En la primera parte de este ensayo tracé el nacimiento de la Organización Popular Francisco Villa de Izquierda Independiente (OPFVII), o Los Panchos, y la comunidad de Acapatzingo en la Ciudad de México. Enraizados en la resistencia y la rebeldía ante aquello que los Zapatistas han denominado la Cuarta Guerra Mundial —una guerra que se gesta en la vida cotidiana—, Los Panchos han puesto al centro el trabajo comunitario, el cuidado y la toma de decisiones colectivas. La experiencia de Los Panchos es una de los procesos más ricos de resistencia y autonomía. Es una lucha en contra de las carencias y el desgaste que hoy impone el Estado a las periferias y a las personas, comunidades y territorios que designa como “sacrificables” ante su imperativo desarrollista. Este proyecto surge de un rechazo al Estado y su ethos liberal (el capitalismo, la democracia y el patriarcado) a través un proceso de rebeldía cotidiana, el trabajo comunitario y un proceso democrático radical, enraizado en la defensa del territorio como base material. En esta segunda parte, recuento como la experiencia de Los Panchos encarna el “derecho a la ciudad” —que se puede traducir en ‘el arte de habitar’, como habría dicho Iván Illicb— así como los hilos en un tejido de redes de esperanza y rebeldía que ofrecen una pedagogía para navegar el colapso civilizatorio y su manifestación más acentuada, la crisis climática.
El derecho a la ciudad como una lucha
El filósofo y sociólogo Henri Lefebvre pensó el derecho a la ciudad como un proceso de gestión territorial que va más allá de una carta de garantías individuales proporcionadas por el Estado. El derecho a la ciudad implica una intención de luchar como el principio y no como el resultado de una política emancipadora.1 En casi todas las ciudades del mundo, los derechos de propiedad y su valor de intercambio pesan más que los derechos de uso de los habitantes. Es el Estado, una institución de origen colonial, limitada por un modelo liberal-democrático, quien debe garantizar estos derechos. El proceso de lucha, dice Lefebvre, se basa en la posibilidad de apropiación, es decir en la posibilidad de habitar a partir de la ocupación, reinvención y autogestión del espacio urbano en común, así como a partir de la participación radical (es decir, desde el origen) en el proceso de toma de decisiones.2 El derecho a la ciudad desafía el sentido común de los “derechos” o garantías individuales así como la visión revolucionaria que plagó el marxismo del siglo XX: como un proceso de transformación social a gran escala. En este sentido, el derecho a la ciudad constituye un proceso similar a lo que Gustavo Esteva denominaría la insurrección en curso,3 un proceso cotidiano y por tanto rebelde, que implica un rechazo directo a las estructuras verticales de gobernanza para recuperar los entramados comunitarios que fueron progresivamente degradados por el proceso burocrático del Estado y posteriormente por el mercado y el neoliberalismo.
Las 596 familias en las ocho hectáreas que conforman la comunidad habitacional de Acapatzingo han desarrollado una forma de autogestión basada en el trabajo comunitario. Este proceso implica una organización en brigadas por zonas de la comunidad y el trabajo en comisiones que cubren casi todos los ámbitos de la vida cotidiana, desde la salud, la educación, la vigilancia, la comida, la comunicación y el deporte, entre otras. La conformación de estas comisiones opera a través de consejos generales de representantes en todas las comunidades que suscriben una serie de principios organizativos como la centralidad de la democracia: proceso que reproduce el modelo zapatista de mandar obedeciendo, la práctica de la crítica y la autocrítica. Estas prácticas buscan fomentar la igualdad y el perfeccionamiento continuo del proceso colectivo. Además, se enfatiza en la dirección colectiva y la división del trabajo comunitario, pilares para la autogestión y la autonomía.4 Este proceso organizativo ha derivado en la construcción de espacios colectivos para las infancias, personas de la tercera edad y jóvenes, sistemas de captación, filtración y purificación del agua, la gestión colectiva de la electricidad así como el desarrollo de dos viveros que producen alimentos, sistemas de lombricomposta y la siembra de árboles frutales, una radio comunitaria, espacios para la salud y el cuidado colectivo, así como un sistema de educación hasta la secundaria.5 En las palabras de los miembros del comité de seguridad
Los compañeros mismos dicen, una vez que cruzamos la puerta de Iztapalapa a Acapatzingo nos damos cuenta de que el espacio se vive diferente, algunos los han asaltado apenas a unas calles cerca de aquí, pero esto no pasa dentro de la comunidad. Los niños pueden estar sueltos, el espacio y la vida cotidiana se experimentan de forma distinta gracias al trabajo comunitario y a la aportación que todxs hacemos a la comunidad. 6
El proceso de autonomía se ha gestado entonces como la recuperación del espacio urbano a través de la lucha por la dignidad y una buena vida. Para Lefebvre, este proceso se entiende como una forma de recuperar el derecho a habitar: la posibilidad de autogestionar el espacio a través de la resistencia al Estado, eliminando progresivamente su “necesidad”. Al mismo tiempo, se produce una forma de gestión comunitaria radicalmente democrática que reafirma la dignidad humana a la vez que reformula su relación con el entorno.
En otras palabras, a pesar de que la organización comunitaria surge de una necesidad, o mejor dicho de una carencia impuesta por el Estado, la propuesta hacia la autonomía implica un rechazo al modelo clientelista de los gobiernos y un rechazo a las promesas de una democracia y un desarrollo inalcanzables o irrealizables. El proceso autonómico de Los Panchos rompe la ilusión de que las personas necesitan a las instituciones y expertos para atender sus “necesidades”, poniendo en evidencia la contraproductividad de las mismas, así como las posibilidades de recuperar, a partir del trabajo comunitario, la autosuficiencia y la democracia directa la dignidad y la definición de una buena vida. En palabras de David Contreras, miembro de la coordinación política de la organización:
Ante la falta de servicios, y las continuas formas de despojo por parte del Estado, la única opción viable que nos queda es la organización. Así que, mientras tengamos un pedacito de tierra que podamos proteger, vamos a luchar por la autonomía y la autogestión.7
La autonomía como forma de vida
La contraproductividad es la característica más prevalente en las instituciones modernas. Como ya lo establecía Iván Illich a inicios de los setenta, una vez que las instituciones modernas sobrepasan un cierto umbral, estas comienzan a paradójicamente derrotar su propio propósito.8 Después de este umbral, los medios se convierten en fines, las herramientas (tecnologías) y las instituciones no permiten satisfacer las necesidades, sino que las moldean a los medios existentes. Quizás de forma aún más problemática, una vez que se transgrede el umbral de la contraproductividad paradójica, las instituciones se convierten en lo que Illich denomina monopolios radicales, en donde se pierde la exterioridad al sistema, en donde todas las alternativas se presentan como inaccesibles o inimaginables.9 Así, como argumenta Jean Robert, un cercano amigo y colaborador de Illich, el transporte motorizado comienza a aumentar en vez de disminuir los tiempos de traslado para la mayoría, convirtiéndose en un sistema cronófago o devora tiempos.10 La institucionalización de la medicina crea una dependencia en quienes ejercen la profesión, eliminando las capacidades de sanarse de otras formas, al tiempo que produce más enfermedades y segrega a quien no puede pagar. El sistema de escolarización produce personas necesitadas de conocimiento, que dependen del adiestramiento, abriendo el paso a sistemas disciplinares y a moldeo de enseñanza bajo un supuesto de escasez de conocimiento. Este diagnóstico permite ver cómo las instituciones modernas, aunadas a una promesa de desarrollo y progreso, han erosionado sistemáticamente la posibilidad de construir una buena vida sin la ayuda de personas expertas que prescriban los ajustes, medidas o políticas necesarias.
Acapatzingo es un proyecto que surge de la posibilidad de recuperar las acciones (o los verbos) en vez de los sustantivos que se manifiestan a través de la creación de este monopolio radical de las instituciones. La posibilidad de aprender, sanar, comer y habitar implica un rechazo a la educación, a la salud, a la alimentación o a la vivienda. El lema de la comunidad es “la construcción de vivienda no implica solamente la posibilidad de autogestionar el proceso de construcción, sino que implica un proyecto de vida en sí mismo”,11 un rompimiento con el monopolio radical para construir una autonomía a través de entramados comunitarios que devuelven a las personas su capacidad de confiar en procesos internos, locales y de atreverse a imaginar y habitar otros mundos posibles más allá del Estado y del mercado. La posibilidad de la convivialidad implica una posibilidad de recuperar el control de las herramientas, liberándose de la dependencia radical que define al homo economicus o al hombre necesitado y, a su vez, reconociendo la definición de un techo común estableciendo límites socialmente impuestos.
Miembros de la comunidad afuera de la planta potabilizadora de agua en Acapatzingo

En medio del colapso la esperanza: la experiencia de Los Panchos como una respuesta a la crisis climática.
Parte esencial del ejemplo de la OFPVII es que, siguiendo el proceso zapatista, la transformación no ha sido solamente interna, sino a través de la cooperación y el trabajo en redes colectivas a lo largo y ancho del país y la región. La organización coopera con los vecinos aledaños denunciando y manifestándose colectivamente frente a las instigaciones y abusos del gobierno —incluyendo la falta de agua y la proliferación del crimen organizado. El proceso no implica cerrarse y voltear hacia adentro, sino abrirse para propiciar la configuración de la solidaridad. La organización es parte de la Alianza Mexicana de Organizaciones Sociales, así como la Red de Resistencias Autónomas Anticapitalistas, además de participar en la Otra Campaña del Zapatismo.12
Lo más sorprendente es que la comunidad se encuentra en medio de la Ciudad de México. Solemos pensar en las alternativas como algo ajeno al espacio urbano, como una experiencia en los territorios indígenas o en el campo donde todavía existen algunos indicios de comunidad. En medio de las ciudades y del individualismo, las alternativas parecen ser pocas. La experiencia de Los Panchos demuestra la falacia de que todo sucede “allá afuera” y la posibilidad de organizarse desde lo cotidiano, a través de las prácticas locales, enraizadas en un territorio y partiendo de la práctica autonómica. Haciendo eco a las declaraciones del ya extinto subcomandante Marcos “las grandes transformaciones no empiezan desde arriba ni con hechos monumentales y épicos, sino con movimientos pequeños en su forma y que aparecen como irrelevantes para el político y el analista desde arriba.”13 Pensar en la proliferación de estos movimientos y sus articulaciones nos da la posibilidad de pensar en otras escalas y formas de organización que van más allá de los estados naciones: una propuesta de confederalismo democrático o o un tapiz global de alternativas a escala planetaria.
La propuesta autonómica de Los Panchos revela tres grandes características que hoy nos pueden servir como una forma de comprender las implicaciones del colapso civilizatorio, así como algunas pistas hacia las alternativas. En primer lugar, muestra la imposibilidad de transformar las cosas desde arriba. El repetido fallo de las conferencias internacionales sobre el cambio climático demuestra que los problemas que creó la modernidad capitalista —entendida como la confluencia de un sistema colonial y patriarcal que se configura alrededor de una constante demanda de acumulación de mercancía, la noción del progreso lineal y la separación de la sociedad de la naturaleza–— no pueden ser resueltos por el mismo sistema. La segunda es que nos invitan a descolonizar nuestro imaginario de nociones como lo global y la escala cuando pensamos en “soluciones”. El Estado-nación e incluso los estados plurinacionales están supeditados por el sistema-mundo capitalista, lo cual limita las posibilidades de una verdadera transformación desde arriba, o a través de la toma del poder, incluso por aquellas personas o grupos, partidos o representantes que tengan las mejores intenciones. Finalmente, la experiencia de Los Panchos nos enseña a pensar desde la práctica de la autonomía, en donde la autogestión implica una lucha y un trabajo comunitario, y no un derecho o una garantía.
Uno de los invernaderos de la comunidad habitacional Acapantzingo

La lucha por la vida es un rompimiento de la supuesta separación entre la lucha y la vida cotidiana. En ese sentido, la propuesta de Los Panchos es una forma de recuperar la relación con la naturaleza y el territorio en medio de la ciudad. Las prácticas individualizantes del ámbito urbano y el propio modelo educativo enfocado hacia la competitividad, la individualización del sujeto y al consumo, se institucionalizan como formas de proveer a los sujetos necesitados de derechos, mercancías, servicios y bienes. El proceso de la autonomía construido desde la autogestión, la ayuda mutua y el trabajo colectivo implican a su vez un proyecto pedagógico que se enseña desde la vida cotidiana. El poder que han logrado capturar Los Panchos implica un rechazo a dejarse absorber por el aparato clientelista del Estado y una propuesta afirmativa y cotidiana de rebeldía, resistencia y esperanza comunitaria. Ante el colapso de la modernidad capitalista, su experiencia es la prueba de que las respuestas a la crisis civilizatoria se tejen en el día a día, desde abajo, en resistencia y, sobre todo, en comunidad.
Carlos Tornel
Doctor en geografía humana por la Universidad de Durham, Reino Unido. Por más de una década ha trabajado con organizaciones de sociedad civil en temas relacionados con la justicia climática y la defensa del territorio. Es coautor, junto con Elias González Gómez de Gustavo Esteva: Vida y obra de un intelectual desprofesionalizado (Bajo Tierra, Ciudad de México), y con Pablo Montaño, Navegar el Colapso: Una guía para enfrentar la crisis civilizatoria y las falsas soluciones al cambio climático (Fundación Heinrich Böll y Bajo Tierra, Ciudad de México). Desde 2023 forma parte del Tejido Global de Alternativas.
El autor agradece a Yásnaya A. Gil por sus comentarios y observaciones a este texto, así como por una serie de charlas muy interesantes que ayudaron a gestar este artículo.
1 Lefebvre, H., The urban revolution. Minneapolis, University of Minnesota Press, 1970
2 Purcell, M., “Possible Worlds. Henri Lefebvre and the Right to the City”, Journal of Urban Affairs, 36(1), 2013, pp. 141–154.
3 Esteva, G., “La insurrección en curso.” En Crisis civilizatoria y superación del capitalismo, Raúl Ornelas (Coordinador), México, UNAM, 2013, pp. 129-216
4 OPFVII, “Principios y estatutos”, 2023
5 Entrevista con personas de la comunidad autónoma de Acapatzingo.
6 Entrevista con personas de la comunidad autónoma de Acapatzingo.
7 Entrevista con personas de la comunidad autónoma de Acapatzingo.
8 Illich, I., “La convivialidad”, Obras Reunidas, Tomo I, México, Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 296-427
9 Cayley, D., Ivan Illich and Intellectual Journey, Pennsylvania University Press, 2022, pp: 123-129
10 Robert, J., La Era De Los Transportes Devoradores De Tiempo, México, 2022
11 Law, S., Cruz, A. and Nava, V., “Constructing a Communal Form of Life: Destituent Praxis in the Peripheries of Mexico City”, The South Atlantic Quarterly, 122(1), 2023, pp. 103-119.
12 Zibechi, R., “La comunidad autónoma urbana. El mundo nuevo en el corazón del viejo”, En Pensar las autonomías. Experiencias de autogestión, poder popular y autonomía. Editado por Alicia Hopkins y César Enrique Pineda, México, Bajo Tierra Ediciones, 2022, pp: 23-52
13 Subcomandante Insurgente Marcos, “Ni el centro ni la periferia”, intervención en el Coloquio Aubry, San Cristóbal de las Casas, 13 de diciembre de 2007. Citado en Zibechi, R., La comunidad autónoma urbana. El mundo nuevo en el corazón del viejo, 2022, p.44