Corporaciones, destrucción del ambiente y rutas para el desastre

Desde la segunda mitad del siglo XX, la humanidad ha atestiguado una transición rápida y violenta de un planeta con condiciones climáticas y ambientales óptimas a uno con condiciones sin precedentes y cada vez más adversas para su desarrollo. Año tras año, los ciclos y ecosistemas planetarios dan señales de desestabilización y agotamiento; los récords de temperatura, emisiones y contaminación se superan; los inviernos se recrudecen; las sequías se agravan; los incendios forestales y la extinción de especies aumentan, mientras que los sacrificios y las afectaciones sociales, antes inconcebibles por inaceptables, se normalizan.

Ilustración: Víctor Solís

Las investigaciones cada vez más numerosas sobre el carácter sociogénico del cambio climático y de la degradación ambiental muestran de manera certera los límites biofísicos que el planeta impone a las proyecciones de expansión infinita de la economía capitalista. En 2009, por ejemplo, el Centro de Resiliencia de Estocolmo identificó nueve fronteras consideradas como “espacios seguros de operación para la humanidad”.1 Dado que éstas aluden a procesos reguladores de la estabilidad planetaria, su transgresión podría significar cambios ambientales irreversibles e inciertos a escala global. El balance reciente de estas fronteras muestra que algunas ya han sido traspasadas, tal es el caso de la diversidad genética y los ciclos biogeoquímicos del fósforo y el nitrógeno; algunas otras, como el cambio climático y el cambio de uso de suelo, se ubican en una zona de riesgo creciente; otras no han podido ser cuantificadas, como la carga atmosférica de aerosoles y la introducción de entidades químicas novedosas; y aquellas que no han alcanzado niveles críticos, como la acidificación del océano o el agotamiento de agua dulce, podrían hacerlo debido a la interacción e interdependencia que guardan con las demás.2 Esto, además de trazar escenarios indeseables, nos muestra la celeridad con la que la sociedad capitalista ha perturbado al sistema Tierra. Para ejemplificar, en 3 millones de años, las temperaturas nunca habían superado el límite de los 2 °C, ahora en tres generaciones nos encaminamos a un aumento de entre 3 °C o 4 °C.3

Dado que las condiciones biofísicas planetarias son el medio y el requisito de cualquier tipo de sociedad, para pensar trayectorias posibles y deseables hay que entender las condiciones objetivas y subjetivas que nos mantienen arraigados a un modelo de producción social y ambientalmente insostenible. Ello nos plantea el reto intelectual y político de indagar y frenar a los sujetos, las instituciones, las ideas y las relaciones sociales que agudizan la destrucción socioambiental.

Al respecto, cabe destacar el papel que tienen las grandes corporaciones como rectoras de la economía y la política mundiales y como principales causantes de la destrucción ambiental.4 Ya sean las noventa empresas extractoras de carbón y petróleo y productoras de cemento, generadoras del 63 % de las emisiones históricas de gases de efecto invernadero (GEI) en el mundo;5 las empresas agroindustriales vinculadas a la deforestación;6 o los bancos que sufragan a empresas dedicadas a ampliar la explotación de combustibles fósiles en zonas de alto riesgo con técnicas altamente destructivas como la fractura hidráulica (p. ej. Scotiabank, HSBC, Santander);7 cada uno de estos casos muestra los efectos destructivos acumulados de alcance global que traen consigo las operaciones empresariales en los sectores extractivo, productivo y financiero.

Aunque la idea de frenar la libre acción de las corporaciones es urgente para la supervivencia de todas las especies que cohabitamos el planeta, sin duda es opuesta a la doxa neoliberal de la no regulación y a la dinámica capitalista que funciona a partir del crecimiento permanente y acelerado. De ahí que, en el ámbito de la política hegemónica, nacional e internacional, se insista en promover “soluciones” que en medio de la catástrofe preserven los negocios. Lo que evidencia un desentendimiento profundo respecto a las necesidades sociales y a las dinámicas ecológicas planetarias. En ese sentido, podemos enunciar tres estrategias que en el contexto actual son omnicidas: el negacionismo climático, la respuesta tecnológica conservadora y la salida militar.8 Pese a sus diferencias, el rasgo común de este trío de opciones está en su empeño por negar la responsabilidad de las corporaciones como causantes y beneficiarias de la catástrofe ambiental, social y climática.

El negacionismo climático hace referencia a un conjunto de acciones encaminadas a deslegitimar la evidencia científica respecto a la gravedad y causas del cambio climático, así como a postergar o evitar las regulaciones que pudieran afectar las operaciones de los negocios asociados a la extracción y quema de combustibles fósiles. En 1989, por ejemplo, se conformó la Coalición Global por el clima, grupo integrado por empresas como Exxon, General Motors Corporation, Shell Oil y British Petroleum, cuyo objetivo era oponerse a las políticas de reducción de emisiones de GEI.9 Aunque la coalición se disolvió en 2002, algunos miembros, incluido el Instituto Estadunidense del Petróleo, continúan cabildeando en ese sentido.10 Asimismo, entre 1997 y 2016, la petrolera de origen estadounidense Exxon Mobil destinó por lo menos 35 millones de dólares a más de setenta organizaciones dedicadas a propagar la duda sobre la existencia del cambio climático.11 Los argumentos empleados por los negacionistas son básicamente los siguientes: el cambio climático no existe; si existe, es un proceso natural, no sociogénico, y sus efectos no serán tan graves; o de serlo nos adaptaremos o resolveremos; de forma que lo expuesto por la ciencia es falso, exagerado e innecesario para la toma de decisiones. La reacción negacionista, además de haber corroído profundamente a la política climática, ha impactado a la discusión más amplia sobre la destrucción ambiental. La respuesta tecnológica conservadora es reflejo de ello.

La idea de que “la tecnología nos salvará” parte de la premisa de que la destrucción ambiental es un problema de eficiencia en el consumo y procesamiento de recursos y no resultado de una lógica basada en la acumulación infinita de ganancias que organiza de manera autodestructiva la vida social, política y económica. Este optimismo tecnológico es históricamente infundado. Lo que hemos podido ver en el marco de una economía capitalista es que las innovaciones en eficiencia siempre han venido acompañadas de una expansión económica y por tanto de un mayor consumo de recursos. En el año 1700, por ejemplo, el consumo per cápita de energía era de 38 Gigajoules anuales (GJ); en 1900, aumentó a 56 GJ y de ahí a cerca de 80 GJ hacia finales del siglo XX; como referencia, el contenido energético de un barril de petróleo es de alrededor 6 GJ.12

La respuesta tecnológica conservadora implica aceptar técnicas cada vez más disruptivas con el clima y el ambiente en aras de contrarrestar el agotamiento de los recursos y el deterioro del planeta sin modificar sustancialmente el modelo económico. Tal es el caso del fracking o fractura hidráulica, y de la manipulación deliberada del sistema climático, también conocida como geoingeniería.13

Aun cuando lo que se requiere es una transformación tecnológica radical acompañada de un cambio económico, político y social, las previsiones de los actores político-empresariales que alimentan el negacionismo climático y la salida tecnológica conservadora se dan en función de un sólo escenario: la preservación de sus tasas de ganancia. A medida que la destrucción ambiental se agudiza y la disponibilidad de fuentes de energía y materia disminuye, la respuesta militar se fortalece. Se adopta un lenguaje y una lectura militarizada del problema; las zonas de provisión de recursos se vuelven áreas de conflicto y las resistencias socioambientales objetivos de guerra o potenciales enemigos.

Las ventajas de incorporar el problema ambiental a la lógica militar están en que permite  justificar el intervencionismo en territorios con amplia disponibilidad de combustibles, minerales, agua, tierra, etcétera; manipular el imaginario social al hecho de que la guerra y la competencia es el único escenario posible; y encubrir la responsabilidad del complejo militar-industrial para el cual la guerra también es un negocio.  

El negacionismo, la respuesta tecnológica conservadora y la lógica militar son rutas directas hacia la modificación radical, irreversible e irreparable del estado y la composición de los subsistemas del planeta (la litosfera, la hidrosfera, la biosfera y la atmósfera) por causas y comportamientos de orden económico, geopolítico, militar e imperial. En este contexto, es importante recalcar que los escenarios planteados por las estrategias bélico-empresariales no son destino sino posibilidades, lo que implica que la factibilidad de reorganizar la vida de manera justa y sostenible dependerá en gran medida de la capacidad colectiva de frenar estas dinámicas y de imaginar, organizar y disputar otros futuros posibles.

 

Maritza Islas Vargas


1 Rockström, J. et al., Planetary boundaries: exploring the safe operating space for humanity”, Ecology and society, 2009, 14(2).

2 Stockholm Resilience Center, “The nine planetary boundaries”, 2015. 

3 NASA, “Global Temperature”, 2020.

4 Ornelas, R., coordinador. Estrategias para empeorarlo todo. Corporaciones, dislocación sistémica y destrucción del ambiente, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Económicas, 2020.

5 Véase el listado de las mayores contribuyentes en Heede, R. “Tracing anthropogenic carbon dioxide and methane emissions to fossil fuel and cement producers, 1854– 2010”, Climatic Change, 122(1-2), 2014, pp. 229-241.

6 ETC Group, ¿Quién nos alimentará? La red campesina alimentaria o la cadena agroindustrial, ETC Group, 2017.

7 Véase el listado completo en Rainforest Action Network, Banking on climate change. Fossil fuel finance report, 2020, pp. 10-11.

8 Para un análisis detallado de estas estrategias se recomienda ver: Islas, Maritza, “Preservación del capitalismo y destrucción del ambiente: obstinación corporativa y estrategias prosistémicas”, en Raúl Ornelas, coordinador, Estrategias para empeorarlo todo. Corporaciones, dislocación sistémica y destrucción del ambiente, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Económicas, 2020.

9 Desmog (s/f. c). Global Climate Coalition.

10 Ídem.

11 Desmog (s/f. a). ExxonMobil’s Funding of Climate Science Denial.

12 Aguayo, F. “Transiciones energéticas: agotamiento y renovación de los recursos energéticos”, en González Casanova, P., coordinador, Conceptos y Fenómenos Fundamentales de Nuestro Tiempo, México, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, 2012.

13 ETC Group, Geoingeniería. El gran fraude climático.ETC Group, 2018.