Cambio climático y el riesgo para la producción de alimentos en México

México es un país ampliamente agropecuario desde donde se le mire. Desde un punto de vista geográfico, tres cuartas partes (72 %) del territorio están dedicadas a la ganadería y la agricultura (14 %). En términos demográficos, al menos 26 millones de habitantes del país dependen directamente del campo, aunque la cifra es mucho mayor si se toman en cuenta todas las cadenas de suministro (por ejemplo, los transportistas de alimentos, los almacenistas y quienes comercian en mercados o centrales de abastos). Y si lo planteamos en términos históricos, hasta 1960 más de la mitad de la población vivía en asentamientos rurales que dependían directamente del agro, por no mencionar lo indivisible de la cultura mexicana a su propia gastronomía y tradiciones. No obstante, en la actualidad el campo mexicano se enfrenta a diversas crisis que ponen en riesgo la seguridad alimentaria del país.

Ilustración: Guillermo Préstegui
Ilustración: Guillermo Préstegui

Uno de los riesgos más preocupantes para la producción de alimentos nacional es la alteración del clima, como resultado del cambio climático global. Los cambios en la temperatura y la precipitación, los eventos climáticos extremos y las modificaciones en la estacionalidad de la lluvia, son terribles para la producción agrícola y ganadera, como hemos mostrado en diversas investigaciones. Gracias a las mismas hemos podido distinguir patrones clave que pueden servir para guiar la adaptación y la mitigación del agro mexicano frente al cambio climático, mismos que desarrollaré a continuación.

En primer lugar, se encuentran los eventos climáticos extremos. Se trata de fenómenos puntuales de relativa corta duración —aunque la última sequía en el norte de México duró más de seis meses— asociados a valores excesivos de lluvia o temperatura, tanto en exceso como faltante. Uno de los impactos del cambio climático ha sido exacerbar su frecuencia y su duración, como hemos podido observar en las últimas dos décadas con sequías extraordinariamente fuertes y recurrentes (tres de las peores sequías del siglo sucedieron en los últimos diez años: 2011, 2021, 2022). Estas sequías son terribles para la ganadería y la agricultura de temporal, llevando a la muerte de hatos completos y a la pérdida de grandes extensiones de cultivos. Lamentablemente, una vez que nos encontramos frente a estos eventos, las opciones para reducir su impacto son muy pocas. Esto hace que sea esencial contar con un sistema de alerta temprana, que avise a los productores el riesgo potencial que enfrentarán en los próximos meses de acuerdo con el pronóstico climático y que les permita tomar las precauciones adecuadas.

La segunda forma en la que nos estamos enfrentando, y nos enfrentaremos al cambio climático son los cambios en la estacionalidad de las lluvias. En particular, se ha registrado un inicio cada vez más tardío de las precipitaciones y un aumento en la duración de la canícula. Estos dos eventos son perjudiciales particularmente para la agricultura de temporal, que depende de precipitaciones predecibles en tiempo y magnitud. En este caso, un elemento clave para permitir que los cultivos de temporal sobrevivan durante estos periodos críticos será la retención de humedad en el suelo. Herramientas y soluciones agroecológicas, como las compostas o el abono bocashi, han resultado ser muy eficientes, aportando además nutrientes a los cultivos a un precio menor que los fertilizantes químicos. Sólo se necesita impulsar su uso y aplicación a nivel nacional y seguramente veremos disminuidos los impactos más terribles de la escasez hídrica.

Finalmente, tenemos los cambios que se suscitarán en el largo plazo. Se trata de un aumento paulatino en la temperatura a nivel nacional y una disminución potencial en las precipitaciones que sucederá al menos de manera continua por los próximos ochenta años. Frente a ello, nuestros sistemas de producción de alimentos —todos ellos— están en grave riesgo a menos que se suscite un cambio sistémico de fondo. Será fundamental transitar de los sistemas intensivos de monocultivo a alternativas sustentables de manejo agroecológico, tales como los sistemas silvopastoriles —que manejan ganadería y árboles— o los agroforestales —con cultivos y árboles—, con una amplia gama intermedia. Todos estos sistemas han probado ser mucho más resilientes frente al cambio climático, al necesitar menores insumos y proveer una producción diversificada. Nuevamente, para su implementación únicamente hace falta promoverlos, y un cambio en la mentalidad productiva a nivel nacional.

Figura 1. Formas del cambio climático actuales y futuras, así como sus potenciales impactos sectoriales y algunas propuestas de adaptación sugeridas por la ciencia actual

Figura 1. Formas del cambio climático actuales y futuras, así como sus potenciales impactos sectoriales y algunas propuestas de adaptación sugeridas por la ciencia actual
Fuente: elaboración propia

En el caso del cambio climático, la realidad nos ha alcanzado. Eventos como la sequía en el norte de México este 2022 o los intensos huracanes en el sur, son resultado del mismo. Sus impactos en la producción de alimentos no se han dejado esperar. Si bien no nos hemos enfrentado a escenarios de escasez, si se ha traducido en un aumento importante en el precio de muchos productos agrícolas —gran parte de la inflación en el costo de la canasta básica se debe justamente a la sequía—. Se necesita implementar mecanismos de adaptación a la brevedad o nos podremos enfrentar a escenarios de falta de alimentos o a una enorme dependencia de las importaciones —como ya es el caso del arroz1 o de la soya2—.

 

Guillermo N. Murray Tortarolo
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad

Este texto es una colaboración entre nexos y la Sociedad Científica Mexicana de Ecología


1 México era casi autosuficiente en la producción de arroz hasta 1980, de allí hemos venido importando cada año más grano y en la actualidad el 80-90 % del consumo viene de las importaciones.

2 Importamos el 95 % de la soya que se consume en el país.

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Publicado en: Crisis climática, Hallazgos