La sociedad humana transita por una crisis socioambiental que pone en riesgo la viabilidad de nuestra especie en el largo plazo y compromete la posibilidad de que las futuras generaciones cuenten con las condiciones necesarias para una buena vida, aspiración legítima en contraste con la opulencia y las desiguales contemporáneas.
La crisis civilizatoria actual nos muestra la contradicción entre los ideales de la Ilustración y la apuesta por la ciencia y la tecnología, en un momento en donde las condiciones para sostener la vida humana se encuentran en un estado de fragilidad y vulnerabilidad. Es una crisis civilizatoria porque la pretendida batalla contra la barbarie, y por la democracia y el bienestar material, se está topando con niveles de desigualdad y deterioro imaginadas sólo por las ficciones distópicas del siglo XX. La gran paradoja del presente es que, frente al avance en la ciencia y la tecnología, el reconocimiento de los derechos humanos, la democracia y las instituciones nacionales y multinacionales para el buen vivir, lo que prevalece es la violencia generalizada, sobre todo contra las mujeres, migrantes y pueblos originarios. La pobreza y las desigualdades se recrudecen, hay un aumento en las migraciones forzadas y en las violaciones a los derechos humanos, y además el deterioro ambiental compromete la viabilidad de las bases que sostienen la vida. A esto se añade la crisis de soledad, el vacío existencial y la falta de sentido con los que vive mucha gente.
Esta crisis civilizatoria es la característica más relevante del antropoceno, era geológica caracterizada por la impronta humana sobre la Tierra en la que el patriarcado, que mantiene la subordinación e invisibilización de las mujeres y todo aquello considerado como “femenino”, ha encontrado un medio idóneo para reproducirse e imponerse. El patriarcado, a su vez, descansa en la matriz androcéntrica que a continuación describo.

Androcentrismo
El androcentrismo, cosmovisión que afirma la supremacía masculina, naturaliza, justifica y legitima que todo orbite en torno a los hombres: los imaginarios, los símbolos y las prácticas —y su institucionalización—. Hace aparecer como natural —es decir niega su carácter cultural e histórico— la supeditación de lo femenino a lo masculino en todos los órdenes, el jurídico, el religioso, el institucional, el del lenguaje, en la sexualidad, en la moral y en la división social del trabajo.
El androcentrismo es uno de los pocos paradigmas ancestrales que ha resistido al paso del tiempo; es el imaginario central del patriarcado, estando en la base de todas las narrativas que, al naturalizarlo, lo hacen aparecer como eterno e inmutable. En este paradigma, lo masculino siempre será mejor, más perfecto y deseable que lo femenino. El androcentrismo ancla tal naturalización y justificación en supuestas diferencias “innatas” en las que los atributos de lo masculino tienen “mayor peso”. Se sustenta en narrativas y prácticas que refuerzan tales diferencias artificiales entre hombres y mujeres, atribuyéndoles características distintas, en muchos casos opuestas, y roles bien diferenciados, las cuales no tienen que ver con las diferencias anatómicas y fisiológicas. Esta diferenciación está cargada de prejuicios y suponen siempre una ventaja de los hombres frente a las mujeres.
A partir de ahí, el androcentrismo instaura diferencias de derechos, posibilidades, oportunidades y ámbitos de realización entre hombres y mujeres, con desventaja para ellas, creando condiciones de todo tipo para que sean sometidas, discriminadas, excluidas, marginadas y violentadas; mientras tanto, se otorgan privilegios a los hombres.
La nuestra es una civilización antropocéntrica, contraria a una biocéntrica; en otras palabras, resulta de tener a los seres humanos como centro y referencia de todo cuanto existe y del devenir de la historia, por lo que el resto de seres vivos y, en general, el universo que pueda estar a su alcance está a su entera disposición. Pero se trata de un antropocentrismo androcéntrico. No somos los seres humanos los que estamos por encima de todo, somos los varones. Las mujeres pertenecen al orden de lo supeditado.
El hombre del Androcentrismo es el artífice del antropoceno
El antropoceno es el resultado de las innovaciones tecnológicas de los siglos XVIII y XIX y su consecuente aplicación a un acelerado aprovechamiento de los recursos naturales del planeta bajo un “modelo minero de extracción”1 de la mano de la quema de combustibles fósiles. Desde hace dos siglos, pero sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, se efectúan profundas transformaciones sobre los elementos geofísicos y biológicos del planeta. El potencial de intervención intensiva sobre casi todos los elementos naturales del mundo ha llegado a niveles que rebasan en mucho su capacidad de regeneración.
Como nunca, el crecimiento económico desigual y depredador ha abierto una brecha gigantesca de desigualdad a escala global y dentro de cada país, acompañada de la generación de residuos contaminantes derivados de procesos industriales en una espiral de agotamiento, degradación y destrucción de gran parte de los elementos naturales (agua, suelo, cobertura vegetal, recursos genéticos y fauna). Estos procesos resultan en el incremento de la temperatura media global y la pérdida de la biodiversidad, así como en la alteración del agua oceánica y continental. Las versiones actuales de la pobreza, las pandemias, las hambrunas, la violencia, los conflictos territoriales, las migraciones, y hasta los desastres por el aumento en intensidad y frecuencia de los fenómenos naturales, forman parte del antropoceno.
En el antropoceno la humanidad está causando la sexta extinción masiva de especies en la historia del planeta. Explotamos ecosistemas forestales a tasas superiores al crecimiento de su constituyente arbóreo, capturamos muchos más peces y organismos marinos de los que nacen año con año y contaminamos su hábitat de manera creciente, incorporamos agroquímicos a los suelos para aumentar su productividad causando su agotamiento. Además, vertemos a la atmósfera mucho más dióxido de carbono (co2) que la fotosíntesis planetaria (terrestre y marina) es capaz de absorber.
Ello nos sitúa ante la inviabilidad del modelo de desarrollo adoptado a escala planetaria. Detrás de los niveles de consumo actuales, está una lógica económica de crecimiento ilimitado que no repara en lo pernicioso de sus prácticas. Esta tendencia concluirá con el colapso de la economía, llevándose consigo la viabilidad de la vida humana en el planeta.
Crisis civilizatoria
La crisis ecológica actual es un producto de la civilización industrial independientemente de su expresión capitalista o socialista; por lo tanto, es parte de un “modelo supremo” en donde la ciencia y la tecnología están puestas al servicio de los fines de este orden social antropocéntrico y androcéntrico. Y es en esta matriz en donde deben buscarse las causas de lo que hoy amenaza la supervivencia de la especie. La crisis ecológica del planeta no logrará resolverse mediante nuevas tecnologías, audaces acuerdos internacionales o un mero reajuste en los patrones de producción y consumo.
Esta crisis civilizatoria se expresa en un profundo contraste que es necesario descifrar en su unidad. En un extremo, están los grandes capitales financieros alimentando procesos de producción destinados a un consumo que ellos mismos promueven enfebrecidamente. En el otro extremo, están millones de personas que han hecho suyo el mandato de consumir, confundiéndolo con sus propios deseos, en un afán inconsciente por llenar vacíos afectivos, existenciales y espirituales propios de estados de desolación y soledad producidos por esa misma lógica consumista.
Esta crisis civilizatoria es resultado de una modelación del mundo conforme al estereotipo de masculinidad hegemónico, eminentemente androcéntrico. Diversas autoras han mostrado cómo el androcentrismo está también en la base de la vejación que la civilización masculina hace de la naturaleza, a la que identifica como femenina (energía fértil, dadora de vida, nodriza). De ella recibimos, como de una madre, nutrientes, abrazo que arrulla, contención de ansiedades y consuelo. La violencia masculina se despliega hasta abarcar prácticamente todas las dimensiones humanas, se vuelca contra todo y contra todas y todos, es una medusa que se ensaña y se reproduce sin pausa. El antropoceno no es sólo la huella de la presencia humana en la Tierra, es más bien la impronta de la violencia masculina justificada, legitimada y estimulada, hasta premiada, en el seno de la matriz androcéntrica.
El androcentrismo, y su expresión actual bajo el antropoceno, desembocan conjuntamente y son factores determinantes en la crisis civilizatoria. Su interacción compleja significa que no hay manera de entender esta crisis y enfrentarla de una manera atomista. Por ello, se requiere recurrir a un abordaje desde la complejidad, con perspectiva sistémica y de género. Es necesario entender los mecanismos de dominación en los distintos niveles sociales, desde los ámbitos familiares hasta lo más complejo de las prácticas sociales, en donde la constante es la violencia masculina, cuya reproducción, naturalización, justificación y legitimación está en la matriz androcéntrica. Sólo así estaremos en posibilidad de plantear alternativas realistas a este trinomio indivisible de androcentrismo, antropoceno y crisis civilizatoria.
Rafael González-Franco de la Peza
Doctor en filosofía de la educación por el ITESO y psicólogo social; consultor de organizaciones de la sociedad civil y de dependencias municipales, estatales y del gobierno federal.
1 Proceso intenso, acelerado y sin consideración alguna sobre los efectos de la actividad, obviando la capacidad de regeneración de la fuente del recurso, como si éste fuera inagotable, y negando sus impactos acumulativos. Definición libre.