Intercambio de biodiversidad a través de la Nao de China

Como un castillo flotante, el galeón de Manila, también conocido como la Nao de China, se vislumbra desde lejos. Asemeja a una bestia cansada; el crujir de sus tablones arcaicos, parecido a un resoplido salvaje cual búfalo enardecido, acaso cansado, de tanto recorrer el mar del Pacífico con el único propósito de intercambiar la gran biodiversidad de dos continentes bañados por el mismo mar. Se encuentra con cardúmenes que le hacen cosquillas en el vientre y, en otras ocasiones, las embestidas de ballenas que aturdidas y envidiosas quieren derrocarlo.

Recepción de la Nao de China, ca. 1590

Descubrimiento de una ruta

Nos parece casi fantástico pensar que alguna vez compartimos con Filipinas el lenguaje, la religión y el amor por la Virgen Guadalupana. Durante doscientos cincuenta años, el Galeón de Manila, también conocido como el Galeón de Acapulco o la Nao de China (esta última no provenía propiamente de China, aunque sí transportaba sus mercancías), fue testigo de este intercambio cultural y comercial. El Galeón de Manila no era una sola embarcación, sino varias que visitaban ambas costas en Asia y América, pasando por diversos puntos en su recorrido. Hay inconsistencias sobre la frecuencia de las visitas: algunos investigadores sugieren que los recorridos se realizaban dos veces al año, mientras que otros mencionan que se hacían con mayor frecuencia. El viaje de Filipinas a Acapulco duraba aproximadamente cuatro meses. Los puertos donde atracaban estas embarcaciones eran, en Filipinas, Manila, y en América, Acapulco (Guerrero), San Blas (Nayarit), Bahía de Banderas (Nayarit) y Cabo San Lucas (Baja California Sur). Este intercambio es el registro más antiguo de una comercialización globalizada durante la época virreinal.1 Los españoles hicieron varios intentos por conquistar las islas de Oriente, motivados por encontrar especies. Desde las costas mexicanas, emprendieron múltiples intentos por llegar a ellas. Fernando Magallanes tomó posesión legal de las islas, y aunque haya sido sólo un acto fortuito, cometió el enorme error de no dejar soldados españoles que salvarguardaran dicha conquista. Fue hasta 1543 que Antonio de Mendoza llegó a la costa Austral, se reunió con los malayos y se aproximó a la isla de Leyte, a la que nombró islas Filipinas en honor al Príncipe Felipe II. En ese confín de la Tierra, hubo varios fracasos y muertes.

El descubrimiento de la corriente de Kuro Shivo, que conecta Japón con la actual América del Norte, facilitaba el regreso de Asia a América. Este hallazgo, atribuido a Urdaneta y Legazpi, costó muchas vidas debido a la falta de víveres y a enfermedades desconocidas, entre ellas el escorbuto. A pesar de ello, el descubrimiento trajo gloria a la Corona Española.

Asia y América, con sus raíces discordantes, aunque tocadas por las mismas aguas del inmensurable océano Pacífico, tenían una lejanía abismal. Sin embargo, la Nao de China se convirtió en la materia aglutinante que sirvió de vínculo entre los dos continentes intercambiando bienes y culturas por más de 250 años. Transportó esclavos, y con ellos, sus pensamientos, aciertos y tragedias, sus orígenes y sus sueños. Además, transportó plantas, animales, enfermedades, alegorías, bailes y carcajadas, que se quedaron flotando en las cocinas, camarotes, proas, cubiertas, dormitorios de ese gran monstruo que surcaba lentamente el Pacífico. Aunque fueran cien Naos de China, todas tenían un solo cometido: el intercambio de mercancías, incluyendo especies vivas de plantas y animales. Este intercambio genético buscaba robustecer las especies y permitir su prevalencia en el ambiente. Así, la encomienda del a veces referido como masculino, Galeón de Manila, y otras como la femenina Nao de China, comenzó con el intercambio de plata y seda.

Intercambio de biodiversidad mediante el Galeón de Manila

Antes de que los humanos existieran sobre la Tierra, las especies vegetales ya se habían difundido a lo largo y ancho de la orbe por diversos fenómenos biológicos y naturales, como la evolución de los continentes y la tectónica de placas. Existe un registro que menciona que el intercambio de plantas corresponde a más de 260 000 especies debido a procesos tanto naturales como artificiales. Los procesos de dispersión de semillas son asombrosos y se clasifican en dos grupos: autocoría, cuando sus vectores son factores no bióticos y zoocoría, cuando son dispersadas por animales. Dentro de la autocoría, el viento dispersa las semillas mediante anemocoría, el agua lo hace mediante hidrocoría, y la gravedad mediante barocoría; cuando las semillas caen por gravedad se llama barocoría. La zoocaría es la dispersión principalmente por mamíferos y aves aunque también son por reptiles, anfibios y nosotros los humanos.

A lo largo de la historia, la migración y movilidad de los humanos ha favorecido la dispersión de especies, lo que ha resultado en una homogeneización cultural y biológica de varias especies vegetales. Sin embargo, esto también ha ocasionado tragedias ecológicas con las especies invasoras que desplazan a las locales, compiten por recursos y pueden provocar la extinción de especies. La hibridación de especies, sobre todo las vegetales, es otro fenómeno notable, como en animales, como el caso de la mula (cruce estéril de caballo y asno).

Varias plantas han atravesado barreras geográficas sin ser notadas, adheridas a la ropa de los pasajeros. Las semillas han desarrollado ciertas características que les permiten adherirse a la ropa o al pelo de mamíferos para ser transportadas. De hecho, la idea para crear el velcro surgió al observar cómo estas plantas se adherían al pelo de animales, a la ropa o al casco de las embarcaciones. Hoy en día, no es sorprendente que virus, bacterias y organismos microscópicos crucen cientos de fronteras desapercibidos —el SARS-Cov-19 es un ejemplo contundente.

Imaginemos el año 1565, cuando se inauguró la Nao de China. Aunque al principio el objetivo de esta embarcación era transportar seda de Oriente y cambiarla por plata en el nuevo continente, que se extraía de las minas de Taxco, sabemos que las monedas acuñadas en México fueron de gran utilidad en China. Esto se debió a que China dependía de las minas de Japón, y las monedas mexicanas con el águila, a las cuales se les agregaba una insignia, eran de curso legal entre China y sus vecinos. Poco a poco, el intercambio de productos regionales y diversas plantas ganó importancia y Acapulco y Manila se transformaron en importantes centros comerciales.

Alfred W. Crosby indica que el continente americano experimentó en el siglo XVI la más grande revolución biológica, únicamente comparable con el Pleistoceno debido al comercio del Galeón de Manila. Resulta seductor que la historia se construye a partir del intercambio de biodiversidad que hemos tenido desde el principio de los tiempos y que la movilidad va transformando la ecología de las especies y la vida de los humanos. Aquí radica la incalculable importancia de la biodiversidad, ya que este intercambio comercial cambió notablemente los sistemas alimentarios y agrícolas de poblaciones enteras, lo cual no hubiera sido posible sin el Galeón de Manila.

Dentro de ese enorme intercambio de especies, o revolución biológica, llegaron árboles como tamarindo, pimienta, canela y clavo, así como raíces y brotes de jengibre en 1567. En 1578, otra oleada de plantas como mangos, plátanos y cocos se arraigaron con éxito y se comercializaron. La mayoría de las personas creemos que la palma de coco (Cocos nucifera) es oriunda del Pacífico mexicano; incluso hemos nombrado un lugar en Colima como “La ciudad de las palmeras”, cuando en realidad, este árbol proviene del continente asiático. El vino de coco es considerado el primer aguardiente de la Nueva España, y se cree que influyó en la producción de mezcal mediante la fermentación del agave. La fibra de estopa extraída del coco era utilizada en las trajineras. En la provincia de Aklan, en el archipiélago filipino, utilizan la fibra de la piña (Ananas comosus) para confeccionar atuendos de una belleza extraordinaria, llamada piña nativa, cuando en realidad es una especie americana.2

Pronto, las damas elegantes de la Nueva España adoptaron los mantones de seda y las chaquiras, mientras que el algodón se convirtió en la prenda más utilizada entre los pobladores mexicanos. Asia y sus productos permeaban en la moda, pero la combinación y la química de especies dio como resultado una gastronomía peculiar, tal es el caso del mole poblano, el ceviche de pescado y los chiles en nogada, hijos del mestizaje culinario, ya que sus recetas incluyen ingredientes europeos y asiáticos (cebolla, ajo y pimienta) y mesoamericanos (chile, cacao, jitomate y maíz, cacahuates).

A Asia y Europa viajaban muchas especies tintóreas o colorantes, como el palo de campeche (Haematoxylum campechianum L.) y el añil (Indigofera spp.), así como el insecto de origen mesoamericano denominado grana cochinilla (Dactilylopius coccus). Los europeos se dieron cuenta que estos colorantes eran más eficientes que los que ellos utilizaban y se comercializaron rápidamente.

Diferentes plantas utilizadas en medicina y farmacéutica viajaban del antiguo al viejo continente y viceversa. Docenas de plantas llenaban los almacenes y boticas de Filipinas, Nueva España y España. Entre las plantas secas medicinales se menciona la manzanilla. Otras se preparaban en formas sólidas como ungüentos, aguas, aceites. Se transportaban a algunas especies vivas, como es el caso de la violeta (Violeta officinale L.), algunos frutos, raíces y semillas, como la pimienta malagueta (Pimienta dioica L.), la raíz de jalapa (Convolvulus jalapa L.), la quina de Perú (Cinchona officinalis L.), el azafrán (Crocus sativus L.) y los dátiles (Phoenix dactylifera L.).

Para mitigar el estrés de las semillas durante el viaje se desarrollaron métodos especiales para su protección y asegurar que llegaran viables a su destino, garantizando así el éxito en los cultivos. Las semillas carnosas se guardaban entre azúcar molida; las cebollas se propagaban mediante bulbos, el jengibre y la papa se conservaban en arena seca; y los bejucos, que se plantaban por estacas, se transportaban envueltos en musgo y, al llegar, se remojaban antes de plantarse.

La Nao no sólo cambió la flora y la fauna de la Nueva España y Filipinas, sino que también a los hombres y las mujeres que navegaron el océano. Se cree que entre 10 000 y 20 000 personas cruzaron el Pacífico en dirección de Manila a las costas de Acapulco, a bordo de los distintos galeones. Todos ellos influyeron en diferentes sectores de la sociedad y en la vida de las personas. El último registro de la llegada del Galeón de Magallanes fue en 1815, justo cuando México comenzaba la guerra de independencia que duró más de diez años. En Filipinas aún se habla una especie de dialecto que tiene vocablos españoles llamado Chabacano. Durante muchos años el idioma oficial fue el Español.

Hermanados por dominio español y una historia en común, este fascinante intercambio comercial global cambió la historia del mundo. Ahora, cada vez que se tome un coco con ginebra, recuerde que alguna vez la Nao de China trajo en sus bodegas una palma que amó la tierra fértil de México. No es posible imaginar la vida sin una pasta a la bolognesa, un helado de vainilla, un tiramisú, un ceviche, y un guacamole. Todo esto es producto del mestizaje cultural y del intercambio de especies vegetales que ocurrió por más de 250 años. El intercambio seguirá sucediendo. Seamos conscientes de que sólo tenemos un mundo e intentemos ser empáticos con él.

 

Osiris Gaona
Instituto de Ecología, UNAM


1 Pacheco Olvera, R. M., “El intercambio de plantas en la Nao de China y su impacto en México”, J. Long Towell y A. Attolini Lecon (coords.), Caminos y mercados de México, 2021, pp. 593-608

2 Machuca, P., “El arribo de plantas a las Indias Occidentales: el caso del Balsas-Jalisco a través de las Relaciones geográficas del siglo XVI”, Relaciones. Estudios de historia y sociedad, 34(136), 2013, pp. 73-114.

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Publicado en: Hallazgos