Lo último que uno quisiera en la vida es comer caca. Lo que nadie sabe es que salva vidas y es vital para todos los seres humanos. Esto no es nada nuevo. Ya lo sabían los chinos y está registrado en el libro Zhouhou Beijifang (o en español Fórmulas para tener a mano). Este libro es considerado el primer manual de emergencias médicas dirigido al público general, gracias a que describe tratamientos simples y utiliza materiales fáciles de conseguir para las recetas. Publicado entre los años 300 y 400, durante el período de la dinastía Jin del Este, la autoría del libro se atribuye al filósofo y médico chino Ge Hong. Sin embargo, dada la antigüedad del texto es posible que el libro actual sea un compendio de textos médicos escritos por diversos autores a lo largo del tiempo.
El libro en cuestión describe casi 2000 tipos de recetas diferentes para el tratamiento de diversos padecimientos mediante el uso de técnicas como la moxibustión (terapia con calor), la herbolaria, la administración de drogas y el manejo de dieta. Una de las recetas descritas en el libro se llama “Sopa amarilla” o “decocción Huang Long”, que consiste en una suspensión de heces fecales humanas que era administrada a través de la boca en casos de intoxicaciones por alimentos y diarreas severas. Así es: caca humana utilizada como medicina. Esta idea parece asquerosa e impensable pero en realidad el uso de materia fecal fue una práctica común en la medicina tradicional China. También se utilizaban heces de animales, como las de la ardilla voladora de dientes complejos (Trogopterus xanthipes) para tratar inflamaciones y dolores asociados a golpes y cólicos menstruales. Hoy se sabe que las heces de estas ardillas contienen compuestos como terpenoides, que poseen propiedades antiinflamatorias, lo que puede explicar su eficacia.
En el caso de humanos, la microbiota fecal se ha utilizado para estudiar los efectos de distintos tipos de dietas en la salud, así como para observar el intercambio de microorganismos que sucede entre humanos, el medioambiente y animales. Por ejemplo, un estudio reciente muestra que la microbiota de familias que hacen jardinería es más diversa que la de familias que no la practican. Además, la microbiota fecal permite monitorear la salud de ecosistemas mediante el estudio de las heces de animales silvestres, ya que se ha observado que una microbiota densa y diversa está asociada a un ecosistema sano y diverso. Por lo tanto, examinar las heces de animales como murciélagos o felinos silvestres puede ofrecer información valiosa sobre el estado de un ecosistema.
Esta línea de pensamiento nos lleva a pensar que los animales son indicadores biológicos del medioambiente, ya que la diversidad del microbioma en su intestino y en sus heces es también el reflejo de la disponibilidad de alimento que encuentran. Es decir, qué tan sano y diverso es un ambiente.

La formación del excremento
Excremento, heces, evacuación, o lo que coloquialmente conocemos como “popó” son términos que se refieren a un material que, aunque considerado desecho, conserva un valor nutritivo. Si ingerimos alimentos ricos en nutrientes, tiene sentido que el excremento mantenga, aunque cambiada, la propiedad de nutrir. Así, abonamos nuestros jardines con estiércol y los vemos crecer. La microbiota fecal mejora las propiedades del suelo. Cuando la tierra se abona con fertilizantes naturales provenientes del compostaje de materiales fecales, no solamente proveemos a la tierra de nutrientes como el nitrógeno y el fósforo, sino que enriquecemos la microbiota del suelo. Esta microbiota juega un papel en la disponibilidad de nutrientes para las plantas; las ayuda a prevenir enfermedades y favorece su diversidad en un ecosistema. Esto refleja una comprensión del flujo de materia y energía que sucede en los ecosistemas. La frase “nada se desprecia”, también puede ser llamada “el primer principio de la termodinámica” y nos dice que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma.
Ahora, con esta idea en mente, regresemos a la primera imagen del texto: la caca. ¿Cómo es que un delicioso tiramisú se transforma en una masa amorfa y asquerosa? Y más interesante aún, ¿en qué se transforma? Para descubrirlo, habrá que seguir los pasos del pequeño pedazo de tiramisú al que he dado una mordida en este momento:
- Boca: Primero, masticamos. Mientras nuestros dientes destrozan y trituran los fragmentos de helado y galleta con sabor a café italiano, la saliva brota de nuestras glándulas y suavemente humedece los pedacitos triturados. Las enzimas presentes en la saliva comienzan a digerir los carbohidratos desde este primer paso. El resultado: un alimento aplastado, húmedo y parcialmente digerido, conocido como bolo alimenticio.
- Esófago: Intermedio. El bolo desciende.
- Estómago: Toda nuestra atención se dirige al centro de nuestro cuerpo. Movimientos en forma de ligeras contracciones continúan revolviendo y triturando el bolo. Los “jugos gástricos” ayudan a digerir las proteínas y las grasas que aún podrían encontrarse en lo que hace apenas momentos era un delicioso tiramisú. Al finalizar su paso por el estómago, el bolo se convierte en una papilla semilíquida empapada en secreciones gástricas, a la que llamamos quimo.
- Intestino delgado: Aquí se desata el proceso más significativo de absorción de nutrientes. Las secreciones del páncreas, el hígado y del propio intestino se mezclan con el quimo. En este encuentro, los componentes complejos aún presentes en el quimo son transformados en formas más simples. En el intestino delgado, aquello que resta del tiramisú es desdoblado, absorbido por las vellosidades del intestino, ingresado al torrente sanguíneo y distribuido al cuerpo. En esta parte del proceso hemos sido nutridos.
- Intestino grueso (Pausa contemplativa): Es la parte final del tubo digestivo (y del trayecto de nuestro pedazo de tiramisú). En esta etapa, se absorben agua, sodio, potasio (es decir, electrolitos) y aquellos nutrientes que no fueron captados en el intestino delgado. Este órgano es testimonio de nuestra condición de ecosistema, ya que alberga aproximadamente 38 billones de bacterias. El intestino grueso es el hogar de la microbiota intestinal, que no sólo incluye bacterias, sino también hongos, protozoarios e incluso virus, que encuentran refugio en las criptas profundas y estrechas de la mucosa intestinal. ¿Su alimento principal? La fibra y los carbohidratos no digeridos que provienen del intestino delgado. Aquí, al igual que en un jardín o una selva densa, los productos resultantes de la “alimentación” de estos microorganismos se transforman en nutrientes que se liberan al entorno donde habitan.
La fermentación de fibra dietética por parte de la microbiota produce gases y ácidos grasos de cadena corta. Estos compuestos son una fuente de energía directa para las células del colon, mantienen la integridad de la mucosa sobre la que habita la microbiota y desempeñan varias funciones esenciales. Entre ellas, regulan la respuesta del sistema inmune, modulan la secreción de serotonina (hormona asociada a la sensación de bienestar), influyen en la saciedad y el metabolismo de la glucosa, y juegan un papel crucial en múltiples procesos fisiológicos. Además, la presencia de estos microorganismos en nuestro intestino constituye una suerte de muro protector, dificultando que bacterias perjudiciales encuentren un espacio donde establecerse y proliferar. - Excremento (El final): Lo que resta del quimo se deshidrata y avanza por el colon. Tras una parada en el baño, el elegante tiramisú, adornado con polvo de cacao y una hojita de menta, se ha transformado en material fecal. Este producto final está formado por compuestos no digeridos, células muertas del intestino, moco, y claro, una comunidad de bacterias que se han adherido en el viaje.

Superorganismos
En este resumen, hemos encontrado la clave de la eficacia de la “sopa amarilla”: la microbiota. La relación tan estrecha de estas comunidades de microorganismos con nuestra salud ha transformado nuestra comprensión de lo que significa ser humano. ¿Cómo? Pensemos en esto: si muchos de nuestros procesos dependen del trabajo de la microbiota, esta simbiosis es parte de lo que somos. Nos formamos a partir de nuestras interacciones con otras formas de vida. Este concepto se llama holobionte y considera al ser humano y su microbiota como una unidad inseparable, un “superorganismo”. Entender esto es clave, ya que revela que la salud de la microbiota es esencial para nuestra propia salud. El uso excesivo de antibióticos, una mala alimentación, algunas enfermedades y la exposición a contaminantes pueden afectar negativamente a la microbiota. ¿Cómo recuperarla? A veces la respuesta es asquerosa pero sencilla: con la ancestral y nutritiva “sopa amarilla”.
Trasplante fecal moderno
A pesar de que una sopa calientita y espesa como lo es la sopa amarilla puede parecer tentadora, hoy en día no es necesario consumirla para obtener los beneficios de un trasplante de microbiota. El trasplante fecal, también conocido como transplante de microbiota fecal es, como se escucha, un tratamiento que consiste en la transferir heces de un donante saludable al intestino de un receptor que padece algún trastorno digestivo. ¿El objetivo? Restablecer una microbiota desequilibrada proporcionando una comunidad microbiana sana que ayude a recuperar o reemplazar la microbiota dañada.
Para lograr esto, se utilizan diversos métodos como tubos nasogástricos, colonoscopias, enemas y cápsulas. Sigue escuchandose un poco asqueroso, pero la realidad es que este tratamiento ha demostrado ser muy efectivo en casos de infección por Clostridium difficile, una bacteria asociada a tratamientos intensivos de antibióticos, así como en condiciones como la obesidad, la colitis ulcerosa y la enfermedad de Crohn. Mientras que el transplante fecal aún no es uno de los tratamientos más comunes, el futuro de este procedimiento parece prometedor. Si consideramos el papel que desempeña la microbiota en el funcionamiento del cuerpo, no es sorprendente que se esté investigando la eficacia del transplante fecal para tratar enfermedades metabólicas y autoinmunes.
En este recorrido por la historia y la ciencia moderna, vemos cómo algo tan aparentemente insignificante como las heces puede revelar verdades fundamentales sobre la salud humana y ambiental. Mantener una microbiota diversa y equilibrada es esencial, no sólo para nuestra salud sino también para la del planeta.
Paulina Marruenda
Estudiante, Facultad de Veterinaria y Zootecnia. Universidad Nacional Autónoma de México
Osiris Gaona
Instituto de Ecología-Unidad Mérida. Laboratorio de Ecología bacteriana. Universidad Nacional Autónoma de México