Cómo revertir una transición energética en cinco meses

El Foro Económico Mundial reconoce que la pandemia y la guerra en Ucrania han impactado los mercados energéticos globales y por ende a las transiciones energéticas en el mundo. Esto último se debe a que la reactivación de la economía pospandemia trajo consigo un aumento en las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI); además, el conflicto bélico ocasionó un alza de precios energéticos dificultado el crecimiento económico, en particular el sostenimiento de operaciones en sectores intensamente energéticos como las industrias del acero, del aluminio o del amoniaco. El encarecimiento en esas y otras industrias creó un efecto dominó que afectó a las cadenas globales de suministro encareciendo, por tanto, la vida de la población mundial.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Déjà vu

Esta situación se siente como un déjà vu. ¿No habíamos experimentado algo parecido antes? Esto se reafirma con experiencias como el embargo petrolero de la OPEP en 1973, la crisis de petróleo iraní en 1979, el colapso del precio petrolero en 1986, y la guerra iraquí en 1991. Todos estos acontecimientos han mostrado que los precios del petróleo son un determinante del desempeño económico mundial, y guían la volatilidad de los precios energéticos por el tiempo que duren. Ahora bien, las afectaciones económicas se diferencian y son asimétricas entre las naciones.

El evento bélico que ahora nos ocupa no sólo involucra al petróleo sino también al gas natural, trasciende fronteras y afecta tanto a países desarrollados como en vías de desarrollo. La condición de vulnerabilidad de una transición energética no estuvo blindada por el nivel del desarrollo. En Estados Unidos, donde se daba por hecho que la operación de carboeléctricas había alcanzado su cénit en 2007, para 2021 tales centrales aún generaban 22 % de electricidad, y en 2022 hubo un crecimiento adicional de 4 %. En Reino Unido, a principios de diciembre de 2022, se anunció la reapertura de una mina de carbón, la primera en tres décadas. El mineral no sería destinado a la generación de electricidad sino a la producción de acero o a la exportación; se ha declarado que la mina operará por cincuenta años.

El caso más emblemático del impacto de la guerra en Ucrania en la transición energética en un país desarrollado sin duda le corresponde a Alemania, cuya Energiewende inició hace treinta años acentuando el uso energético eficiente en electricidad, transporte y vivienda, y con claros objetivos de adopción de fuentes renovables. Ante el conflicto, el retiro de carboeléctricas para 2022 se aplazó. Es más, algunas centrales fueron reactivadas hacia julio de 2022, cinco meses después de iniciada la guerra en Ucrania. Además, las tres nucleoeléctricas que aún operan en el país no serán retiradas sino hasta abril de 2023. El ejemplo alemán representa el epítome de la adicción europea a los hidrocarburos rusos baratos, en particular el gas natural, considerando que el 45 % de las importaciones del energético provienen de Rusia. Se ha señalado que la crisis actual apresurará la adopción de energías renovables a corto plazo, aunque se observa que la despetrolización está siendo relegada y se siguen buscando proveedores alternativos de gas natural.

En América Latina, la guerra en Ucrania provocó perturbaciones en los sectores de explotación y comercialización de hidrocarburos, de minerales y en la producción de agroalimentos. Tales impactos se han sumado a los recientes efectos de una pobre recuperación pospandemia y anteriores crisis. Lo que parece un factor común a la región es la insistencia en el extractivismo como modelo de crecimiento, mismo que se enfatiza ante la “oportuna” alza de precios de materias primas. En relación a la transición energética regional, la situación es variable debido a los diversos estados de avance; hay líderes claros como Uruguay y países con rezagos serios como Haití. En general, el impacto de la volatilidad en mercados energéticos podría ser pronunciado en el avance de la transición energética.

En México, dada la limitada relación comercial con Rusia y con Ucrania, se estima que el impacto sobre la actividad económica podría ser reducido, aunque con posibles afectaciones focalizadas en la provisión de algunos productos. Es importante reconocer que el suceso bélico aumentó la inflación y esto podría retractar el avance de la transición energética nacional.

Algunas explicaciones pertinentes

Si bien no hay una definición única sobre el significado del término “transición energética”, se podría creer que involucra cambiar los combustibles fósiles por fuentes renovables. El término suele definirse desde el sector que la mira; una definición de la que podríamos partir es “un cambio estructural a largo plazo de los sistemas energéticos (primarios)”. Debe añadirse que la transición energética no sigue un patrón definido ni específico; de hecho, se nota una clara diferencia por país dependiendo del contexto histórico, tamaño de país, estado de la economía, desarrollo tecnológico y dependencia en importaciones. Históricamente, las transiciones energéticas han resultado en una gradual descarbonización (no intencionada) de la matriz energética primaria que en promedio toma alrededor de cien años.1

Con los retos globales actuales, hay una necesidad de acelerar las transiciones energéticas e incorporar dimensiones socioeconómicas, ecológicas y geopolíticas. Existen métricas para medir el grado de avance a través de índices simples y compuestos; entre los primeros se listan indicadores de uso, consumo, capacidad, composición, entre otros, a niveles internacionales, nacionales e incluso regionales. Por su parte, entre los índices compuestos se encuentran aquellos desarrollados por la Agencia Internacional de Energía, la Agencia Internacional de Energías Renovables, el Banco Mundial o el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas. Sin embargo, todos estos indicadores monitorean partes específicas de la transición energética, tales como sustentabilidad y seguridad energética, que juntas no dan un panorama integral de la transición energética.

Uno de los indicadores que captura la complejidad de interacciones en los sistemas energéticos es el Índice de Transición Energética (ITE) del Foro Económico Mundial; se compone de tres fundamentos de los sistemas energéticos: 1) seguridad y acceso, 2) sustentabilidad ambiental, y 3) desarrollo económico y crecimiento. Asociados a los fundamentos se encuentran seis dimensiones habilitadoras para la transición: estructura del sistema energético, capital e inversión, regulación y compromiso político, capital humano y participación del consumidor, infraestructura y ambiente de innovación de negocio, instituciones y gobernanza; las dimensiones se calculan usando 23 indicadores.

En 2021, el ITE fue calculado para 115 países para un periodo de diez años. En ese año, el promedio global fue 59.35, en una escala donde cero sería ninguna transición y 100 una transición energética total; 92 países tuvieron avances en su procesos de transición pero sólo 13 registraron avances constantes. Los tres países líderes fueron Suecia (ITE de 79), Noruega (77) y Dinamarca (76). Entre los diez punteros sólo dos de las grandes economías estaban incluidas: Reino Unido (72) y Francia (71). Alemania se situaba en el lugar 18 con un ITE de 68, en tanto que Estados Unidos ocupó el lugar 24 con un ITE de 67. China mostró avances significativos posicionándose en el lugar 68. Canadá, Brasil, Malasia, Singapur y Malasia permanecieron estancados. México ocupó la posición número 46 con un ITE de 62. Estos datos aún no reflejaban los efectos de la guerra en Ucrania.

A modo de cierre

Históricamente las experiencias sobre transiciones energéticas en el mundo han mostrado ser un proceso complejo que esencialmente ocurre a largo plazo; así hay que ser realistas y cautos en esperar un cambio profundo en los sistemas energéticos actuales en los próximos veinte o treinta años. Esto no significa que no se deban hacer esfuerzos por acelerar los procesos de transición, más aún ante los actuales retos globales. La ocurrencia de eventos geopolíticos tales como la guerra de Ucrania pueden retrasar o incluso revertir procesos de transición energética, sin embargo, también dejan lecciones importantes que haremos bien en estudiar.

El proceso de transición energética no es exclusivo del sector eléctrico, éste es un componente más del sistema energético y en términos de emisiones GEI tampoco es el más importante, ese lugar usualmente le corresponde al sector transporte. El sistema energético se compone de otros subsectores cotidianos a la vida de la población como el sector agrícola y de provisión de alimentos, el sector de la construcción y vivienda y la industria. Otra dura lección es para países importadores de energéticos y la velocidad con que se da un paso a otra condición estable. De manera importante se observa que las perturbaciones cortas ocasionadas por un conflicto podrían tener efectos a mediano o incluso largo plazo. No hay recetas ni modelos a imitar, y sí debe haber una reflexión profunda e integral de la transición energética propia, bajo las condiciones locales y considerando a la sociedad que nos rodea en todo momento, no sólo mediante métricas sino en los rostros que hay detrás.

 

Gabriela Muñoz Meléndez
Profesora-Investigadora, El Colegio de la Frontera Norte


1 Simil, V. Energy Transitions: Global and National Perspectives, Prager, 2017.