en el sexto piso del edificio. Otro sismo, historia diferente.

Ilustración: Patricio Betteo
Los sismos de 1985 pusieron en evidencia los problemas estructurales de la industria inmobiliaria en la Ciudad de México y abrieron la caja de pandora de los problemas organizacionales que la estructura de gobierno tenía en relación a la atención de desastres. Desde entonces, 1985 se ha utilizado como un año de referencia para hablar de lo positivo y negativo que surgió a raíz de la tragedia. De los escombros de esos terremotos surgió la sociedad civil organizada, el Sistema Nacional de Protección Civil y la legislación que le permitió a Patricia sostenerse de un pilar hidráulico que forma parte del estándar de construcción en edificios de la Ciudad.
Para María la situación fue más complicada. El único plan que existía en pie para afrontar los efectos de los desastres era el Plan DN-III de la Secretaría de la Defensa Nacional; el cual se puso en marcha a partir de 1966, cuando el río Pánuco desbordó sus aguas en Tamaulipas y Veracruz por los efectos del Huracán “Inés”. Dicho plan, vigente hasta nuestros días, está destinado a proporcionar auxilio y protección a las víctimas de los desastres que causan en territorio nacional eventos hidrometeorológicos (inundaciones, sequías, huracanes) y geológicos (sismos, erupciones volcánicas, deslizamientos de ladera). Dicho plan ha contribuido a que el Ejercito y Marina Mexicanos tengan altos índices de aceptación y credibilidad en el entorno de una sociedad cada vez más incrédula como la nuestra; sin embargo, también está centrado en el momento del desastre, un esfuerzo por mitigar los efectos de la desesperación y sentido de catástrofe que sufren las víctimas.
María no recibió ningún apoyo para la reconstrucción de su vivienda; lo perdió todo.
Surgimiento del Fonden y Fodepren
Historias como las de María y Patricia se repiten en México año tras año. Dada la situación geográfica de México que lo hace un país megadiverso en términos ecológicos y sociales, la presencia de riesgos es latente de manera permanente. Es por ello que en 1996 se creó el Fondo para la Atención de Emergencias (Fonden), el cuál “Es un instrumento financiero que tiene por objeto proporcionar suministros de auxilio y asistencia ante situaciones de emergencia, para responder de manera inmediata y oportuna a las necesidades urgentes para la protección de la vida y la salud de la población, generadas ante la inminencia, la alta probabilidad u ocurrencia de un fenómeno (SIC) natural perturbador”
El Fonden se constituyó como el fondo que atendía las necesidades de la población durante y después de la ocurrencia de un desastre, sobre todo en torno a la reconstrucción de infraestructura pública y vivienda de estratos marginados. A solicitud directa de los estados, poco a poco y dado el impacto de otros desastres, se fue incluyendo a los daños causados por incendios, y sequías. En años con eventos extraordinarios, el Fonden tenía serios problemas para cubrir las solicitudes recibidas por los estados. Dado que las sequías e incendios ocurren a principios del año predominantemente, el fondo debía contemplar los estragos causados por la temporada de huracanes y lluvias intensas el resto del año. El fondo resultó insuficiente en algunas ocasiones, pero fue fundamental para afrontar los daños ocasionados por los desastres que de manera periódica ocurren en México, y, sobre todo, fue sometido al escrutinio público que exigía transparencia en su uso.
Dado que el Fonden estaba destinado a mitigar los daños originados por los desastres, pero no para evitarlos en un primer lugar, el Fondo para la Prevención de Desastres Naturales (Fodepren) surge en 2003 con el objetivo de apoyar medidas de prevención de los daños originados por los desastres; es decir, es un fondo que apoya medidas de prevención y mitigación meses e incluso años antes de que el desastre ocurra. De esta manera, el Fodepren apoyó el desarrollo de modelos de evacuación ante potenciales sismos, programas de monitoreo y detección temprana de riesgos asociados con erupciones volcánicas, programas de formulación de simulacros, y programas de educación hacia la protección civil que han salvado vidas cuando los desastres ocurren. El internacionalmente multipremiado Centro Nacional de Protección Civil y el Servicio Sismológico Nacional han recibido apoyo del fondo.
En ambos casos, el Fonden y el Fodepren se convirtieron en piedras angulares para la prevención y atención de los desastres en México. En un momento histórico en el que el Cambio Ambiental Global está intensificando la magnitud de los procesos hidrometeorológicos que de manera normal ocurren en el planeta, la prevención y atención a los damnificados de los desastres debería formar parte de la política pública nacional. Sin embargo, el pasado 29 de septiembre de 2020, la cámara de diputados aprobó la extinción de 109 fideicomisos (incluidos el Fonden y Foreden) para recuperar una bolsa de cerca de 68 500 millones de pesos. Para poner en contexto esta cifra, la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS) calcula los costos de los sismos de septiembre de 2017 en cerca de 32 500 millones de pesos. ¿Cuántos millones se ahorran si se evita la muerte de una sola persona en el contexto de un desastre?
Hoy más que nunca: resiliencia
La resiliencia es la habilidad de absorber los impactos de un desastre y mantener las funciones esenciales e identidad mientras se lleva a cabo un cambio en el sistema.1 En el contexto global en el que nos encontramos, la construcción de resiliencia es más importante que nunca, dado que el cambio ambiental implica la modificación de la magnitud de los procesos que constituyen el riesgo: huracanes más intensos, sequías o heladas más prolongadas, inundaciones más periódicas, etcétera. El cambio además no es sólo climático, sino que incluye movimientos sociales, concentración y explosión demográfica sin precedentes, patrones de consumo y contaminación sin control. El planeta entero pende de un hilo en esta nueva era geológica en la que la sociedad global tiene la oportunidad única de transformarse para estar preparados para los desastres que con certeza se avecinan. México no puede estar al margen de esta necesidad imperante por construir resiliencia al cambio ambiental global.
Una verdadera transformación en México implicaría separar los esfuerzos por fundamentar su desarrollo en la inversión pública para la construcción de infraestructura, sobre todo pensando en su efecto multiplicador: la generación de empleos tradicionales. Sería una pena que los fondos recabados por la eliminación de fideicomisos impulsada por el gobierno federal terminen alimentando el hambre de tres bestias insaciables como el nuevo aeropuerto, el tren maya o la refinería de Dos Bocas. Resulta paradójico que, sin el Fonden, encaminado a reconstruir infraestructura pública dañada por un potencial desastre, se tuviera que recurrir a fondos alternos para reconstruir las obras que ahora están en proceso de construcción.
Transformar es estar preparados. En una sociedad en donde los cambios solo ocurren como respuesta a una tragedia como la enfrentada por María y miles de mexicanos más, es necesario crear una cultura de resiliencia, que permita absorber los impactos de un desastre de manera más eficiente. Priorizar el gasto publico en la construcción de infraestructura, y no en la protección ambiental y la cultura de protección civil, es reducir el potencial del país para prepararnos mejor ante los impactos que con certeza traerá el cambio ambiental global.
Rafael Calderón-Contreras
Profesor-Investigador del Departamento de Ciencias Sociales. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa.
1 Calderón-Contreras, R. (2018). “Los Sistemas Socioecológicos y su Resiliencia: Casos de Estudio”. Gedisa-UAM Cuajimalpa. Ciudad de México. ISBN: 978-607-28-1092-1 (UAM) 978-607-8231-18-8 (GEDISA).