¿Bombardear las nubes para combatir la sequía?

Nos encontramos nuevamente en medio de una sequía extraordinaria, que, por tercer año consecutivo, disminuye los niveles de agua en la mayor parte de México y amenaza nuestra producción agrícola, industrial y provisión para nuestras ciudades. De acuerdo con los datos del monitor mexicano de sequía, el área afectada por el déficit hídrico ya alcanzó más del 70 % del país, con una cuarta parte del territorio enfrentando una sequía severa y de larga duración. Esto fue ocasionado por un tercer año consecutivo del fenómeno La Niña, como expliqué en una nota anterior.

Agua. Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

A raíz de lo anterior, nuestras presas y embalses se comienzan a quedar sin agua. Por ejemplo, los tres embalses que conforman el Sistema Cutzamala (principal proveedor de agua dulce a la Ciudad de México) se encuentran por debajo de la mitad de su capacidad1 y están disminuyendo vertiginosamente. Lo mismo ocurre con Valle de Bravo que está al 49.7 % y Villa Victoria en un 34.1 %. De hecho, de las 210 presas que tiene México, únicamente 39 están al 100 % de su capacidad. Las consecuencias ya se están viviendo en diferentes municipios y ciudades, y muy posiblemente sólo se recrudezcan en los próximos dos meses, antes de que comiencen las lluvias.

En lo personal me resulta increíble la poca previsión que ha existido al respecto a nivel nacional. La predicción de la disminución de las lluvias se hizo hace más de seis meses y nuevamente nos encuentra sorprendidos. Esta situación acarrea un creciente número de impactos sociales y económicos que sólo aumentarán en los próximos meses. Así, en lugar de prevenir de antemano, se ha comenzado a proponer una solución de muy dudosa confiabilidad científica: el sembrado (o bombardeo) de nubes.

El sembrado de nubes consiste en la liberación de partículas químicas que favorecen la condensación. Los dos compuestos más utilizados son el yoduro de plata y el hielo seco (dióxido de carbono enfriado). La lógica detrás del procedimiento es la capacidad que tienen estos componentes para hacer que se “peguen” las gotitas de agua existentes, aumenten de tamaño y entonces se precipiten.2 La ventaja es que ambas sustancias son prácticamente inertes y no generan daños ambientales o a la salud humana. Entonces, en teoría, podemos tener lluvia de manera sencilla y sin impactos. Hasta aquí todo suena maravilloso, ¿pero realmente funciona?

Las evidencias científicas sobre el funcionamiento del bombardeo de nubes son muy dudosas y extraordinariamente dependientes del lugar donde se lleva. Su eficacia se ha probado de manera parcial únicamente en lugares fríos, donde ha demostrado aumentar ligeramente las nevadas invernales. Fuera de dichas regiones, su utilidad es completamente incierta, particularmente en sitios cálidos. En una revisión de más de 800 estudios sobre bombardeo de nubes, la Academia de las Ciencias de Estados Unidos (National Academy of Science), concluyó que este procedimiento no aumenta de manera significativa las precipitaciones, y aun en los pocos casos en los que parece que sí, la eficacia es menor a un aumento del 10 %.3 En otras palabras, el procedimiento no tiene respaldo científico y, aun cuando la ciencia estuviera equivocada —que parece poco probable—, su eficacia es prácticamente nula.

Al final no existen soluciones mágicas para hacer frente a una baja en las precipitaciones. La tecnología actual para el manejo del clima está en pañales, con pruebas muy poco convincentes de su utilidad. Más aún, no acabamos de comprender todas las consecuencias que podría tener el tratar de modificar el clima a través de la geoingeniería. Nuestro planeta es un sistema complejo y, muchas veces, la alteración de una pieza suele desencadenar un efecto dominó sobre cosas que nunca nos imaginamos —el famoso efecto mariposa—. Lo mejor que podemos hacer para enfrentar la sequía es prevenirnos y generar mecanismos de antelación para hacerle frente, en lugar de tratar de enfrentarla cuando ya la tenemos sobre nosotros.

Por suerte, el fenómeno de La Niña ha llegado a su fin y con esto muy posiblemente será el fin de la terrible sequía que hemos sufrido los últimos tres años. No obstante, la sequía fue, es y seguirá siendo un fenómeno recurrente en nuestro país,4 de ahí que sea momento de comenzar a crear sistemas de uso, reciclaje y almacenamiento de agua capaces de enfrentarla, y dejar de pensar en este evento como una excepción o algo extraordinario. El manejo del clima, a través del bombardeo de nubes, no es una solución realista, eficiente o útil; es necesario mejor replantear cómo hacer frente a la sequía de manera previsoria y no espontánea.

 

Guillermo N. Murray Tortarolo
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad

Este texto es una colaboración entre nexos y la Sociedad Científica Mexicana de Ecología


1 Al 45.5 % de acuerdo con el último reporte de Conagua para mediados de abril.

2 El nombre que se da a los compuestos con esta propiedad es “núcleo higroscópico” y pueden ser cosas tan sencillas como sal, polvo o humo, aunque los dos utilizados han probado ser los más eficientes en la formación de nubes.

3 En momentos de sequía como el actual en el centro de México, un aumento de lluvias del 10 % no se verá reflejado en los embalses, porque toda la humedad quedará retenida en el suelo.

4 Por ejemplo, hemos tenido sequías terribles en 1987, 1994, 2000, 2011 y 2021.

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Publicado en: Hallazgos