Tendemos a percibir a las plantas como seres estáticos, arraigados en un solo lugar. Sin embargo, estos seres vivos son altamente adaptables, constantemente en búsqueda de recursos y capaces de responder a su entorno cambiante. Ahora, imaginemos un escenario más vasto: comunidades enteras de plantas y animales, unidas por sus formas de vida similares y condiciones ambientales compartidas, desplazándose como una unidad en respuesta al cambio climático. Este fenómeno se conoce como la migración de biomas.
Hoy en día, gracias a los avances tecnológicos, podemos rastrear la migración de biomas mediante satélites que generan mapas detallados de los cambios en regiones específicas. Un ejemplo claro es la tendencia estudiada por los investigadores Nathalie Thomas y Sumant Nigam,1 la cual evidencia que desde 1902 el desierto del Sahara ha aumentado su tamaño en un 10 %, avanzando hasta 800 kilómetros hacia el norte durante los meses invernales. Además, se ha constatado que las zonas tropicales se desplazan gradualmente hacia los polos.
No es difícil imaginar que a lo largo de la historia estas migraciones han dejado huellas profundas en nuestras sociedades, ya que vivimos inmersos en sistemas socio-ecológicos. Esto significa que las comunidades humanas estamos intrínsecamente ligadas a la naturaleza. Un punto clave en estas interacciones radica en los servicios ecosistémicos, es decir, los beneficios que la sociedad obtiene de los ecosistemas, fundamentales para su desarrollo y sostenibilidad. Estos servicios abarcan la provisión, la regulación y aspectos culturales o espirituales, todos dependientes de los servicios básicos que sostienen la vida y sin los cuales nuestra existencia sería inviable. Los cambios en los biomas, atribuidos al cambio climático, ejercen un impacto significativo en los hábitats naturales, las especies que dependen de ellos y, aún más importante, en los servicios ecosistémicos que brindan.2 Si bien es imposible cuantificar todas las maneras en que el mundo natural enriquece nuestras vidas, es claro que vivir en un mundo con ecosistemas diversos y saludables conlleva numerosos beneficios tangibles. Tales beneficios se traducen en una economía más robusta, una variedad de productos alimenticios y avances en la investigación médica, todos ellos posibles gracias a la vida silvestre y los ecosistemas naturales. Dichos servicios pueden ser directos o indirectos, pequeños o enormes, pero su papel es vital en la interacción entre la humanidad y el mundo natural que nos rodea.
Migración y pérdida de biomas
En medio de la creciente preocupación por el cambio climático, resulta evidente que el acceso a los servicios ecosistémicos es una realidad que no todos pueden disfrutar en la actualidad. Además, se prevé que esta disparidad económica se agrave a medida que la crisis climática empuje los límites de los hábitats naturales más allá de las fronteras nacionales: una migración forzada por la misma crisis. En este punto, ya podemos afirmar que la relación entre la salud de los ecosistemas y el bienestar humano es innegable.
Este fenómeno lo podemos palpar en México actualmente. En las faldas del volcán Iztaccíhuatl, esta migración de biomas se encuentra en pleno curso. De acuerdo con investigaciones realizadas en esta zona,3 se proyecta que para el año 2060, el nicho climático de las coníferas que la habitan se desplazará a elevaciones entre 300 y 500 metros por encima de su ubicación actual. Esto significa que las condiciones que estas especies necesitan para prosperar se encontrarán más arriba en las montañas.
Este cambio no llega solo, sino que trae consigo la pérdida de hábitat. Para 2060, se estima que esta pérdida podría oscilar entre el 46 % y el 77 %, y su impacto se sentirá principalmente en los límites inferiores de distribución de las coníferas.
Migración de distintas especies de coníferas en la zona del Iztaccíhuatl

Como podemos imaginar, las principales causas del cambio climático —estrechamente relacionado con la migración de biomas— se derivan de las actividades humanas que emiten gases de efecto invernadero. Pero este fenómeno va más allá, ya que se encuentra agravado por profundas desigualdades sociales y económicas.
Comunidades vulnerables y de bajos ingresos enfrentan una exposición desproporcionada a los efectos del cambio climático. Residen en zonas geográficas que las exponen de manera directa a eventos climáticos extremos, como inundaciones, sequías y tormentas. También suelen afrontar limitaciones en su acceso a la atención médica y otros servicios sociales.
Un estudio reciente publicado en la revista Nature proyecta un panorama para 2100 en caso de que las emisiones de gases de efecto invernadero sigan creciendo. Según este análisis, se espera una disminución del 9.4 % en el flujo global anual de beneficios ecosistémicos no comerciales cruciales, como el acceso al agua limpia y las oportunidades recreativas. Por otro lado, el impacto en los beneficios comerciales será mayor para las naciones más desfavorecidas, que dependen más de la naturaleza directamente para sus ingresos. Se proyecta que aproximadamente el 50 % más desfavorecido de las naciones y regiones del planeta se llevará el 90 % de los estragos. En contraste, las regiones más ricas, compuestas por un 10 %, apenas experimentarán pérdidas de un 2 % de los impactos globales por la migración de ecosistemas. Este desequilibrio plantea serios desafíos para la equidad y la justicia climática en un mundo cada vez más interconectado.
El costo social del carbono
El cambio climático como resultado de las emisiones de dióxido de carbono impacta de manera desproporcionada a las comunidades de bajos ingresos. A esto se le llama costo social del carbono, que es una estimación del costo, en dólares, del daño causado por cada tonelada adicional de emisiones de carbono y el cual ayuda a revelar cuánto “sacrifica” la sociedad por cada tonelada emitida a la atmósfera.4 También es una estimación del beneficio de cualquier medida adoptada para reducir una tonelada de emisiones de carbono.
Al calcular el costo social del carbono, los climatólogos y economistas crean modelos para proyectar qué sucederá con una serie de indicadores cuando se libere nuevo dióxido de carbono a la atmósfera. Entre estos indicadores se encuentran los resultados de salud, la producción agrícola y el valor de las propiedades. Por ejemplo, una tonelada extra de emisiones de carbono acorta la esperanza de vida,5 daña los cultivos y provoca que el nivel del mar aumente, lo que reduce el valor de las propiedades. Estudios como éste son, por lo tanto, necesarios para poder usarse en análisis de costo-beneficio, regulación ambiental o mediciones de impacto ambiental. Este concepto representa una herramienta valiosa para los responsables de la formulación de políticas y académicos al evaluar la viabilidad y la necesidad de estrategias de mitigación, con el fin de equilibrar las demandas económicas con la integridad ecológica y la justicia social.
Hacia una acción decidida
La pérdida de un ecosistema es la extinción de un legado, un desequilibrio que amenaza tanto nuestra salud como nuestra subsistencia. Disminuir nuestras emisiones de efecto invernadero no es sólo una cuestión de preservación ambiental, es una inversión en nuestra propia supervivencia. Es por ello por lo que, frente al avance insostenible del cambio climático, la acción es imperativa. Cada uno de nosotros posee la capacidad de ese cambio. Es imperativo que enfrentemos los errores de nuestra historia ambiental, reconociendo los daños que hemos ignorado al evaluar el precio de un clima en rápido cambio. La frecuencia con la que presenciamos a animales en éxodo, desplazados de sus refugios por una crisis ecológica, ha amortiguado nuestra alarma frente a tales tragedias. No podemos permitir que esta imagen se convierta en una trivialidad, en un símbolo más de nuestra vida cotidiana. Nos urge preguntarnos cuántos seres más deben emprender la ardua búsqueda de un santuario menos alterado, menos hostil, antes de que asumamos plenamente la carga de nuestra responsabilidad.
Mariana Mastache-Maldonado
Bióloga por la UNAM y miembro de la cuarta generación de su Unidad de Investigaciones Periodísticas. Investiga sobre ambiente, neurociencias y epigenética. Realiza comunicación científica en medios nacionales e internacionales, además de ilustración.
1 Thomas, N., y Nigam, S., “Twentieth-Century Climate Change over Africa: Seasonal Hydroclimate Trends and Sahara Desert Expansion”, Journal of Climate, 31(9), 2018, pp. 3349–3370.
2 Baker, J., Sheate, W. R., Phillips, P., y Eales, R., “Ecosystem services in environmental assessment — Help or hindrance?”, Environmental Impact Assessment Review, 40, 2013, pp. 3–13.
3 Gómez‐Pineda, E., Sáenz‐Romero, C., Ortega‐Rodríguez, J. M., Blanco‐García, A., Madrigal‐Sánchez, X., Lindig‐Cisneros, R., Lopez‐Toledo, L., Pedraza‐Santos, M. E., y Rehfeldt, G. E., “Suitable climatic habitat changes for Mexican conifers along altitudinal gradients under climatic change scenarios”, Ecological Applications, 2019, 30(2)
4 Rode, A., Carleton, T., Delgado, M., Greenstone, M., Houser, T., Hsiang, S., Hultgren, A., Amir Jina, Kopp, R., McCusker, K. E., Nath, I., Rising, J., y Yuan, J., “Author Correction: Estimating a social cost of carbon for global energy consumption”, Nature, 2021
5 R. Daniel Bressler, “The mortality cost of carbon”, Nature Communications, 12(1), 2021