
“Amigos, no hay amigos”.
—Aristóteles
Cada mañana, abrimos el periódico, revisamos titulares, y ahí está de nuevo. Otra declaración estrafalaria, otra decisión cínica, otra verdad manipulada. Pareciera que Estados Unidos es otro con Donald Trump. Pero no es así. Lo que vemos hoy es el imperio al desnudo, uno que ya no intenta maquillar sus intenciones. Sigue siendo la misma maquinaria imperial que persigue sus propios intereses económicos y geopolíticos. La idea de que Estados Unidos es el “faro de libertad” ha servido para enmascarar prácticas de dominación y explotación, disimular su búsqueda por el control de territorio y recursos estratégicos. Ha utilizado el soft power para proyectar una imagen de autoridad moral en la arena internacional, como si tuviera compromiso con la democracia, los derechos humanos y el desarrollo sostenible. Esta capacidad de seducción diplomática le ha permitido influir en las políticas y percepciones globales.
Aunque Estados Unidos nunca fue un verdadero líder en la acción climática, administraciones como la de Biden intentaron al menos recuperar la apariencia de compromiso, participando en acuerdos internacionales y promoviendo una transición energética parcial. Pero su enfoque, limitado y condicionado por el mercado, dependía de la continuidad política. Con la llegada de Trump, cualquier intento de mantener esa fachada se desmoronó. La ciencia climática dejó de ser incómoda y pasó a ser prescindible. En la nueva administración, la crisis climática ya no es un problema a resolver, sino una opinión más, un estorbo en la lógica del saqueo.
La posverdad y el borrado del cambio climático
En la era de la posverdad, la realidad no desaparece, pero se vuelve opcional. La crisis climática sigue ahí, documentada en estudios científicos, medida en temperaturas récord, visible en huracanes e incendios cada vez más violentos. Pero el poder puede ignorarlo. Trump, en su versión 2.0, ha perfeccionado esta estrategia. Su administración no se conforma con desmentir el cambio climático, sino que lo ha borrado del lenguaje institucional, está recortando fondos a investigaciones ambientales, desmantelando políticas climáticas y reduciendo presupuestos clave como el de USAID. No es sólo negacionismo, es una reconfiguración deliberada de la verdad.
Y en este juego, el espectáculo es la herramienta perfecta. En el capitalismo del entretenimiento que Trump encarna, la política no necesita ser verdadera, tener evidencia, sino tener capacidad para mover emociones y manipular. Así, el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero que es Estados Unidos, fácilmente puede deslindarse de su responsabilidad y además, hacerlo parecer como un acto heroico que los estadunidenses tanto necesitaban. Pero la posverdad no es sólo discurso. Se materializa en decretos, en recortes, en decisiones que moldean el futuro del planeta.
Trump y la política del saqueo
Desde el primer día de su mandato, Trump dejó claro que el cambio climático no formaría parte de su agenda. No bastaba con retirarse del Acuerdo de París, había que desmantelar cualquier estructura que obstaculizara la explotación irrestricta de recursos. Durante las primeras semanas de su administración, su gobierno emitió más de 45 órdenes ejecutivas para debilitar, reducir o eliminar regulaciones ambientales clave, según el Climate Backtracker del Sabin Center for Climate Change Law de la Universidad de Columbia.
El 20 de enero, apenas unas horas después de asumir la presidencia, Trump inició el proceso para abandonar el Acuerdo de París. Justificó su decisión con un discurso nacionalista en el que denunció que los acuerdos climáticos desviaban los recursos de los contribuyentes estadunidenses hacia países que “no lo merecen”. Para Trump, cualquier compromiso ambiental es un obstáculo para su visión de un Estados Unidos autosuficiente y hostil a cualquier regulación internacional.
Cuatro días después, el 24 de enero, firmó otra orden ejecutiva para “evaluar la efectividad” de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA). En una visita a las víctimas del huracán Helene en Carolina del Norte, insinuó que la agencia podría ser eliminada. En otras palabras, la respuesta federal ante desastres naturales quedaba en entredicho, justo en el momento en que más se necesita.
El desmantelamiento continuó con el recorte, hasta ahora, de cientos de puestos en la Agencia de Protección Ambiental (EPA). Menos personal, menos regulación, menos supervisión. Además, la administración de Trump ordenó a científicos del gobierno de Estados Unidos detener su trabajo en un informe climático del Panel Intergubernamental de Cambio Climático.
El 14 de febrero, Trump impulsó la creación del Consejo Nacional de Dominio Energético, una estructura diseñada para acelerar la producción de petróleo y gas a nivel doméstico. Con la consigna de drill, baby, drill, su gobierno está apostando por la expansión agresiva de los combustibles fósiles. Su lógica es perforar más, extraer más, consumir más. Bajo este mandato, la política energética de Estados Unidos dejó de lado cualquier pretensión de sostenibilidad para regresar a un modelo abiertamente extractivista.
Estas medidas forman parte de una estrategia de consolidar el dominio energético de Estados Unidos y para que las grandes industrias operen sin restricciones. No hay contradicción en negar el cambio climático mientras se intensifica la explotación de combustibles fósiles. Todo encaja dentro de una estrategia que requiere ver a la verdad como maleable y la política ambiental como un estorbo.
Silicon Valley, la ecología de la indiferencia
Pero el desmantelamiento ambiental de Trump no ocurrió en el vacío. Mientras la administración desregulaba y abría las puertas a la expansión de los combustibles fósiles, Silicon Valley observaba, calculaba y se alineaba estratégicamente. Ya sabíamos que sus esfuerzos de sostenibilidad eran más greenwashing que convicción. Pero en esta segunda administración, los tecnobillonarios ajustaron su postura sin titubeos. En la primera administración, confrontaron el negacionismo climático de Trump. Para este segundo mandato, ajustaron rápidamente sus estrategias para acomodarse a esta nueva amistad que les dejará jugosos beneficios en los próximos años.
El caso de Jeff Bezos es ilustrativo. Su Earth Fund, una iniciativa de 10 000 millones de dólares para combatir el cambio climático, decidió suspender su financiamiento a la Science Based Targets initiative (SBTi), una de las organizaciones más importantes en la certificación de compromisos empresariales con la descarbonización. Elon Musk, antes símbolo de la transición hacia la movilidad eléctrica, se alineó sin reparos a las decisiones del presidente. Mientras Trump desmantela incentivos para los autos eléctricos y revierte regulaciones ambientales, Musk aplaude la medida. ¿La razón? Tesla ya domina el mercado, y la eliminación de subsidios afectará más a sus competidores que a su propia empresa. No importa que estas políticas aceleren la dependencia de combustibles fósiles o socaven los esfuerzos globales para frenar el cambio climático, lo que importa es quién sigue ganando dentro del juego.
Musk, Bezos y Zuckerberg no son simples empresarios, son la oligarquía del siglo XXI. Su poder rivaliza con el de los propios gobiernos. Sus decisiones no pasan por el voto ni por el escrutinio público, pero moldean economías, políticas y, en este caso, el destino ambiental del planeta. Estos magnates podrían haber desafiado la agenda fósil de Trump, pero no lo hicieron porque, al final, su lealtad no es con la ciencia climática ni con la sostenibilidad, sino con la acumulación sin límites. Silicon Valley nunca ha sido una fuerza revolucionaria contra el sistema. Es el sistema en su fase más sofisticada.
El imperio sin máscaras, ¿una oportunidad o una amenaza más?
Al despojarse de su maquinaria simbólica, el imperio muestra su forma más cruel y despiadada. Sin el maquillaje del discurso, lo que queda es la estructura desnuda del dominio. Lo que estaremos viendo en los próximo años serán lógicas de extractivismo sin disimulo, acumulación sin restricciones. Pero Trump no creó esta lógica, sólo la está ejecutando sin filtros.
América Latina lo sabe bien. Estados Unidos nunca ha sido amigo del mundo. Pero si su poder de seducción se desvanece, quizá por primera vez en mucho tiempo, la región pueda pensarse sin su sombra. Y en esa fractura, América Latina podría encontrar la oportunidad de escribir su propio destino. La relación con Estados Unidos ha estado marcada por intervenciones, saqueo y subordinación. Pero si la influencia simbólica de Estados Unidos se debilita, se abre una grieta en la hegemonía. Y en esa grieta podría nacer algo distinto. Quizá esta sea la oportunidad de imaginar futuros que no estén dictados por los intereses de otros países y de construir nuestras propias reglas en la región. Pensar políticas ambientales desde la región permitiría escapar de las agendas impuestas desde Washington y Nueva York. Esto abriría el camino a propuestas que respondan a las realidades de quienes habitan estos territorios y no sólo a las prioridades del norte global.
Ana De Luca
Profesora-investigadora, Facultad de Ciencias, UABC. Editora de este espacio.