“El primero tocó su trompeta. Entonces hubo granizo y fuego mezclados con sangre… Y la tercera parte de la tierra se quemó; también la tercera parte de los árboles se quemó, y toda la vegetación verde se quemó. El segundo ángel tocó su trompeta… Entonces algo parecido a una montaña grande en llamas fue arrojada al mar…”
Apocalipsis 8:7-14:20

Como en una visitación del infierno, la Tierra arde hoy día. El calor abruma y la desesperanza se apodera de muchos; en otros la ansiedad crece, y la idea de un final fatal parece rondar en las mentes y en los corazones de algunos en diversas partes del mundo. Hay quienes empiezan a prepararse para escenificar la “última cena», ante los augurios de que el fin del mundo aguarda a la vuelta de la esquina. Quizá, como en una réplica del terror medieval por la llegada del año mil y lo que se creía que era el fin de los tiempos, habrá quienes estén dispuestos a deshacerse de sus riquezas materiales, para expiar sus pecados y merecer la salvación.

El verdadero fin del mundo que parece avecinarse no es uno que acabe con la vida planetaria, sino el fin de un mundo que degrada y destruye la vida, terminar con un mundo que descansa sobre el sometimiento de cada vez más personas, de cada vez más naturaleza para ponerla al servicio del mercado, de la satisfacción de los privilegios y la gula de un reducido número de privilegiados.

India y Pakistán tuvieron el pasado marzo sus días más calurosos en más de 120 años: 1800 millones de personas resultaron afectadas por esta ola de calor. En mayo Delhi alcanzó 49 grados. Más de 700 mil muertes al año en India son atribuidas al calentamiento global. El sur de Francia experimenta olas de calor no imaginadas, en algunas zonas está alcanzando los 40 grados, en un momento en el que el verano aún no llega. En España, algunas ciudades de Andalucía han sobrepasado los 40 grados. El año pasado se superaron en esta misma región los 47 grados.

El calor agobia distintas partes del mundo. En México la sequía estrangula a las personas y a las ciudades, las grandes metrópolis, Monterrey, Ciudad de México entre otras, sufren escasez de agua. California y las regiones polares padecen calores inéditos, y en algunas otras partes del mundo, las inundaciones y lluvias extremas devastan comunidades sin grandes miramientos. La naturaleza parece decidida a mostrar su gran poderío, reiterandonos a los humanos que es ella quién nos determina en última instancia. Es la naturaleza, el llamado reino de la necesidad, el que parece domesticar y decirle la última palabra al mundo humano, el llamado reino de la libertad. Ésta es una libertad que destruye, libertad que aniquila los fundamentos de la vida.

Nada parece detener el calentamiento del planeta, y nada lo detendrá, mucho menos si se insiste en llevar a cabo medidas cosméticas, socialmente autocomplacientes para enfrentarlo, dejando intactas las estructuras de poder y el orden social que lo provoca. Ese es el caso de las pretendidas acciones de la comunidad internacional para hacerle frente, particularmente toda la parafernalia de la política internacional y de las cumbres climáticas.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Treinta años perdidos de cumbres climáticas

Treinta años han pasado de cumbres climáticas, de reuniones para decidir el futuro del clima planetario desde la creación de la Convención Marco en Río de 1992 y, después de diversos acuerdos, de Kioto a París y de París a Glasgow. Una cosa ha quedado clara y es que las emisiones de gases de efecto invernadero no sólo no se han detenido, sino que han ido en aumento. Y lo que salta a la vista para explicar este fracaso no es muy difícil de entender. Todas las cumbres climáticas y todos los acuerdos alcanzados no han tenido como propósito salvar la vida planetaria, sino encontrar remedios baratos para los males que el sistema mundial provoca, para que este sistema degradante, y no la naturaleza y la vida humana, sobreviva y se reproduzca.

El Protocolo de Kioto, que se propuso reducir las emisiones globales en un 5 % con base a 1990, no tenía ningún instrumento para hacerlo vinculante, nadie fue castigado por no cumplir sus mandatos. Fue firmado por unos cuantos países y, los principales responsables de las emisiones, Estados Unidos y China, no lo firmaron o en otras palabras, no estaban obligados a reducir emisiones. Y los que sí lo firmaron, siguieron llenando al planeta de CO2.

El Acuerdo de París cuyo éxito fue medido por haber logrado que, por primera vez, los países acordaran un límite global al aumento de la temperatura del planeta de no más de 2 grados y aspiracionalmente de 1.5, decretó de inicio su propia muerte al no poder hacer obligatorias la reducción de emisiones, las cuales quedaron bajo la figura de “Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional”. Fue firmado por la mayor parte de los países del mundo, y esto no tuvo tanto que ver con las virtudes de la diplomacia francesa, como se asegura a menudo, sino a que nada de este acuerdo era obligatorio. En los hechos, no solo la meta ideal de 1.5 grados Celsius de aumento de la temperatura era irrealizable, sino también los 2 grados, porque con los ofrecimientos que las naciones hicieron para reducir emisiones, el clima del planeta subirá al menos alrededor de los 3 grados.

Entre el mundo de la fantasía y el mundo que exige cambios de raíz

Dos mundos paralelos, dos percepciones opuestas y sus catástrofes, de apuestas y de futuros parecen abrirse camino ante el cambio climático. Uno es el mundo de las apariencias, del epifenómeno, de la punta del iceberg, de las fantasías, de las ilusiones y de los reiterados intentos por negar la realidad, que afianza al sistema que devasta a la naturaleza y a la vida humana. Otro es el de las estructuras subyacentes, el fondo no visible del iceberg, de las causas últimas que provocan el componente humano del cambio climático.

El primero de estos mundos es el del desarrollo sostenible, el de las cumbres climáticas, el de los gobiernos nacionales, el de muchas Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), el de los personajes icónicos de la lucha contra el calentamiento. Todos estos actores movilizan y son movilizados por un discurso catastrofista, del fin del mundo, urgen a todos a la acción, apoyados por las aseveraciones y la fraseología vehementemente mediática del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, quienes han adquirido una insospechada autoridad para hablar de la verdad, con la verdad, por la verdad, lo cual les da un poder inimaginable ante el público para decidir entre el bien y el mal  quienes, como diría Alain Touraine, convierten en sagrado todo lo que tocan.

Todos ellos se muestran comprometidos con el planeta y con su gente, son muy piadosos, hacen filantropía, organizan fiestas de gala para recaudar fondos, creen en el buen corazón y la bondad de los más poderosos. Se trata de ponerse metas, los 2 grados Celsius, la meta de 1.5 grados. Metas, metas, metas irreales, imposibles, heroicas, que nadie va a alcanzar, que nadie va a cumplir, donde nadie saldrá castigado por no cumplirlas. En el fondo no se trata de resolver el problema, de alcanzar ninguna meta. Se trata de administrar los conflictos que nacen por no hacer nada. Mientras tanto, la barbarie avanza, el sistema se mantiene y reproduce, sus “voces críticas” son celebradas. Este es el mundo del discurso de los buenos, de las buenas conciencias, de la economía circular, de la economía verde, pero sin cambiar los estilos de vida, los valores consumistas, sin cambiar el confort y sin dejar de hacer negocios mientras todo alrededor desfallece.

El otro mundo, el de los críticos del sistema y de sus farsas, es el mundo de los “aguafiestas”, del que mira y habla desde los márgenes, desacreditado por los hombres del saber y los del poder y del statu quo. Desde esta mirada cuestionadora se habla de la existencia de una realidad más dura, más profunda, que trasciende las apariencias, un mundo que nadie quiere ver, de injusticias y desigualdad, que es el resultado del orden mundial  que el capital opera, el del mercado y el del sometimiento de todas y todos, de la naturaleza humana y no humana a sus designios, ese mundo que a todos nos cosifica, nos convierte en seres vacíos, objetos sin otra voluntad y propósito que no sea el de la mercancía y el capital.

En este mundo que existe debajo de las apariencias y de la frivolidad, es obvio que el desarrollo sostenible no sirve para resolver nada. Allí se muestra en toda su verdad por qué las promesas y las metas para estabilizar el clima planetario no solo son una ilusión, sino una farsa, un distractor, porque para alcanzarlas sería necesario trastocar, remover, transformar de raíz los factores de poder, las prácticas económicas, las formas de hacer sociedad de la modernidad capitalista.

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada en Glasgow (COP26) mostró lo ilusorio y vano de las propuestas para abatir el cambio climático. Sus metas no tenían sustento en la realidad, todas ellas han probado ser irrealizables: disminuir la deforestación mundial a la mitad para el 2030, acuerdos para eliminar el uso del carbón, acciones concretas para hacer descender el metano, medidas para disminuir gradualmente los vehículos a base de combustibles fósiles, abatir las emisiones derivadas del transporte, compromisos de los bancos, el sector privado, los gobiernos nacionales y las ciudades para el financiamiento verde para reducir el carbono, los célebres 100 mil millones de ayuda verde de Copenhague en el 2009. China e India antes de Glasgow más que disminuir, estaban aumentando el uso del carbón.

Y hoy, en el mundo post-pandemia, ante la guerra en Ucrania, ante la urgencia europea de deshacerse de su dependencia del gas y petróleo ruso, ante la subida de los precios del petróleo y los alimentos, y frente a la suspensión de la provisión de trigo de Ucrania e India al mundo, se ha desatado una fiebre del petróleo que ha vuelto a poner en escena la importancia de los fósiles en estos momentos, y la postergación de todo lo prometido para combatir el cambio climático.

El mundo arde, el planeta se cubre de fuego, pero lo que hoy arde es, sobre todo, este orden devastador, arden sus valores, su gula, su hipocresía, su hambre insaciable de naturaleza y trabajo humano. Es éste un incendio que destruye un mundo obsoleto, irracional, que solo es sostenible haciendo precaria y miserable la vida. Arde ese mundo cansado y monótono, pero de sus cenizas nacerá otro vigoroso y diverso, un fuego de vida, para encender de nuevo la pasión, los deseos, la voluntad de construir un mundo más humano, de esperanza y alegría. No olvidemos que el incendio es también fuego de vida y de futuro.

 

José Luis Lezama
Cofundador del Centro de Estudios Críticos Ambientales Tulish Balam